A todas las sociedades les llega, intermitentemente, el momento de sentir que han perdido el rumbo. Algo se anuncia cuando las quejas por la seguridad, los gobernantes, la dificultad para la subsistencia básica y hasta el estado del aire son populares y cotidianas. Si bien, de algún modo, la inconformidad debería ser el estado natural de las comunidades humanas, dado que en ningún momento de la historia todos los seres humanos han compartido circunstancia y perspectiva de manera simultánea —y sabemos que la vida a la vuelta de la esquina no tiene nada que ver con la nuestra—, sí existe tal cosa como un sentir generalizado capaz de diagnosticar a la época y diferenciarla de otras.

Así, cualquier momento de desencanto trae consigo una interpretación particular del pasado que es más o menos compleja, más o menos cierta. Hoy, en México, estamos en el momento del: “se traficaban drogas, pero por lo menos no se mataba a la menor provocación”; “el gobierno robaba pero era eficiente”; “había política social”; “no éramos tantos”… Nostalgias que ponen en peligro a la interpretación objetiva de la historia y que no están exentas de prejuicios pero que, justo por ello, algo revelan de las expectativas sobre lo que creemos necesitar y merecer en el presente.


Ilustración: Kathia Recio

Y en este juego de los tiempos, ¿qué pasa con el futuro? ¿Qué futuro le queda a un presente desahuciado, cuya intuición inmediata es compararse con tiempos que cree que han sido mejores?

El futuro siempre es parte de las deducciones verbales con las que pensamos lo compartido, aunque el espacio que queda entre aquello que articula el poder y lo que quiere el común sea difícil de conciliar y lo haya sido siempre. El campesino chino seguro tenía mucho más que un par de dudas sobre la eliminación de los “cuatro viejos” elementos a manos de los Guardias Rojos: “las viejas ideas, las viejas costumbres, los viejos hábitos y la vieja cultura”; incluso si todo fuera justificado en función de un mejor futuro. Y efectivamente, el abuso de las nociones del porvenir ha traído más de un gobierno demagógico, pero nadie se atreverá a asegurar que éste es el único destino posible de tener esperanza.

No queda claro el por qué original, pero el presentismo que denunció el historiador François Hartog como la marca de la contemporaneidad parece haber sido depositado en el seno de nuestra política partidista. No es casualidad, en cambio, que el uso de los verbos y referentes asociados al tiempo futuro sea más bien característica de oposición: El movimiento Ahora, quiere “recuperar [para el futuro] la agenda de la democracia”, López Obrador anunció su Proyecto de Nación 2018-2024 desde el sitio arqueológico de Paquimé para escenificar la máxima de que “si no sabemos de dónde venimos, no sabremos a dónde vamos”, Por México Hoy, pretende “imaginar, construir y proponer” y, por supuesto está el Consejo Nacional Indígena, de cuya “rabia nació la rebeldía y de la rebeldía nacerá la libertad de los pueblos del mundo”. Y todos tienen razón: más allá de si se trata de un porvenir que haga eco a lo conocido, con sus certidumbres asociadas, o uno transformado, revolucionado y emocionante, la salida de nuestros tiempos difíciles, nuestros tiempos presentes, sobre todo significa encontrar algo distinto a lo que hoy existe.

Por eso, quizás la tarea más urgente para emprender mañana en México sea la de volver al ejercicio básico de la imaginación política: pensar qué país queremos que llegue, conquistas y peticiones incluidas, sin importar si son reiterativas. Porque pretender que nos basta lo inmediato, que nuestros afectos se reducen a lo contingente, tiene que ser un mal cálculo. No hay tiempo sin faro. Ni tampoco vida que se pueda vivir sin mirar adelante, Kierkegaard dixit.

El tamaño de la eventual diferencia entre presente y futuro está por definirse y suena a que la queremos abarcadora. Con un futuro que se anuncie casi de forma decimonónica (hablando de verdaderas nostalgias): con lo inspirador del geist, pensando en las estructuras que identificaba el marxismo o el poder de la conciencia colectiva según Durkheim. Con perdón de la metáfora bélica, pero algo que nos recuerde la emoción del ruido de nuestros cascos avanzando juntos al mismo mirador.

Es difícil imaginar a una generación conforme con su tiempo; además, nos repetimos incansablemente que esta es la mejor época para vivir —a menos de que estemos del lado equivocado de la balanza social, claro está—. Y aun así, siguiendo con el siglo XIX, se antoja volver a la sensación que describía Tocqueville en La democracia en América: cuando “la grandeza de lo que ya está hecho, impide prever lo que se puede hacer todavía”.

 

Ana Sofía Rodríguez
Historiadora. Editora de nexos en línea.