Paradoja incomprensible, el México en el que creo vivir es una capirotada hecha a base de distintos niveles de contradicciones. Estas contradicciones ya se han vuelto lugares comunes en la opinión y en la esfera públicas, fácilmente reconocibles en la idea de los “dos Méxicos” que constantemente suele ser repetida y reinterpretada en espacios de comentario político.

Por un lado, tenemos el gran México, ese que se encuentra al pasear entre edificios bellísimos; que es identificable en grandiosas producciones culturales —muchas de ellas exportables y mercantilizables a escala mundial—; que se hace presente en suplementos turísticos gringos en los que se hacen equiparables ciertos cuadrantes de la Ciudad de México con capitales “primermundistas” como Berlín; que discute en cantinas de la colonia Roma y los círculos de lectura en San Ángel y Coyoacán; que derrama tinta y centímetros cuadrados en columnas de opinión, en el que en seminarios postestructuralistas universitarios se dialogan, deliberan, fraguan y proyectan muchísimas abstracciones —todas sesudas, todas complejas— que terminan por marcar los caminitos a seguir en y de nuestro país. Es un México envidiable, lleno de orgullo y entusiasmo, en el que, qué duda cabe, nos podemos echar un quién vive con cualquier otra cultura y sociedad del planeta.

Ilustración: Sergio Bordón

Por el otro lado, tenemos el México “pequeño” —pero, en realidad, gigantesco—, uno que, en sus caras más amables, se ve reflejado en la informalidad laboral o trabajos precarizados o abusos de género o desigualdades económicas o derechos a medio otorgar o racismo y clasismo (indistinguible uno del otro); en sus caras más grotescas, ese México muestra la interseccionalidad de todos los problemas anteriores, aunados a una miríada más de complicaciones que devienen en poblaciones enteras franqueadas por la falta de certidumbre alimenticia y de servicios básicos, ya ni se diga de bienestar.

Y para hablar de estos Méxicos, hay que hacerlo obviando al narcotráfico y la corrupción, que parecen tener la casa tomada, sin ningún tipo de escape en el horizonte.

Supongo que el México en el que creo vivir es un espacio liminar entre esos “dos” Méxicos (que en realidad son miles), en el que no puedo terminar de conocer ni uno ni el otro, por ser tremendamente privilegiado y por, valga la ironía, no tener el privilegio suficiente. Son pocas las esperanzas que quedan de cualquier cosa. Y cada semana las que quedan son secuestradas por el escándalo o la indignación en curso. Pero, a la vez, el México en el que creo vivir está lleno de personas (jóvenes, sobre todo) dispuestas a invertir esas poquitas esperanzas que quedan en tratar de hacer que la jodidez no alcance niveles mayores. Es un México en el que me cuesta la vida tener certezas, pero en el que no tolero la ambigüedad política o ideológica, porque es un México en el que el cinismo parece ser el único reducto de tranquilidad para la vida cotidiana.

En esta capirotada de contradicciones me cuesta, también, mucho trabajo ver un futuro distinto. Tal vez es ingenuidad mía, pero nos siento faltos de imaginación política, económica, social y hasta artística, que nos permita articular otros Méxicos posibles; todavía peor, tal vez esas imaginaciones nomás no podrán romper —como no han podido hacerlo hasta la fecha— con las desigualdades y privilegios que sostienen mucho del México en el que vivimos. Me cuesta trabajo pensar en otro futuro, si no empezamos a hacer algo con las diversas realidades encontradas del México que tenemos hoy, que no terminan ni de reconciliarse ni de extinguirse. Quizá no queda más que tratar, aunque suene a consuelo de tontos, de redistribuir nuestros privilegios, poco a poquito, aunque sea a la gallo-gallina-pollito.

 

Raúl Bravo Aduna
Escritor y editor.

 

Un comentario en “Contradicciones

  1. Buena simplificación de los Méxicos. En ese espacio habitan las clases medias que no se pueden agrupar en tres rubros y, torna difícil plantear alternativas alas desigualdades, por ejemplo.

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