“No amo mi patria/ su fulgor abstracto/ es inasible”. En estos versos iniciales de “Alta traición” han fincado su relación con México varias generaciones. El poema citadísimo de José Emilio Pacheco sigue así: “Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos/ cierta gente/ puertos, bosques, desiertos, fortalezas […]”; y desde ahí empiezo: un punto y aparte, o verso de pie quebrado, con el que recordar que los nacionalismos alimentan ideologías nefastas y, peor aun ahora, con ese despertar xenófobo que ha ganado terreno en Estados Unidos y Europa. Aun así, es imposible rechazar el apego al territorio y a su gente. La idea de “México” me lleva primero a pensar en un territorio del pasado, la tierra perdida de la infancia, las plazas y avenidas que vieron nacer a mis padres. El lugar exacto en el laberinto de Borges: la vida a la que llegamos por una puerta de entrada desconocida, al igual que ignoramos la de salida. La otra idea de “México” es menos una sensación y más una construcción intelectual: la historia y la geografía que compartimos, los ingenios de una lengua juguetona, con sus modismos y su música que nos amarra y apacigua, los espejos enterrados de nuestra identidad imaginada, siempre plural y cambiante. Ninguna de esas ideas de México deja de ocuparme y atormentarme, a veces como una mano grotesca y proteica que me aplasta, otras como un paisaje de mar y aire que se abre.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

Aunque del país de nuestros padres recibimos, con todos sus bemoles, una clase media más sólida, la transición democrática, universidades de primer nivel y una cultura escéptica ante el legado de la nación revolucionaria, parece que en el México de 2018 todo queda por hacer. Nuestro país es un erial de fosas y desaparecidos, de tierras sin ley en donde ha vuelto la tiranía feudal y el cobro de suelos. La guerra del narco tiene cada vez más las características de una guerra civil. Un poeta que renuncia a sus versos luego del atroz asesinato de su hijo es el símbolo que nos define ahora. Los hijos de México mueren en un campo de batalla inasible. ¿Qué pasará con toda una generación de jóvenes arrastrados por la ola de violencia que levantó esta guerra? ¿Cómo es su presente desesperado, aislado? Al futuro del país lo pueblan sombras errantes y ríos de sangre.

Podremos imaginar, a contracorriente, utopías siempre deseables. Pero ya es una esperanza áspera concebir que quien escoge el camino del trabajo honesto, el cansancio de las más de cuatro horas diarias en transporte público, el riesgo de atravesar zonas feminicidas, de ser asaltada, secuestrada o violada, es un héroe anónimo cotidiano porque resistió al poder avasallador de la violencia, de las redes y el dinero criminales. La altura de nuestras esperanzas, ahí, se reduce. En el horizonte se agolpan los nubarrones del delito institucional y la corrupción eterna. El cielo se cierra sobre islas de miedo, inseguridad y pesimismo. Nuestras expectativas suelen situarse entre dejar de empeorar o resignarse a consignas inútiles y amargas: “todos los políticos son iguales”; “todos roban”.

Es de todos conocida la frase de Oscar Wilde: “Un mapa del mundo que no contenga la isla de Utopía no vale la pena mirarlo siquiera, pues deja por fuera imaginar el único país en que la humanidad siempre desembarca”. Está claro que el XXI no es el siglo del idealismo. Pero vale la pena pensar en ese mapa, no desde la abstracción impuesta sino desde una imaginación serena. Recuerdo un proyecto impulsado, en 2011, por la revista La Vie des Idées: pensar el mundo en 2112. En vez de vaticinar más catástrofes, abrir ventanas de posibilidades. Varios intelectuales imaginaron, entonces, ese mundo futurístico; otros hicieron el ejercicio de ficción retrospectiva: escribir la historia desde el 2112. Techo salarial igualitario a partir del control fiscal y el control ecológico, reducción drástica de presos y cárceles, creación de una Asamblea Ciudadana Rotatoria con elecciones mediante sorteo, revolución de la movilidad urbana mediante el reemplazo del vehículo privado de combustión por transporte público inteligente —personal y masivo— y la reorganización urbana en polos de trabajo y vivienda, etcétera. Se dice fácil, pero lo importante no es la validez de estas ideas —hoy parecen risibles o descabelladas— sino constatar que también, en su época, parecía utópica la abolición de la esclavitud, el sufragio universal, la emancipación de las mujeres, el derecho a la educación o el seguro social. Y, sin embargo, estos principios alimentaron nuestras aspiraciones democráticas durante siglos.

En el México de hoy, todo lo anterior es mucho pedir. La utopía inmediata está más bien en pacificar el país, encontrar a los ausentes o darles sepultura a nuestros muertos. Porque al final —vuelvo a saquear al clásico— “quizá no es tiempo ahora./ Nuestra época nos dejó/ hablando solos”.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Investigador y editor en nexos en línea.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *