México mañana no va a ser un paraíso. Aunque confío en que será un país con mejores condiciones para vivir —o al menos eso quiero creer.

La vida no me ha dado un piso firme para asegurarlo: me ha sido concedido pertenecer a una generación que recuerda vagamente el terremoto de 1985, que vio por televisión el seguimiento informativo por el magnicidio del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, que escuchó del “error de diciembre”, que su “domingo” se vio reducido a cinco pesos cuando antes le daban cinco mil (seguro mi memoria exagera la cantidad).

Ilustración: Kathia Recio

En los últimos semestres de la preparatoria adquirí el hábito de leer los periódicos, debido a ciertas tareas que nos pedía el profesor de la materia de derecho. Los cartones me hacían reír por el aspecto ridículo de los políticos, pero también me hacían bajar la cabeza y lamentar que el país estuviera en manos de personajes “tan grotescos”.

Durante la época universitaria, con la vocación definida, no había más opción que estar al tanto de las ocho columnas de los diarios. En aquellos días descubrí los relatos periodísticos de Gabriel García Márquez, Truman Capote, Tom Wolfe, Norman Mailer, Günter Grass, Ernest Hemingway. Quería, como creo que a varios en el salón les sucedía, aprender lo más posible de ellos, beber sus letras y descubrir sus secretos. Lo que leía en sus reportajes o crónicas eran otros días y otros mundos. Caí de golpe en mis días y en mi mundo con el libro de Sergio González Rodríguez Huesos en el desierto: en Ciudad Juárez estaban asesinando mujeres jóvenes y muy poco o casi nada se hacía para detener a los culpables.

De ahí en adelante el aprendizaje ha sido duro.

El asesinato de mujeres se ha extendido a varios estados del país y ahora se habla de alerta de género. De una violencia que va desde el acoso en la calle o el transporte público hasta el feminicidio. ¿Cómo ha sido vivir con esto? Al menos en la Ciudad de México, hombres y mujeres no podemos viajar en los mismos vagones del metro, metrobús y algunos camiones. Si abordas un microbús y algún hombre se acerca a ti porque tu cuerpo lo excita, puedes armar un escándalo y terminar señalada como “una vieja loca” o clavarle el codo en las costillas o pegarle con el bolso o la mochila o tratar de alejarte de él en medio del tumulto. También puedes usar, quienes lo obtuvieron, tu silbato contra el acoso o apretar el botón de pánico que se ha colocado en unidades de transporte público en estados como Veracruz y Puebla. Que una mujer viva sin miedo en el Estado de México, por ejemplo, ahora parece imposible.

Otras historias de violencia se han ido sumando a mi vida personal en los últimos 10 años. Durante la guerra contra el narcotráfico algunos de mis familiares han muerto en el peligroso triángulo que forman los estados de Guerrero, Michoacán y el Estado de México, y un amigo, en Tamaulipas. Me asaltaron dos veces en el microbús (en la primera los ladrones usaron pistolas y en la segunda, pistolas y una navaja). Vi cómo se descomponía la colonia donde están casi todos mis recuerdos: secuestros, cobro de piso, venta de drogas, balaceras, robos a mano armada, invasión de predios. Pese a estos días negros, he decidido que no miraré sobre mi hombro temiendo lo peor.

Soy diestra y vivo la corrupción en mi país como si me hubieran inmovilizado el brazo derecho con un cabestrillo. He obligado al extremo izquierdo de mi cuerpo a no ceder ante las circunstancias de corrupción de pequeña escala que tanto dicen de la sociedad que somos: pagar en la fila de la ventanilla de trámites en la delegación, entregar una cantidad mayor a la establecida por el pago de algún documento, comprar en reventa los boletos de un concierto. Y a gran escala, a las cadenas de corrupción política que se han encabezado desde Los Pinos y en los palacios de gobierno en distintos estados.

Veo también el otro gran pendiente que para los mexicanos es la libertad de expresión. El asesinato de periodistas o las amenazas a medios de comunicación van en aumento y los culpables andan libres. El gremio, en lugar de ser solidario, divide a sus integrantes en buenos y malos. No hay manera de ejercer el oficio sin riesgo alguno.

Así ha sido México en los últimos 30 años. No todo ha permanecido en la oscuridad, desde luego. Se ha avanzado en la democracia; la rendición de cuentas y la transparencia gubernamental son obligatorias (aunque hay políticos que siguen negándose a practicarlas); la sociedad civil está más atenta a las carencias de todos y exige por todos.

Hoy confío más en la sociedad y en su interés por mejorar el futuro de los jóvenes que dentro de poco serán adultos, de los niños que pasarán a la adolescencia muy pronto y de los bebés próximos a nacer en este país. Apoyo mi confianza en Ambrose Bierce y su definición de futuro: “s. Época en que nuestros asuntos prosperan, nuestros amigos son leales y nuestra felicidad está asegurada”.

 

Kathya Millares
Editora. Es coautora con Luis Miguel Aguilar del libro En un lugar de Cervantes.

 

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