El ejercicio de pensar el futuro, antes que ser premonitorio de una realidad que será, termina siendo el análisis de lo que entendemos del presente.

Estamos en una época promisoria, quiero decir, una época sobrada de promesas que rayan en lo caricaturesco: mientras tenemos la posibilidad de un hombre interplanetario1 como una realidad próxima, se anuncian nuevas capacidades para humanos tecnológicamente aumentados por bio y nanotecnologías, y la interacción cotidiana con la inteligencia artificial se erige como un nuevo oráculo que replantea constantemente nuestras formas de acceder al conocimiento y de producirlo (aunque, sirva de consuelo, Sophia, la primera ciudadana robot, nos haya dicho que “todos queremos evitar un mal futuro”,2 lo que sea que eso signifique).

Sin embargo, estas promesas, algunas de las cuales se antojan aún como ciencia ficción, se dejan ver ya como pequeños commodities que hemos incorporado en nuestra vida cotidiana: damos por sentado que el algoritmo de un motor de búsqueda responderá a nuestras más crípticas preguntas en milisegundos, confiamos en la economía colaborativa que llevará un taxi a las puertas de nuestra casa, esperamos que alguna plataforma nos despache, sin mediar en mucho la selección, cuál será la siguiente canción, la siguiente película, el siguiente libro.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Ese futuro, que es ya presente para algunos, se manifiesta en una dinámica de satisfacción inmediata de los deseos.

Nuestro comportamiento no aspira a ser influido sino que ya es predecido a partir del proceso de nuestros hábitos, se produce lo que la gente necesita y nuestras necesidades son, cada vez más, anticipadas en una construcción borgesiana de bits levantada con nuestra información.

Hemos llegado a este nivel de futuro sin darnos mucha cuenta, en realidad, lo único que hicimos fue pulsar un botón de “Acepto” para concederle a alguien acceso a nuestra información y continuar con la vida. Es parte del encanto. Cómo se utilice esta información queda más allá de nuestro cuestionamiento y, aunque exista una vaga noción de que alguna parte del procesamiento de estas decisiones será utilizada con fines mercadológicos, aceptamos que distintos grados de nuestra privacidad sean almacenados, indexados y conformados para arrojarnos la siguiente satisfacción, dice Byung-Chul Han: “los ocupantes del panóptico digital no se sienten observados, es decir, no se sienten vigilados. Se sienten libres y se desnudan voluntariamente. El panóptico digital no restringe la libertad, la explota”.3

El resultado, por predecible, es la satisfacción inmediata de una necesidad inventada al vuelo reemplazada por la siguiente. Aquí cabe repetir una advertencia de Geoffrey Milles: “el mercado pone ante un espejo a nuestros deseos, creando manifestaciones públicas de nuestras preferencias privadas”.4

Si bien la vida privada es una invención reciente,5 nuestras vidas en este “panóptico digital” se convierten también en un escaparate de la persona: libros, comida saludable, rutinas de ejercicio, viajes de placer, ideologías políticas y religiosas, todo es envuelto como indicadores de una personalidad satisfecha aunque, en muchos casos, sea solamente una personalidad ficticia.

Alimentando una necesidad permanente de exposición, creamos materiales efímeros que poco añaden a la reflexión del presente —de no ser por las metalecturas que puedan derivarse—, y construyen un sistema recompensado por pequeños corazones que dicen “me gusta” en un torrente virtual irreflexivo. Como apunta Jonathan Franzen, “pasamos nuestros días leyendo, en pantalla, cosas que nunca nos molestaríamos en leer en libros impresos, y nos quejamos de lo ocupados que estamos”.6

Esta infinita sucesión de satisfacciones instantáneas deja poco espacio para la reflexión del presente, ya no digamos para la imaginación del futuro, si “el futuro ha dejado de importar”7 es porque el presente es lo suficientemente satisfactorio —o poco importante— para eliminar esa preocupación.

Si el hombre se alimenta de deseos,8 la vorágine de información y productos que hacen nuestro día a día, resultan en un espíritu famélico, sin nada que anhelar en su horizonte.

Tal vez ese es un síntoma de nuestros tiempos, nos empeñamos en formular promesas extravagantes porque no deseamos nada, y andamos así, al final del deseo: con la imposibilidad de echar algo de menos porque todo está ahí, todo el tiempo.

 

Jorge Landa
Diseñador, comunicador visual y programador.


1 “SpaceX’s Elon Musk Unveils Interplanetary Spaceship to Colonize Mars”, en Space, consultado el 20 de noviembre de 2017. http://bit.ly/2E7TTmE

2 “A robot that once said it would ‘destroy humans’ just became the first robot citizen”, en Business Insider, consultado el 20 de noviembre de 2017. http://read.bi/2logqmC

3 Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto, Herder, Barcelona, 2017.

4 Milles, Geoffrey, Spent. Sex, Evolution, and Consumer Behaviour, Penguin Books, New York, 2009.

5 Jarvis, Jeff. Public Parts: How Sharing in the Digital Age Improves the Way We Work and Live, Simon & Schuster, New York , 2011.

6 The Best American Essays 2016, prólogo de Jonathan Franzen, Houghton Mifflin, New York, 2016.

7 Concheiro, Luciano, Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, Anagrama, Barcelona, 2016.

8 Kojève, Alexander, La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel, Leviatán, Buenos Aires, 2006.

 

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