Yo que me encuentro tan lejos
esperando una noticia
me viene a decir la carta
que en mi patria no hay justicia
los hambrientos piden pan
plomo les da la milicia, sí.

—Violeta Parra, “La Carta”

Por las mañanas leo la prensa mexicana: una periodista más asesinada, otra mamá que buscaba a su hija fue ejecutada, nuevas bolsas con cuerpos atados, otro activista muerto por denunciar el río contaminado o el bosque caído. Estas historias me acompañan mientras cruzo las calles grises, ahora cubiertas de hojas amarillas, cafés y naranjas. Me recuerdan a esa canción de Violeta Parra, en la que relata recibir noticias sobre las injusticias diarias que ocurrían en su país.


Ilustración: Patricio Betteo

Desde la Revolución no habíamos tenido en el país tantos muertos. Lo que sé sobre ese México salvaje y desordenado, lo conozco por libros. Mi abuela hablaba sobre su infancia durante esos años, pero la verdad no ponía mucha atención cuando lo hacía. Medio recuerdo la historia de ella buscando acelgas para la comida entre los empedrados, pero también recuerdo no sentir interés por lo que contaba. Ese México era demasiado lejano. Vivía yo en el México de los 80. Seguro, había crisis, pero también estábamos en la era de la tecnología. En esos años recibimos en casa una computadora Commodore 64. Era además el final de las dictaduras militares en América Latina. ¿Para qué pensar en la Revolución, salvo para tomar consciencia de lo vieja que era mi abuela?

Hoy pienso en el pasado revolucionario y lo encuentro más cercano. Las diferencias entre este México y el de hace 100 años son obvias. Simplemente la experiencia de ser mujer hoy y entonces, es prueba de las enormes transformaciones que han tenido lugar. Pero también resultan inquietantes las similitudes. La violencia cotidiana que llevó a esa guerra sigue en muchos sentidos presente: la desigualdad, la injusticia, la pobreza y la tragedia humana son parte de nuestro día a día. Hoy, como entonces, se permiten sin mayor disimulo los despojos de unos a otros y la violencia del Estado. El cuerpo humano vale poco y puede ser ultrajado impunemente, salvo que se cuente con estatus social y riqueza suficientes. Los gobernantes aún usan los cargos públicos como botín, menospreciando la vida y necesidades de millones. Las instituciones y la ley sólo sirven para unos. Ante los ojos de muchos, son herramientas de abuso, de apropiación de lo ajeno y a las que la mayoría no tiene acceso.

Estudié derecho pensando en hacerme partícipe de un México más justo. Como muchos otros, inicié mi carrera en la academia jurídica con preguntas sobre la teoría del derecho. Lo relevante en ese entonces era reflexionar acerca de la justificación de las normas, sobre la distinción entre el derecho y la moral, o entre derecho y justicia. Los muy atrevidos estudiaban temas de frontera como el multiculturalismo o el pluralismo jurídico. El estudio del derecho mexicano, sin embargo, inevitablemente lleva a atestiguar el abismo entre ley y realidad; a constatar cómo el sistema participa de las pequeñas —y grandes— trasgresiones diarias. Ahí donde está el derecho, se muestra su incapacidad —o falta de voluntad de sus operadores— para disminuir la desigualdad o hacer justicia. En Ley, todos valemos igual, pero en la realidad, al igual que en el pasado, unos valen más que otros. El tiempo y el cuerpo de los hombres valen más que los de las mujeres. La vida de los ricos vale más que la de los pobres. Los intereses de las ciudades se sobreponen sobre aquellos de las comunidades rurales. La ley es algo que se hace presente para justificar la violencia y el menosprecio del anhelo o vida ajena. Se trata de un derecho completamente distinto al prerrevolucionario pero que a la vez cumple las mismas funciones.

Las noticias que llegan del México Bárbaro dan cuenta de pequeñas y grandes injusticias cometidas contra víctimas constantes. Muestran un país que se indigna poco con la corrupción y la desigualdad. Evidencian además que no se atienden las violencias diarias y cómo éstas, poco a poco, van formando esa gran violencia que llamamos guerra.

Pero a pesar de todo, creo que es posible un México distinto; uno consciente e indignado por los ultrajes cotidianos y convencido del igual valor de cada cuerpo y cada vida humana. Uno que le cierra la puerta de sus casas a los corruptos. En ese otro México, el derecho no es el instrumento de atropellos ni una herramienta que sólo pueden usar unos cuantos, sino algo que nos ampara y protege a todos. Es una válvula que permite procesar los malestares acumulados. Ese México no está volcado a la guerra sino a garantizar la salud y la educación de sus niños, y el bienestar de sus ancianos. ¿Podremos ser testigos de ese México? Quizás. Primero necesitamos estar convencidos del valor igual de cada uno, del igual valor de nuestros sueños y anhelos, por distintos que éstos puedan ser.

 

Catalina Pérez Correa
Investigadora de la División de Estudios Jurídicos, CIDE.

 

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