Cada momento de la historia tiene varios niveles desde los que la subjetividad puede intentar hacer una revisión. Ahí, en esa virtud hermana de la libertad, descansa uno de los posibles problemas con los que cualquiera se enfrenta al pensar lo que sucede en su país. La visión de sí mismo, a menudo, es la que está en el espejo. Quizá nos hemos refugiado de tal manera en la subjetividad, que nos distanciamos del piso básico con el que las múltiples perspectivas dejarían de ser tan personales. Escribo esto porque me sorprende que ciertos elementos de la situación nacional logren ser vistos de tan variadas maneras. ¿Será posible que al pensar el país sólo veamos nuestro muy personal México?

México funciona dentro de la disfuncionalidad. La cualidad bipolar de supervivencia se nutre de la relativización de sus condiciones.


Ilustración: Oldemar González

Me cuesta encontrar otro país en el que si la inequidad es madre de todos los males, ésta no se convierta en el principal elemento de debate. Donde la impunidad sea tan abrumadora, y su ataque en lo público no impida aceptarla en lo privado. Donde la corrupción se haya convertido en padecimiento de la estructura nacional, pero al mismo tiempo, en los sectores menos privilegiados, resulte la vía para acortar la brecha de inequidad. En el que la tragedia que ocasiona la violencia pueda ser vista como casos aislados, que por más que sumen generalidades nunca llegan a ser generales.

Supongo que no seremos pocos los que coincidimos en que la corrupción y la violencia encumbran los flagelos a los que se ve sometido el país; sus conflictos. Sin embargo, una de mis mayores preocupaciones se encuentra en lo dispar de las consecuencias y significados que esos conflictos tienen para cada quien.

Adentrados en el siglo XXI, México sigue envuelto en las diatribas posrevolucionarias, en los sepulcros de su autoritarismo, en el aprendizaje de su democracia. Sobre todo, en la incapacidad de establecer la línea de sucesión y jerarquía de cuáles son nuestros principales problemas. De cómo diferenciar si esos problemas son raíz o consecuencia de lo que nos afecta.

Hemos sido incapaces de definir de manera objetiva cuál es la razón y camino con el que construiremos eso que en lo positivo se llegaría a entender como la sociedad mexicana. No pido el espejismo nocivo de la uniformidad, evidentemente no. Sino una clara búsqueda de un bien común.

Dentro de la abundancia de subjetividades, México podría parecer vivir muchas pequeñas crisis y no una mayor. A veces, esas crisis se perciben distanciadas por la geografía o por fenómenos particulares. Otras, se coloca a la corrupción por encima de la violencia o la recurrente violación a derechos humanos. Cuando estas últimas se relacionan, la atención se centra en la corrupción y se diluye la razón por la que se crea un Estado: para que individuos sin otra relación entre sí más que el territorio, puedan convivir juntos sin hacerse daño.

La relación de México consigo mismo le hace daño.

En un país en el que se tiene tan arraigada la vocación de sólo verse a sí mismo, veo imposible definir la visión de qué es ese bien común. Aunque encuentro este defecto en políticos, intelectuales, académicos, y opinocracia, así como en eso que se entiende como sociedad civil, el lugar que ocupan los primeros le imprime mayor responsabilidad a su condición. Demasiada subjetividad ha hecho que estos sectores defendamos los valores universales siempre y cuando no afecten nuestra localidad.

En esa responsabilidad deposito las posibilidades de cambio. Sin llamar a ella daremos vuelta en la espiral que hemos transitado. Ese cambio pide un relevo generacional. Sólo que en lo político y en lo intelectual, ha sido tendencia que los sujetos que se incorporan lo hayamos hecho con vicios muy parecidos a los de la generación de salida. Muchas veces esto se da por la dependencia de una generación a la otra, o por la aspiración de los más jóvenes a sustituir a sus predecesores sin darnos cuenta de que replicamos lo mismo que les hemos criticado.

En ciertos discursos he escuchado afirmar que ha desaparecido la urgencia en aquella figura de matar al padre, como pudo suceder en otras épocas. El problema crece al negar la existencia de un padre que está ahí, aunque se reniegue de él, y que de forma digna de un sofá de sicoanálisis, se copien sus defectos. Al final, por mero reconocimiento, tal vez eran más sanos los tiempos en que se intentaba matar al progenitor.

En México, si aceptamos la responsabilidad del daño que muchas generaciones hemos hecho, si se decide que es tiempo de remplazar las estructuras que lo permitieron. Si se logra llegar al acuerdo mínimo de cuál es el bien común, podremos hablar de esperanzas compartidas. Estamos un paso previo a poder hacerlo del futuro.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Su más reciente libro es: Pensar México.

 

Un comentario en “El malentendido mexicano

  1. Me parece acertado lo que el articulo quiere dar a entender Lo cierto creo yo que al bien común le hace falta el pensar más en el otro u otros que no son tan subjetivos. Esos en el que el bien común no les llega porque lo individualista de los que mas tienen quieren más. Y ese más lo chupan como vil vampiro de los que menos tienen. Eso no es subjetivo porque es Juana, Petra y otros que no nombro pero que el bien común les llega como migaja. Y está ahí en espera de que algún día les llegue. Son ellos los que viven el bien común compartiendo en la colectividad del bien común.

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