Decidí estudiar Economía en mis últimos años de la preparatoria. No era una vocación que hubiera tenido desde niña —ya habían pasado por mi cabeza Medicina, Arqueología y Relaciones Internacionales— pero sí recuerdo haber tenido un interés en entender los grandes temas del país desde muy chica.

A cada generación le tocan sus temas. “Somos un país con muchos problemas, pero por lo menos hay paz” era una frase recurrente en las conversaciones que recuerdo. Se hablaba mucho de la deuda externa y con mi poco entendimiento de las cuentas nacionales, pero sabiendo sumar, me atrevía a sugerir que si todos poníamos un poquito —no recuerdo la cifra exacta— la deuda externa se borraría de un plumazo. Los adultos sonreían de forma condescendiente.


Ilustración: Izak Peón

Una anécdota no hace una historia, pero me es útil para reflexionar sobre el país que he visto a lo largo de estos años.

Muchas cosas han cambiado, algunos problemas se han ido, como el de la deuda externa, pero otros han llegado. Y esa premisa con la que se vivía de que “por lo menos hay paz” dejó de escucharse en las sobremesas hace mucho tiempo. Hemos optado, y es precisamente eso, una decisión, no resolver los problemas. A lo largo de los años, hemos preferido pretender que no existen. Resolvemos algunos de los síntomas, pero los intereses arraigados son tales, que nadie se atreve a tocarlos.

Así hoy México tiene problemas complejos que requieren soluciones más difíciles. La violencia alcanza cifras históricas. La corrupción abarca todos los ámbitos y todos los niveles. No hay Estado de derecho funcional. La justicia es selectiva. La pobreza permanece y no hay programa social que logre romper su destino generacional. La desigualdad de oportunidades es abismal, lo cual amplía continuamente la brecha de ingresos. El clasismo permanece y se perpetúa en un círculo alimentado por la sociedad y el sistema educativo.

La economía ahí va: eppur si muove. Como la frase atribuida a Galileo, a pesar de todo, la economía se mueve. Avanza poco y lento. Es volátil, pero ahí va. El crecimiento promedio por año desde 1994 a la fecha es 2.5%. Habrá quien diga que es un buen dato, pero es una cifra mediocre. El promedio esconde la volatilidad, en esos años hemos alcanzado un pico de 7.1%, pero también un decrecimiento de 6.3%. Esos vaivenes no contribuyen a mejorar las condiciones de vida de la población. El crecimiento per cápita es mejor muestra de la mediocridad: en esos mismos años hemos crecido 1% promedio anual. México es una economía emergente, con población joven, debería crecer más, pero no se toman las decisiones que impulsen este desarrollo.

La pregunta relevante es por qué no se toman. La respuesta se remite a mi anécdota de la deuda externa. Todos quieren que se haga algo, pero pocos están dispuestos a hacerlo ellos mismos. Todos quieren que se cumpla la ley, pero preferentemente que la cumplan los de enfrente. Todos exigen rendición de cuentas, pero pocos están dispuestos a darla. Todos quieren que se tomen decisiones, pero que ninguna afecte su statu quo.

Apenas está empezando el espectáculo político previo a las elecciones de 2018, pero por lo que hemos visto, el script es el mismo. Hay algunos actores nuevos, hay disfraces de ciudadanos para políticos y de políticos para ciudadanos, pero la dinámica se repite. Hay voces nuevas, pero el discurso es viejo.

Pasa algo similar en el sector empresarial. Las grandes empresas de México de hoy son las mismas empresas que llevan siéndolo por décadas. A diferencia de Estados Unidos, donde las grandes empresas actuales fueron creadas hace pocos años por gente que innovó y arriesgó, en México los jugadores siguen siendo los mismos. Hay pocas apuestas hacia el futuro. El mundo se mueve a la tecnología y a la innovación y México se sigue considerando manufacturero o petrolero. En unos años nos vamos a arrepentir de haber tomado esa decisión sin miras al futuro y los que hayan apostado a innovar y a cambiar —porque sin duda los habrá— serán los ganadores.

Creo que es posible vernos de otra forma. Pero será indispensable empezar por cada uno. Suena a una visión quizás idealista, pero es la pieza que falta. La única forma de exigir será si estamos dispuestos a dar. Para exigir transparencia, hay que darla. No se vale hablar de inclusión y no estar dispuesto a incluir. Estoy convencida de que México puede cambiar, de que puede emerger y ser un mejor país. Pero sé que no pasará solo. Habrá que estar dispuestos a llamarle a las cosas por su nombre, a tomar decisiones que lastimen intereses. Necesitamos ver más allá de la elección, más allá del sexenio que viene. Pensemos y hagamos un México de largo plazo.

 

Valeria Moy
Economista. Directora del observatorio económico México, ¿Cómo vamos?

 

2 comentarios en “El México que he visto

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