El nacimiento de nexos coincide, en el tiempo, con mis primeras memorias de hechos públicos: veo sobre el escritorio de mi padre la portada del Time con Mario Kempes celebrando la Copa de Mundo Argentina 78. El recuerdo se funde al año siguiente con el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, para la que, junto con mi vecino Sebastián Tambutti, nieto de Salvador Allende, hice una colecta casa por casa en Villa Olímpica, donde familias mexicanas con frecuencia de universitarios convivíamos con vecinos que habían escapado de las dictaduras latinoamericanas. A fines de los setenta, México era un país de acogida política y de crecimiento económico interno: el hallazgo de yacimientos petrolíferos, según el discurso oficial, nos preparaba para administrar la abundancia.

La imagen más nítida del inicio de los ochenta ocurre en familia frente al televisor, con mis padres emocionados ante el anuncio de la nacionalización de la banca. El entusiasmo se esfumó pronto: irrumpió la deuda externa, se había fracturado la senda del desarrollo y la crisis se adueñó del presente y del horizonte mexicanos. El subsuelo contribuyó al desastre, con los sismos de 1985. Tuvimos Mundial de 86 en casa pero poco más qué celebrar: la pobreza urbana y la informalidad laboral se convirtieron en marcas permanentes del rostro nacional.

Ilustración: Raquel Moreno

Las universidades públicas padecían los drásticos recortes a sus presupuestos y, tras la masificación de la matrícula, comenzaba el fenómeno de los excluidos de la enseñanza media y superior. Emergió el movimiento del CEU en la UNAM, que consiguió diálogo público con la rectoría, la derogación de las reformas que habían propiciado la protesta y la realización de un Congreso Universitario. Dos décadas después del movimiento del 68, los estudiantes volvían a tomar las calles y, por primera vez, a través del diálogo y la política, salían victoriosos, pero el ala más radical del movimiento no vio avance sino capitulación.

Para entonces la crisis económica había erosionado la nutriente económica de la legitimidad política del régimen posrevolucionario. Las elecciones de 1988 se convirtieron en espacio para la expresión del descontento y en la arena real de disputa por el poder, pero las instituciones y procedimientos electorales fueron incapaces de asegurar el respeto al voto ni de procesar una contienda genuina. A la crisis económica se sumó la crisis política. La defensa del voto, del sufragio efectivo, se convirtió en el reclamo ciudadano más fuerte hacia el fin del siglo XX, abriendo una agenda reformadora que, combinada con la movilización social, dio cauce a la construcción de un sistema de partidos que reemplazó al partido hegemónico.

Los noventa no fueron fáciles. La violencia política se hizo presente con el alzamiento del EZLN el 1º de enero de 1994, justo cuando entró en vigencia el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y más tarde con el magnicidio del candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio. El acuerdo entre gobierno y los principales partidos políticos de la oposición, permitió una reforma electoral que robusteció la confianza en la votación y dio lugar a la mayor participación ciudadana hasta la fecha. La política había reconducido al país por la ruta institucional y pacífica.

Pero una vez más la estructura económica jugó una mala pasada a los anuncios oficiales: hecha la apertura económica y asegurada la autonomía de la autoridad monetaria, los desequilibrios externos corrieron contra la confianza de los acreedores y una nueva crisis fracturó el incipiente crecimiento. El empleo se contrajo y la pobreza se disparó de nueva cuenta. Fue necesario el respaldo del gobierno del presidente Clinton para que la corrida especulativa encontrara límite.

Luego, la llegada del milenio trajo la buena nueva de la alternancia en la presidencia de la República que, sumada a la pérdida del control del Ejecutivo sobre el Legislativo, confirmaba que México había logrado el cambio pacífico del poder entre partidos y hecho realidad los contrapesos y la división de poderes.

La alternancia no trajo cambio en la conducción económica y ahora el aprecio a la democracia y sus instituciones es precario. Y hay que sumar una década de pandemia de violencia. Mucha energía ha invertido el país en sus transformaciones económicas y políticas en estas cuatro décadas. Demasiado énfasis se ha depositado en el tema electoral, en cómo acceder al poder pero poca atención en para qué llegar a él y cómo ejercerlo. También se ha puesto cuidado extremo en los equilibrios macroeconómicos nominales, al tiempo que se volvieron residuales los objetivos de bienestar poblacional. Sin una reforma profunda del ejercicio del gobierno —para arrinconar a la corrupción y la impunidad— y sin enfrentar en serio la desigualdad, las crisis combinadas seguirán siendo parte de la cotidianidad mexicana, lejos de la legítima aspiración de tener un país próspero y en paz.

 

Ciro Murayama
Economista. Consejero Electoral del Instituto Nacional Electoral.