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Lourdes Arizpe. Antropóloga, es profesora e investigadora del Centro de Estudios Sociales de El Colegio de México. Ha publicado: Parentesco y economía de una sociedad nahua, Instituto Nacional Indigenista, 1973; Indígenas en la ciudad de México, Sepsetentas 1975; y Migración, etnicismo y cambio económico. El Colegio de México, 1978, y diversos artículos en revistas especializadas y en Nexos (mayo, 1978).

Los indígenas dejan de ser evocación y empiezan a ser una presencia en el espacio político y social de México, después de cuatro siglos y medio de silencio. Durante todo este tiempo, las noticias indígenas llegaban debilmente a los foros nacionales a través de los voceros oficiales: primero, los frailes defensores de los indios, después los liberales humanitarios y hasta hace poco, los antropólogos, convertida su labor científica en profesión indigenista. Lo insólito, actualmente, es que los indígenas han tomado la palabra, su voz y presencia de sus propias demandas.

LOS VIEJOS INDIOS NUEVOS

No podía dejar de provocar polémicas un hecho tan inesperado, sobre todo porque indica que el Estado mexicano ha incorporado una defensa cautelosa de las culturas indígenas a sus políticas. Se ha formalizado este apoyo en las declaraciones programáticas del director del Instituto Nacional Indigenista y de Coplamar, en el patrocinio de los Congresos Nacionales Indigenista y las reuniones de la Alianza de Profesionales Indígenas, y en la creación reciente de dos programas de formación de técnicos en socioligüística y de etnolingüistas de origen indígena.

Este viraje, que deja atrás muchas de las premisas del indigenismo clásico, a pesar de ser todavía promesa y no realidad, se enfrenta a la oposición de los representantes del hispanismo, el vasconcelismo, el centralismo estatal autoritario y el radicalismo de izquierda. Semejante oposición ideológica se equilibra por presiones de la coyuntura política y económica del país, y también del ámbito mundial, que apoyan el proceso de toma de conciencia y organización de los indígenas.

En cuanto a lo primero, ocurre que los indígenas son poseedores de cerca de 90 mil hectáreas de tierras que si bien en su mayoría son de temporal con bajos rendimientos, en gran parte son también susceptibles de cultivarse con altos rendimientos mediante la introducción de técnicas e inversiones apropiados. Su participación activa, por tanto, resulta destacada para ayudar a resolver la crisis de la producción agrícola del país. A esto hay que añadir que las comunidades indígenas, afectadas gravemente por el deterioro de las condiciones de vida campesina, constituyen contingentes importantes de los indocumentados, de los jornales agrícolas itinerantes y de la migración campesina hacia las ciudades. Por este hecho es acertada la política de Coplamar que busca aliviar las peores consecuencias de los fenómenos anteriores, aplicando medidas en regiones indígenas marginadas

CUATRO MILLONES DE VOTANTES

Además, convirte al indígena en sujeto de interés el nuevo clima de reforma política y contienda electoral entre partidos. Cuatro millones de votantes indígenas no son un electorado nada despreciable. Ya desde 1975 la CNC, junto con otras dependencias del gobierno, había tomado la iniciativa de organizar a los indígenas dentro de las estructuras del PRI. De ahí nacieron los Consejos Supremos y el Consejo Permanente de los Pueblos Indígenas. Poco a poco los indígenas han intentado despojarse de esta tutela para presentar demandas y posiciones políticas emanadas de sus propios criterios. Pero es claro que para el Estado mexicano, en momentos en que intenta reafirmarse frente a presiones externas e internas, el apoyo de una base popular ampliada le resulta importante.

Fue interesante constatar la reacción de los distintos partidos políticos ala cuestión indígena. Los partidos de la sombra PARM y PPS y los de derecha, PDM y PAN, siempre han desdeñado ocuparse del asunto. El PPS no lo ha hecho a pesar de que Lombardo Toledano fue uno de los pocos dirigentes políticos que discutió y escribió sobre el tema. El PST gastó tiempo y energías en formar una organización indígena alternativa, sin que le precediera ni resultara de su esfuerzo un planteamiento ideológico coherente. El PC se opone ideológicamente a tratar el problema indígena como tal y, sin embargo, acabó siendo el único partido que ha llevado un diputado indígena a la Cámara.

A nivel mundial, el resurgimiento de culturas y religiones tradicionales es noticia de todos los días. Forma parte de las propuestas políticas de liberación de países africanos, islámicos y asiáticos y de minorías culturas europeas y estadunidenses. Con la revitalización de sus herencias culturales, regresa el mito del eterno retorno: ¿cómo aceptar, por ejemplo, el intento de restaurar en Irán un estado teocrático del siglo XIII? ¿cómo no condenar el sanguinario genocidio de millones de camboyanos en un intento por restaurar la antiquisima sociedad agraria Kmer?

LOS ULTRAS Y LA CONSERVA

Por encima del ritmo dinámico y urgente de estos cambios económico y políticos, la polémica actual sobre los indígenas en México se ha dado demasiado ceñida a la situación nacional y en muchos casos enmarañada todavía en los mitos de antaño. Sobre todo preocupa constar que los términos estructurales de la discusión son exactamente los mismos que se dieron en los años veintes y treintas. Cuenta Gamio de la curiosa coincidencia entre conservadores y ultraradicales, ambos opuestos a una acción que tendiera a ayudar a los indígenas. Los primeros insistian en que no había problema indígena excepto en términos de atraso cultural y los segundos coreaban diciendo que el problema indígena «ha sido artificialmente creado por móviles románticos». En la polémica de estos días se constata un eterno retorno a viejas posiciones. Para empezar, se sigue excluyendo a los indígenas de las doctas discusiones, como si lo que los antropólogos continuamos discutiendo entre nosotros siguiera dando la pauta de acción a los indígenas. Esta vieja arrogancia se disipa al hablar con los líderes y maestros indígenas que llevan ya una dinámica propia de discusión.

La posición conservadora sigue siendo la misma del siglo pasado, sólo que como no está de moda se expresa en privado y no públicamente. Afirma, en su extremo racista, que los caucásico europeo es superior por biología y, en su extremo positivista, sigue insistiendo en que hay que emular la superioridad moral y técnica de occidente, vanguardia del progreso. Frente a esta última posición, cuya rama vasconcelista ha sido la más influyente en el medio político posrevolucionario en México, se opone actualmente aquella que destaca el derecho irrevocable de grupos y naciones a conservar sus culturas. ¿Puede proponerse este derecho como principio general? ¿Puede plantearse haciendo abstracción de las condiciones políticas y económicas internas y externas de los distintos países?

LA «PLANETARIZACIÓN» DE LA CULTURA

En cierta manera tienen razón quienes vislumbran la planetarización de la cultura, la cristalización de un global village o «aldea planetaria»: los vínculo crecientes entre las distintas regiones del mundo a través del mercado mundial y la expansión de la red de medios masivos de comunicación han acelerado el conocimiento recíproco y el intercambio de bienes materiales y culturales entre las naciones. Pero estos vínculos y el reconocimiento de valores universales no han propiciado una homogeneización cultural. Al contrario, la expansión del mensaje cultural euro-occidental, que bien puede interpretarse como un intento más por fortalecer una dominación ideológica, ha provocado lo opuesto. En los años sesentas y setentas se fortaleció una conciencia de los grupos y países subordinados, conciencia que es a la vez raíz y reflejo de la quiebra de la hegemonía cultural de Europa y de Estados Unidos.

Dentro de los países industrializados, la promesa de igualdad y fraternidad, baluarte sobre el que fincaba su prestigio la cultura occidental, fue denunciada como ideología a raíz del movimiento de derechos civiles de Estados Unidos y de las rebeliones estudiantiles en varios países. Y la insurección anti-capitalista manifestada en proclamas y terrorismo se sumaron las luchas particulares de grupos raciales y culturales minoritarios como los negros y los chicanos en Estados Unidos y los irlandeses, los galos, los bretones, los vascos y otros en Europa.

Simultáneamente, los países dependientes echaron mano de sentimientos nacionalistas y tradiciones étnicas y religiosas para apoyar sus movimientos de liberación. No podían sustraerse a esta iniciativa los grupos subalternos y minoritarios. Contribuyó a alentar esta reivindicación el hecho de que las clases dominantes de estos países, ligadas estrechamente a sus contrapartes metropolitanas, hubiesen perdido su hegemonia ideológica en la misma medida que aquéllas.

Las demandas de los diversos grupos étnicos varían enormemente. Van desde la secesión total (los quebecois, algunos grupos indios y negros de Estados Unidos, los Ibo de Nigeria), la autonomía (los vascos y catalanes, los grupos étnicos de Yugoslavia, los kurdos de Iraq e Irán), la petición de una mayor participación política y social (los chicanos, los grupos tribales no Kikuyu en Kenya, las scheduled eastes en India), hasta el reconocimiento oficial de sus lenguas y la educación bilingüe y bicultural (pueblos indígenas de Perú, Bolivia y México). En muchos casos se presentan simultáneamente varias de estas demandas, adquiriendo mayor peso una de ellas, lo que le otorga un carácter particular a cada movimiento.

Como derecho humano, es indudable que todo individuo o grupo social tiene el derecho de ejercer una actividad lingüística, simbólica o artística propia. Esta práctica puede ir en contra de los cánones de la moda en una sociedad, o puede estorbar los proyectos hegemónicos de un grupo sin que ello altere el principio en cuestión. Sin embargo, si esta práctica ataca otros derechos fundamentales, se presenta un problema moral de tipo universal. No es posible condonar, por ejemplo, el infanticidio femenino en el norte de India o el cercenamiento de manos y pies a infractores y la cliterodoctomia en el Islam. No puede alegarse, por tanto, en abstracto, que todas las prácticas culturales son aceptables y deben conservarse.

Pero además, si todos los pueblos del mundo conservaran intacto su mundo simbólico y su forma de vida, acabaríamos por crear un embotellamiento cultural. Como diría Borges, es necesaria una pérdida paulatina de memoria cultural a riesgo de volvernos locos colectivamente.

Así, la forma precisa de postulado que puede darse como respuesta a la acusación de etnocidio sería la siguiente: en un marco de respeto a la integridad física y psíquica del individuo, todo grupo social tiene derecho a conservar o a descartar sus prácticas lingüisticas, simbólicas y plásticas. 

LA DIVERSIDAD CULTURAL Y EL PODER

La rivalidad étnica es el conflicto mas antiguo de la historia humana. Nació en la prehistoria en el momento en que ciertos rasgos culturales identificaban a un grupo con derecho a cazar, pescar o recolectar en un territorio. Significa que la creación cultural sólo se vuelve conflictiva cuando es utilizada como símbolo en la lucha de dos grupos por recursos limitados. El impulso del conflicto proviene, pues, en una gran mayoría de los casos, de la lucha por el poder y no de las diferencias culturales o étnicas.

A través de la historia resulta imposible separar el ingrediente político del cultural, étnico o religioso en las guerras y rebeliones. Se dice, por ejemplo, que el conflicto en Irlanda del Norte es de índole religioso. Pero es un hecho que los católicos han quedado excluidos y marginados de la estructura ocupacional industrial y del acceso a capitales.

Para quienes todavía ven en el pluralismo cultural un obstáculo el desarrollo habría que mencionar que la unidad cultural no es una condición necesaria y mucho menos suficiente, de la industrialización, según lo muestra la historia. Basta con la alianza o hegemonia, incluso temporal, de las clases dominantes. La unificación de países como Alemania e Italia es muy reciente. Ninguno de estos países industrializados, i.e. Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón son uniculturales. Ni se parecen, tampoco, sus culturas. En la etapa posindustrial de hecho la presencia de minorías étnicas es favorable a la reproducción capitalista. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, los negros, portorriqueños, chicanos y mexicanos cumplen una función de mano de obra barata. Asimismo, los trabajadores inmigrantes en países europeos, quienes por su debilidad política producto de su extranjerismo, se ven obligados a aceptar sueldos bajos que permiten la reproducción de esas economías. 

La aparente homogeneidad social en países industrializados mas bien puede explicarse por la tendencia a que se apaciguen los conflictos culturales en tiempos de prosperidad. Al parecer, cuando hay mucho que repartir alcanza hasta para los marginales. Así ocurrió en tiempos de los imperios español e inglés. En cambio ahora, sus minorías culturales respectivas reclaman con impaciencia la autonomía e incluso el control de sus recursos naturales.

LA NEGOCIACIÓN DE LA PROSPERIDAD

En América Latina se cita con frecuencia la diversidad cultural y étnica como una de las causas que impiden la formación de naciones. Ciertamente, no se puede ser muy exitoso cuando se intenta imponer por la fuerza una hegemonía hispanista criolla a un país en que la mayoría son quechuas y aymaras como ocurre en el Perú.

Tampoco puede hablarse de una nación mexicana mientras 8 millones de ciudadanos indomexicanos hayan quedado de facto excluídos de ella en virtud de un artículo constituconal no escrito que prohibe la libertad de cultura. Su marginación se manifiesta en el hecho de que no han tenido nunca representación política, ni han recibido la cobertura de servicios sociales del Estado, ni sus cuantiosas inversiones ni han tenido presencia social ni cultural sino en virtud de su diferencia, su folclor. La discriminación hacia ellos se basa en que manifiestan una cultura «india» o «indígena». De hecho se trata de 56 lenguas distintas y de innumerables variantes locales y regionales. Pero, además, estas culturas ya no son indias en el sentido de que hayan retenidas intactas las costumbres pre-hispánicas. Al contrario, han cambiado al igual que las culturas campesinas mestizas. Se trata mas bien de culturas indomexicanas, que llevan impresas muchas de las formas sincréticas de la cultura nacional. No son, pues, culturas estáticas, que busquen un retorno a lo atávico. El retorno es ya imposible. Se trata de culturas autenticamente, populares, llenas de vitalidad y de creación, base de sustento de lo que podría ser una vida cultural nacional creativa y abierta a lo universal.