Vicente Quirarte nació en México D.F., 1954. Estudiante de Letras Hispánicas, fue becario del INBA 1978-1979. Publicó, en 1979, Teatro sobre el viento armado (Universidad Veracruzana) y el volumen colectivo Lejos de las naves (Ediciones Punto de Partida). Es también ganador del Premio Nacional de Poesía Joven del año en curso, con el libro Vencer a la blancura, que comprende los diez textos que integran el capítulo «Teoría del Oso».
El amanecer por fin, acompañado de vómito y metralla. El café, la camisa, el frío y el remordimiento de estar vivo son lo mismo. Bajo la regadera preparo nuevas estrategias para abatir al oso. Salgo del baño y me miro en el espejo: El oso celebra su pacto con Heráclito y Descartes. Desde que existe ¿nos hemos bañado en la misma tina? Al pasar el rastrillo por la barba, escucho los gruñidos de la fiera: Ella existe, luego yo pienso.
CAZA a deshoras. Entra por la ventana volando papeles y geranios; rompe el orden de la vajilla más simétrica, interrumpe la lección equilibrista de la araña. No respeta la hora de la siesta, ni el sol de las cinco, ni la taza de té bebida bajo tu pelo claro. Nunca lo conocerás de frente. Ni cuando yo descubra que en tus ojos naufragan ya mis barcos y afuera la lluvia nos diga que todos los cuartos del mundo nos esperan. Tampoco cuando mi lengua afine el violín dulcísimo en tu espalda y al quemar las naves tu gemido esté más cerca del tallo que del fruto. A veces sentirás su presencia detrás de mis ojos, detrás de cada beso, monarca seguro en su silencio. Caza largas temporadas en otros territorios. Pero regresa. Me descubre al caminar de noche por la calle con el orgullo de tus pechos en mis manos. Viaja echado a mis pies en el autobús, entra conmigo en la casa, me llena el oído con su respiración y pasea sus mandíbulas por mi cuello. Busco la silla, el látigo, la pluma, el papel, la máquina cuando siento su garra, delicada, hundiéndose en mi carne. Entonces comienzo, sin saber adonde voy con esta página, seguro de que sólo al decirlo así podré vencerla: Te amo.
Y el Ulises salmón de los regresos…
José Gorostiza
NUESTRAS vidas no son ríos ni van a dar al mar. Aquel que dice no acepta el desafío, lucha contra la parca y le arrebata las artes de la manga y del gigante. El terco Ulises avanza contra el viento, nutre su fuerza combatiendo la dulzura de un agua que lo engaña.
Para avanzar es necesario regresar contra los ríos, aunque un solo salmón alcance la laguna. Las armaduras de guerreros muertos yacen a orillas del río victorioso, pero hay que intentarlo. Que las alas inútiles se vuelvan aletas, branquias los pulmones: Nada el salmón corriente arriba, antes de que la garra del oso lo destroce.
HERIDO de muerte, huye el oso. Su solo aliento derrumbaría palacios que un rey levantó desde mil siglos. El castillo de arena que la mano infantil construye a mediodía podría detener su avance, sin embargo. Con su sereno rostro, el río espera el fuego que persigue bosques como un sátiro borracho tras las ninfas. Una nueva lanza tumba al oso cuando el cuerpo del bruto entra en el agua. La herida crece pero es ya compartida. El aire tenso de la noche dice que alguien ama mientras el oso muere en sangre propia.
DESDE el principio fue el oso y yo fui con el oso y el oso fue conmigo. Cuando él caminaba por mi pecho, la garra tomaba el sitio de mi mano. Esta tarde uso como alfombra la piel mullida de la bestia. Intactas sus armas asesinas, igual que la guillotina en los museos. «Nunca ofrezcas la piel del oso sin antes haberlo matado». Yo escribí, desde un principio, creyendo poseer todas las armas. Ahora desconfío de este trofeo, como el cazador que vence y queda con una sed saciada a medias. Aquellas trampas infantiles en cuyo fondo clavaba lápices agudos. El oso volverá y el bruto habrá ahogado en esta tinta.