El proyecto de decreto que el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, ha propuesto a la Asamblea de la Ciudad de México propone dos niveles más por encima de la norma de zonificación para aquellos predios cuyas estructuras se derrumbaron o que deben de ser demolidas como consecuencia de las afectaciones que les provocara el sismo del pasado 19 de septiembre.

Los vecinos de las zonas afectadas saben y reconocen que, los edificios altos representan un riesgo, tanto para aquellos que los habitan como para los inmuebles colindantes, sobre todo si éstos son de menor altura o si se trata de estructuras de técnicas constructivas más rudimentarias. Los casos son muchos y evidentes: Por ejemplo, las casas marcadas con los números 26 y 32 de la Avenida Ámsterdam en la colonia Hipódromo (ambas de dos niveles de altura y construidas en la segunda década del pasado siglo) sufrieron daños graves en sus estructuras debido a los desplazamientos que durante el último temblor tuvo un edificio de nueve niveles que se levanta entre ellas. Sus propietarios las habitan aún en condiciones de seguridad reservada. Si acaso ese edificio (el número 28) ameritara demolición —puesto que sufrió igualmente severos daños en su estructura— ahora como premio se beneficiaría de dos pisos más por encima de la norma. Premio al de por sí inviable y amenazador proyecto y bono de desvelo para los vecinos.

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Si alguna enseñanza nos han dejado los sismos es que las estructuras altas suelen ser potencialmente más dañinas que las bajas; tanto en sí mismas como para los colindantes.
Vendrán los ingenieros y arquitectos a decirnos que los nuevos edificios no se caerán, que los coeficientes en el cálculo de diseño antisísmico se elevarán… No hay duda, los edificios nuevos no se caerán (bueno, siempre hay excepciones como el flamante y nuevo edificio que cayó en la colonia Portales); pero, cada vez que un edificio nuevo se construye sobre de los suelos arcillosos de la zona del lecho del viejo lago, las labores de achique de agua y de cimentación que se desarrollan generan daños —que se presentan de manera silenciosa y paulatina— a los inmuebles colindantes tanto inmediatos como remotos: hundimientos, desplomes, agrietamientos… Sí, en efecto, el nuevo edificio no se caerá pero quizás otro, a unas cuadras de distancia, sí lo hará.

No hemos comprendido aún que el subsuelo de la vieja zona lacustre de esta ciudad es un sistema interconectado, intrínseco y complejo, que reacciona a cada inserción o afectación que se hace a las distintas capas arcillosas y las lentes que las estratifican. Constantemente estamos abonando a un proceso de degradación y de desecho de estructuras: nuevos edificios que provocan daños a otros más antiguos que a la postre colapsarán; remplazando constantemente los edificios, viejos por nuevos, afectando al patrimonio y arriesgando las vidas de sus habitantes; elevando sistemáticamente las tasas de cálculo de diseño antisísmico, excavando cada vez más profundo, desecando el lago, provocando más hundimientos y asentamientos hasta que lleguemos al propio colapso.

Entendamos por qué los sismos previos a la segunda década del siglo pasado no causaban derrumbes ni muertes: la respuesta es sencilla, porque entonces, todas las estructuras estaban cimentadas sobre de la primera capa arcillosa sin haber traspasado las capas inferiores; dicho de otra forma, todas las estructuras “flotaban” sobre de la primera capa y todas compartían sistemas de cimentación y alturas uniformes.
Los habitantes de las colonias más afectadas temen a esas amenazantes estructuras. Los daños que provocaron los edificios que recientemente fueron construidos o que están en proceso de construcción aún no terminan de manifestarse. No tardará mucho tiempo en que aparezca una pequeña fisura en un muro o que la casa se “enchueque”.

El proyecto de decreto que propone el Jefe de Gobierno de la Ciudad poco toma en consideración a los vecinos: lejos de racionalizar el uso del espacio y de reducir los potenciales daños (al menos en número de vidas expuestas), apuesta por mayor densificación. La solución no es construir más ni más alto; por el contrario este es el momento más propicio para hacer una revisión profunda de la normatividad de los usos de suelo de las colonias más afectadas con miras a regular las alturas de los edificios y a tomar en consideración la las características de sus suelos y la cohabitación de los inmuebles existentes y de sus diferentes tipos y mecánicas constructivas.
Salvador De Maria y Campos