El título del cuento hace referencia al servicio militar en la España del autor: por extensión se llamaba “quinta“ al conjunto de los mozos nacidos en un año y que sentarían plaza como soldados a los 21 de su edad. En este caso concreto, la quinta del 39 es la correspondiente al año en que concluyó la cainita guerra civil, si es que llamarla así no fuese redundancia. Y la elección del título explica la secreta intención del autor al relatar los hechos que siguen.


La luz vino a pesar de los puñales
—Pablo Neruda

In memoriam Dr. Don Plácido Bañuelos

 

Recuerdo el día. La fecha no la recuerdo. Aquel día me convertí en un hombre hecho y derecho. Y me siento tan orgulloso de ser un hombre hecho y derecho (en el buen sentido de la palabra), como el Buen Viejo de las barbas blancas se puede sentir orgulloso de ser eso que suelen llamar Dios.

La ciudad desprendía un olor penetrante a guano y a marisco.

En el salón de estudios del colegio estaban reunidos casi todos los cursos. Las ventanas abiertas. Del taller del escultor llegaba el martilleo irregular de sus horas sin inspiración. Tal vez estaba convirtiendo un bloque de madera en un san Walabonso o en cualquier otro santo varón de la provincia.

Javier y yo, con los libros de Historia de España abiertos sobre el pupitre doble, jugábamos a los barcos. Mi planilla estaba en la página correspondiente al grabado de la ejecución de don Álvaro de Luna. Le tocaba a Javier.

—Be dos —susurró.

B2 era el cuadro inmediato a la proa de mi Graf Spee. 

—Agua —contrasusurré, y añadí unas coordenadas que sabía que iban a torpedearle un gigantesco Forrestal. Porque Javier tenía su truco; no señalaba más que un barco o dos, de buen tonelaje, y solía despistar a todas las baterías enemigas. Pero conmigo no le valía.

—Efe seis —dije.

—Barco —suspiró, emborronando un cuadro.

Se abrió la puerta y apareció don Rafael, el encargado de velar por el orden. Todos nos pusimos en pie. Paseó —resbaló— sobre nosotros su mirada legañosa, sanguinolenta. Venía de vuelta de los servicios y parecía estar de mal humor.

—Sentarse.

Comenzó a pasear por el pasillo entre las bancas y su estrado. Las manos a la espalda, la mandíbula metida en las solapas de su chaqueta raída. Llegaba al extremo del pasillo y se quedaba parado mirando a la pared, tecleando con los dedos de la mano derecha sobre la palma de la zurda. Después se daba vuelta de golpe, como un muñeco del pimpampum, alzando la cabeza mecánicamente para ver si alguno de sus “pequeños cerdos” —era su piropo favorito— estaba hundiendo acorazados, construyendo aviones de papel, dibujando matronas opulentas, mirando las musarañas, riéndose, observándole, lo que fuera. Volvía a hundir la cabeza entre las solapas de la chaqueta, volvía a medir a trancos la distancia hasta la otra punta del pasillo, y la operación se repetía. Igual a un péndulo que se tomase tiempo para medir el Tiempo.

—Be tres —murmuró Javier.

¡La proa del Graf Spee!

—Barco —suspiré yo esta vez.

—Javier Blanco.

Javier se levantó, pálido. A mí se me encogió el estómago y palidecí también.

Don Rafael se lo quedó mirando.

Hubo una pausa larga.

—¿A qué viene esa palidez?

Javier no dijo esta boca es mía.

—Nada bueno estarías haciendo. Pequeño cerdo. Ve y cierra las ventanas.

Por lo visto le molestaba el martilleo del escultor. O algún soplo de aire que llegase de la fábrica de guano de los Weickert. Casi suspiré cuando Javier salió del pupitre para cumplir la orden. Cuando regresó y se sentó a mi lado, el escultor había comenzado a martillear duro y parejo. Se habría decidido por alguno de los pliegues de la túnica del santo. Pero los golpes llegaban ahora como amordazados.

El calor comenzó a cuajarse dentro del salón de estudios. Nuestro pupitre estaba en línea directa con la puerta del salón, al otro extremo del mismo. En diagonal con el nuestro se encontraba el pupitre de Pepe Villablanca y Manolo Mackay. Don Rafael subió a su estrado y abría ya un grueso volumen entre cuyas páginas había siempre una novela verde bastante manoseada, “de las de antes de la guerra”.

Manolo y Pepe se levantaron de sus asientos.

—¿Qué pasa?

Manolo y Pepe sabían que la novela verde era sagrada para don Rafael. Durante su lectura se le podía pedir cualquier cosa de las que normalmente denegaba, o solo concedía a regañadientes. Ese día, sin embargo, hacía calor. Y las ventanas estaban cerradas. Y don Rafael no había regresado muy contento de los servicios.

—¿Podemos ir al retrete?

Don Rafael cerró de golpe su libro-camuflaje:

—¿Cómo?

Pepe trató de enmendar la plana:

—Con su permiso, don Rafael, ¿podemos ir al retrete?

Don Rafael avanzó hasta el borde del estrado, es decir, a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del salón, y a unos cinco metros de distancia del pupitre de Manolo y Pepe.

—Conque al retrete… —se mordió el labio inferior—: José Villanueva y Manuel Mackay piden permiso para ir al retrete. Y no es la primera vez que lo piden desde hace un par de meses.

Tuve el impulso de levantarme y decirle que también Javier Blanco y yo lo hacíamos, y Juan y Joaquín, y Lorenzo y Eduardo, y Agustín y Pepe. Significaba el fin de una partida de barcos, la confrontación de las planillas del juego y el pago de las reparaciones de guerra: dos reales por tonelada hundida, calculándose a cuadro por tonelada. Los servicios eran nuestro Lloyd’s.

Pero no me levanté ni dije nada.

—¡Pequeños cerdos! Conque al retrete… ¿Y puede saberse lo que vais a hacer allí? Os vengo observando desde hace un par de meses, no os separáis ni a sol ni a sombra, desde hace un par de meses os vengo observando. Sois muy amiguitos, ¿no es verdad, pequeños cerdos?

Manolo y Pepe habían enrojecido hasta la raíz del pelo.

—¡Qué buenos colores tenéis!

Sonrió con una mueca:

—De manera que queréis ir al retrete. Los dos juntos. En amor y compañía. Muy bien. Pues no vais a ir. No vais a ir, porque me parece una indecencia.

A Pepe casi se le caían las lágrimas:

—Pero don Rafael, ¿de qué nos está hablando?

—¿Quién te ha dado permiso para hablar, pequeño cerdo? He dicho que no vais al retrete. Basta. ¿Quieres que siga? ¿Quieres que hable delante de los pequeños?

Casi todos los siete cursos estaban en el salón, menos 3.º, que tenía Geografía de 3 a 4 con la señorita Eugenia, y 4.º, que tenía Literatura con don Diego.

—Ahora, que si quieres que hable delante de los pequeños… —prosiguió don Rafael—, pues de acuerdo. ¿O es que os creéis que aquí nos chupamos el dedo? —Volvió a sonreír— ¿Creéis que no nos íbamos a dar cuenta de una amistad —lo subrayó— tan íntima entre dos muchachos de vuestra edad, creéis que iba a pasar así, desapercibida?

—Don Rafael…

—¡Que te calles he dicho! —barbotó.

El silencio se podía cortar con una navaja. Me sudaban las palmas de las manos. Los de 1.º y 2.º, y hasta los de 5.º, miraban con los ojos muy abiertos. Creo que ni siquiera todos nosotros, los de 6º. y 7.º, sabíamos qué era lo que aquel energúmeno quería dar a entender.

—¡Al retrete! ¡Y juntitos! ¿No? Luego, en el corredor, os agarráis de la manita, para no caeros, ¿verdad?

—Don Rafael, yo…

—¿Te vas a callar de una vez, sí o no? —bramó de nuevo.

Y entonces Manolo Mackay:

—Don Rafael, lo que Pepe…

—¡¡¡Tú tambiéennnnnnnnnn!!!

Y le salió la palabra:

—¡Mariquitas! ¡¡Mariquitas!! ¡¡¡Mariquitas!!!

Se miraron conmocionados, Manolo y Pepe.

—¡Ajá, ahora os hacéis los inocentes!, ¡¿no?!

Ese fue el momento en que me guardé en un bolsillo de la sahariana mi planilla donde el Graf Spee escoraba por una vía de agua a estribor, cerré mi libro de Historia de España y lo metí en la carpeta, me puse en pie —todo ello muy parsimonioso, como a cámara lenta— y miré a don Rafael, quien a su vez me miraba absorto. No daba crédito a sus ojos. No bajé la mirada.

—¡¡¡Meredith!!! —rugió por fin.

Salí al pasillo por la izquierda de mi pupitre, sin dejar de mirar a don Rafael. Y con un dejo inconfundible de lo que mi madre llamaba “esa voz de déspota”, le dije claramente, de modo y manera que ninguno de los presentes se perdiese una sola sílaba:

—Cree el ladrón que todos son de su condición.

Agarré mi carpeta y me fui, tranquilo y sin apresurarme. Detrás, en fila india, me siguió el curso en pleno. De don Rafael no recuerdo ya sino que se agarró congestionado al borde de su mesa.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.