De la película Bajo el manto de la noche (1962) dirigida por Juan Orol, en la que el mismo Orol actuaba convertido en un gángster cuyos nombres de guerra (Johnny Rizzo y Hot Moran, ni más ni menos) no desmentían sus vehemencias familiares y en la que la (actriz Mary) Esquivel había de redimir otra vez su condición farandulera con el típico sacrificio maternal, recuerdo algunos detalles divertidos. Se suponía, por ejemplo, que la actriz Angélica María y el actor Armando Silvestre estaban sentados en una playa de Acapulco simulada en un rincón de los estudios Churubusco; para dar idea de “realismo”, una ola llegaba y la pareja encogía las piernas para no mojarse; en esa situación debían mantener el diálogo consiguiente, pues la “ola”, lograda con alguna materia demasiado pegajosa (¿detergente?), se negaba a retirarse. Mary Esquivel declaraba su afán de regeneración con una frase inolvidable: “No quiero seguir viviendo bajo la sinfonía diaria de las ametralladoras”. El ya muy maduro (actor José) Baviera, por otra parte, seguía condenado por Orol a llamarse cosas como Ronald Carter y a pretender una vez más los favores de la Esquivel colocándole preciosa (?) joya en el cuello. En La Tórtola del Ajusco, del propio Orol, acababa de hacer exactamente lo mismo.

 

Fuente: Emilio García Riera, Historia documental del cine mexicano, tomo 8, 1961-1963, Ediciones Era, México, 1976.