El Canelo iba sólo por lo que pudiera caer (“¡Madre mía de Guajicora! Lo único que te pido es que me pongas donde haiga…”). El Timoteo tenía un objetivo mucho más concreto, quería el caballo de don Félix —su amigo, que ya no sería su amigo. Nicolás tenía otra idea, aprovechar para levantar a Rosario, “que está de revolcón, brinco y pujido”. El Tuerto, salido de la cárcel, iba a buscar al juez que lo sentenció: “para hacerlo bailar la Varsoviana a balazos”. El Caifás estaba encaprichado con la idea de ahorcar a todos los miembros de la familia López, uno por uno, y a Silverio, colgarlo del asta de la bandera. El Patas miraba más lejos, quería ser presidente municipal. Otros, el Pinacate, el Pando, el Pachanga, iban sobre todo por lo que dijo el Poli: “Los que sean hombres y se tantién con tamaños para seguirme, que se corten…”. Y quién decía que no. Nadie se quería quedar atrás.


Ilustración: Estelí Meza

El Tío, el Patecapo, el Risitas, tenían el vicio de matar policías, y por eso. El Goche, Arturito y Colacho, servían de guardaespaldas a los políticos. A veces las cosas se torcían. Una vez, en Betania, los jefes se emborracharon, y aunque no estaba previsto, comenzó el saqueo, la masacre (“era que todo lo que se movía lo mataban”). Decía el Cóndor: “Yo no doy órdenes, pero tampoco puedo gobernar la voluntad de los que me estiman y me quieren”. Y con esto y lo otro, como decía el Maestro, la cosa se salía de las manos. A Alfredo Rojas le tocó matar a su propio hermano, no quería. En Luis Emilio Sánchez era más bien el gusto; llegó una vez a la cantina de Tamayo, y dijo: “Si cincuenta pesos pagan por liberal, yo se los dejo en veinticinco y doy para el entierro”.

Imposible evitar los errores. Franqueza y Triunfo, por ejemplo, de la cuadrilla del Chispas, asesinaron al maestro Ramón Cardona, el director del conservatorio de Caldas; se confundieron, trataban de matar al jefe del Directorio conservador, Jorge Leyva. Muchos, como Efraín González, el Viejo, eran desertores del ejército. Algunos, como Sangrenegra, cargaban con su cuenta de muertos de tiempo atrás. Otros había que se ofrecían para desalojar predios, amenazaban a los dueños para obligarlos a vender, y los había que se arreglaban con los capataces y los administradores, para poner un filtro a la cosecha de café. La gente de Zarpazo eran sobre todo desempleados, por-que eran malos tiempos. Pero otros muchos trabajaban como jornaleros en las fincas durante la semana, y los sábados y domingos salían a “bandolerear”.

El Tuerto, el Caifás, el Patas, eran soldados en el ejército de dios, también el Pinacate y el Pachanga. Luchaban contra los malditos judíos del gobierno, mataban al grito de: “¡Viva Cristo Rey!”. Sus historias aparecen en Los Cristeros, de José Guadalupe de Anda. Chispas, el Risitas, el Patecapo, Triunfo, eran defensores del partido liberal, durante La Violencia, en Colombia. El Cóndor, Colacho, Luis Emilio Sánchez, eran conservadores, partidarios de la religión, de la familia, del orden. Los relatos son de Alfredo Molano, en Los años del tropel. Literatura.

Desde lejos, siempre se puede admirar a los muchachos, que pelean por una causa justa —en todo caso, que pelean por una causa. La configuración se repite, una y otra vez, con los mismos elementos: la juventud, la violencia, el miedo, el pillaje, y la inflación retórica a base de ideales, banderas, que hace que el asesinato no sea un asesinato, que el saqueo no sea saqueo. Debajo de las grandes causas se mueven las pequeñas historias, siempre, y seguramente no tiene sentido preguntarse qué haya sido primero. Está la juventud descontenta, está la violencia, está la causa, y todo se mezcla.

En Indonesia, en los años previos a la independencia, los propietarios se arreglaban fácilmente con los bandidos, que servían como una especie de policía informal —tan policía como la otra. Otros, en el mundo subterráneo de Jakarta, preferían pensarse a sí mismos según el modelo de Robin Hood, como benefactores y protectores de los débiles. Por lo que sabemos, el bandidaje era un oficio que se escogía tempranamente, no era una salida desesperada de campesinos en el extremo de la miseria. Y los bandidos tenían un sentido claro de su función, como hombres de palabra. Eran los aliados más útiles, más eficaces, que podían encontrar los movimientos nacionalistas durante la lucha por la independencia. Algunos: Bubar (Destrucción), Ribut (el Ruidoso), optaron por asumir títulos oficiales, otros con más recursos, como Haji Darip, crearon sus propias instituciones. Algunos había que eran simplemente bandidos, que asaltaban a cualquiera. La diferencia era a veces difícil de reconocer. El contrabando era muy útil para la lucha, la lucha resultaba muy útil para el contrabando —el negocio, la causa, la juventud, todo estaba mezclado, como siempre.

A veces lo que falta es la causa.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.