Los terremotos matan:
Matan vidas, matan proyectos, matan familias. Acaban con todo, con muchos todos.

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Morir a destiempo es una tragedia inmensa. Vivir y atestiguar la muerte lenta de los seres amados, erosiona,  desnuda, desolla: difícil —¿imposible?— pervivir sin piel.

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Caminar las primeras noches por la Roma o la Condesa,  sin luz, entre tantos unos, con tantos unos, al lado de incontables ojos, manos y pies, mitiga un poco el dolor, sólo un poco. En todos los rincones de los edificios arrasados  sobrevive la esperanza teñida de angustia indescriptible de quienes aguardan la victoria de los cuerpos de rescate. Cómo duele, cómo hiere, cómo carcome la esperanza de quienes aguardan a los suyos.

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Las tragedias provocadas por la Naturaleza y el dolor por los desaparecidos hermanan; nunca uno es tanto como el otro, como los otros. Nunca la esperanza es tan necesaria, nunca un minuto tiene tantos o tan pocos segundos.

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Los terremotos matan y acercan: solidaridad y miles de manos hermanan. Pocas veces los seres humanos son tan humanos.

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El poeta Toko escribió:

Los poemas a la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.