En el 2005, Cinna Lomnitz, ingeniero y geofísico que vivió en México desde finales de los años sesenta, publicó un pequeño libro titulado El próximo sismo en la Ciudad de México. Lomnitz inicia su libro hablando del sismo del 19 de septiembre de 1985: “el peor desastre natural en la historia de la Ciudad de México,” con casi 400 edificios que se derrumbaron durante el temblor y un número de víctimas que algunos calculan en 10 mil y otros suponen llegaron a los 40 mil. También explica la magnitud de los daños en el 85 como debida a la singularidad geológica de la cuenca de México: “antes desaguaba hacia el sur, al río Atoyac, pero hace menos de 100 mil años surgió la cadena volcánica del Ajusco-Chchinautzin que bloqueó la salida de agua. Así se formó la gran laguna que ocupaba la parte baja de la cuenca. En el fondo de la laguna se depositó una capa de lodo. Es precisamente ese lodo el que ocasiona el problema sísmico de la ciudad”. Las mismas lluvias que hoy inundan las calles de la ciudad formaron por milenios las lagunas, arrastrando también la tierra que, sedimentada, compone la capa blanda de la superficie de la cuenca y de la que Lomnitz afirma, tajante, que “parece sólida y soporta miles de edificios pero, técnicamente hablando, es agua”. Así, aunque el lago ya no exista, el suelo se comporta como si lo fuera y en la superficie, dice Lomnitz, las ondas profundas del temblor se multiplican y aceleran como “ondas superficiales de corta duración: son olas”. Lomnitz explica que son esas ondas superficiales las que generan temblores fuertes e intensos en la zona de lago del Valle de México, aun cuando el epicentro se encuentre a 300 kilómetros, como en el 85.

Ilustración: Patricio Betteo

Tras el terremoto del 85 se replantearon las normas técnicas del Reglamento de Construcciones haciéndolas más estrictas en respuesta a condiciones que antes no se habían ni experimentado ni analizado. Los edificios construidos con el nuevo código eran más masivos, compactos y simétricos, no por razones de estética sino de estática. Las estructuras se calcularon con la capacidad de soportar más peso del que de hecho cargaban, no por anticipar el crecimiento en altura sino el empuje horizontal y, peor, los efectos de torción producidos por las ondas superficiales. La población de la ciudad aumentó y, en consecuencia, la urbe creció tanto en extensión como en altura, particularmente en algunas zonas de la ciudad donde las políticas urbanas y el mercado inmobiliario lo favorecieron. Muchas de esas nuevas construcciones con una altura entre los cuatro y los seis niveles, otras menos superando los siete pisos y la minoría, aunque muy visible, fueron grandes torres. Todos estos edificios resistieron prácticamente sin daños los sismos posteriores al del 85. El terremoto del 7 de septiembre de este año, con epicentro frente a las costas de Chiapas y que fue el de mayor magnitud en un siglo, se sintió con fuerza en la Ciudad de México pero no provocó tampoco daños mayores aparentes ahí. En un primer momento, eso sirvió incluso para el regocijo oficial: las nuevas normas servían. Pero había que tener en cuenta, como explicó Lomnitz del terremoto del 85, las condiciones específicas del sismo: no sólo la distancia al epicentro —en el del 7 de septiembre alejado al doble que en el 85— sino el comportamiento del singular suelo de la Ciudad de México, particularmente en la zona donde alguna vez hubo lagunas. El terremoto del 19 de septiembre del 2017 lo demostró trágicamente. De menor intensidad que el del 7 de septiembre, los daños fueron, sin embargo, mucho mayores. Hoy se habla de al rededor de tres mil edificaciones afectadas en diversos grados. La cifra de derrumbes, hasta ahora y sin contar los edificios que habrá que demoler, es menor a la quinta parte que en el 85, tal vez alta si se comparan las magnitudes de ambos sismos, no tanto pensando en la distancia al epicentro.

Pasadas las labores de rescate y la posterior evaluación de daños, hará falta un análisis estadístico de las edificaciones afectadas y, en su caso, habrá que revisar, de nuevo, las normas técnicas y los reglamentos respectivos. Entender los casos genéricos pero también atender las excepciones y, algo nada sencillo, anticipar no sólo el sismo tipo sino en lo posible aquellos atípicos. Más allá de las singularidades hay patrones que se repiten y los mapas de daños en el 85 y el 2017 muestran claramente zonas de riesgo que coinciden, además, con el área de los antiguos lagos. Pero además de consideraciones técnicas, el terremoto reciente debiera obligarnos a pensar, a gran escala, políticas de desarrollo urbano a escala metropolitana e incluso regional. No sólo se trata de los sismos, por supuesto. Ya se ha dicho: esta ciudad parece vivir en la inminencia de alguna catástrofe. El agua escasea o se desborda con las lluvias; el aire cada vez está más contaminado; sus habitantes dedican cada vez más tiempo a desplazarse de un lugar a otro en transporte no siempre eficiente. Y ahora la inseguridad y la violencia campean en un territorio que soñamos excepción en el país. Probablemente nada de eso se solucionará directamente gracias a nuevas normas técnicas derivadas del terremoto del 19 de septiembre. Por eso, además de la revisión de dichas normas, hará falta preguntarnos por el tipo de ciudad y de políticas urbanas que esperamos a corto y mediano plazo.

La reconstrucción de las zonas afectadas no debiera emprenderse como si se tratara de casos aislados: lote por lote, casa por casa. Habría que pensar en las posibilidades que se abren tras el desastre, en una ciudad extensa y con problemas de movilidad y falta de vivienda asequible, entre otros ya apuntados, para replantear temas como el de la edificación en altura. Se repite casi como verdad absoluta que la única opción viable para ciudades como la de México es la densificación, entendida como construir más en las zonas centrales para aprovechar la dotación de servicios públicos y hacer más eficientes traslados y suministro de insumos. Pero casi siempre se olvida aclarar que la densidad no es meramente un aumento de pisos con uso habitacional o comercial sino que hace falta relacionarla proporcionalmente con la infraestructura y el espacio público. Además, se deja de lado la distinción que ha hecho varias veces la socióloga Saskia Sassen: densidad no es urbanidad. Su ejemplo es, me parece, contundente: una zona llena de altas torres corporativas no es una ciudad. El café y las bancas en la planta baja pretenden simular que ahí hay una ciudad pero son sólo eso: una simulación. La ciudad es algo más complejo, más rico que sólo la multiplicación casi milagrosa de pisos, menos cuando gran parte de esas construcciones siguen dejando al margen a los más necesitados de la población, que son muchos.

El terremoto del pasado 19 de septiembre nos pide o, más bien, nos exige repensar la ciudad de otra manera, pero también lo exigen las recientes inundaciones y la mala calidad del aire así como el tiempo perdido en traslados o la inseguridad y la violencia y, sin duda, la gran desigualdad que tiene tanto evidentes causas como manifestaciones urbanas. Sí, hay que revisar las normas técnicas de construcción una vez más en relación al análisis del sismo y al peritaje de los mayores daños que causó, pero también hay que trabajar por una mejor gestión y planeación, cada día y en momentos de crisis, y por una mayor transparencia en la toma de decisiones. La movilización ciudadana que otra vez se ha dado tras el desastre, debe encontrar o abrir los caminos para una participación más activa en el gobierno de la ciudad y en la construcción de la urbe. Como escribió Lomnitz en su libro sobre el temblor que vendrá —y sabemos que, desafortunadamente, siempre habrá otro más—: “la lección es sencilla. La cultura sísmica es buena cuando la tienen los gobiernos. El sismo es un enemigo que va a aprovechar cualquier descuido, cualquier debilidad. Se ríe de los simulacros. Primero tenemos que estar protegidos. Nuestra defensa contra el sismo es un buen gobierno”.

 

Alejandro Hernández Gálvez
Director de contenidos de Arquine