Para celebrar la reciente visita de César Aira a México, publicamos en exclusiva un relato —incluido en El cerebro musical (Literatura Random House)— sobre pequeños tesoros conceptuales coleccionados por un narrador que actúa de acuerdo con el arte y las matemáticas.


De turista en México, ¡otra vez! ¡No puedo creerlo, la reputísima madre que lo parió! ¡Otra vez! ¡Otra vez la trampa…! El cofre con la cabeza de payaso que salta, pero al revés: con el resorte apuntado para adentro, y yo con él. Un palacio, ¡clac! ¡Adentro conmigo! Una iglesia, ¡clac! Un museo, ¡clac! Se cerró la tapa, y yo la miro desde el fondo, atontado, incrédulo. ¿Cómo pude caer otra vez en la misma trampa? Es exactamente “la misma”, y es exactamente “otra vez”. Eso es lo que más me duele. Si ya sabía de qué se trataba, ¿cómo pude dejarme convencer? ¿Y por quién? ¿Por mí mismo? No hay otro. La única explicación que se me ocurre es que haya sufrido una especie de desdoblamiento, y haya sido mi sosías nuevo el que vino. Uno cree que la experiencia le va a aprovechar, que va a aprender algo de sus errores, y después la conciencia queda atrás, en un avatar caduco de uno mismo, y en el presente tropieza exactamente en la misma piedra. Que México sea el presente, y yo esté en él, me escandaliza. ¡Cómo pude ser tan imbécil, tan atolondrado! Ninguna recriminación es excesiva.

En fin. Queda lo práctico. Aprovechar mientras estoy aquí, que no será por mucho tiempo. Me he puesto a escribir para pasar el rato y encontrar por lo menos el consuelo de una actividad habitual y mecánica, que puedo hacer sin pensar y al mismo tiempo me absorbe. También podría buscar un provecho más tangible: hacer compras. El cambio nos beneficia a los turistas argentinos, aquí han devaluado de modo salvaje y hoy por hoy todo está increíblemente barato. Pero habría que tener las ganas y la energía de ponerse a buscar cosas que valgan la pena, y que sean baratísimas —porque uno se pone más y más exigente, la ventaja del ahorro automático no hace más que estimular a ir más lejos, como un avaro al revés que funcionara como un avaro de todos modos… Y el mero trabajo de ponerse a hacer compras es agotador, de nunca acabar. Y al fin no se disfruta del viaje, porque los locales o centros de compras en los que hay que pasarse el día son como los de cualquier otra parte del mundo.

Sin embargo, es inescapable. Es inescapable como una angustia, y en cierto modo se confunde con la angustia general de estar aquí, de turista, como un pelotudo, en lugar de haberme quedado en mi casa.

La cuestión se complica con lo precario de mi economía; si hace dos años que no me compro un par de zapatos, y ando con las suelas agujereadas, es bastante obvio que debo cuidar mi dinero argentino, para que mi familia no pase hambre. Y después de todo el dinero mexicano lo he comprado con el argentino; no importa que el de aquí sea una hojarasca devaluada. Aunque me dieran un millón por uno, no estoy en condiciones de tirar ese “uno”, y por lo tanto tampoco ese “millón”. Con todo, creo que aquí está la respuesta a la pregunta que me hacía antes. Si vine, fue por codicia, la codicia del pobre. Porque sabía que aquí todo estaba baratísimo. Para poder comprarme un millón de pares de zapatos. Alojada en lo más profundo del inconsciente, esa idea no tiene la menor posibilidad de hacerse real. Salir a comprar zapatos, o cualquier otra cosa de las que necesito, sería demasiado humillante y mi depresión se agravaría hasta límites intolerables.

Quedan los libros. Los libros, por supuesto, están en el primer plano de mis expectativas, o mejor dicho en el único plano posible. Lo demás lo compraría por obligación, llevado de la mano de un demonio perverso; con los libros en cambio me entiendo personalmente. Y aunque todas mis expectativas tengan el desengaño por destino, las literarias, sin estar excluídas, pueden señalar la vía de una superación. Los libros tienen una cualidad de universal que debería escapar a la maldición turística. Y yo soy un especialista en libros. Claro que soy especialista en tantas cosas… Ya el solo hecho de manifestarme especialista en lo universal debería ponerme en guardia.

Nadie se ha hecho rico comprando libros baratos. Si yo he deseado tan ardientemente ser rico, fue para salir de esta subjetividad malsana, donde caer en una trampa es lo normal. Desde la trampa, desde el fondo, es difícil evaluar los movimientos que nos sacarán de ella. Uno prueba un poco al azar, sin retroceder ante las maniobras más absurdas. No es cuestión de aprender, porque no hay tiempo; en el presente absoluto donde se lleva a cabo el combate, el error no conduce a una enseñanza (lo que por otra parte acentuaría la subjetividad) sino que ya es la materia misma de la acción, tal como queda registrada.

Pues bien, hubo un pase de magia, y me objetivé. Estoy acostumbrado a estos triunfos a lo Pirro. Me objetivé, pero no en el sentido correcto, como los mexicanos objetivados que veo fluir a mi alrededor todo el tiempo, sino al revés, como un sujeto abstracto bajo examen de una conciencia segunda. Trataré de mostrar cómo pasó en un relato brevísimo, o menos que un relato, su esquema. Si yo fuera capaz todavía de construir un relato encarnado, no estaría todo perdido, como lo está. Lo único que me queda es la anotación inconexa, la mención aproximada de los hechos.

El punto de partida es esta pregunta que sigo haciéndome: ¿qué hacer? ¿Qué hacer, Dios misericordioso?

Podría decirse, a modo de consuelo: la situación es adecuada (y hasta: es ideal) para reflexionar, ya que no queda otra cosa que hacer, y aprovechar para poner en claro las ideas sobre el mejor modo de encauzar mi vida… Pero sería un completo error. Porque no hay nada que pensar ni reflexionar. Hay que actuar. La meditación sólo sirve de algo cuando es su propia acción. O, dicho al revés, la acción no tiene un pensamiento preparatorio.

Quizás bastaría con hacer muy poco. Quizás poquísimo, un pequeño toque de acción, un detalle, y que con eso baste. Si es eficaz, debería bastar.

No hay acción pequeña. La eficacia se extiende y ramifica, positiva o negativa, a todo el resto.

En este momento se me ocurre la siguiente posibilidad: broncearme. Oscurecer con el concurso del sol la piel blanco-rosada que me cubre. Claro que eso implica todo un programa de vida…

Nada premeditado puede salir bien.

…Otra vez la trampa que se cierra sobre mí con un ¡clac! de tapa bromista. Palacios, iglesias, museos… Los edificios están inclinados, torcidos, acentuando esa ilusión de voltereta maligna… Si se pusiera una bala de cañón en el piso de cualquiera de las viejas iglesias, se lanzaría en una loca carrera para aquí y para allá, como en el pinball. Si se la mojara previamente en tinta china, o tinta de mole, haría un dibujo, o más bien una escritura, que tal como estoy viendo las cosas diría: “argentino pelotudo”. El horror que me produce esta edificación no lo mitiga un pequeño descubrimiento que hice: en la ciudad han numerado cada piedra, cada sillar, cada moldura, de cada una de las innumerables viejas iglesias. Lo han hecho con unos discretos números rojos al esténcil, pequeños y colocados en los sitios menos visibles pero es imposible no notarlos a la larga. El propósito debe de ser volver a armar las iglesias si otro terremoto las echara abajo, como una especie de juego de armar y desarmar, cuyas piezas una Providencia juguetona se complaciera en revolver como desafío al ingenio de los hombres.

Querría escribir estas páginas sin estilo, sin empaque, como anotaciones improvisadas, casi sin frases… Y sin embargo, sin quererlo, todo se hace frases, todo se hace pomposo y académico. Si alguna vez yo pudiera escribir sin estilo, podría vivir. Pero bien sé que nunca voy a poder escribir como quiero. Estoy escribiendo en mi cuarto de hotel, en la calle Madero; aunque el cuarto no da a la calle, oigo el acordeón del mendigo que vi hace un rato en la vereda de enfrente; él toca (es un hombre joven, pequeñito), y una niña de cinco o seis años les acerca el platillo a los que pasan. Suena casi como un organito: siempre igual, sin más ritmo que el de la repetición, sin melodía perceptible. Sólo puede decirse: es un acordeón, y alguien lo toca. No vi que nadie le diera nada, y si es por lo que hace, yo diría que no se lo merece; pero él no se propone por lo que hace sino por lo que es: un mendigo. Me pregunto hasta qué hora seguirá.

Es un acordeón, y alguien lo toca. El mínimo de sentido. En la confusión universal inherente al mínimo, se produce un movimiento cualquiera, que puede ser el de desprenderse de unos centavos. Es un acordeón, hasta qué hora seguirá. Me pregunto, y alguien lo toca.

Pero el objeto de esta anotación, que será muy breve, es relatar la compra, única y múltiple, que hice. Antes, una explicación más, para que no caiga totalmente en el vacío.

Contra toda ilusión de estilo, tengo a mi favor la convicción de que no vale la pena contar lo que cuento. El tiempo está atestado de historias, y nadie se molesta en contarlas. Su única función es colmar los lapsos y sostenerse unas a otras como se sostiene un sistema por la interacción de sus piezas. Pero una historia sacada de su sistema, que es su procedimiento de objetivación, no le interesa a nadie y no es nada. El valor agregado del estilo se agrega a la nada, y debo cultivar esa nada como mi única ventaja en las actuales circunstancias.

No sé si ya lo anoté, pero esta historia se basa en la situación, que en los últimos tiempos ha venido dándose cada vez con mayor frecuencia, y más acentuada, de encontrarse uno en un lugar donde su dinero, antes de cambiarlo, vale muchísimo más de lo que vale en su patria. Es un efecto de los experimentos en macroeconomía a los que se entregan los gobiernos de nuestros países latinoamericanos. Las cosas resultan inconcebiblemente baratas, y se desencadena una necesidad psíquica de hacer compras, actividad desligada en este caso de la lógica que la acompaña habitualmente. La situación en sí tiene algo de abstracto, como para desmentir el valor de la historia que pueda suceder en ella. A esta abstracción, o esquematismo, contribuye el comportamiento del tiempo: por necesidad, uno está pocos días en esos lugares; pero su dinero le alcanzaría para seguir comprando y gastando indefinidamente. Para meter ese virtual infinito en una semana, el tiempo debe dilatarse por dentro, de modo asintótico. Y las historias en cuestión toman un tinte absurdo.

Yo puedo seguir comprando y leyendo libros indefinidamente. Aunque ahora tengo plata y puedo comprar todos los libros que quiero, me ha quedado de la juventud un reflejo de avidez que me hace imposible resistir a una pichincha. No bien hube llegado a México, y dejé mis cosas en el hotel y crucé a un Sanborn’s a comprar una tarjeta telefónica, vi un libro… lo di vuelta para mirar el precio… una bicoca, como ya estaba preparado para esperar, un regalo… noventa y nueve pesos, lo que traducido a dólares era noventa y nueve veces nada… Había algo que no coincidía, un detalle que me hizo vacilar. La forma estaba bien, pero el contenido hacía un pequeño grumo en el verosímil. Porque se supone que al venir a México uno debe comprar libros mexicanos… Y éste era un libro importado, un libro de arte sobre Duchamp, grande y con tapas duras. No Rivera, ni Orozco, ni Frida Kahlo ni el Dr. Atl, sino Duchamp. Pero era un libro muy bueno, con fotos que yo no tenía, y sucede que Duchamp es mi artista favorito, por más motivos de los que podría enumerar aquí. Dudé apenas un instante, y me lo compré. El primer paso estaba dado. Lo demás se daría por sí solo, casi sin mi intervención. El primer paso tiene sus bemoles. Es un pequeño abismo sui generis, que hay que saltar o no saltar. Uno se puede quedar toda la vida ahí, lo salte o no. Es la válvula por la que se infla el tiempo.

Esta sed malsana de experiencia, ¿adónde nos puede llevar? A la aniquilación.

Habría que equilibrarla con períodos vacíos, de asimilación y elaboración.

Yo quería estar en el vacío, pero el vacío se volvía experiencia, y me acosaba. A partir de ese momento, mi estado de ánimo empezó a decaer precipitadamente.

Los pasos subsiguientes fueron sucediendo en una creciente depresión. Inútil extenderme. ¡Tantos lo han hecho ya! Además, la idea es hacer nada más un esquema, como dije. No podría hacer otra cosa; pero, haciendo de necesidad virtud, y además recuperando una intención que he venido alentando desde hace años, descubro en este momento que limitarme al esquema puede tener un propósito, que es el siguiente. En el futuro, puede haber un escritor, profesional o aficionado, que esté en el mismo predicamento que yo: solo, aburrido, deprimido, en una ciudad horrenda. La trampa seguirá existiendo, si no ésta otra equivalente. Y entonces mi esquema podrá servirle de guía, para hacer algo y llenar las horas muertas sin necesidad de exprimirse demasiado el cerebro. Un esquema de novela para llenar, como un libro para colorear. De modo que podrá encerrarse en su cuarto de hotel, con este delgado volumen (porque me ocuparé de hacerlo imprimir; esa decisión también la acabo de tomar) y un cuaderno, y tendrá un entretenimiento creativo asegurado, sin la incomodidad de tener que ponerse a inventar nada. No me preocupa lo remoto de la posibilidad de que se repita mi caso; todo lo contrario; a ese hermano en la desgracia puedo imaginármelo mejor lejano que cercano: dentro de diez siglos por ejemplo, cuando todo haya vuelto a ser igual que ahora, pero mi modesto esquema haya tomado el prestigio de una antigüedad. Quizás su prestigio radique en ser el primero de los esquemas de novela, género que después podría popularizarse. En realidad, es un género nuevo y promisorio: no las novelas, de las que ya no puede esperarse nada, sino su plano maestro, para que la escriba otro; y el que la escriba, no lo hará por vanidad o por negocio (porque la cosa quedará en privado) sino como arte del pasatiempo, como ejercicio literario o batalla ganada contra la melancolía. El beneficio está en que ya no habrá más novelas, al menos como las conocemos ahora: las publicadas serán los esquemas, y las novelas desarrolladas serán ejercicios privados que no verán la luz. Y la publicación tendrá un sentido; uno comprará los libros para hacer algo con ellos, no sólo leerlos o decir que los lee.

Volviendo a lo mío, diré que me sentía bastante feliz con mi compra, y con el trámite fluido entre impulso y acción que había llevado a ella. ¿No es maravillosamente elegante, comprarse un libro por capricho, porque sí, por un impulso momentáneo? Riéndose de la indiscutible verdad de que un libro es para siempre, hasta la muerte (y más allá) sobre todo por lo difícil que resulta sacárselos de encima.

Ese mismo día, a la tarde, volví a ver ese mismo libro sobre Duchamp en otro lado. Era mi primera jornada en la ciudad, y debería haber sido la mejor, en razón del declive que se iniciaba, pero el viaje me pesaba todavía, por la diferencia horaria y el aturdimiento de la mala noche en el avión. De cualquier modo, estaba explorando, con cierta curiosidad… Qué paradójico que en una exploración, en la percepción de lo nuevo y extraño, mi mirada fuera a descubrir algo tan habitual como un libro, y además un libro que había visto y comprado esa mañana. Seguramente fue por eso mismo. Me acerqué, lo di vuelta, y cuál no sería mi sorpresa al ver que el precio aquí era un poco inferior a donde lo había comprado: noventa y cinco. Si el precio en sí era insignificante para mi ilusoria opulencia de extranjero, la diferencia lo era más aun. De todos modos era una diferencia; no se me ocurría qué podía hacer con los cuatro pesos de “ganancia”, pero eso no va al caso, porque al hablar de diferencia se habla de la suma ideal de todas las diferencias. De modo que sin pensarlo más, pero todavía un poco menos que antes, lo compré y salí con mi Duchamp bajo el brazo.

Mi ánimo desmejoraba. Y al mismo tiempo mejoraba. No me importaba nada. Era como si estuviera entrando al mundo mágico de la aritmética. Había gastado en las dos compras ciento noventa y cuatro pesos. Pero debía restar los cuatro pesos de la diferencia, lo que hacía ciento noventa y uno. Además, la ganancia obtenida revertía sobre el segundo precio, que con ello disminuía a noventa y uno; y respecto del primer precio revertía doblemente, es decir cuatro más cuatro: noventa y nueve menos ocho también daba noventa y uno. El gasto total ascendía entonces a ciento ochenta y dos. Aunque ahí había una divergencia que me intrigaba: si había cuatro diferencias de cuatro pesos, sumaban dieciséis, y ciento noventa y cuatro menos dieciséis daba ciento setenta y ocho, no ciento ochenta y dos. Volví a hacer las cuentas. Advertí que antes no había incluido los primeros cuatro pesos, los originales, que se desprendían de la diferencia entre noventa y nueve y noventa y cinco. Pero por la índole misma de esta “acumulación negativa”, debían incluirse, por lo que la segunda suma era la correcta. Incidentalmente: a lo que llamaba “suma” también podía llamarlo, con no menos derecho, “resta”. Y es que ambas cosas son en realidad lo mismo.

El consumismo es una parte de nuestro destino. Y el destino se historiza a la larga, exactamente como cualquier otra cosa. ¡Por qué iba a sentir culpa! Con el libro bajo el brazo me sentía ligeramente mejor; y a la vez, por supuesto, un poco peor. “Historizar” es el lema de mi trabajo intelectual. Lo que nunca antes se me había ocurrido es que también podía aplicarlo a mis esfuerzos por organizar mi vida en vistas a la felicidad. Historizándolos, los ponía en otra esfera, separada, aun cuando se tratara del mismo asunto. Ponía el destino como barra de contención y pasaje a otro nivel heterogéneo. Por ejemplo en mis estudios sobre Duchamp, historizaba al artista y su obra… No. Advierto que es un mal ejemplo, como todos los ejemplos; simplemente porque no es un ejemplo: Duchamp es, en el sistema mental dentro del cual funciono, la historización misma, el proceso y el método por los que el trabajo mental se historiza. Sea como sea, al otro lado de la barra, si tomaba a Duchamp como modelo a imitar para la organización de mi vida… (y también éste es un mal ejemplo, porque todo lo que he pensado en términos de organización de mi vida ha estado en función de Duchamp) no se me ocurría que mi destino, organizado o no, estaba sujeto al mismo procedimiento de historización… Sólo ahora me doy cuenta de que en esa réplica estaba la solución de mis problemas; es decir, si me historizo, si historizo mi futuro y mi agenda, ya no tengo nada más que hacer ni de qué preocuparme.

Claro que no es tan fácil. Lo que pasa es que aquí ya no se trata de teorías o del esquema abstracto de los hechos, sino de la práctica en la realidad. Y la práctica, como lo sabe cualquier marxista, requiere salir de la autointerlocución. Es decir que debería ver por el otro lado, por la “espalda”, a mi depresión, a mi pesimismo, como un bailarín obeso que se hiciera filmar para poder verse, con la inútil esperanza de mejorar su técnica.

El libro era de tamaño grande, con la tapa roja, visible desde lejos. Encontré el tercer ejemplar al día siguiente, en el sector libros de un centro de compras. Esta vez mi curiosidad se manifestó de modo más estructurado. Por aquello de “no hay dos sin tres”, ya adivinaba que el precio sería distinto, pero lo que me preguntaba era si sería un precio menor que los dos anteriores. En los dos primeros casos la secuencia se había dado de mayor a menor y podría haber sido al revés: había tantas posibilidades en un sentido como en el otro. En el tercer caso… No sé hacer esos cálculos, que son bastante complicados; pero evidentemente las posibilidades de que se mantuviera la escala descendente disminuían. Y aun así, qué casualidad, descendía: eran ochenta y cinco pesos. Lo compré, sin pensarlo ya casi nada. Si algo ocupaba mi mente, cuando iba caminando con mi libro bajo el brazo, era la suma de las diferencias y cómo hacerla. La primera diferencia había sido de cuatro pesos (de noventa y nueve a noventa y cinco), la segunda de catorce (de noventa y nueve a ochenta y cinco); entre ambas, estaba la diferencia entre el segundo y el tercero (de noventa y cinco a ochenta y cinco): diez. El total era de veintiocho pesos. Las razones sucesivas del ahorro al comprar el segundo ejemplar me habían llevado a acumular tres veces más la diferencia original, es decir a multiplicar ésta por cuatro. Pero no debía caer en el error de multiplicar ahora por cuatro las nuevas diferencias que se establecían; es decir, sospechaba que sería un error, aunque más no fuera porque la operación debía hacerse sólo con sumas (sumas que eran restas), y el carácter mecánico de la multiplicación estaba fuera de lugar estéticamente. De modo que seguí calculando paso a paso. La diferencia entre el segundo precio y el tercero era de diez pesos. Por la reversión, el tercer precio disminuía diez pesos (a setenta y cinco), y el segundo dos veces diez, es decir también a setenta y cinco; hasta ahí, era la multiplicación por cuatro: cuarenta pesos. Pero antes estaba el primer ejemplar, sobre el cual esta segunda diferencia revertía tres veces, es decir que disminuía el precio de noventa y nueve a setenta y nueve. El total era de cuarenta más treinta, o sea setenta pesos, que se sumaban a los dieciséis del día anterior. Pero ahí no paraba la cosa, porque estaba la diferencia “máxima”, entre el primero y el tercero, de noventa y nueve a ochenta y cinco: catorce pesos. Esa cifra revertía sobre el precio mínimo, haciéndolo bajar a setenta y uno. Y, como en el caso anterior, revertía doblemente (veintiocho pesos) sobre el segundo precio y triplemente (cuarenta y dos) sobre el primero, pero aquí no volvían automáticamente a setenta y uno, sino, respectivamente, a setenta y siete y cincuenta y siete. De modo que el total de ahorro generado por esta tercera compra debía incluir: los veintiocho pesos del ahorro bruto, más los setenta de las diferencias sumadas entre la segunda y la tercera compra, más los noventa y ocho de las sumadas entre la primera y la tercera (aquí se sumaba a veintiocho y cuarenta y dos, dos veces catorce, una vez por diferencia original y otra por reversión sobre el precio mínimo). La suma daba ciento noventa y seis pesos, más los dieciséis generados por la segunda compra: doscientos doce pesos. Y esto era parcial todavía, porque me faltaba lo más difícil: hacer los mismos cálculos sobre el total gastado, que era de noventa y nueve pesos más noventa y cinco más ochenta y cinco, es decir doscientos setenta y nueve. Por lo pronto, la diferencia daba un número positivo, porque el total gastado todavía era mayor que el total ahorrado.

Salí de la positividad esa misma noche, cuando en otro Sanborn’s encontré el cuarto, y para mi inmensa sorpresa, que ya empezaba a no ser tan inmensa, el precio era ligeramente inferior, ochenta y dos pesos. Las chances debían ir multiplicándose de modo exponencial en mi contra; no de que el precio fuera distinto, porque ya se hacía evidente que en el sistema mexicano de comercialización de libros importados no regía el precio fijo, sino de que yo me los fuera encontrando en orden, en el orden sin orden de mis paseos melancólicos, de mis recriminaciones por haber cometido el error de haber venido. No voy a hacer el relato de mis andanzas, ni las descripciones de los lugares, y, a partir de ahora, ni siquiera de mis estados de ánimo. Mi único propósito es dejar anotada la serie, para que el día de mañana le sirva, como ya dije, de esquema de escritura a alguien que esté pasando lo que me pasa a mí o algo equivalente, adaptado a su época futurista. Justamente, si hiciera el relato completo y escribiera las circunstancias, estaría bloqueando la actividad de mi “cliente”, adelantándome a ella. Este esquema aritmético se llenará de humanidad y patetismo, de color y de volumen, sólo cuando lo empiece a interpretar, escribiendo, ese desconocido del porvenir, dentro de mil años.

No me hago ilusiones con la posteridad. No creo que esta fábula del libro único y múltiple de Duchamp tenga un valor especial. Pero sí creo en el valor supremo de lo primero, del gesto original. El reverso de la Ley de los Rendimientos Decrecientes es la omnipotencia de la primera acción. Y, valga lo que valga este nuevo género de los Esquemas para Escribir Novelas, este esquema es el primero y por ello lo puede todo, lo tiene todo abierto frente a él. El destino natural de lo primero es volverse un mito; pero los mitos no se escriben, lo que le da a mi empresa un aspecto imposible, o por lo menos paradójico. Con todo, creo que es por eso que estoy escribiendo aquí, en el hotel, a medida que pasan las cosas, sin darme tiempo para reflexionar y estructurar artísticamente la experiencia. Lo estoy viviendo. Lo estoy improvisando… Aunque el aire de ceremonia neurótica que tiene el asunto lo aparte de la vida libre y repentista; es más bien el ritual de un mito extraño, que sin embargo está saliendo a la luz en el mismo proceso.

Pues bien. Basta de autobiografía. Vamos a los números, porque con ellos alcanza para hacer el esquema. Cada uno de los que escriban una novela a partir de este esquema se ocupará de poner la carne y la sangre y las lágrimas de la imaginación donde yo pongo la señal abstracta, el punto por el que se traza la curva o se apoya el volumen. Donde él vea un cinco, pondrá una sonrisa, donde un nueve un disparo en la tiniebla, donde un seis el amor… Él sabrá extraer todas las posibilidades. Un quince (el sonido de la lluvia) podrá ser la suma del ocho (el divorcio) y el siete (un corte de pelo). Etcétera. Debo aclarar que para mí los anteriores son ejemplos al azar y por completo absurdos.

Ochenta y dos. Ése fue el precio del cuarto ejemplar, el que compré anoche. La diferencia con el tercero, que me había costado ochenta y cinco pesos, era de tres. La secuencia de diferencias brutas ahora tenía tres términos: cuatro, diez, tres. Quiero mostrar una vez más, a manera de resumen parcial, cómo se acumulan las diferencias. Al comprar el segundo ejemplar había ahorrado cuatro pesos: al comprar el tercero, había ahorrado diez pesos respecto del segundo, catorce respecto del primero. Al comprar ahora el cuarto, ahorraba, en línea ascendente, tres pesos, trece pesos y diecisiete pesos. Sumando estos mínimos ya obtenía un ahorro de sesenta y un pesos. Pero esto sin acumular, y la acumulación era la clave. Por ejemplo, del cuarto al primero había ahorrado diecisiete pesos, ¡pero no sólo al comprar el cuarto! Porque ahora, teniendo toda la serie a la vista, podría decir que al comprar el segundo no sólo había ahorrado cuatro pesos, sino también diecisiete. Y lo mismo al comprar el tercero. Y, más sorprendente, al comprar el mismísimo primero; porque el primero me había costado noventa y nueve pesos, pero ahora, en el cuarto momento, me costaba diecisiete pesos menos: ochenta y dos; y como el libro seguía siendo el mismo, el ahorro valía para todos los ejemplares. Al tener cuatro en mi poder, yo podía multiplicar diecisiete por cuatro (y cuatro por cuatro, y diez por cuatro, y tres por cuatro, y catorce por cuatro, y trece por cuatro); claro que no multiplicaba, sino que simplemente sumaba: aunque se hacía un poco más lento me daba más seguridad. A esta altura la cuenta ya era difícil de hacer mentalmente, pero me absorbía en su placer y me distraía en mis paseos a pie, que tendían a hacerse interminables.

Es innecesario decirlo, pero lo diré de todos modos, que inicié una colección de tickets de compra. Ya tenía cuatro. Los metí en un sobre. No tomé notas: mi colección sería mi único registro, y lo demás se lo confiaría a la memoria. En otra época habría llenado cientos de páginas, y hasta me habría comprado lapiceras especialmente para la faena, y cuadernos en cantidad excesiva, porque siempre después de comprar uno veía otro que me gustaba más (o era más barato), y los habría emborronado sin cesar, del derecho y del revés. Sin darme cuenta, he cambiado. En este nuevo proyecto lo único escrito eran los tickets, la colección, y no lo escribía yo, ya venía impreso por una máquina. De hecho, el libro que me propongo publicar podría consistir únicamente de reproducciones facsimilares de los tickets, ampliadas al tamaño que tiene el libro en cuestión sobre Duchamp. Eso debería ser suficiente (más una breve explicación preliminar) para reconstruir toda la aventura: cada cual lo haría a su gusto, con sus rasgos personales y sus propios cálculos, que pese a la fama de impersonal de las matemáticas salen siempre distintos según quién los haga, es decir según quién decida qué operaciones hacer y con qué números. La “breve explicación preliminar” es esta que estoy haciendo, y si me extiendo más allá de la página o página y media que sería estéticamente aconsejable, es por afán de claridad. Pero a partir de aquí, como todas las explicaciones ya han sido dadas, acelero el paso.

El quinto libro saltó a mi vista con la aceitada presencia de un maître d’hôtel. Su precio, ochenta pesos. Seguíamos bajando. Compra. Ticket. Ya estaba en mi tercer día de estada en la ciudad, un sábado. Esa jornada produjo un solo libro. No es que yo anduviera a la caza, todo lo contrario. De hecho, creía que la serie había tocado a su fin, como lo había creído después de cada una de las compras anteriores. Que el libro siguiera apareciendo tenía para mí algo de prodigioso, aunque era lo más natural del mundo. Me sorprendía su identidad, que después de todo era lo que había que esperar, porque un ejemplar de los miles que componen una edición es exactamente igual a todos los otros. Cuando son nuevos, es imposible distinguirlos. La única diferencia para mí estaba en el tiempo, en la cronología con que se iban sucediendo. En eso sí eran diferentes; no podían serlo más. Y esta diferencia en el tiempo conllevaba otra: la del precio. Ahí sí había algo que merecía mi perplejidad: que la serie temporal coincidiera con la serie descendente de los precios. Pero una vez comprados, volvían a la identidad inicial. En mi cuarto del hotel, los apilaba sobre la mesa, y no importaba que se mezclaran, por ejemplo si las mucamas deshacían la pila y la volvían a hacer. ¡Si eran idénticos! Y la sucesión no podía mezclárseme por el curioso hecho que ya señalé de que en la sucesión, y conformando lo que para mí era sucesión, los precios iban disminuyendo. De modo que ordenando los tickets por las cantidades pagadas, de mayor a menor, tenía el orden de la historia. Este quinto establecía con el primero una diferencia de diecinueve pesos.

Como dije, hacía la cuenta de memoria, sin ayuda del papel, y la hacía cada vez toda entera, no sólo la parte correspondiente a la última compra; esto último era necesario, porque no había (no podía haber) resultados parciales: el último ahorro revertía sobre todos los anteriores, y los cálculos previos se hacían inútiles; aunque no era inútil hacerlos en cada tramo, porque de ellos dependía la continuación. En realidad, soy bastante torpe con las cuentas; aunque descubría capacidades insospechadas en mí, los errores menudeaban, y debía recomenzar mis monótonas columnas mentales. La menor distracción me hacía perder el hilo. Así que empecé a usar las distracciones como recursos mnemotécnicos. Me metía en alguna vieja iglesia torcida, me sentaba en un banco, y sumaba, con la mirada perdida, durante horas. Los numeritos rojos pintados en las piedras hacían eco a los míos, invisibles.

Con todo no se me escapaba que tenía que haber una fórmula. Con una fórmula la cuenta se haría automática, o, lo que es más pertinente aquí, no sería necesario hacerla. Sería algo así como el plan maestro de los números, así como los números son el plan maestro de la novela. Mi ignorancia de las matemáticas me veda el hallazgo de la fórmula (no sabría ni por dónde empezar), pero no me opongo a su uso; al contrario, la considero el paso siguiente lógico y natural de la operación, ya que si ésta consiste en hacer las cuentas para no escribir la novela, lo que viene después tiene que ser usar la fórmula para no hacer las cuentas. Y todavía tendría que haber un tercer paso, que hiciera innecesario usar la fórmula. Así se llegaría a no hacer nada, a no hacerse problemas por nada, y, por fin, a ser feliz.

No quiero extenderme en lo que sería un tema ajeno a este informe, pero dejo sentado el hecho de que, mediante estas maniobras, el libro sobre Duchamp se iba volviendo un objeto extraño… Todo libro lo es, por la conjunción de unidad y multiplicidad y por las actividades a las que uno se libra con ellos, pero en este caso la extrañeza se acentuaba casi hasta el límite de lo inconcebible y lo impensable.

Esta edificación barroca que hace el atractivo de la ciudad de México, que he calificado subjetivamente de “trampa”, está en efecto en proceso de cerrarse. El derrumbe, que parece preocupar a los que han enumerado sus piezas, es secundario. Lo principal es el “cierre”, que es el proceso constitutivo de sus volutas y estípites y demás tonterías. Es tan primordial que empezó antes de la construcción.

El secreto de la industria del turismo, a la que este país le da tanta importancia, está en miniaturizar los tesoros nacionales, para que el visitante pueda comprarlos y llevárselos en la valija. Eso es lo que hace funcionar al turismo en la sociedad de consumo. Los modos de miniaturizar son muy variados; entre todos ellos se establece un continuo, por el que se desliza el turista en tanto turista. Todas las ilusiones de la representación participan del conjunto. No importa que los atractivos sean demasiado grandes, porque se echa a andar un juego de mutaciones que siempre resulta eficaz, como el darwinismo. Con los paisajes se pueden hacer rompecabezas, con las montañas dijes. Ya mi venerado Duchamp, ese precursor, metió aire de París en una ampolla de vidrio. Y si lo que tiene para ofrecer un país es la vida regalada de sus playas, basta con hacer a escala reducida una representación del tiempo. Un cortocircuito sumamente práctico es miniaturizar el valor de la moneda. Con dinero de Liliput aun los turistas pobres como yo están en condiciones de comprar todas las miniaturas que se les antojen, y hasta algunas más para llevar de regalo.

No sé si será por deformación profesional, pero yo pienso que todo el continuo, tarde o temprano, pasa por el libro, que es la forma primitiva y original de la miniatura. El libro no sólo minituariza el mundo, sino que además de hacerlo lo dice y explica cómo se hace. Se me ha ocurrido en estos días la idea poética de hacer un catálogo de tesoros nacionales, naturales y artísticos, en forma de señaladores de libros (aquí los llaman, como si se me hubieran anticipado, “separadores”). Y no hablo de meras fotografías o dibujos, sino de miniaturas volumétricas. Son los libros los que deberían adaptarse a ellos, y estoy seguro de que, por la ley de la evolución, lo harían tan bien que la transformación afectaría no sólo a la forma sino también al contenido, y a partir de él a nuestra concepción del mundo y la vida. Un señalador o separador se mete entre las páginas de un libro cuando uno interrumpe la lectura antes de llegar al fin. Y se saca cuando uno retoma la lectura. Es decir que su utilidad es la de un lapso de tiempo de saca y pon. Y las formas del tiempo son imprevisibles porque se dan por la negativa, en un vaciado dentro del cual calzan los hechos. Hoy estuve rondando unos palacios extraños, bajo un día gris, entrando y saliendo. El “¡clac!” de las tapas de piedra fue marcando el paso de las horas hasta la noche. Creo que el diseño de los relojes tal como los conocemos es barroco: es una maqueta de implosión.

Cuando me torturo por las desorganizaciones que me afectan… cuando pienso que mi vida es una catástrofe por culpa mía, y me interno en complicados planes pueriles para remediarla, estoy actuando en vano, o mejor dicho estoy pensando, sólo pensando, sin actuar. Debería ser más práctico. Debería ser feliz. ¿Para qué preocuparse? ¡Si todo es tiempo! Y todo el tiempo es el mismo tiempo y vale lo mismo, las porciones grandes como las chicas.

Según el cálculo que fui haciendo por la calle Madero, con el libro de Duchamp número cinco bajo el brazo, la cantidad de pesos que llevaba acumulada con las sucesivas rebajas de precio (¡tan casuales y espontáneas!), era enorme, de varias decenas de miles. Pero era tal la devaluación del peso mexicano, que el monto real seguía siendo insignificante. Con todo, las cantidades también tienen sus umbrales de transmutación (o ellas lo tienen par excellence) y podía llegar el momento en que me encontrara rico… Rico en negativo, de acuerdo, pero ya no pobre. Los santos posados en sus arboletes de oro me miraban desde los altares; por momentos parecía que ellos me rezaban a mí.

Al día siguiente, domingo, hubo una aceleración, tan espontánea como todo lo anterior, o más si es posible. El siguiente ejemplar lo compré a setenta y nueve pesos, uno menos que el anterior, lo que no es mucho ni siquiera dentro de mi maqueta personal microeconómica, pero lo mucho o lo poco no contaban en los cálculos: sólo contaba lo inferior, así sea un centavo, o el centavo de un centavo. La situación tenía algo de déjà vu costumbrista: a quién no le ha pasado alguna vez, comprar algo a un precio que le parece adecuado, y después descubrir que en otro lado está más barato… En el caso del turista que trae una moneda que se cambia cuantiosamente, la cosa tiene menos consecuencias. Puede decirse que “de todos modos, no pierde nada”, porque igual la primera vez le costó nada, o el equivalente a nada. Aunque siempre está el que va a decir: “No es por la plata, es por el hecho”. Pues bien, el que se empeñe en tomar en consideración el hecho (es decir el realista, al fin de cuentas) será el sujeto ideal de mi pequeña parábola. Claro que esa clase de gente difícilmente tomaría por objeto un libro, y con otro objeto ya no sería lo mismo. Hasta diría que no sería lo mismo con otro libro que no fuera sobre Duchamp.

Mientras hacía las cuentas correspondientes a este nuevo avatar del precio, hice el descubrimiento de una operación extra que hasta ahora se me había escapado. Contribuyó el hecho casual de que aquí la diferencia fuera de un peso. Era lo siguiente: el ahorro más reciente, además de actuar por reversión sobre todos los precios anteriores (es decir, ahora, por este ahorro de un peso, el primer precio de la serie pasaba a ser de noventa y ocho pesos, así como en la quinta compra había pasado a ser de noventa y siete, al asimilar el ahorro de dos pesos), también actuaba, por reversión de la reversión, sobre los resultados de la reversión (o sea que el primer precio, después de bajar a noventa y ocho por reversión, bajaba también a noventa y siete por reversión de la reversión). Esto habría sido imposible de calcular, al menos mentalmente, pero por suerte había un modo fácil de hacerlo, ya que la cantidad de reversiones de segundo grado coincidía con la cantidad de operaciones que hubiera hecho. De modo que lateralmente debía llevar la cuenta de la cantidad de sumas y restas que fuera haciendo, y al final multiplicar el total por cada uno de los ahorros brutos hechos a lo largo de la serie. Aquí sí (pero fue la única vez) debí recurrir al expediente facilongo de multiplicar, porque si no me volvía loco

El séptimo, que encontré inesperadamente horas después, tenía un precio para el asombro: sesenta y dos pesos. Un salto hacia abajo de diecisiete. Respecto del primero, una diferencia de nada menos que treinta y siete pesos, más del tercio; ya de por sí era notable. Y resultaba de mi estada en la ciudad; me hacía ver la importancia que había tenido, a pesar de todo, a pesar de mis ganas de volver, que yo siguiera en México; aun una resistencia de unos pocos días había producido estos frutos sorprendentes. La “importancia” a la que me refiero es de todo punto de vista relativo, claro está. Estos nuevos diecisiete pesos llevaban las cuentas a una dimensión diferente. Una rápida suma preliminar de diferencias brutas y reversiones directas me dio un resultado de cuatrocientos cuarenta y cuatro mil pesos. Y, además de todas las sumas que faltaban, todavía tenía que multiplicar esa cifra por sí misma para empezar a hacerme cargo de las reversiones “por rebote” o feedback. El total prima facie, sin refinar, era de ciento noventa y siete mil ciento treinta y seis millones de pesos. Aun esta cifra astronómica era poca cosa, en moneda mexicana; era prácticamente nada. (Aunque el jornal de un obrero aquí es de veintitrés pesos.) Pero estaba el “hecho en sí”, y por más que me resistiera a la evidencia, mi estada en el fondo de la trampa estaba hecha de “hechos en sí”. Por eso la pregunta original (“¿Cómo pude caer?”) no tiene respuesta. Cada resorte de la trampa, cada implosión, es un hecho en sí. De paso diré que el poco valor de la moneda era lo que me permitía sobrellevar con desenvoltura los inevitables errores que se colaban en mis cuentas con frecuencia creciente. Cuando me daba cuenta, y cuando no me daba cuenta también, exclamaba para mis adentros: “¡Qué problema me voy a hacer, por unos pesos de más o de menos! ¡Si no valen nada!”.

Como un vago recuerdo sin sustancia, como un recuerdo de otra vida, me llegaba el viejo anhelo, que tanto he cultivado, de tener muchísimo dinero, cantidades inagotables: una fuente que nunca dejara de manar. Es infantil, pero ¿quién no lo ha alentado, así sea como fantasía? Mis fantasías son barrocas, pero a la vez simples: se atienen a una línea central, que es el deseo en estado puro. Lo que se desvía, las volutas, son las acciones o hechos con los que invento la mecánica de la provisión infinita.

Pues bien, de tan lejos me llega eso en las actuales circunstancias, que la más reciente ocurrencia en ese sentido es casi irreconocible como fantasía diurna. La anoto aquí, haciendo la salvedad de que no tiene nada que ver con el esquema o plan maestro que estoy trazando. Alguien me da un pedacito de carne cruda, rosa y ocre, una lonja entera de unos diez centímetros de largo, que lleva adherida una fungosidad amarillenta, como de grasa. Es flácida y repugnante, pero no está podrida ni tiene mal olor ni es especialmente inmunda. Pues bien, resulta que es una víscera de la Virgen María. Nada menos. Eso me puede servir para hacer todo el dinero que yo quiera, toda mi vida. No vendiéndola, que sería lo más fácil, sino de algún otro modo, como quien saca las conclusiones correctas del cuento de la gallina de los huevos de oro. Hay que ponerla a producir, entre los creyentes. Mis sueños de disponer de una “fábrica de dinero”, para siempre, se ven realizados. Sólo hay un problema, que se me aparece cuando recuerdo dónde estoy (en la trampa)… ¿Cómo pasar la aduana con eso? Puedo correr el riesgo de un contrabando hormiga, llevándola en el bolsillo por ejemplo, pero con la mala suerte que tengo, hasta en mis fantaseos, y sobre todo en ellos, estoy seguro de que la van a detectar. Hay una sola solución, y es la más difícil: cambiar la composición genética de las células de esa carne, y transformarla en una víscera de tortuga.

La pequeña víscera preciosa, con su productividad infinita, es el modelo original de todos los señaladores o separadores de libros. Si alguien me preguntara para qué quiero llevar la reliquia a mi patria, donde no hay creyentes, en lugar de ponerla a trabajar aquí en México, donde abundan, podría responderle: ¿y para qué quiero ser rico en México? ¿Para seguir comprando indefinidamente el mismo libro? Aquí ya soy rico, y sigo sin serlo.

Claro que una miserable víscera de tortuga, en la Argentina o en cualquier parte, sólo haría reír. Es la trampa de la trampa: adentro, no vale nada; afuera, menos. Si decido explotarla aquí, de todos modos, podría hacerla reproducir en piedra, del tamaño de una montaña, y comercializar en el exterior sus fotografías…

Pero no es con la piedra, ni con el papel, ni con la tijera, que quiero iniciar mi libro. Es con el arte. Sigo haciendo descubrimientos, y el de hoy es que no tiene importancia lo que yo crea, la sustancia en sí de mis creencias. Importa el arte. Y trato de descubrir qué es el arte estudiando a Duchamp. Aun aquí, aun en la depresión y la vergüenza en que me encuentro, sigo firme en mi busca de las raíces del arte. Insisto en que esta pequeña historieta intercalada no tiene nada que ver con el plan maestro que estoy exponiendo; el plan maestro, desnudo, puro números, puro tickets, es el esquema al que se atendrá el novelista entrampado en un futuro remoto (que no será novelista como lo definimos hoy, sino una especie nueva). Él se ocupará de la “carne” y las “vísceras” del relato, no yo. Pero justamente, mi trabajo es ver también las cosas desde el otro lado, desde el lado de la acción, para que la planificación resulte eficaz. Para él yo seré objeto de una profunda arqueología; tendrá que atravesar, si tiene el cerebro para hacerlo, las casi infinitas capas acumuladas de malentendidos, travesía en muchos aspectos equivalente a la mía en busca de la raíz del arte. Salvo que él contará con los beneficios del progreso, al que contribuyo modestamente con mis escritos, y no caerá en la trampa (entre otras cosas, porque aquí se lo estoy diciendo) de referirse a una sustancia psíquica supuesta, y hablar de creencias, sino que ya habrá aprendido a ver la indiferencia que lo preside todo en el arte, el rayo práctico, la historización… A eso contribuye la desnudez seca del esquema, manifiesta en mi colección de tickets. En resumen, lo que le estoy dando es el beneficio de lo mecánico, o automático.

“Sesenta y dos” parecía un récord difícil de batir. Después de todo, hay un mínimo… ¿o no? El mínimo es el precio de costo del libro, el costo unitario al que se realizó la importación. Pero ¿quién se acordaría a esta altura del precio de costo, en una economía hecha de devaluaciones e inflación galopante? La inflación es devastadora con la memoria, supongo que por un instinto de defensa, porque de otro modo habría una sobrecarga mental que terminaría mezclándolo todo. Además, es muy común que los libros, más que otros bienes, pasen a la categoría de “ofertas” y se vendan a precios cada vez menores, hasta irrisorios, muy por debajo del umbral del costo, inclusive en mercados con moneda de valor estable. ¿Hasta dónde se podría bajar en México entonces? No, no había mínimo. Aunque este lujoso libro de arte no parecía de los que van a las mesas de oferta; y de hecho no lo estaba. No se vendía en puestos de la calle ni en librerías de ocasión, sino en sitios elegantes, como los Sanborn’s y las tiendas de los museos… Hay a quienes les podrá sorprender que esta aventura me sucediera justamente en México, ciudad renombrada por su falta de buenas librerías. Pero quizás es por esa falta que hay libros en todas partes, y los Duchamp me salían al paso donde menos los esperaba.

Entre paréntesis, es curioso pero no vi otro libro sobre Duchamp. Sólo ése. Y dada la ocupación intensiva que me daba, perdí todo interés en otros libros. No me importaba, porque ya tengo demasiados en casa, y muchos todavía esperando que los abra. A veces me pregunto de qué sirve leer “otros” libros. ¿Para qué hacerlo, si nunca podemos ganar una competencia de cultura o erudición? En cualquier situación que se plantee, sobre cualquier tema, nuestro interlocutor siempre habrá leído otros libros, que funcionarán como “otros más”. Por la cortesía que rige las conversaciones, no se puede hacer un recuento y balance y demostrarle que a pesar de no haber leído precisamente esos libros que él nos está mencionando, hemos leído más libros que él. Es imposible demostrarlo porque habría que hacer listas larguísimas, de nunca acabar. Nunca se puede ganar. Así uno haya leído diez mil libros, y el otro haya leído cinco libros en toda su vida, ¡gana el otro! Porque de esos cinco libros, uno puede haber leído cuatro, pero no el quinto, y ese libro es el que el otro cita, y se pone a contarlo y describirlo y elogiarlo, y uno queda como un burro, ¡y hasta tiene que prometerle que lo va a leer!

El siguiente… Porque hubo un siguiente. La lotería seguía saliendo siempre en sentido descendente… la ruleta en línea recta… fue de cincuenta y nueve pesos. Lo compré y fui a ponerlo en la pila, y al ticket en el sobre: mis pequeños tesoros conceptuales. Como un avaro transtemporal, seguía acumulando. Después hubo otro, es decir el mismo, de cincuenta y seis pesos. Si me hubiera acompañado mi esposa, me habría dicho: ¿ves como hay que recorrer, y no comprar en el primer lugar? Postura muy sensata, a la que yo le he hecho in pectore graves objeciones. Porque los libros, aun siendo objetos industriales, tienen un régimen de aparición bastante caprichoso, y suele pasar que el libro que uno encuentra al principio del recorrido, y aunque intensamente deseado desdeña comprar pensando “No lo voy a cargar todo el tiempo, lo compro después en cualquier parte”, no aparece más, y nos obliga a un penoso regreso al punto de partida. ¡Si lo sabré! Esta vez, por hallarme solo y entregado a mi arbitrio, había actuado de acuerdo con mis convicciones, y después había seguido actuando de acuerdo con el arte y las matemáticas.

Después, otro más, siempre el mismo: cincuenta y tres. Debo suponer que, en la anarquía de precios, también había sitios donde el libro de Duchamp estaba en venta a precios superiores, o zigzagueantes (quiero decir, superiores a algunos de los que yo había experimentado, e inferiores a otros), inclusive superiores a los noventa y nueve pesos del primero. Pero no tropecé con esos ejemplares y esos vendedores; lo que no tiene nada de extraño, con la dimensión de esta ciudad, y lo reducido de mi radio de acción a pie. Pero igual tiene algo de extraño y de hecho ésa fue la razón por la que me decidió inicialmente a escribir la historia: para racionalizarlo. Porque escribir algo, así sea en un borrador sin estilo ni forma, es todo un trabajo, y nadie lo emprende si no considera el argumento lo bastante extraño como para que valga la pena. Dicho a la inversa, cuando algo es demasiado extraño para que el pensamiento lo acepte y lo integre al resto de la experiencia, un modo simple de hacerlo entrar es volverlo argumento de un escrito. Es lo que hice (a medias, porque no escribí el relato sino que tracé las líneas maestras, el esqueleto matemático, para que otro lo hiciera).

Por la vía de esta inversión (no escribo sobre algo extraño, sino que es extraño porque lo escribo) llegué a una explicación de este detalle de los precios siempre descendentes, que me había parecido casi sobrenatural. No la desarrollaré, en parte por una cuestión de espacio, y en parte porque sería una intrusión en la tarea del novelista aficionado del futuro que tomará estas líneas como una guía de pasatiempo. Baste decir que los precios no se habían dado necesariamente en orden descendente: sólo el tiempo los había ordenado así, el tiempo miniaturizado de esta aventura, del cual el modelo en tamaño natural son los siglos que transcurrirán hasta que mi esquema se vuelva un mito operativo.

El próximo lo encontré, o se materializó ante mí, en… No importa dónde. Eso, junto con todos los demás detalles, lo dejo a cargo del que escriba la novela. Lo compré a cincuenta y tres pesos. Como fue el número diez, antes de seguir con el once, el doce, etcétera, voy a hacer una pausa para tratar de poner en claro los números correspondientes. Si he venido dejando en blanco ese aspecto durante las últimas compras, ha sido para avanzar más rápido, pero no significa que no hiciera los cálculos in mente. ¡Vaya si los hacía! Eran mi única ocupación, y una inmejorable terapia para el estado de ánimo calamitoso en el que me hallaba.

¿Estado de ánimo? Más bien estado a secas. Me preservaba, eso era todo. Mi idea fija era llegar a estar sentado en el avión con destino a Buenos Aires. Todo se subordinaba a eso. Cada minuto que pasaba era un minuto ganado. Aunque en el fondo no me hacía muchas ilusiones. Cuando lograra salir de la trampa iba a volver a sentirme insatisfecho e inadecuado, igual que en México, o peor. Pero trataba de no pensar en eso, para no deprimirme más. Me concentraba en el presente, y en todo caso me decía que lo que viniera después no podría ser tan malo porque de una trampa no se sale sin alguna enseñanza.

En fin. Los diez ejemplares habían sido comprados a diez precios distintos, en escala descendente: noventa y nueve, noventa y cinco, ochenta y cinco, ochenta y dos, ochenta, setenta y nueve, sesenta y dos, sesenta, cincuenta y seis, y cincuenta y tres. La serie de diferencias unitarias era de cuatro, diez, tres, dos, uno, diecisiete, tres, tres, tres. La suma daba cuarenta y seis, que era, por supuesto, la diferencia máxima alcanzada hasta ese momento, entre el primer precio (noventa y nueve) y el último (cincuenta y tres). La serie completa de estas diferencias máximas “de atrás para adelante”, era: cuarenta y seis, cuarenta y dos, treinta y dos, veintinueve, veintisiete, veintiséis, nueve, seis y tres. Esas tres series constituían la trenza original sobre cuyas curvas recurrentes tenía lugar todo el sistema de metamorfosis numéricas. Ya sé que no parece muy racional, pero confío en que alguien, alguna vez, va a ponerse a hacer las cuentas, una por una, como las hice yo, y quizás para él, al contrario de lo que me pasó a mí, la realidad se vuelva real.

México, 28 de noviembre de 1996.

 

César Aira.
Escritor. Ha publicado: Cómo me hice monja, La mendiga, Cumpleaños y Las curas milagrosas del Doctor Aira, entre otros libros.