hoteles

Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos (Cal y arena, compilación de Juan Manuel Gómez) constata que las habitaciones que se rentan por hora son lugares de tránsito en los que cabe cualquier perversión, cualquier secreto, cualquier clase de amor; en los que la ley y el tiempo son otros. Presentamos un relato incluido en la antología colectiva.


Descubrí el Hotel Colonia Roma por dos razones. La primera y vulgar es que, aunque vivía en una casa de huéspedes en la calle de Córdoba, los fines de semana, si queríamos seguir la farra, debíamos ir hasta Álvaro Obregón y Monterrey, donde había un changarrito que expendía bebidas alcohólicas en forma clandestina (otro abrevadero estaba en una gasolinería de Vértiz, donde un tipo vendía alcohol que sacaba de la cajuela de su carro, pero era muy lejos), y a unos pasos estaba el Roma, al cual entraban y salían parejas de todo tipo, motorizadas o a pie, en una fiesta interminable.

La segunda razón, sublime, es que como era imposible llevar a mis novias a la casa de huéspedes, tenía que pedir asilo poético a mis cuates que tenían departamento; pero cuando me llegaba el giro postal las llevaba al Hotel Colonia Roma que me había guiñado el ojo en las noches en que íbamos a ese rumbo a surtirnos de tragos. La fiesta era nuestra. 

Muchos años después, cuando ya tenía yo oficio y beneficio, seguí frecuentando a mis amigos de la Roma, y borracho y cansado, para no volver a casa, me quedaba a dormir en ese maravilloso refugio. Y a veces tomábamos por asalto una de sus habitaciones para embriagarnos sin dar lata a otros.

Mi novia Julieta, con quien duré siete años, me acompañaba al Roma desde los tiempos de crisis hasta los de bonanza, cuando tenía mi propio departamento: entendimos que ir a ese oasis se había convertido en un vicio delirante.

Años después, cuando Julieta y yo nos mandamos literalmente al diablo, seguí yendo al Roma. Ella también. Y una vez coincidimos: ella salía con su pareja y yo entraba con la mía. Nos miramos, aunque evitamos saludarnos siquiera. Las consecuencias fueron deletéreas: no funcioné como varón, los celos a destiempo me habían aniquilado. De este episodio salió, andando el tiempo, lo que cuento en seguida.

El inmenso poeta Rubén Bonifaz Nuño (qepd), Nacho Osorio (qepd), yo y alguien más solíamos encontrarnos los jueves por las tardes en la oficina del poeta Vicente Quirarte, quien era director de Publicaciones de la UNAM. Había música, café, pastelillos y mucha diversión: Rubén, con toda su elegancia, bailaba al compás de las canciones de Gloria Trevi, aunque se decía enamorado de Lucía Méndez, a quien le dedicó sonetos. Nos habíamos propuesto inventar chistes y contárnoslos en reuniones por venir. Inventé esto, que aunque no es gran chiste los hizo reír: “Llegué con mi novia al Hotel Colonia Roma, y el chico de la recepción me dijo, inclemente: ‘Qué milagro que viene, amigo Nacho; la que viene seguido es la señorita’”.

Una tarde, estaba encerrado en un cuarto del Roma con una linda amante y en esa especie de muerte postorgásmica cuando empezó a temblar. “Calma, no pasa nada”, nos dijimos. Y en efecto, no pasó nada, salvo los temblores que nos provocamos uno al otro. Ignorábamos que ese “no pasa nada” durante los temblores, y que era común entre los chilangos, habría de tener consecuencias mortales durante los terremotos de 1985: si en vez de recurrir al acostumbrado “no pasa nada” la gente hubiera salido corriendo, no hubiese habido tantos muertos, pues cuando se dieron cuenta de la magnitud del sismo era demasiado tarde. Otro atardecer de un día lejano a la tragedia del 85, estaba otra vez en pleno coito con mi amante en el Hotel Colonia Roma, cuando empezó a temblar: casi nos morimos de miedo, sobre todo cuando escuchamos los gritos de espanto de otros amantes. Seguimos las instrucciones que había en carteles empotrados en las paredes de cada habitación y nos situamos bajo el marco de la puerta, desde donde pudimos ver que el estacionamiento se iba llenando, poco a poco, de aterrados amorosos, unos apenas enredados en sábanas o toallas, y otros de plano encuerados.

El Hotel Colonia Roma sigue igual que cuando lo conocí, aunque está rodeado de OXXOs, SEVEN ELEVENs, restaurantes; en el sector hay abundantes librerías, tiendas de discos, galerías; a media cuadra está la Casa Lamm, y un poco más allá la Casa del Poeta Ramón López Velarde; la Avenida Álvaro Obregón, antes sombría y peligrosa, está ahora llena de luz y de aires artísticos. Sin embargo, no he regresado al Roma (leído al revés dice Amor) desde que fue mancillado por Fabiruchis (no sé su nombre real, ni me importa), quien provocó un escándalo al ser golpeado, luego de coger, por un travesti. El episodio creció en los medios de información, y le quitó el encanto a ese lugar maravilloso.

Sé, de buena fuente, que desde entonces los amantes piden expresamente el cuarto donde el tal Fabiruchis hizo su numerito y que, por ser tan requerido, cuesta el triple que las demás habitaciones. Roma/Amor.

 

Ignacio Trejo Fuentes
Autor de Crónicas romanasDe acá de este lado (una aproximación a la novela chicana) Sergio Galindo: tres tristes tópicos (la soledad, la vejez, la muerte).

literal-hotel