Melodía. 10 Años Después. Publicación catorcenal. Año 1. Núms. 1-4. Enero-febrero de 1979. Dirección general: Víctor Roura. Editorial Melodía, S.A. Avenida Revolución No. 970. México 19. D.F.

Con un amplio y heterogéneo directorio, que incluye desde críticos literarios hasta críticos roncanroleros y rocanroleros que devinieron críticos, con poetas, cinéfilos y narradores jóvenes, todos animados por un amor común, el rock, Melodía se distingue de antiguas revistas sobre el tema -con la excepción de Piedra Rodante- en que suele no ser obtusa, ilusa o dispuesta al inmediato asentimiento de la última gran estrella musical, de Juan Gabriel a Olivia Newton John. Los handicaps no son despreciables: escasez de recursos que se refleja en la impresión, calidad de gráficas y papel, una “cabeza” poco atractiva y un tema que de algún modo se preste a la nostalgia (“diez años después…”), en ocasiones aliviado por el vitalismo recurrente y el registro de lo que es el rock en la actualidad; y también por el fenómeno de que Melodía es una revista fresca y crítica (por lo menos en parte de su contenido).

Lo que se puede y no se puede escribir en papel

El número uno incluye un texto de Frank Zappa, “La evolución del uso de la guitarra en la música pop”, donde el presunto surrealista o dadaísta hace escarnio de los Rolling Stones y desata sarcasmos contra la industria, comercialización, ausencia de talento y mediocridad reinantes; celebra a ciertos músicos y establece su actitud nada complaciente. Un reporte anónimo despeja el temor de que al guitarrista y compositor de los Stones, Keith Richards, “se le sentenciara a cadena perpetua” bajo el cargo de “posesión de 22 grs. de heroína”. Leonardo García Tsao niega de antemano toda objetividad si se refiere a los Who y asegura que antes de verlo -y por supuesto de escucharlo- sabía que el último disco del grupo sería “uno de los más importantes del año pasado”. John Lee Hooker declara a Raúl de la Rosa que el blues es “la única verdadera música. El blues no se escribe en los libros, hay que sentirlo, tiene que venir del corazón y del alma. Esto no lo puedes escribir en un papel (llevándose la mano al corazón). Es un sentimiento”. En otra entrevista, Willie Riser, del conjunto neoflamencorockdisco (zik) Santa Esmeralda, muestra que no todo es miel: “íCasi no conoces chavas! las ves, pero no hay tiempo para nada”, y en seguida se confiesa explotadísimo “obrero musical” que gana “unos 600 dólares mensuales” y debe “tocar con grupitos en clubs para irla pasando” (sucede hasta en las mejores esmeraldas). Por su parte, Herbé Pompeyo considera a Elvis Costello “un profundo analítico (sic) de los males cotidianos que nos rodean”. Y Guillermo Briseño, en “Hay que jugarle al futuro, no al pasado (perdonando la expresión)” ejercita una desbordada pero no envidiable capacidad de manejar sentidos figurados y además un bien intencionado deseo -aunque sin brújula- de enfocar el tema musical en términos políticos, sin excluir dosis considerables de verborrea. Perlas que hablan de un concepto de democracia “desflorado”, de que “el cutis del rock está marchito” y de “sombreros de sonidos”. Datos anecdóticos que aseguran: “Ray Charles en Crying time suena a Pa’ todo el año” y un convencimiento: “La posibilidad de externar una proposición trascendente está en Latinoamérica. Aquí se gesta una transformación social muy importante y hay una reserva cultural que es un respaldo si se usa. Lo que logran los chilenos Inti-Illimami y los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, por mencionar algo, ya no se atiene al tradicionalismo tan característico (sic) de la música popular latinoamericana (…) no fomentan la estupidez y sin embargo captan la atención de cualquier ser sensible”. Ergo: todo “sensible” está alerta. Quizá también valdría la pena, “por mencionar algo”, revisar artículos como el de Federico Arana, “Los folcloroides” (Nexos, 14) que descubren un movimiento no tan valioso, auténtico ni desinteresado como suele pensarse de todas o casi todas sus manifestaciones. Pero Briseño se muestra seguro de lo contrario y no sin cursilería afirma que el folklore (sic) ha interesado “sobre todo entre la gente progresista (sic)”. Y con frecuencia como termina alguno de sus párrafos, “todo eso suena a gente que no agarra la onda”.

En “Kiss: humo, fuego, explosiones, trucos… ¿algo más?”, Sergio Monsalvo sostiene que la transición “es la evolución característica de toda forma cultural” y que Kiss “no ha aportado nada con su música a la corriente rocanrolera”. Carlos Chimal entrevista al mismo Guillermo Briseño, a raíz de la Liga Independiente de Músicos y Artistas Revolucionarios (LlMAR) que se propone dar la espalda al negocio y “producir música con y para los trabajadores”. Víctor Roura hace la crónica de “Un domingo en el hoyo” fonqui y dice que “es el medio de vida de algunos músicos rocanroleros. Y ahí va la clase media a desempolvar su energía”, con lo que demuestra que su idea de la clase media es por lo menos tan amplia y elástica como la propia aludida. En la columna feamente titulada “Escribí una canción para todos” se reproducen algunas piezas de “La poesía en el rock”, volumen publicado en la serie Material de Lectura de la UNAM, en versiones de Juan Villoro y Claudia Aguirre Walls. Completan el número las que serán secciones fijas: reseñas de discos, “Luz y sonido”, además de cine, libros y televisión, siempre sobre temas musicales.

Grueso como un ladrillo

La segunda entrega incluye un relato de Guillermo Samperio, “Sueños de escarabajo”, con toda la carga previsible de nostalgia y de sueños frustrados. Víctor Roura entrevista al cantante mexicano Toncho Pilatos, “un personaje subterráneo en nuestro país (…) conocido por un sector minoritario, pertenece sin embargo a una generación inolvidable: Avándaro”. Para quien no conoce su actividad musical, Toncho resulta singular por lo menos en términos sociológicos, y tiene respuestas como esta: “Es que todos somos unos pinches mutantes, carnal. Nos gusta el cabello largo, nos gusta el rock, nos gusta el fonqui, o lo que tú gustes, pero nos gustan puras cosas en inglés”. Juan Villoro hace la crónica de una sesión punk (“más que rock un acto de epilepsia”) en Nueva York y señala que son pocos los miembros de esa “Rebelión Gandalla (que) tienen gran calidad musical, pero aún así han sido capaces de incorporar una definitiva dosis de espontaneidad, salivación, sanguinolencia, a un ritmo que parecía definitivamente amodorrado”. Rafael Vargas traduce en dos entregas el reciente disco de Jim Morrison Un orador americano y a continuación de las secciones fijas se publica un retrato lamentable de Paul Mc Cartney, a cargo de Mario Ontiveros, quien volverá a las andadas en los números siguientes.

Blondes have more fun 

El tercer número de Melodía inicia con una suerte de homenaje al rocanrolero mexicano Carlos Santana. Oscar Sarquiz lo privilegia por su aportación al rock -el sonido latino-, lo disculpa por su seudomisticismo y señala que muchos darían “su meñique” por tener lo que Santana tiene: un estilo. Afirma que es el músico “más importante que ha aportado México al rock internacional”, y más adelante desbarra: “Devo será más sorprendente. Elvis Costello más agresivo. Patti Smith más turbadora (je, je). Pero ninguno de ellos podría comer carnitas ni quesadillas de huitacoche sin caer fulminados por la ‘venganza de Moctezuma”‘. Se aprecia ya una inclinación editorial, de escritorio: más artículos de fondo, discografías y traducciones (de entrevistas y letras), revisión de autores (Santana, Gerry Mulligan, el grupo Weather Report), reseñas y auto-reseñas (Briseño), con lo que se vuelve una revista quizá más documentada y menos ágil. Los resultados son desiguales, algunos francamente lastimosos. Es el caso de “Los negros ya están en paz”, donde sin mediar matices y desechando de un plumazo todos los movimientos minoritarios y las luchas populares y liberacionistas, sólo por mencionar los ejemplos más evidentes de anticonformismo, María Esther Bordoy consigna la perdida rebeldía del rock para conformar un esquema parcial: “los jóvenes han dejado de ser rebeldes y esto es grave porque a pesar de los movimientos políticos y sociales que se realizaron en los sesentas y cambiaron la faz del mundo, éste todavía está mal (…) los chicos están tranquilos y conformes (…) en un status definido y del que por lo visto no les interesa moverse (…) Los setentas serán recordados en la historia como la década de la tranquilidad aparente”, etcétera. En cuanto rebasa el marco musical, como de hecho lo hace en todo el artículo (la tesis es que todos los negros se volvieron la raza disco por excelencia) la autora se queda en el rechazo más o menos moralizante a la docilidad, el añoramiento del rock rebelde y el desencanto ante una realidad opuesta al ideal que fallidamente identifica con problemas mucho más complejos y que requieren de análisis más delicados.

Un reventón soviético

Para el número cuatro, Carlos Chimal relata sus aventuras en Tbilisi, ciudad soviética donde un rocanrolero lugareño lo invita a escuchar Emerson, Lake and Palmer, Traffic y Zappa en su casa. Se ponen hasta atrás y circula un jachís probablemente afganistano o turco, además de un par de rubias. “Maestros, el camino del jachís -dice el narrador- y en la euforia de macho mexicano le prometo mandarle mariguana de Oaxaca, la mejor del mundo”. En páginas centrales, Villoro (“Breve diccionario del rock en la ciudad intoxicada”) contrasta con el reiterado entusiasmo de Melodía hacia el rock mexicano, evidente en muchas notas firmadas y anónimas. El enfoque rechaza la esperanza como numen: “Primitivo, monótono, incapaz de comunicar ideas, el rock en México es la negación más rotunda de lo que este ritmo significa en otros países. Lo mejor que se puede decir de él es que ha sido profundamente coherente con su móvil fundamental: terminar con la innovación, la rebeldía y la vitalidad”. Por su parte, Víctor Martínez aborda el mismo tema y sus conclusiones son capaces de hacer trastabillar al más ecuánime: los rocanroleros mexicanos “hacen del rock una filosofía, y del sonido su pensamiento (ípélas!). Reproducen así una ideología reaccionaria que en lugar de liberar, prepara la cárcel de la ignorancia”. Concientizado hasta la médula, asegura que esa actitud “los lleva al rechazo de la cultura original y a generar complejos de inferioridad con la adopción de errores y manías consumistas de EU”, en una apabullante solemnidad “guerrillera” que no precisa mayor abundamiento.

Brebaje extraño

Esta revisión no daría sino un balance provisional de Melodía, en tanto que sólo reúne sus cuatro primeras entregas. Se trata, hasta aquí, de una revista interesante, prometedora y desigual, que conjunta el rigor con los deslices líricos, el desenfado saludable y la confusión de ideas (los párrafos de Sarquiz sobre la nacionalidad de Santana), la trivia refrescante con el afán de trascendencia, el sentido político con la parrafada retórica y la verborrea, la notable documentación de muchos artículos y la avasalladora ingenuidad de otros, la calidad de la escritura con los atropellos sintácticos (es indudable la urgencia de un riguroso corrector de estilo), la nostalgia, la animosidad, el entusiasmo y lo que parece un irresistible coqueteo con la sociología, lo que no es reprochable si rebasa la elementalidad generalizadora, la gran verdad enteramente hueca, la obviedad o la postura meramente moral.

En la medida en que concierte sus mejores y más sanos aspectos (frescura, rigor, documentación, anti-solemnidad, vitalismo) Melodía puede actualizar y renovar un proyecto que la censura impidió llevar a cabo a su antecesora directa, Piedra Podante: cubrir en buena medida las necesidades de información rocanrolera (sobre todo) desde una perspectiva que incluya y relacione otras materias, crítica lúdicamente.