Lo original; todas aquellas acciones, pensamientos, acontecimientos que nos parecen inéditos, singulares e inesperados se encuentran ya aguardando su llamada en la sala de espera destinada a lo imposible. Todo lo que puede ser, será. Y también lo que nos parece imposible de suceder posee ya un lugar en la realidad, puesto que ha sido pensado, imaginado o expresado en palabras o en signos premonitorios: (“Si no se espera, no se encontrará lo inesperado”, Heráclito).

02-discusiones

Ilustración: Kathia Recio

Después de este breve rodeo —el rodeo es ya un fin en sí mismo— entraré de lleno al alegato planeado: la filosofía dentro de la alcoba nupcial, la discusión entre los cónyuges, amantes o esposos. He llamado “filosofía” a estos enredos verbales muy a propósito sólo para acentuar que en poco nos ayuda el pensamiento reflexivo o especulativo cuando se disiente o se intenta solucionar una tormenta emocional en el seno de una pareja acudiendo a la razón o al argumento estructurado. Como ustedes —en caso de que ustedes en verdad existan— yo también he participado y he sido testigo de las querellas maritales de parejas de amantes, o de esposos que llevan un número considerable de años o décadas en promiscua cercanía y tejiendo una relación formal, mecánica o, al menos, poco sorprendente. Los matrimonios comienzan a partir de la caducidad del amor y del encantamiento: son preámbulo y glorificación de una arcadia, futuro o utopía que nunca llegará puesto que ya ha sido suficientemente imaginada y experimentada por nuestros sentidos y por nuestra nerviosa imaginería. Voy directo a la diana: desde mi experiencia —¿existe otro lugar?—, la conversación verbal y la cama acuden a estratos de emotividad distinta. ¿De cuántas supuestas discusiones entre cónyuges habré sido testigo, sumadas a las que yo mismo he llevado a cabo? Muchas.

Las palabras o argumentos que acompañan a tales enfrentamientos, disputas íntimas o disquisiciones belicosas no tienen nada que ver con la habilidad filosófica o analítica, nada que ver con la apreciación discursiva ni con el conocimiento psicológico de la pareja (o parejas), o del ser humano en general: son encuentros cercanos del sexto tipo, meteoritos que colisionan, erupciones, rencores acumulados, fobias, insatisfacciones mudas o evoluciones dispares. No creo que exista algo tan inútil como la discusión verbal entre cónyuges, nada tan vacuo y farragoso como el deseo de charla reflexiva cuyo propósito es el de volver a una normalidad que yace muerta en la imaginación. Lady Macbeth murmuraba a los oídos de su esposo y sus inquinas tuvieron repercusión y causaron desastres, pero su poder provenía de la tradición, la malicia y la ambición: puentes propicios para el andar de la tragedia. Las discusiones de alcoba —a diferencia de las conspiraciones macbethianas— que tienen como finalidad retornar a la normalidad amorosa, al pasado mítico o a la buena convivencia, nos muestran que la filosofía posee límites bien determinados y que incluso la literatura encuentra escollos insalvables a la hora de mostrar las dimensiones de tal entuerto. Por ello todas las especulaciones metafísicas acerca del sexo femenino que, por ejemplo, llevó a cabo Otto Weininger, o las rumias sociológicas de Simone de Beauvoir al respecto no ayudan a tender la cama, sino que cavan en ella un abismo profundo e insalvable. Cuando Gustav Mahler le exigió a Alma, su mujer, que renunciara a sus actividades artísticas para concentrarse sólo en su música —la música de Mahler—, no hacía otra cosa que exponer la barbaridad de una determinación primitiva que anulaba la discusión marital y exhibía la voluntad bestial de un deseo que buscaba saciarse a toda costa (para fortuna de ambos ella se reveló ante tal petición).

En la guerra suscitada en la alcoba nupcial, la argumentación reflexiva carece de sentido, y lo más sabio es soportar estoicamente la amarga gravedad que nos da a beber el ser amado; o en su defecto huir, correr hacia un barranco menos profundo y fatal. No hace mucho tiempo fui testigo de la discusión entre una pareja acerca de un asunto en apariencia insulso —se había roto una copa o la ensalada estaba agria—. Tal acontecimiento propició que la mujer lo acusara a él de misógino y él le correspondiera tildándola de manipuladora y frívola en sus juicios. En un principio la charla, aun bélica, podría parecer un intento de sanar las heridas o de alentar el acercamiento amoroso, pero no: al final todo se concentró en una típica exhibición de odio, cansancio y abatimiento marital. Hubo un momento —cuando él propuso que el feminismo antes de feminismo acendrado tendría que ser un humanismo, una ética de equilibrio entre los fuertes y los débiles (de cualquier género) y una fuente de progreso en la conversación, y ella aludió a la arrogancia dizque conceptual y a la poligamia transformada en mentira y humillación del pacto de fidelidad y de la convivencia matrimonial— en el que yo pensé, por un momento, que la discusión podría llevarlos a aclarar sus discordias, pero me equivoqué: el odio, el rencor y la absoluta ausencia de claridad, pacto verbal y atracción amorosa tomaron el escenario y comenzó la guerra brutal del reproche y la artillería visceral. ¿Qué hacer? Callar y recordar a Artaud: “La verdad de la vida está en la impulsividad de la materia. El espíritu del hombre está enfermo en medio de los conceptos”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.