Hay escritores que empiezan a escribir con talento, rápidamente se hacen de una reputación entre el público y la crítica, y de pronto se callan para siempre. Tuvimos dos hombres así en el Club de Escritores Yiddish de Varsovia. Uno de ellos, Menahem Roshbom, había logrado publicar tres novelas antes de cumplir los treinta. El otro, Zimmel Hesheles, había escrito un poema largo a los veintitrés. Ambos tuvieron reseñas entusiastas en la prensa yiddish. Pero después, como dice el dicho, sus úteros literarios se cerraron y nunca se volvieron a abrir.

Roshbom estaba en sus cincuenta y Hesheles en sus cuarenta cuando me convertí en miembro del club. Ambos eran considerados buenos ajedrecistas. Muchas veces los vi jugar juntos. Menahem Roshbom siempre estaba tarareando una canción, balanceándose, gesticulando y tratando de arrancarse los pocos pelos de su perilla salpimentada. Alzaba su pulgar e índice como para mover una pieza y luego los recogía como si se los hubiera quemado. Se decía que era mejor jugador que Hesheles, pero al final de la partida inevitablemente perdía la paciencia. Menahem Roshbom era un fumador empedernido. Tenía los dedos y las uñas amarillentas y padecía una tos crónica. Se decía que fumaba hasta dormido. Era alto, demacrado, arrugado, jorobado. Tras dejar de escribir ficción se había dedicado al periodismo y se había convertido en el folletinista en jefe de uno de los dos periódicos yiddish de Varsovia. Aunque estaba enfermo y se decía que era tuberculoso, le encantaban las mujeres, en especial las actrices del teatro yiddish. Se había divorciado tres veces, y los hijos de todos sus matrimonios lo buscaban para pedirle dinero. Su amante fija era la esposa de un actor judío. Nunca se supo por qué su esposo la dejaba estar con Roshbom. Muchas veces le oí decir que a Roshbom lo condenaba ser demasiado listillo, demasiado cínico. Por lo general en sus conversaciones, e incluso en sus artículos, menospreciaba el valor de la literatura y los delirios de inmortalidad. Nunca se había permitido ser homenajeado en banquete alguno. Si alguien lo llamaba escritor, Roshbom contestaba: “Quizá en alguna época…”.

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Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Zimmel Hesheles era bajito, reservado, un pequeño solterón solitario y silencioso. Su cara delgada siempre estaba cuidadosamente afeitada y sus mejillas eran inusualmente suaves. Había quien creía que era un eunuco cuya barba nunca crecía. Arrastraba un pie y usaba bastón. Uno de sus zapatos tenía un tacón más alto. Su cabello castaño tenía un espesor y brillo poco varoniles.

Para ser un hombre pobre que se mantenía como corrector de pruebas suplente durante las vacaciones de verano, Zimmel Hesheles se vestía con bastante decencia. Tanto en el verano como en el invierno iba por ahí con un sombrero negro de ala ancha, polainas y un foulard como de artista. No había abandonado del todo sus aspiraciones literarias y dejaba saber que aún seguía escribiendo aunque no publicara. Pertenecía al Pen Club y acudía a las veladas literarias. Ejercía una meticulosidad muy profesional. No fumaba, no canturreaba, no gesticulaba. Llegaba al club de escritores exactamente a mediodía, ordenaba un vaso de té con limón y nada más, leía los periódicos, jugaba una partida de ajedrez con Roshbom o alguien más y se marchaba a las dos, cuando la gente comenzaba a llegar para comer. En el club se decía que Zimmel Hesheles se preparaba su propia comida en una plancha caliente y que incluso lavaba su propia ropa. Alguien lo había visto comprar pan barato del ejército en Kercelak Place, donde uno podía encontrar gangas. En una ocasión Zimmel Hesheles le dijo a la gerencia de la asociación de periodistas que se las arreglaba para alimentarse y vestirse con una suma de dinero que, si la revelara, nadie le creería.

Menahem Roshbom era lo que se dice un libro abierto. Pero Zimmel Hesheles siempre se sentaba muy derecho sobre el tablero de ajedrez y, después de que Roshbom dijera lo suyo, Zimmel murmuraba: “Entonces, ¿adónde va el rey?”.

Y nosotros los metiches sabíamos que el rey de Roshbom había caído en una trampa. Cuando Roshbom se daba cuenta de que la situación no tenía esperanzas, barría las piezas con su mano y decía algo así como: “No debí de haber movido el peón”.

Y luego soplaba una gruesa nube de humo justo en el rostro de Zimmel Hesheles.

 

Nosotros los escritores jóvenes solíamos hablar de ellos, nos preguntábamos las razones por las que habían dejado de escribir y repetíamos todo tipo de anécdotas y chismes, especialmente sobre Zimmel Hesheles. ¿Era un eunuco o simplemente era impotente? ¿Mantenía relaciones secretas con hombres? ¿Realmente estaría escribiendo algo o simplemente fanfarroneaba? ¿Y qué hacía el resto del día? Nunca se le veía en el cine, ni en el teatro, ni en una librería, ni siquiera paseando. Siempre traía puesta la misma ropa, que siempre estaba limpia y que de alguna manera parecía hasta nueva. Cada vez que los escritores jóvenes se quedaban sin tema de conversación, recurrían a Zimmel Hesheles. ¿Había encontrado la clave para la vida perfecta? Yo sentía una curiosidad particular sobre este individuo. Constantemente solía imponerme pautas de comportamiento que rompía invariablemente. Había decidido volverme vegetariano y tres días después me había tropezado con una salchicha. Asumí regímenes morales y de higiene espiritual, determinado a consagrar cierto número de horas diarias a escribir, leer, dormir, ejercitarme y caminar, pero nunca aguantaba. En varias ocasiones traté de conversar con Zimmel Hesheles, pero me contestaba con brusquedad y agudeza, así que de pronto no había más de qué hablar. En ocasiones sólo movía la cabeza o hacía un gesto con la mano. Era como si Zimmel Hesheles se hubiera puesto un candado a sí mismo, y todo parecía indicar que iba a permanecer así hasta el final de sus días. Además, extrañamente su libro de poemas había desaparecido no sólo de las librerías sino también de las librerías yiddish. Lo había querido leer en varias ocasiones, pero no podía encontrar una sola copia por ningún lado. Por aquel entonces yo estaba interesado en los estudios psíquicos, y se me ocurrió que Zimmel Hesheles podía ser un espíritu.

 

Una noche de invierno me dirigí al club de escritores en lugar de quedarme en mi habitación a trabajar en mi novela interminable como me había prometido. Mis colegas, los jóvenes escritores, se me acercaron corriendo con una excitación particular. Sus ojos brillaban con ese triunfo especial de quien acaba de ganar una apuesta. Uno de ellos, Shmuel Blechman, un chismoso, me dijo: “¿Ya escuchaste las noticias?”.

“¿Qué noticias?”.

“¿Quieres saber, no es así? Trata de adivinar”.

“Una vaca voló sobre el tejado y puso huevos de bronce”, dije.

“Algo aún más extraño que eso”.

Mencioné algunas imposibilidades: el Mesías había llegado, Stalin se había convertido al sionismo, el antisemita de Nowoczynski se había convertido al judaísmo.

Aparentemente Shmuel Blechman no podía aguantar el suspenso y gritó: “¡Zimmel Hesheles se casó!”.

Aplaudió y comenzó a mecerse de la risa. Los otros lo siguieron.

Por alguna razón, no estaba de humor para reírme y pregunté: “¿Quién es la afortunada novia?”.

“¡Ven a ver!”.

Me empujó hacia el gran salón, como se llamaba donde se sentaban los escritores más viejos —es decir, los antiguos miembros, no los invitados o los principiantes como nosotros—. Las paredes estaban tapizadas y decoradas con cuadros de marcos dorados. Había un piano y un escenario donde ocasionalmente se realizaban lecturas. No muy lejos del escenario había una mesa que —aunque cualquiera podía usar— generalmente estaba ocupada por la elite del club: el presidente, los miembros de la junta, editores y los escritores considerados clasicistas. Los visitantes extranjeros también eran recibidos ahí, sobre todo los que venían de América. Los noveles habíamos bautizado esa mesa con un nombre que reflejaba nuestra envidia: La mesa de los impotentes.

En esta ocasión la mesa estaba completamente llena. En la cabecera estaba sentado Zimmel Hesheles y, junto a él, una joven, aparentemente extranjera, que llevaba un sombrero negro con una ala grande y curva, y un vestido de estilo nunca antes visto en el club de escritores o en las calles que yo frecuentaba. Su rostro era delgado y femenino, sus ojos eran grandes, negros y brillantes. Me quedé ahí parado, estupefacto.

Uno de los del grupo me pellizcó el cuello: “Y bien, ¿qué opinas?”.

“¿Cómo sabes que están casados?”.

“Salió un anuncio en el Heint”.

Rebuscó en los periódicos que estaban en la mesa pero alguien había arrancado la noticia.

Poco a poco la información comenzó a gotear. La novia, la señorita Lena Hesheles, una pariente, había venido de visita a Varsovia desde Buenos Aires, se había enamorado de Zimmel “a primera vista” y se había casado con él. Ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que Zimmel Hesheles dejó de venir al club durante un par de días. La ceremonia fue presidida por el rabino del vecindario. Como todo lo que Zimmel Hesheles hacía, su boda también estuvo planeada para mantenerse en secreto. Lena Hesheles, una poeta española, había traído cartas de recomendación del Pen Club de Argentina al Pen Club de Polonia, y una entrevista con su foto había aparecido en la gaceta literaria semanal de Polonia. De hecho, fue gracias a la entrevista que el Club de Escritores Yiddish se había enterado de la boda de Hesheles. El secretario del club, también poeta, que cada verano tenía que hacer campaña para que Hesheles fuera contratado como sustituto, logró persuadir a Hesheles, tras largos argumentos, para que viniera con su esposa a tomar el té.

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Los miembros del Club de Escritores Yiddish tenían mucho respeto por el mundo de los gentiles, en el cual los escritores estaban conectados con revistas que vendían cientos de miles de ejemplares. Zimmel Hesheles le había abierto una ventana al mundo a los escritores yiddish de Varsovia.

Durante una o dos semanas después de su recepción, Zimmel Hesheles no se apareció por el club de escritores. Era obvio que no estaba castrado, como se había asumido, sino que, muy al contrario, era un hombre viril capaz de ganar el amor de una joven y hermosa mujer que escribía en español. Después de un tiempo Zimmel Hesheles regresó al club, ya no solo sino con Lena. Ya no ordenaba un vaso de té sino dos, y además pedía galletas. Volvió a jugar ajedrez, y entre los espectadores, de pie o sentada, estaba Lena.

Lena hablaba yiddish pero con acento español. Rápidamente se convirtió en una presencia familiar entre los escritores jóvenes, en especial entre los poetas. Así como Zimmel Hesheles era silencioso, Lena resultó ser muy parlanchina. Hablaba sobre los escritores españoles en Argentina, los cafés, las pequeñas revistas literarias que se publicaban ahí, los feudos literarios, las intrigas y las calumnias. Aprendimos que los escritores jóvenes de Argentina comparten la misma carga que los de Varsovia —eran marginados de las revistas de peso y les costaba trabajo publicar un poema o un cuento. Algunos de los autores pagaban sus propias ediciones. Los críticos de allá mostraban tan poco entendimiento de las nuevas palabras y las nuevas aproximaciones al estilo como los críticos de aquí. Lena había sufrido problemas particulares a raíz de su judaísmo y también por el hecho de que sus padres fueran inmigrantes polacos. Ni siquiera era ciudadana, a pesar de haber nacido en Argentina.

Su trabajo evocaba en nosotros asombro y un sentimiento de simpatía hacia un visitante que había venido del mundo exterior y se había casado con uno de nosotros, un pobre poeta yiddish. Cuando Lena expresó su deseo de conocer mejor la literatura yiddish y de tomar clases, todos estuvimos dispuestos a servirle de tutores. Lena consiguió no uno sino muchos profesores. Uno le enseñó a leer, otro le enseñó ortografía, un tercero le explicó las palabras hebreas que se incorporaron al yiddish. Comenzó a venir al club de escritores no sólo durante las dos horas que su marido pasaba ahí, sino durante largas jornadas antes y después de la comida. Nosotros asumimos que Zimmel Hesheles se iba a poner celoso y que no le iba a permitir pasar el tiempo con escritores de su edad, pero aparentemente confiaba en ella. No pasó mucho tiempo para que algunos de los escritores mayores también empezaran a acercarse a Lena. El editor de la sección literaria de un periódico yiddish encargó traducir uno de sus poemas y lo publicó en la edición de los viernes con tipografía grande, junto a su fotografía, que como siempre salió toda oscura.

Un día sucedió lo inevitable: Lena escribió un poema en yiddish. El poema era torpe, banal, pero los poetas jóvenes lo aplaudieron, cayeron en éxtasis y la felicitaron por formar parte de la literatura yiddish. La cubrieron de consejos sobre cómo hacer el poema más poderoso y original, y Lena estuvo de acuerdo con todas las revisiones. Yo asumí que Zimmel no la dejaría publicar semejante basura, pero parecía ser totalmente indiferente a su escritura.

 

Luego pasó esto: yo había empezado a escribir una novela sobre Jacob Frank, el falso Mesías, pero para el final del capítulo cuatro topé con pared y fui incapaz de continuar. La trama había muerto por sí sola. Traté una y otra vez de arrancar con el quinto capítulo, pero gasté un cuaderno de notas entero que no tenía nada rescatable. Era un caluroso día de verano. Había leído en La educación de la voluntad de Payot, o quizá en el libro de Farrell sobre la higiene espiritual, que una larga caminata a veces ayudaba a sobreponerse a una inhibición de ese tipo, así que decidí poner a prueba su teoría. Me dirigí al suburbio de Kraków y caminé por la calle Nowy Swiat hasta dar vuelta en la avenida Ujazdów. En el camino me detuve frente a los aparadores de las librerías. También observé los monumentos, las iglesias y las casas donde vive la aristocracia polaca. Fui al parque Lazienki y me quedé un buen rato alrededor del estanque donde flotaban los cisnes. Desde ahí podía ver el palacio del rey Poniatowski.

Las jóvenes, altas y delgadas en sus trajes de montar, iban a caballo. Se sentaban derechas y silenciosas en sus monturas, y me parecía que estaban al tanto de algún secreto que ocultaban a los demás. Me parecieron miembros de una raza sobrehumana. Se me ocurrió que los ángeles que habían caído del cielo, los gigantes mencionados en el libro del Génesis, se habían enamorado de tales mujeres.

Poco a poco también me di cuenta del error que había cometido con mi novela corta. Jacob Frank había sido un judío sefardí que hablaba turco. El yiddish no había sido su lengua materna y yo no tenía derecho a utilizar un héroe cuya vida y herencia me eran tan ajenas. Me debí haber apegado sólo a sus discípulos en Polonia: Elisha Shur, Nachman, el rabino de Busk y otros que luego se convirtieron y asumieron nombres tan sofisticados como Wolowski y Majewski. Me sorprendió no haber reparado en esto desde el principio. La noche empezó a caer. Los pájaros cantaban. En algún lugar, una banda tocaba. Una suave brisa soplaba desde el Vístula. El sol no se había puesto aún, pero una luna llena había emergido prematuramente. El aroma de las plantas y las flores se mezclaba con el estiércol fresco de los caballos. Junto a mi introspección literaria conduje también una de carácter personal. Había atravesado una guerra mundial y varias revoluciones. Había vivido bajo tres regímenes —el ruso, el alemán y el independiente polaco—. Con la Declaración de Balfour a los judíos se les había concedido la promesa de una nación judía. Había descartado la religión de quién sabe cuántas generaciones y había intentado con fuerza creer en la evolución, en un universo que había evolucionado a partir de una explosión. Tenía apenas veintiséis años, pero me parecía estar deambulando en este planeta desde tiempos prehistóricos. Durante aquellas horas crepusculares sentí literalmente la inmortalidad de las almas. De pronto, me detuve. Sentados en una banca, bajo un árbol de gruesas ramas, estaban Menahem Roshbom y Lena. Él sostenía su mano. Hablaban, sonreían. Lena reía. Luego Roshbom se inclinó hacia ella y la besó. Me quedé ahí un buen rato, perplejo, escondido tras un árbol para no ser descubierto. Ya había leído a Maupassant, Strindberg, Artsybashev, Kuprin, a la escritora polaca Gabriela Zapolska y a otros tantos autores que hablaban de sexo. Había tratado de traducir el libro de Otto Weininger Sexo y carácter. Incluso había publicado historias sobre la infidelidad de maridos y esposas. Pero esta era la primera vez que presenciaba de cerca tal traición. Empecé a avergonzarme de mi propia ingenuidad. Mi corazón comenzó a palpitar, mi garganta se cerró y apenas podía reprimir las lágrimas. No habían pasado ni cuatro meses desde que Lena se había casado con Zimmel. Él no era sólo su marido sino también su tío.

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Menahem Roshbom era quizá unos cuarenta años mayor que ella. Tenía una amante, o varias. ¿La había comprado con dinero? ¿Lo amaría de verdad? ¿Sabría ella lo que era realmente el amor?

Tanto en el poema que había sido traducido al polaco como en el que escribió en yiddish, Lena hablaba de la santidad del amor. Muchas veces había escuchado decir a mi padre, cuando discutía con mi hermano mayor, Joshua, que los que estaban enamorados eran adúlteros y mentirosos, y que las novelas que describían esos sentimientos eran veneno mortal. Padre aseguraba que los enamorados no amaban al otro sino sólo a sí mismos. Si la mujer enfermaba o quedaba lisiada, Dios no lo quiera, el libertino la dejaría por otra. En aquel tiempo yo era muy joven para meterme en esas discusiones, pero en secreto estaba del lado de mi hermano, quien argumentaba que arreglar matrimonios era algo asiático, fanático, un anacronismo remanente de la Edad Media. En ese entonces había hecho un voto sagrado para casarme sólo por amor. Comenzó a oscurecer y las dos figuras de la banca se fundieron con las sombras. Me hice a un lado, busqué otra salida del parque y tomé un tranvía para ir a casa. Aquella noche de verano era de esas que se dice vuelven locas a la gente. El sol se había puesto hace mucho pero el cielo conservaba el brillo del día. Oleadas de calor descendían de él. Enjambres de parejas paseaban por las banquetas. No caminaban sino que más bien parecían bailar —los hombres vestidos con trajes de colores claros y sombreros de paja, las mujeres con sombreros adornados con frutas y flores, y vestidos que revelaban la curva y el bamboleo de sus senos, de sus caderas, de sus muslos. Todos estaban intoxicados de amor pero yo los miraba con lástima. Todos se regodeaban hasta la barbilla en mentiras y engaños. Estaba cansado y me dolían los huesos. La vejez me había alcanzado. Por primera vez resentí que no existiera un claustro judío donde se pudieran refugiar aquellos que se habían dado cuenta de la vanidad del esfuerzo humano.

Esa noche no pude cerrar los ojos hasta que amaneció. Cuando me quedé dormido, fui despertado por pesadillas. La almohada estaba empapada. Los mosquitos revoloteaban en mi oídos y me picaban. Desde afuera llegaban los gritos de los borrachos o de las víctimas de algún asalto. Seguía escuchando la voz de mi padre. Me estaba echando un largo sermón, pero no podía entender qué me decía. Me levanté pasadas las once y aunque no había cenado mi estómago estaba inflamado y mi lengua seca. Tomé un café rápido en una cafetería y me dirigí al club de escritores. ¿Quizá me toparía con los protagonistas del drama de ayer? Sí, estaban todos presentes. Zimmel Hesheles, Lena, Menahem Roshbom. Zimmel Hesheles y Menahem Roshbom jugaban ajedrez, mientras que Lana estaba ahí sentada, observando. Me paré detrás de ella, pero no se dio cuenta. La posición de Roshbom en el tablero era crítica. Gruñía, se jalaba los pelos de la barba, gesticulaba, inhalaba profundamente el humo de su cigarro, que de pronto salía de su boca y su nariz velluda. Imaginé incluso volutas de humo saliendo de su barba.

Zimmel Hesheles le preguntó: “Así que adónde se dirige el rey”.

“Sí, adónde va el rey”, coreó Lena.

Lanzó una mirada inquisitiva y radiante a Roshbom, que contestó: “No se inquiete, madame. Tengo mil combinaciones. Le voy a enseñar semejante lección que se la va a pensar dos veces antes de volver a intentar alguno de sus asquerosos trucos. Voy a despedazar a este chapucero”.

Luego agitó su mano para que las piezas de desperdigaran.

“No debí haber movido la torre”.

Me fui del club. En las escaleras me prometí no volver nunca. Cumplí el juramento durante dos semanas y media.

Cuando regresé, Shmuel Blechman me preguntó: “¿En dónde has estado? Lena Hesheles leyó uno de tus cuentos y quedó simplemente cautivada. Te ha estado buscando. Lo quiere traducir al español. Menudo perro con suerte. Es gracias a ti que nos va a abrir una ventana al mundo”.

“Ya lo hizo”, contesté.

“Qué quieres decir?”.

“Le gusta creerse la gran cosa”, acotó otro de los escritores jóvenes.

Todos se guiñaron el ojo y rieron.

No la esperé.

 

Issac Bashevis Singer
Escritor. Recibió el Nacional Book Award en 1974 y el Premio Nobel en 1978. Entre sus obras destacan Satán en Goray, La familia Moskat, La casa de Jampol, Los herederos, En el patio de mi padre, Gimpel el tonto y Un día placentero: relatos de un niño que se crió en Varsovia.

Traducción de César Blanco.