Jorge Velasco: La música en Las humanidades en México 1950-1975, UNAM, 1978.

La monografía de Jorge Velasco está elaborada con la intención de esbozar un panorama del desarrollo de la música en México durante los últimos 25 años. Su autor trata de cumplir esforzadamente con el objetivo previsto dentro del conjunto de un trabajo de investigación que se pretende exhaustivo. Pero su afán de emplear un insólito razonamiento “dialéctico”, desvía al ensayo de su cometido y sume al posible lector en un mar de confusiones, el mismo que ahoga al autor. Lo de menos seria que las páginas introductorias abundaran en prejuicios o en opiniones sustentadas a la ligera. Lo verdaderamente grave es la enunciación de puntos de vista contradictorios en el espacio de un solo párrafo.

Coincidencias del Virreinato y la Colonia 

En la página 143 Velasco afirma que “la riqueza musical del virreinato fue magnífica” para contradecirse a renglón seguido al sostener que “la época colonial, al igual que la independiente, adolece de una incapacidad que la vuelve intranscendente en el devenir general de la música”. Es posible que la brevedad de los párrafos introductorios lleve al autor a la entusiasta práctica del pensamiento dialéctico; merced a ella, nunca llegamos a saber si el movimiento nacionalista mexicano fue benéfico o nefasto para el desarrollo musical del país, o si fue todo lo contrario. Difícilmente podríamos sacar nuestras propias conclusiones. Aunque Manuel M. Ponce “intentó remontarse a las fuentes nacionales, era un alma noble y delicada, que no poseía la furia del espíritu revolucionario y no consiguió una síntesis nacional”, por más que su fina música habló más de una vez con una voz mexicana. Aclaración perentoria: “el olvido y oscurecimiento de una obra tan importante y grande como la de Ponce, es una consecuencia nefasta del nacionalismo mexicano. 

El pentagrama plagiado

Velasco participa de una añeja visión de la historia musical de México (la de Baqueiro Foster y Otto Mayer Serra) que descarta como “calcas” o imitaciones sin valor a las obras realizadas por incontables generaciones de músicos mexicanos, sin concederles el beneficio de un estudio objetivo y directo sobre las partituras. En su preocupación por demostrar plagios de obras ultramarinas, bajo el pretexto de que una obra es una “mera copia más o menos afortunada” (nunca se sabe de dónde procede la copia) y en la búsqueda a toda costa de la obra que tenga “el vigor de las creaciones originales”, Velasco se ahorra una mirada crítica sobre obras que de antemano están descartadas. Gracias a esa visión transcendentales, la historia se simplifica: basta enumerar la sucesión de “calcas” y señalar la aparición de “apéndices”: “El nacionalismo musical europeo fue un apéndice del romanticismo, que usaba una temática nacional y local expresada en medios generales, a través de instituciones consagradas”. Por lo tanto, en México, casi un siglo después, “Carlos Chávez creó, tal vez como apéndice y reacción de dicho romanticismo, el nacionalismo musical ”

Los privilegios del difunto

Ya en el terreno de las afirmaciones singulares, Velasco valora el atractivo de la obra de Revueltas en función de que “es el único compositor mexicano muerto, esto es, que no puede devolver favores ni agradecer ejecuciones, cuya música se toca fuera del país con frecuencia”. Se siente más a gusto cuando entra en materia, es decir, cuando reseña los últimos 25 años de la música en México: admira a “la generación de independientes librepensadores que había de transformar la música mexicana en un movimiento moderno y vigoroso” por más que se haya perdido la fuerza creadora de Revueltas para alcanzar en cambio “el caldo de cultivo en el que tal vez pueda, algún día, surgir otro creador genial”.

Vicios privados, azotes públicos 

Así vamos llegando al dodecafonismo en México, introducido por Rodolfo Halffter y presentado por Velasco como “el carro triunfador” al cual “todos los compositores mexicanos” pretendieron unirse. “Todos trataron de imitar” las Tres piezas Op. 23 de Halffter, de la misma manera que “todos ansiaban imitar al autor de Fronteras“: Herrera de la Fuente. La conclusión que Velasco puede sacar de esta suma de vagas afirmaciones, es que todos los compositores mexicanos abrazaron la técnica dodecafónica, lo cual no es de ninguna manera cierto.

Por su parte, la música aleatoria es presentada como la “nueva moda mexicana que entre 1960 y 1970 cubrió un camino que la llevó a la cumbre de popularidad y al empleo casi universal de ella”. En virtud de lo cual, hay que notarlo, ya “sólo hay diez años de atraso en relación a Europa y los Estados Unidos”.

Cachún-cachún, ra-ra

Si se descartan las opiniones y puntos de vista de Jorge Velasco sobre ciertos autores (la obra de Quintanar está llena de fuerzas vibrantes que acechan a los oyentes de la música), puede decirse que la última parte es la más válida de la monografía. Las obras de Halffter, Manuel Enriquez, Mario Lavista y Héctor Quintanar son expuestas de manera satisfactoria.

El ensayo termina con un recuento bien documentado de las actividades en el campo de la difusión, la enseñanza y la investigación durante los últimos 25 años. No falta en el recuento, sin embargo, una estridente “porra” -del todo improcedente en un trabajo académico como éste-, dedicada a los funcionarios que propiciaron la construcción de la sala Netzahualcóyotl “proyecto idealista, objeto de ataques encarnizados provenientes de todo tipo de intereses y de toda clase de ignorancias”.

Como corolario, nos enteramos de que el futuro de la música estará en manos de la buena voluntad, comprensión y generosidad del Estado mexicano. O sea, de sus funcionarios.