Aprincipios de 1982 inicié una minuciosa historia del Sindicato del Personal Académico de la UNAM. Una narración por capítulos que empezaron a ser publicados en la revista Foro Universitario que editaba el STUNAM y dirigía Eliezer Morales. Intenté que la recreación no fuera de memoria sino que cada afirmación tuviera un respaldo documental. La primera entrega apareció en el número 15, de febrero de aquel año, y el último capítulo, el 58, en el número 72 de noviembre de 1986. Casi cinco años. Cuando se convirtieron en un libro, Historia documental del SPAUNAM, el tabique tenía la friolera de 840 páginas (1988). Sé, con certeza, que esa historia tuvo dos lectores. Pero quería llegar a otro tema. Casi todos los capítulos iniciaban con un epígrafe. Y cuando reconstruí el ambiente previo a la huelga de 1975 cité el que aparece en el libro de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto: “The past is a foreign country. They do things differently there” (L.P. Hartley). Y es que en efecto, el pasado no sólo es un “país extranjero” sino extraño y las personas no sólo hacen cosas diferentes sino extravagantes. Habían pasado menos de 10 años de aquella huelga y ya me parecía entonces de otro continente, más vital y esperanzado.

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Ilustración: Jonathan Rosas

Hablando de reconstrucciones de épocas, el Museo de Bellas Artes de Montreal realizó una exposición singular: “¿Tú decías que querías una Revolución? Discos y rebeldes 1966-1970”. Un pasadizo que conduce a la música, modas, iconos, grandes acontecimientos masivos, consignas y sucesos que sellaron una época cargada de promesas resultado de rupturas encadenadas que se alimentaban mutuamente. Los años en que se tiende un puente musical-cultural entre Londres y San Francisco, en los que se desatan las grandes movilizaciones contra la guerra de Vietnam, la emergencia de la llamada contracultura, se intentan conjugar ismos que parecen ir a la alta (pacifismo, ecologismo, feminismo, socialismo) y el vestido, los ornamentos, el pelo largo colorean un espacio irredento, anticonvencional, anunciador de un mundo nuevo. Resulta una expedición contradictoria: de energía y ganas de refundar sobre nuevas bases la convivencia social y de gestos gratuitos y proclamas quiméricas. Había algo del espíritu de los primeros socialistas (Owen o Fourier) que imaginaban el cambio por la vía del contagio, del ejemplo; la redención social a través de mutualidades, cooperativas, falansterios.

Los pasadizos del museo transportan a una época que dejó una potente estela. Recordar nombres de conjuntos musicales, activistas políticos, discos y canciones, manifiestos y marchas, es un ejercicio de memoria sobre la utopía que no pudo ser (¿se trata de un pleonasmo?). Entre los músicos están presentes Dylan, Buffalo Springfield, Donovan, Seeger, Simon y Garfunkel, Cream, Jefferson Airplane, The Doors, Grateful Dead, Fleetwood Mac, Jimi Hendricks, Joan Baez, Leonard Cohen, Rolling Stones, Beatles y un largo etcétera. Las portadas de sus discos, su colorido, variedad, las fórmulas provocadoras, los rostros serios o desafiantes, las poses ensayadas y retadoras, ilustran la centralidad de la música como la expresión más decantada del antiestablishment.

Con buen tino el museo dedicó una sala al Festival de Woodstock. Los visitantes se pueden tender en el suelo para ver en una inmensa pantalla un documental sobre aquella concentración multitudinaria. Tres días de clamor por la paz, de música y drogas, colores y flores. “Los tiempos estaban cambiando”.

Pero junto a la banda sonora de entonces en la exposición aparecen los villanos: Johnson y Nixon, el sangriento asesinato de Sharon Tate y sus amigos a manos de la demencial banda de Charles Manson, el asesinato de un pacífico espectador perpetrado por los Hells Angels en el festival de Altamont o los crímenes cometidos por “las fuerzas del orden” en la Universidad de Kent. Son los años también de innovaciones teatrales: Hair y Oh! Calcuta, apenas unas muestras. Norman Mailer, Susan Sontag, Germaine Greer, Allen Ginsberg, Andy Warhol, figuras del mundo intelectual y artístico que empezaba a ser colonizado por las rutinas del espectáculo. Los conflictos raciales que derivaron en potentes enfrentamientos en Detroit; Luther King y sus llamados a la conciencia y en paralelo Stokely Carmichael o Huey Newton de los Panteras Negras. Recordé un viejo artículo de Irving Howe en el que se desmarcaba de la fascinación que producían estos últimos entre los estudiantes universitarios porque él, afirmaba, no solamente los veía sino también los escuchaba. Grandes fotos de la Convención Nacional Demócrata de agosto de 1968 en Chicago y las enérgicas protestas en sus alrededores. El culto al ácido lisérgico (LSD) que puso a circular Timothy Leary. Y los movimientos feministas, gays, ecologistas, pro aborto, el Che, Ángela Davis, las uniones interraciales, la extrema esbeltez y belleza de la modelo Twiggy, la minifalda de Mary Quant. Y todo ello resultó expansivo. No sacudió solamente a los Estados Unidos o Inglaterra.

¿You say you want a revolution? Polvos de aquellos lodos.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).