Cuando se estudia en los archivos de México la historia de las obras hidráulicas de Nochixtonco se observa una continua irresolución de parte de los gobernantes y una fluctuación de opiniones e ideas que aumenta el peligro en vez de alejarlo. Allí se encuentran visitas hechas por el virrey, acompañado de la audiencia y de los canónigos; papeles de oficio formados por el fiscal y otros togados; varias juntas creadas; pareceres dados por los frailes de San Francisco; una impetuosa actividad cada 15 o 20 años, cuando los lagos amenazaban salir de madre, y lentitud y culpable descuido una vez pasado el peligro. Se gastaron cinco millones de pesos, porque jamás se tuvo valor para seguir un mismo plan; porque en el espacio de dos siglos se ha estado titubeando entre el sistema indio de los malecones o calzadas, y el de los canales de desagüe, entre el proyecto del socavón y del tajo abierto. Se dejó arruinar la galería de (el ingeniero Enrico) Martínez porque se quiso horadar otra más ancha y profunda; se descuidó el corte del tajo porque se disputó sobre el proyecto de un canal de Texcoco, que jamás llegó a ponerse en ejecución.

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Es menester confesar que el desagüe en su estado actual es una de las obras hidráulicas más gigantescas que han ejecutado los hombres. No se la puede mirar sin admiración, especialmente al considerar la naturaleza del terreno, la enorme anchura, profundidad y longitud de la hoya. Si esta se llenase de agua hasta la altura de diez metros, los mayores navíos de guerra podrían atravesar la carrera de montañas que rodea el llano de México al N. E. Con todo eso, la admiración que inspira esta obra va mezclada de ciertas ideas dolorosas. Al ver uno el tajo de Nochixtonco se recuerda cuántos indios han perecido allí, ya por la ignorancia de los ingenieros, ya por el excesivo trabajo a que se los sujetaba en los siglos de barbarie y de crueldad: ocurre examinar si para hacer salir de un valle cerrado por todas partes una masa de agua poco considerable, fue o no necesario valerse de un medio tan lento y costoso; duele el que tantos esfuerzos reunidos no se hayan empleado en un objeto más grande y útil, por ejemplo, no diré un canal, pero siquiera un canalizo o paso a través de algún istmo de los que dificultan la navegación […] ¡Es bien raro que para hacer atravesar por la montaña de Nochixtonco un volumen de agua que tiene comúnmente 8, y algunas veces 15 a 20 metros cuadrados de perfil, ha creído deberse abrir una hoya cuyo perfil es en grandes trozos de 1,800 a 3,000 metros cuadrados! […] A los dos lados del corte de la montaña se ven cerros considerables, formados de la misma tierra que se sacó, los cuales van poco a poco cubriéndose de vegetales. Para sacar estos escombros, que era un trabajo muy penoso y lento, se valieron en los últimos tiempos del método puesto en práctica por Enrico Martínez. Por medio de pequeñas presas levantaron el nivel de las aguas, de suerte que la fuerza de la corriente se llevaba los escombros que habían echado en la reguera. Durante esta obra, ha habido ocasiones en que han perecido 20 o 30 indios a la vez. Los ataban con cuerdas, precisándoles a trabajar así colgados en reunir los escombros al medio de la corriente; y algunas veces sucedía que el ímpetu de ésta los arrojaba contra los peñascos sueltos aplastándolos en ellos.

Fuente: Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España (1811), edición de Juan A. Ortega y Medina, Editorial Porrúa, 1966; 5ª edición, 1991.