La tarde parecía clara, pero ese era otro de los engaños del verano que, agonizante, se inclinaba sin remedio hacia la melancolía. Las piernas largas y las playeritas sin mangas se habían escabullido ya sobre sus bicicletas hasta desaparecer. El viento urgía a la piel bronceada y el pelo suelto a cubrirse con impermeables y gorros, y jugaba con las nubes a esconderse, sin éxito, entre las faldas de lana de las muchachas. Era la época del año en que los paraguas se olvidan en los consultorios, en los taxis, en los hoteles de paso. Porque nunca se sabe lo que la noche trae consigo, si una llovizna tímida, un violento aguacero o el vaho de la sofocante brisa del crepúsculo.

Del otro lado del parque, entre los árboles, se perdía la silueta de Luis para aparecer unos minutos después un poco más cerca. A paso firme, pero distraído, se aproximaba a una esquina de la ciudad donde los cafecitos y restaurantes se han multiplicado como una colonia de hongos en las sombras del bosque. Luis no era consciente de a dónde lo conducía el taconeo de sus zapatos. Tenía una cita con alguien que no conocía en un lugar nuevo. Así que se dejó llevar por el olor del café recién tostado antes de confirmar el nombre del restaurante y cruzar el umbral.

A pesar del viento, buscó una mesa en la terraza. No dejaba de mover el pie derecho y giraba la cuchara entre sus dedos una y otra vez. Abrió el libro que llevaba consigo. No había razón para estar nervioso, ya lo habían entrevistado antes y conocía el mecanismo: aparentando un inusitado interés en el tema, el reportero preguntaría, con cierta solemnidad: ¿Y cómo fue que se le ocurrió escribir sobre las montañas? Pero se descubrió estudiando el índice de su propio libro y sonrió para sí. Claro que estaba nervioso, ¿qué contestaría esta vez?

Pasó la hora convenida, tal como la tarde. Luis pensó, con alivio, que esta vez el entrevistador no vendría. Cerró el libro y lo hizo a un lado. Pidió otro café. El viento cobraba fuerza; alborotaba el pelo largo y canoso de Luis. Comenzaba a hacer un poco de frío, pero lamentó que bajaran los toldos transparentes para resguardar la terraza.

Daba el primer sorbo a un expreso espumeante cuando sintió que alguien se aproximaba hasta su mesa con prisa.

—Qué bueno que estás aquí todavía… Es que hay un tráfico…  

Encorvado, con la minúscula taza temblando en una mano y el platito en la otra, Luis levantó los ojos. El desconocido tardó un minuto eterno en depositar una mochila en una silla y despojarse de la bufanda, el suéter y la chamarra.

—Es que seguramente para ti esto no es nada, pero aquí no estamos acostumbrados al frío, como en la montaña…

—Estaba a punto de irme. No tengo mucho tiempo —mintió Luis—. Si no te importa, dejamos la entrevista para otra ocasión.

—N’hombre, cómo crees. Esto lo despachamos rápido. Ya parece que voy a llegar con las manos vacías a la redacción. El editor me cuelga… Además, ya estamos aquí.

Luis se ofendió un poco, pero tal desparpajo le pareció simpático y, a fin de cuentas, era cierto: ya estaban ahí. Mientras se sentaba, extendiendo la mano hacia Luis, el reportero soltó la primera pregunta: “¿Te acuerdas de mí?”.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal, y todos sus sentidos se despertaron y enfocaron en ese personaje que apenas había sido visto de reojo. No. Ciertamente el tipo le resultaba familiar, pero Luis no se acordaba de él.

Comenzó la llovizna. No parecía ser de cuidado, pero tampoco auguraba ser breve. El viento zarandeaba los toldos transparentes. Luis trató de encontrar el hilo de la explicación del desconocido, pero no recordaba haber estado en casa de la tal señorita Monterde y no reconocía los nombres que se mencionaban. Consintió, sin embargo, en aparentar que recordaba… vagamente.

—Qué bien se ponen esas fiestas, ¿no crees? Pero en fin… comencemos con la entrevista: ¿Por qué escribir un libro sobre las montañas? —y puso una grabadora encendida frente a Luis.

No fue difícil para él repetir el mismo discurso, con prisa y desgano, mientras analizaba el rostro de su interlocutor y trataba de recordar.

La lluvia comenzaba a ser cada vez más fuerte. Casi toda la gente se había marchado ya del lugar.

—En esa fiesta, ¿te acuerdas?, dijiste que te gustaban las montañas, y que algún día irías a los Alpes a escalar una en particular. ¿Cómo es que se llamaba? Alguien dijo que era italiana, pero tú replicaste que no, que te interesaba la parte que estaba en Suiza.

De repente, el recuerdo le cayó a Luis encima como un balde de agua helada. Por supuesto que había visto a este sujeto. Era una reunión pequeña en casa de una chica guapísima de cabello largo, negro y chino que tenía un marido chef. Eso había sido por lo menos siete años atrás.

—Matterhorn. La montaña se llama Matterhorn, como el libro: Matterhorn: las lecciones del tiempo —dijo Luis señalando la foto de la portada.

—Ah, pues sí, ¿verdad?

El mesero se acercó para sugerir que ocuparan una mesa en el interior del local, porque iban a desmontar la terraza. La lluvia ahora era espectacular. Por la mente de Luis cruzó la idea de dar por terminada la entrevista y lanzarse al chubasco. Pero algo comenzaba a inquietarlo: a esa fiesta había ido acompañado de Eva.

Mientras su interlocutor se instalaba de nuevo, y echaba una hojeada, quizá por primera vez al libro, Luis le preguntó si había vuelto a ese apartamento.

—Muchas veces. Este fin de semana hay una fiesta. ¿Quieres venir? Puedes invitar a esa amiga tuya alemana… ¿Cómo se llamaba…? Era genial. Súperdivertida.

Desde su nueva mesa se veía cómo la terraza era lentamente invadida por un charco de agua que inundaba por completo la calle. Era imposible salir del lugar. La última vez que Luis vio a Eva fue en un tren. Ella estaba acurrucada en el asiento de enfrente y lo miraba apretando la mandíbula y aguantando la respiración: “Así que te vas…”, suspiró visiblemente alterada, tratando de aparentar indiferencia, y se cubrió con el periódico, fingiendo que leía, dando la conversación por concluida. Tras un largo silencio, Luis sintió que la fría niebla que asfixiaba a los árboles lejanos hasta desdibujarlos, se colaba en sus pulmones. Quiso decir algo y fijó la vista en el periódico que ella sostenía, incluso tuvo el impulso de hacerlo a un lado y buscar sus ojos, pero se topó de frente con un artículo sobre el Axolotl-Mexicanus. Le pareció curioso que fuera ella la que sin saberlo le pusiera eso enfrente: “No es un animal terrestre, pero tampoco acuático. No se le puede clasificar como anfibio porque ni sus extremidades terrestres ni sus branquias están desarrolladas. No ha decidido dónde quiere vivir, si en la tierra o en el agua, y no alcanza en ningún momento de su desarrollo el nivel de animal adulto. No quiere crecer…”. Luis se dejó caer en su asiento y volteó la vista al paisaje que viajaba en reversa a toda velocidad mientras él, inmóvil, en silencio y solo llegaba a la última estación.

—¿Te acuerdas que estábamos en el balcón y en el edificio de enfrente, súper lejos, pero enfrente, unos chavos aventaban sus muebles por la ventana? Era como desde el piso trece… Y luego se colgaban y se columpiaban de la cornisa… Eran dos… ¡Súperloco!

No. Luis no se acordaba de eso, pero Eva también se lo había contado durante uno de sus largos paseos, y él no podía creer haber pasado por alto algo así. Sin embargo, ocurría todo el tiempo. Eva le relataba cosas reales que parecían fantásticas, o de las que el propio Luis, que era el protagonista, no se había percatado. La imagen de ella partida en mil pedazos lo envolvió: Eva corriendo, derechita, escaleras abajo; Eva desnuda, observándolo despertar; la falda de Eva aleteando como las alas de una mariposa gigante sobre una bicicleta; la fascinante mano de Eva practicando evoluciones de flamenco; Eva sentada en un parque; Eva cruzando un puente; Eva llorando; Eva mirándolo directamente a los ojos, desde lejos, con miles de personas de por medio, y moviendo una mano para decir hola…

Luis asintió con la cabeza, mecánicamente.

La lluvia había parado ya y la calle comenzaba a ser transitable. Cuando Luis atravesó el parque, alejándose del restaurante, la noche era helada; no pertenecía ya al verano. ¿Por qué escribir un libro sobre la montaña?, se preguntó quizá por primera vez en serio. ¿Qué hay ahí? Y de inmediato se respondió: nada. En la montaña no hay absolutamente nada. Todo se funde en una gama de grises y, si hay suerte, algo de azul, y eso es todo. ¿A qué va uno ahí entonces? A vaciarse, tal vez. A llenarse de nada y echar un vistazo a ese mundo borroso que se encuentra abajo, tan lejos.

La respiración de Luis se había desacompasado. No evitaba los charcos que la tormenta había dejado sobre la acera y sin darse cuenta metía en ellos los pies. Eva le había regalado un altímetro de alta precisión. Un aparato como ése, con una docena de rubíes, era, en la época del GPS, completamente obsoleto, aunque hubiera sido fabricado por los mejores relojeros suizos. También le regaló una pesada brújula en la que se podían ver los grados por una pequeña mirilla. Ella era así. Le gustaban las cosas mecánicas; no confiaba en las computadoras. “Para que no te pierdas”, le dijo.

Luis había pasado un par de horas recorriendo la ciudad, y tuvo que tomar un camión para volver a su casa. La chica que se sentó a su lado en la parada se parecía tanto a Eva, que Luis se le quedó viendo un rato largo con la boca abierta, hasta que ella se puso de pie y se alejó.

Cuando metió la llave en la puerta de su departamento, pasaba de la medianoche. En ese instante el teléfono comenzó a sonar, y su corazón se aceleró. Quiso apresurarse, pero cuando consiguió entrar, en la estancia no se escuchaba sino el metálico silencio del vacío.

Eva pasó rozando su frente, sin quitarle los ojos de encima, pero él no podía despertar. Entre brumas, se veía a sí mismo acostado sobre una cama enorme cubierta con un mosquitero, sudando a mares. Su cabeza se había pegado a una de las paredes de maya translúcida y una de sus manos estaba totalmente fuera. Trató de moverla para tocar a Eva, pero no pudo. No podía tampoco verla, pero sabía que ella lo estaba observando mientras se alejaba escaleras arriba. La desesperación de no poder moverse era enorme. Despertó vestido y acalorado en el sillón de su casa. No eran ni siquiera las tres de la madrugada. Sacó una cerveza del refrigerador y se sentó junto a la ventana. El viento frío y húmedo se coló haciendo una tímida caricia en su rostro.

Lo que más le gustaba de la montaña, pensó Luis, era despertar, sentir las diminutas agujas de la mañana clavarse sobre su cara y sobre el dorso de sus manos. El viento ahora era agradable, pero no se comparaba con la sensación de ser arrebatado de la noche por una brisa glaciar que apuraba la sangre en su interior.

La calle estaba desierta y negra. El reflejo del asfalto húmedo hacía rebotar la luz de los faroles y cubría todo a su alrededor con un velo amarillento. En ese momento pasó caminando sin ninguna prisa el perro que vivía en las jardineras. Luis lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

Este cuento forma parte del libro Un año de perros.

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