Historia mexicana, Vol. XXVIII, octubre-diciembre, 1978.

En la última entrega de la más antigua y prestigiada revista de historia que circula en el país sorprende la inclusión de artículos cuyo nivel está muy por abajo de los promedios de calidad que había mantenido Historia Mexicana. El artículo de Julia Hirschberg, profesora del Smith College de EU, se propone “enterrar algunos mitos” y ofrecer “algunas briznas de verdad” acerca de la fundación de Puebla de los Angeles, pero su desarticulada exposición llega a resultados exactamente opuestos: levanta un mito donde no lo había y en lugar de arrojar aclaraciones produce confusión y planteamientos torpes. Los estudios de F. Chevalier, Norman F. Martin y Guadalupe Albi Romero habían precisado el sentido y la función social de Puebla, que Hirschberg enreda con una falsa erudición y confusión de conceptos. Puebla fue una clara respuesta de la Corona al poder que ejercían los encomendaderos para organizar el territorio conquistado y disponer de los indios a su arbitrio. Tenía como propósito crear un nuevo modelo de colonización, dirigido por la Corona y encaminado a “asegurar la tierra” mediante la dotación de parcelas a los pobladores, con la obligación de cultivarlas sin depender exclusivamente de la encomienda. Su fundación es un acto de poder de la Corona, que se ejecuta directamente bajo la supervisión de sus funcionarios (los oidores de la Segunda Audiencia) y crea un modelo de colonización que se observará en los años venideros, sobre todo en el norte del país. El reparto de indios que se otorga a los pobladores no encomenderos es un rechazo de la encomienda y un sistema nuevo de trabajo que se consolidará años más tarde en el centro de México con el nombre de repartimiento o reparto forzoso de trabajadores. En suma, el sentido de la fundación de Puebla era acabar con el modelo de ciudad militar de los conquistadores, sustentado en el tributo y la encomienda, y crear un nuevo tipo de poblamiento, de carácter civil, dirigido a la explotación del suelo con participación directa de los españoles y utilizando de manera más racional la fuerza de trabajo indígena. Puebla nunca fue concebida como una utopía igualitaria, como lo supone la autora, ni fue un fracaso de la política colonizadora de la Corona. Al contrario fue un éxito completo: definió un nuevo tipo de colonización, impuesto y apoyado por la Corona, que suplantó el modelo de los encomenderos y se expandió después por todo el virreinato.

Otro artículo sobre un tema semejante: la política misionera y colonizadora de los franciscanos, firmado por Francisco de Solano, está poblado de sin sentido conceptuales (“posturas captativas”, “modelación social”, “características culturológicas”, “captación ideológica y mental”), escrito en un español bárbaro y animado por un propósito etnocéntrico y mistificador. El profesor del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, de España, viene a decirnos, a los mexicanos de 1979, que la política colonizadora de los franciscanos se inspiró en un movimiento reformista español que observó las reglas del fundador de la Orden -San Francisco de Asís-, volviendo a “la pureza evangélica y a la austeridad primitiva en edificios, en el trabajo, en la oración, en la vida personal y comunitaria”. No conozco lo suficiente la historia de España como para ratificar o desmentir esa afirmación, pero lo que se sabe de la historia de los franciscanos en Nueva España niega una política general de la orden -con excepción de individuos- basada en la pureza evangélica y confirma una acción política extraordinariamente lúcida y consistente de los franciscanos como planificadores y ejecutores de la dominación del indígena. La política de congregar a la población indígena dispersa en pueblos ordenados a la manera española, no atendía a los ideales de la Iglesia primitiva, sino a los más concretos de control político, sustitución de los valores y normas de los indígenas por los de los dominadores, y explotación más racional e intensa de la fuerza de trabajo aborigen. A esto condujo el extraordinario esfuerzo de urbanización que tanto entusiasma a Solano, porque situado del lado español, sólo ve una obra de civilización, o como él dice, de “modelación social” positiva. Con este punto de vista etnocéntrico y justificador de la dominación, no puede percibir el otro lado de la historia: la política de congregación de pueblos (fundo legal), suprimió la posibilidad de seguir explotando la variedad de suelos y recursos ecológicos de que antes disponían, lo que a su vez determinó la incapacidad de reproducir autónomamente a la célula económica y social indígena, que en adelante tuvo que integrarse a la economía española para sobrevivir. Por este acto genial, la población indígena de Nueva España no se extinguió, como en las islas del Caribe, y quedó subordinada a la economía e intereses de los dominadores. De esta manera los pueblos de indios fueron insertados en un vasto proceso de dominación que determinó su progresivo aniquilamiento como tales: por un lado, fueron obligados a reproducir, a su costa, toda la fuerza de trabajo que requería la agricultura, la minería las artesanías y la construcción de ciudades, iglesias y puertos de los españoles; por otro, su incapacidad para autoreproducirse los obligó a mantener una relación constante con sus dominadores que generó un proceso ininterrumpido de desnaturalización y progresiva introducción y aceptación de los valores y normas de poder de sus vencedores. En esta vasta transformación y aniquilamiento de pueblos y culturas, destacó la acción de los franciscanos y demás órdenes religiosas, que Solano mistifica con el nombre de “conquista espiritual”.

Otro de los artículos de este número de Historia Mexicana está firmado por el profesor Harvey Levenstein, de la Mc-Master University, y trata de las posiciones adoptadas por el sindicalismo norteamericano frente a la inmigración de braceros y espaldas mojadas. Para decirlo en pocas palabras, Levenstein omite toda consideración de las ventajas y necesidades de la economía norteamericana para aceptar a los trabajadores mexicanos (véase para esto el artículo de Jorge Bustamante, “Las mercancías migratorias. Indocumentados y capitalismo: un enfoque”, Nexos, núm. 14, febrero, 1979), y expone con amplitud los argumentos unilaterales de los sindicatos y del gobierno norteamericano.

En resumen, con la excepción del artículo de Elías Trabulse, que con erudición, inteligencia, comprensión y buen estilo rescata y sitúa una obra desconocida del famoso naturalista Francisco Hernández, este número de Historia Mexicana nos devuelve a una historia mistificadora, etnocéntrica y de bajísimo nivel académico. Dudo que los artículos de Hirschberg y Levenstein hubieran merecido la aprobación de los consejos de redacción de las mejores revistas norteamericanas especializadas en la historia de México y América Latina. Por otro lado, no veo justificación para que Historia Mexicana incluya colaboraciones de este nivel y con ese sentido, cuando en Estados Unidos, en Europa y en México se está produciendo una historia de calidad muy superior, y cuando hay aportaciones cuya novedad teórica, metodológica o temática sí merecen difusión en las revistas mexicanas.