Han pasado más de dos años desde que José López Portillo asumió la Presidencia de la República y todavía no se define una dirección clara para el sistema nacional de educación pública. El hecho es paradójico, porque la incertidumbre no se debe al silencio oficial ni a la ausencia de planteamientos políticos o eventos espectaculares -objeto frecuente de las ocho columnas de la prensa- sino precisamente a lo contrario: un exceso de apariencias contradictorias, demasiados acontecimientos desarticulados entre sí, programas que se anuncian y no se reflejan en acciones, acciones que no parecen corresponder a ningún programa, funcionarios que vienen y se van, sin que sepamos que proyectos tenían cuando llegaron, ni por qué abandonaron la escena con tan variados grados de discreción.
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