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Presentamos uno de los once cuentos reunidos en La superficie más honda (Literatura Random House), libro de Emiliano Monge caracterizado por la violencia.


Estás muerto, recuerda Osmar terminando de pintarse. Siempre que se mira ante un espejo y no se reconoce lo repite. Le da miedo que lo olviden a él o al personaje: hace quince años morimos. Entre sus pies, echados, los tres perros que encontró en el canal, no debían tener ni una semana, lo contemplan.

El macho chilla cuando Osmar gira el cuerpo y sin quererlo le pisa la cola: intentaba alzar del suelo su maleta. Perdón, Benito, se disculpa sobándole un instante la cabeza a su mascota. Luego deja la maleta encima del lavabo, jala el cierre, saca la peluca y se la pone: estamos listos.

Antes de cerrar la puerta del baño, Osmar aguarda a que salgan sus tres perros. Apúrate, Josefa, ordena a la más necia y cuando ésta por fin sale hacia el pasillo añade: qué bien se te ve tu nueva falda. Hace apenas dos semanas, les compró a sus perros los disfraces que el nuevo acto ameritaba.

En la sala, mientras los perros aguardan ansiosos, Osmar mete en la maleta sus tirantes, sus zapatos de bola, la botella de agua que sacó recién del refri, su overol de tres colores, una bolsa con croquetas y las naranjas que anteayer le regaló una vecina: esa mujer que lo sigue a todas partes y que en más de una ocasión le ofertó amor eterno: Araceli, mejor consíguete a uno vivo.

Antes de marcharse, Osmar busca en el desorden de la mesa la dirección a donde deben presentarse. Tras hallarla, lee el papel una, dos, tres veces, enterrando la instrucción en su memoria. Encaminándose a la puerta, descarta los caminos que se oponen a su prisa: otra vez se le ha hecho tarde. Por lo menos está cerca, dice arrebatándole a un clavo las correas de sus perros y las llaves de su pesada camioneta.

Además está pegado al canal, bastará con irnos recto, añade amarrando a cada perro su correa y abriendo la puerta. Desde ahí, justo antes de cerrar la puerta nuevamente, Osmar revisa el espacio: nunca fue de poseer mayores cosas: una mesa de aluminio, dos sillas de plástico, las camas de los perros, la fotografía del cadáver de una camioneta y el televisor que se ganó hace un par de años, en la rifa de la unidad en donde vive.

Esta unidad que atraviesa acicateando a sus perros: órale, Benito; ándele, Josefa; vamos, Antonieta. No necesita que los niños que aquí viven lo descubran y que entonces lo retrasen con sus súplicas de siempre: una bromita, aunque sea una, qué le cuesta. Tiene que apurarse y para colmo también debe bajar hasta la orilla del canal, donde habrá de dirigirle unas palabras al esqueleto que en el centro de las aguas se oxida y se deshace.

Acostumbrados como están a este ritual, los perros se detienen en donde Osmar deja su maleta y suelta sus correas. Ninguno lo acompaña hasta la parte más agreste, donde la hierba crece alta y salvaje. Aquí solamente vienen los que quieren tirar algo. O los que a cuestas cargan un motivo tan pesado como el de Osmar, que en la orilla del canal, a punto de mojarse los zapatos, asevera: hace quince años exactos.

Aún me rige lo que ustedes me enseñaron, suma observando en la distancia el amasijo de metales retorcidos: no me fío de la cara de la gente, me fío sólo de su risa. Tras decirlo, Osmar empieza a contar en silencio y por primera vez en años dice los nombres de sus padres y su hermana. Entonces, a pesar de que el calor es agobiante y de que no atraviesa el cielo ni una nube, escucha varios truenos y un calambre lo recorre, lo sacude y le arranca de la boca la oración que dijo el día que lo adoptaron: la única forma de que pueda seguir vivo es pensando que estoy muerto.

Minutos después, tras haber recuperado la entereza y tras haber también cruzado la alta hierba de regreso, Osmar vuelve hasta sus perros, sin dejar de contar en el silencio de su mente. Levantando las correas, acicateando nuevamente a sus bestias y alzando su mochila, cruza la avenida en sentido opuesto al de hace un rato. Esta vez, sin embargo, y a diferencia de otras tantas, siente que el pasado le ha calado hasta los huesos.

Cuando llega a la unidad en la que vive, echa a correr a su pesada camioneta, convencido de que así compensará el tiempo perdido y se alejará también de todo aquello que le imponen los metales oxidados. Pero al llegar a su vehículo, abollado y despintado, Osmar recuerda otra vez aquella noche en que la combi de sus padres fue sorprendida por una tempestad inesperada. Y abriendo la puerta trasera, mientras sus perros suben dando un salto, también se acuerda del momento en que esa combi fue arrastrada por el agua.

Lo importante es que jamás les he fallado, eso es lo único que cuenta, se dice tratando de encender su camioneta y es así que por fin deja de contar en las profundidades de su mente. No he hecho nada diferente de lo que ustedes habrían hecho, insiste y se convence de estarse despidiendo de esa hermana y de esos padres que vendían artesanías, no creían en la gente y no tenían otro refugio que la combi reducida en el canal a su esqueleto.

Y es también así que Osmar asevera: por favor no me hagas esto, hoy no me chingues, bombeando el embrague de su pesada camioneta y dando marcha, una y otra vez y una más a su contacto: ve lo tarde que se me hizo, por favor, en serio enciende. Cuando está a punto de rendirse y de bajar para buscar a algún vecino que lo ayude a empujar el armatoste, éste enciende exhalando una espesa nube negra y Osmar condensa su alegría en un sonido gutural y le sonríe al espejo: estás muerto.

Hoy hace quince años exactos, añade mecánicamente y tan feliz como apurado deja atrás el sótano de la unidad en la que vive. Entonces encara la avenida y, esperando a incorporarse, intenta leer el último grafiti que pintaron sus vecinos. Así observa a los pequeños de los que había creído escaparse: están jugando en la banqueta un juego que él nunca ha jugado.

Ingresando en la avenida, Osmar saluda a los pequeños y después toca el claxon, que al instante truena como risa tartamuda y descompuesta. Felices, los niños corren tras la pesada camioneta varios metros, despidiéndose de Osmar y sus perros, quienes de pronto han empezado a ladrar sobreexcitados. Volviendo el rostro sobre un hombro, les pregunta: ¿cuándo van a acostumbrarse, cómo pueden seguirse emocionando todavía?

Mejor vamos a ensayar su nuevo paso, anuncia apurando la marcha y volviendo nuevamente la cabeza ordena: ¡el castillo! Rebasando un par de coches y observando de reojo, en el retrovisor de su armatoste, cómo Josefa se encarama encima de Benito y cómo salta sobre ellos Antonieta, Osmar se siente orgulloso y les festeja la gracia a los perros silbando y aplaudiendo. Luego mira la luz ámbar de un semáforo y molesto cambia un par de marchas.

Aminorando la velocidad: se acerca al semáforo que hace nada le mostrara su luz roja, Osmar inclina el cuerpo a su derecha, estira el brazo, abre la guantera y al sacar los premios de sus perros tira, sin quererlo, un papel muy bien doblado. Lo recojo ahorita que frenemos, se dice e incorporándose a la fila que han formado varios coches, saca tres galletas de la bolsa que sostiene y se las lanza a sus bestias.

Tras guardar otra vez la bolsa, Osmar estira aún más el cuerpo, se hunde en el espacio del copiloto y con las uñas alcanza el papel que lo hace ahora dudar si darse o no darse un pase: no le gusta jalar coca cuando va rumbo al trabajo. Pero tampoco es que éste sea un día cualquiera. Hoy se cumplen quince años, piensa Osmar y en silencio empieza a contar de nueva cuenta: ocho, nueve, diez, once, doce.

Entre sus dudas y sus ansias, con el papel entre las manos, Osmar escupe esa oración que lo ha venido acompañando desde siempre: estoy muerto y nada me hace lo que le hace algo a los vivos. Con una agilidad sorprendente, sin emerger del espacio reservado a los pies del copiloto, levanta la nariz roja y redonda bajo la cual está la suya, desdobla el papel y se acalambra la cabeza con tres puntas.

Antes de que se limpie las fosas, oye como detrás suyo estallan varios cláxones y angustiado dobla el papel de nueva cuenta. Cuando por fin vuelve a erguirse, la luz roja ha vuelto a encenderse y sólo avanza un par de metros. Detrás suyo, a los cláxones se suman los insultos de otros conductores y Osmar siente que en el pecho el corazón se le acelera: sabe, por experiencia personal y por historias que ha escuchado, que pegarle a un payaso es deporte en la colonia donde vive.

Asustado, saca el brazo y se disculpa ante los otros conductores levantando el pulgar contra el cielo, justo antes de que uno se bajara de su auto. Con el brazo nuevamente dentro y con la mano otra vez en el volante, Osmar mira el semáforo que sigue aún en rojo, observa más allá el tendedero de un viejo edificio y aún más lejos ve un avión cruzando el cielo: ¿se verá desde allá arriba lo que queda de su combi?

Cuando está por responderse, en la ventana de su pesada camioneta irrumpe el rostro de un pequeño que mendiga unas monedas y el corazón de Osmar vuelve a acelerarse. Esta vez no es el temor a una golpiza lo que truena en su pecho sino el recuerdo de los golpes recibidos hace tiempo. Empezando a contar de nueva cuenta en lo más hondo de su mente: dos, tres, cuatro, cinco, Osmar saca unas monedas, se las pasa al pequeño y suplicando que se ponga la luz verde, intenta escapar del derrotero que podría tomar su mente.

Pero a pesar de que la luz verde se ha puesto, de que ha cambiado un par de marchas, de que sigue todavía contando: diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, de que otra vez ha acelerado su armatoste y de que ha empezado nuevamente a hablarle a sus perros, no consigue que su mente lo aleje de esos años que le duelen aún más que los otros. De nueva cuenta está aquí esa familia que hace tiempo lo adoptara. Y otra vez está aquí su entrenamiento en el andar del niño ciego y en los ruegos del que pide. Y otra vez están también aquí, en el interior de su pesada camioneta, el letrero, la lata, el bastón falso y los vagones.

A los fantasmas no pueden herirnos, pronuncia Osmar, igual que se decía en aquellos años. Ya no pueden lastimarnos porque no tenemos nada que nos duela, insiste rebasando a un camión de gas y a un par de coches. Y no pueden tampoco agarrar lo que nosotros traemos dentro, remata acelerando la marcha, colocándose de nuevo la nariz color carmín y consiguiendo al fin que el pasado se retire al lugar en donde vive.

No pueden quitarnos el aliento, asevera un par de cuadras después, cuando la calma ha vuelto a su mente pero no a su organismo, cuando ha visto el letrero que le avisa: ya está cerca esa calle que deseas, y cuando al fin acepta que no puede hacer más nada, que llegará tarde a la fiesta. Es lo mismo que su madre le decía todas las noches, acercándole la boca a los labios y fingiendo que soplaba: lo único que siempre será tuyo es el aliento.

Eso nadie va a decirme que no ha sido siempre mío, asegura sintiéndose feliz de nueva cuenta y reduciendo la velocidad con la que avanza su pesada camioneta gira en la calle en la que se alza ese salón donde muy pronto va a acabar la fiesta. Volviendo el rostro nuevamente y observando así a sus perros, Osmar ordena: vayan calentando, estírense que vamos a dejarlos boquiabiertos. A ver si así perdonan que lleguemos a esta hora, a ver si así nos pagan.

¿Está listo Benito, preparada ya Josefa, Antonieta concentrada?, inquiere al tiempo que en silencio sigue todavía contando y busca, con los ojos, el salón en donde aún cree que esperan su llegada. Lo que observa, sin embargo, es a un grupo de personas que a lo lejos le hacen señas. Acelerando su pesada camioneta, Osmar se dirige hacia su encuentro, tocando el claxon varias veces y rogándole a sus perros: estén listos, hoy tenemos que impactarlos.

Cuando llega hasta el lugar en que la gente yace concentrada, nota que las puertas del salón están cerradas y aceptando que la fiesta ha terminado gira el rostro una última ocasión: se me hace que hoy no hubo trabajo. Esta vez nos la pelamos, añade luego pero al instante le devuelve su atención a los que están aún en la calle. Es así como observa que en el centro de ese círculo que forman los que estaban esperando llora el niño del cumpleaños.

Y en un instante esa gente se aleja del pequeño, rodea la camioneta y enfurecida golpea la hojalata. Sintiendo el peso de sus odios, Osmar entiende que se le ha hecho también tarde para huir y en vano lucha con el vidrio de su puerta. Los brazos del padre del pequeño lo sacan del pesado armatoste y lo avientan al asfalto, donde varios hombres y mujeres, alcoholizados y furiosos, lo despojan de su ropa y lo patean con rabia viva, mientras sus perros ladran desquiciados.

Al final, hombres y mujeres van cediendo ante el cansancio uno tras otro. Todos menos el padre del pequeño del cumpleaños. A este hombre no le importa ser el único que sigue reduciendo el amasijo que ya es Osmar, quien al borde del desmayo sigue todavía contando. Está seguro de que basta con decir el número correcto en el instante indicado para desaparecer. ¿O no es esto lo que hacen los que están desde antes muertos?

 

Emiliano Monge

Escritor. Ha publicado: Las tierras arrasadasEl cielo árido y Morirse de memoria, entre otros libros.

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Un comentario en “El instante indicado

  1. El escritor Emiliano Monge, logra tocar varias fibras sensibles del acontecer humano, me deja una sensación de repaso social necesario de nuestra realidad que está plasmada en su trabajo