Comercio Exterior. Organo del Banco Nacional de Comercio Exterior, S. A. Vol. 28, núm. 6. junio de 1978. Correspondencia: Departamento de Publicaciones, Avenida Chapultepec 230, 2o. piso, México 7, D.F.

En el momento en que el Estado inicia otro intento formal para replantear algunos aspectos de la distribución de la tierra -a través de la afectación de latifundios- los principales problemas que conforman la crisis agraria-agrícola en México aparecen como gigantes azuzados por débiles soplos. La población campesina carente de tierras, que permanece y ha de seguir al margen del reparto agrario, es numéricamente suficiente para asegurar que los grandes terratenientes y caciques son un obstáculo que debió superarse hace mucho tiempo y que la afectación de latifundios es un proceso tan atrasado como los 175 mil expedientes que se encuentran rezagados en la Secretaría de la Reforma Agraria.

Insistir en que el desacato a las leyes y la corrupción provocan vacíos económicos y sociales, oculta los conflictos de clase cuyo carácter ha permitido un enorme espacio de explotación que las continuadas reformas, entre anacrónicas y tibias, no pueden quebrantar.

Bajo el título de “Alimentación, crisis agrícola y economía campesina”, la entrega de junio de Comercio Exterior hace en su editorial un recuento de la crisis del campo en relación con el déficit de alimentos en los países del Tercer Mundo. Abre con ello un número dedicado casi exclusivamente a la agricultura, para dejar al final, y como complemento extremo, el artículo de Lajos Borsody “El comercio mundial de carne vacuna y las exportaciones de los países atrasados, una respuesta y algunos comentarios”.

Los trabajos de esta entrega, sin obedecer a un solo enfoque ni seguir un orden determinado, constituyen una plataforma de estudio para la superación de la crisis y el cambio o desarrollo en el campo, misma que consta de tres instancias:

1) Revisión de categorías elementales: estudio de las unidades productoras campesinas y delimitación de los estratos campesinos dentro de una sociedad de clases. (Marielle P. L. Martínez y Teresa Rendón, “Fuerza de trabajo y reproducción campesina”; Gustavo Esteva, “¿Y si los campesinos existen?”)

2) Estudio de la relación entre los recursos para la producción y la política y el reparto agrarios. (Arturo Warman, “Frente a la crisis, ¿política agraria o política agrícola”; y, tangencialmente, Antonio García, “El nuevo problema agrario de América Central”.)

3) Estudio de la crisis desde una perspectiva histórica, económica y social. (Esteva, art. cit.; Luis Gómez Oliver, “Crisis agrícola, crisis de los campesinos”.)

Martínez y Rendón parten de una crítica a los estudios de Alexander V. Chayanov sobre la unidad de producción campesina, estudian la reproducción de la misma y distinguen 17 casos de acuerdo a la relación entre la unidad familiar y el empleo de peones. Su contribución teórica es el alto grado de especificidad que alcanza su análisis.

El trabajo de Esteva resalta la necesidad de definir al campesino dentro de la estructura capitalista del Estado mexicano. Utiliza dos perspectivas para llegar a ello: 1) forma del capital (pequeños propietarios, terratenientes, caciques, cooperativas y empresas); y 2) forma de trabajo (trabajadores asalariados, trabajadores campesinos y campesinos). Propone una opción donde “los principales esfuerzos han de quedar en manos de los campesinos, para el desarrollo de sus explotaciones, en los términos de su organización adoptada a sus pautas” (p. 709), lo que significaría una batalla frontal contra la mecanización y la agricultura comercial.

Arturo Warman observa cómo el campesino actual logra más beneficios vendiendo su fuerza de trabajo que explotando la tierra por sus propios medios. Si bien la política agrícola (“que se encarga de la producción en su sentido de concentración de recursos para atender la demanda del mercado”, p. 681) ha dominado a la agraria (cuya “acción básica ha consistido en repartir la tierra o frenar este proceso”, p. 682) no ha sido capaz de un desarrollo a través de la tecnologización y administración de los recursos del campo. Mientras tanto, la demanda agraria va en aumento y la tierra repartible es insuficiente. Warman recalca que el reparto agrario no debe considerarse como un fenómeno de atomización (una crítica que se hace frecuentemente: dividir hasta dar una parcela a todo el que pueda trabajarla es improductivo), sino como un movimiento de clase que por fuerza habrá de transformar las relaciones sociales de producción.

“El nuevo problema agrario de América Central”, de Antonio García, se relaciona con el artículo de Warman ya que muestra cómo en Centroamérica “la política de modernización tecnológica ha sido un sustituto de la reforma agraria” (p. 733) y cómo esta situación -particularmente en Nicaragua y El Salvador- significa no una estrategia de desarrollo sino una contrarreforma que ataca la movilización campesina.

Cuatro hechos significativos llevan a Luis Gómez Oliver al estudio de la crisis en el campo mexicano: 1) la caída del ritmo de crecimiento del producto agrícola desde 1946-56 (7.5% anual) hasta 1966-77 (0.8% anual); 2) el aumento acelerado de las importaciones agrícolas; 3) el alza de precios agrícolas; 4) la mayor participación del sector agropecuario en el gasto público, que va de 2.9% en 1965 a 18.0% en 1975 (p.714).

El trabajo de Gómez Oliver, “Crisis agrícola, crisis de los campesinos”, da al número de Comercio Exterior consistencia monográfica sobre el problema agrario-agrícola de México. Estudia la crisis a partir de la transferencia de recursos, de la polarización en la economía rural (entre la agricultura y la economía nacional, en la distribución del ingreso familiar -donde se observa “una aguda pauperización de la gran mayoría de familias campesinas”, p. 763-, y en el rendimiento productivo por predio) y de la situación del cultivo y producción del maíz (que “refleja, en cierta medida, la situación en todo el sector campesino”, p. 726) para confirmar particularidades de un todo heterogéneo. Gómez Oliver concluye que no existe una “problemática agrícola” general sino que el conflicto del campo debe localizarse en las oposiciones entre clases y buscar una solución de desarrollo.

Cambio o desarrollo imponen el cuestionamiento de los mecanismos del perjuicio al campo, del estancamiento, la explotación y la afectación a latifundios. El excelente conjunto que Comercio Exterior entrega en este número muestra que la investigación opone la magnitud de los hechos al ejercicio del poder y sujeta riendas que la práctica política olvidó o jamás ha podido conservar en las manos.