La historia de la sociología alemana puede escribirse a través de sus destierros, sus exilios y su paulatino desarrollo en el extranjero. La historia de Norbert Elías puede también describirse a grandes rasgos como la crónica de un largo y silencioso peregrinaje. Elías nace en Breslau -hoy Polonia- el año de 1897; en el seno de esa familia judía, hay restos del imperio que desapareció a principios de nuestro siglo, el Austro-húngaro. Trabaja a comienzos de los años treinta como profesor adjunto de Karl Mannheim; a la caída de la república de Weimar, emigra a Inglaterra, se dedica a la educación de los adultos y a la psicoterapia de grupo. Pasa más de siete años, reescribiendo y afinando su libro mayor, Sobre el proceso de la civilización. Comienza demasiado tarde -1954- una carrera académica en Leicester y La Haya.

La emigración impone sus condiciones, la cátedra de sociología no ha entrado aún en las universidades, el libro de Elías, escrito en alemán, tiene pocas posibilidades de publicarse. Fritz Karger, su primer editor suizo, ha narrado cómo un día de 1939 llegó a la editorial Haus zum Falken el manuscrito de un libro en dos volúmenes, un trabajo en torno a la idea de la civilización. Después de leerlo cuidadosamente, Karger decide publicarlo aunque las expectativas eran casi nulas: un autor judío, sociólogo por si fuera poco, desconocido en los círculos académicos, vuelve a una idea que -así se creía- estaba relegada para siempre en el desván de los lugares comunes: la idea de la civilización. El libro se imprime en Alemania, la imprenta se hace cargo de la distribución; y el editor tiene que borrar con tinta china un letrerito, Printed in Germany, para que sus lectores no tengan la sensación de estar financiando el nacional socialismo. El comienzo de la segunda guerra mundial y la anexión de varios países europeos al Tercer Reich, acaban con las últimas ilusiones. Según Karger, la mayoría de los ejemplares se obsequiaron, la venta fue mínima. Sobre el Proceso de la Civilización es el primer libro de Elías; al publicarse, su autor tiene cuarenta y dos años. Y el proyecto de una teoría de la civilización propone una nueva óptica, recurre a métodos que la pedantería académica había desechado como poco científicos: la lectura de manuales y breviarios, reglas de etiqueta y confesiones íntimas. Al mezclar la breve historia de los individuos con la historia inabarcable de las sociedades, Elías nos muestra nítidamente el origen coercitivo de nuestras costumbres y, al mismo tiempo, destruye la rutina científica de la sociología.

A partir del análisis de las costumbres, Norbert Elías ha ido describiendo también la incumbencia de los centros del control social en las vidas privadas, el dominio de las instituciones que poseen el monopolio de la violencia, cuyo nacimiento marca la muerte del feudalismo y el desarrollo de un capitalismo incipiente. En la misma medida en que ese monopolio de la violencia ejerce su dominio, la red entre los individuos va estrechándose; la única violencia aceptable será la propia -la que uno goza o padece-, las otras serán siempre extrañas y bárbaras. En ese sometimiento debió haber hecho posible la identificación entre algunos grupos, principados o cortes reales, el nacionalismo de nuestras pasiones y afectos. Lo que los sicoanalistas han llamado internalización refiere a un momento de extrema cohesión social en el que la administración social de las pulsiones prueba su eficacia. El desarrollo de los órganos del poder político corresponde también a una creciente autocoerción de los individuos. La vergüenza es la pena que daña nuestra propia estimación civilizada, y su enemigo es el impudor, el individuo que no ha entrado por el aro civilizatorio. La historia del pudor civilizado es la crónica de varias costumbres, los cambios de nuestras necesidades naturales, sonarse los mocos y escupir gargajos, tirarse un pedo o la conducta secreta de las alcobas. Más delicado es el uso del cuchillo en la mesa por haber sido tan tenaz, por haberlo ensombrecido siempre el recuerdo de una muerte inminente. Si volvemos de revés este cuadro, encontramos no solo la cortesía, sino el desafecto, la enemistad y el odio. El miedo se combate con la seguridad de nuestros modales, la esperanza de la salud en las comidas, y el abrigo de la mujer y el lecho. Las costumbres occidentales han sido una progresiva acumulación de precauciones, la construcción de una zona pacífica -en estricto sentido: civilizada- donde la violencia no haga de las suyas, y la inminencia de la amenaza aumente su distancia. Cambiar la espada por el temor, venido de fuera o de nosotros mismos, debió haber significado un largo avance, porque el tiempo amengua la violencia, y se llega a tener piedad del adversario. Limpia de sangre, del moho de las necesidades atávicas, la civilización occidental pospone el placer inmediato, comienza a imponer el reino de la necesidad, el trabajo necesario. Tendida hacia el porvenir porque creía no haber acumulado recuerdos, dominando primero la naturaleza y, luego, las pulsiones básicas, haciendo de la felicidad sin mérito el origen de sentimientos confusos, los hábitos debieron haber sido el sedimento y la fuerza de esa civilización. Si el hambre y la sed mueren al punto en que se sacian, los honores del banquete y la victoria del buen gusto nos confieren la seguridad y la esperanza. El cálculo, no la moral, gobierna ese trayecto civilizatorio. El caballero atropella por vigor, no por maldad.

Un poco de historia: La sociedad cortesana sufre cambios decisivos a principios del siglo XVI, que Elías ha visto como resultado de los nuevos hábitos cotidianos, de la aplanadora civilizada. Si se compara cualquier corte europea del XVII con la del rey Wenceslao (1378-1419), el monarca checo, el mismo cardenal Richelieu es un ángel civilizado. Johann Dynter, embajador del reino de Hannover ante la corte de Wenceslao refiere fríamente los hechos. Wenceslao un político avezado y hábil, asó vivo al cocinero de la corte por haber preparado mal algunos manjares. En otra ocasión, aburrido por el ocio, mando llamar al verdugo porque deseaba saber lo que sentía un hombre en el momento de ser decapitado. El rey descubrió su cuello, se vendo los ojos arrodillándose, y ordenó al verdugo que lo decapitara; pero el lacayo sólo tocó el cuello del monarca con la punta de su espada. Luego Wenceslao quiso saber lo que sentía un hombre que decapitaba a otro. Ordenó al verdugo que se arrodillara, le vendó los ojos piadosamente, tomó la espada y le cortó la cabeza de un solo tajo. Meses después -escribe Dynter- una mañana de junio de 1413, cazando por los de Bohemia, Wenceslao tropezó con un monje. Rodeado de su corte, el rey tensó el arco y disparó la flecha; el monje se derrumbó en el acto. Wenceslao comentó a la corte “He cazado a un extraño y curioso venadito”. Por esos asesinatos, alguien se atrevió a pintar una frase en la puerta del castillo: Wenceslao, viejo Nerón. El rey, ni tardo ni perezoso, escribió abajo su comentario: Si no lo he sido lo seré pronto. Se sabe además que Wenceslao ahogó en el río Moldau a Johann von Nepomuk, quien después sería el santo patrono de Checoslovaquia, porque no quiso confiarle al monarca los secretos de confesión de su esposa.

El Proceso de la Civilización ha dado lugar a varias equivocaciones, se le ha visto como una curiosa y sorprendente colección de anécdotas históricas. Fuera de esos comentarios de orden general, Elías ha rescatado en los detalles cotidianos un proceso de cambio que llevó al nacimiento de la civilización occidental. Y ese proceso civilizatorio se muestra tanto en el cambio de nuestros modales en la mesa como en la transformación de nuestras pulsiones agresivas, tanto en los laberintos psíquicos como en la formación de los Estados nacionales. Como quiera, donde Elías nos descubre en verdad los procesos sociales, como actividad cotidiana o facultad aparte de la teoría, es en la descripción de la dinámica de Occidente: el carácter inabarcable de ese proceso -imposible de planificar- impide la jerarquización de los espacios que investiga, y que la teoría sólo recupera después mediante una lectura rigurosa. Norbert Elías ha puesto -hace más de treinta años- la primera piedra de un edificio que ahora construyen la historia y la etnopsiquiatría. En sus ramificaciones más finas, la teoría sociológica no conoce límites; así, cuando llega a la descripción de las costumbres, tiene que acudir sin remedio a consideraciones históricas. Elías ha venido adelantándose a ciertas perspectivas de investigación que ahora comienzan a desarrollarse, como la historia de la infancia en occidente. En 1936, proponía estudiar -en base a ciertos documentos- la historia y el descubrimiento de la infancia en relación al descubrimiento y desarrollo -casi simultáneo- de instrumentos para medir el tiempo, y los cambios que implicaban para nuestra conciencia. Elías es uno de los primeros sociólogos alemanes en quien el análisis se vuelve narración viva, y la casuística documental, literatura. Después de él, caemos por años, en las consideraciones teóricas y preceptivas de Talcott Persons, en los cánones y en las definiciones abstractas del funcionalismo norteamericano. Para Elías, el proceso civilizatorio no puede subsumirse dentro del esquema marxista, estructura-superestructura, ni en el espacio de la ideología. Si alguien, ha sido Sigmund Freud quien planteaba el nexo entre el proceso de la civilización y la represión de nuestras pulsiones: El Malestar en la cultura reclama para sí el título de primero entre los libros en torno a la civilización, por haber acabado con la idea de que la psique humana había permanecido inalterable a través de la historia. Freud destierra para siempre la creencia de que el progreso de la sociedad occidental era la continuación de la obra de Dios en el mundo; revela cómo el sacrificio de nuestra vida instintiva, de nuestras pulsiones más recónditas, permitió la creación del espacio público, esa zona en la que los compromisos y la autocoerción, la disciplina y el control, las satisfacciones sustitutivas y la represión de la espontaneidad se han extendido universalmente. Sin embargo, Norbert Elías ha saltado por encima de una psicología individual colectivizada; no sólo investiga la evolución de un super-yo gigantesco, sino que va hasta la estructura social de las pulsiones. En El Malestar en la Cultura, Freud compara nuestro pasado psíquico con el pasado de una ciudad, Roma; la analogía debió servirle como punto de apoyo “para representar espacialmente la sucesión histórica”. Elías procede en sentido contrario: compara la red de relaciones entre los individuos a lo largo del proceso civilizatorio con la red de tránsito en las ciudades; es decir, compara espacios para explicar lo histórico.

La precisión documental de Elías, su apoderamiento de los asuntos concretos, su capacidad para situarse en la época sin perderla de vista ni distraerse en generalidades, ha hecho del Proceso de la Civilización una obra que precede a la antropología y psicología históricas tan de moda en nuestros días. Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron, a principios de los cuarentas, en su libro la Dialéctica de la Ilustración: “Bajo la conocida historia de Europa corre otra subterránea; una historia que ha sido hecha de todas nuestras pasiones e instintos deformados y reprimidos (…). La liberación del individuo europeo, la victoria de la ilustración, ha sido posible mediante un cambio civilizatorio; un cambio que ha ido destruyendo al individuo liberado en la misma medida en que la coerción externa desaparece, en la misma medida en que la autocoerción se impone bajo el signo del verdugo”. Más allá de tanta y tan pedantesca estrechez teórica en la sociología contemporánea, la verdadera vitalidad de esa disciplina parece encontrarse -y lo prueba el caso de Norbert Elías- en las márgenes del rígido academismo, en esa zona de exilio que desconfía lo mismo del empirismo puro que de la teoría cosificada.

José María Pérez Gay. Sociólogo y escritor mexicano. Ha publicado ensayos y traducciones en “La Cultura en México”, suplemento de la revista SIEMPRE! y un fragmento de novela en la Revista de la Universidad de México.