A Mecha & Jorge Risi

 

—Este hijo…

El padre de M. apuró nerviosamente la colilla del cigarrillo nerviosamente fumado. Se sacudió un copo de ceniza de los pantalones de pana. Su mujer le miraba, y él sentía y comprendía aquella mirada que le estaba clavando en la espina dorsal una azulada y triste flecha de preocupaciones.

—Tendrás que decirle algo. Eres su padre.

—Sí, no voy a tener más remedio que decirle algo que lo recuerde toda su vida.

Salió al porche de la casa.

Sentado en el amplio poyo, Bodión murmuraba entre dientes alguno de sus indescifrables monólogos.

—Bodión, ¿y el señorito M.?

—Salió, señor.

—¿Dijo dónde?

—No señor.

—A caballo.

—Sí señor.

Bodión no añadiría ni una sílaba más. Si Bodión recibiera sobre su canosa cabeza el peso de una manzana caída de puro madura, se la comería tranquilamente, después de pelarla a punta de su navaja albaceteña: indiferente a la ley de la gravedad y hasta sin preguntarse —a no ser en alguno de sus monólogos— si aquel dispensador de tales bienes caídos del cielo no sería, por una casualidad, el prestigioso pero también alarmante Árbol de la Ciencia.

El padre de M. se sorprendió contemplando fijo a Bodión, después del último “Sí señor” del viejo. No. Bodión nunca sería cómplice de algo que hubiese que hacer a espaldas de M., aunque fuera por el propio bien de M.

—Bodión.

—Sí señor.

—¿Qué puedo hacer con M.? ¿Es posible hacer algo? Es mi hijo.

—Eso, es su hijo. Usted no puede hacerle nada, señor.

—Crees que no, ¿verdad, Bodión?

—Eso creo, señor. Esas cosas se eligen de una vez para siempre. A mí no me gustaba nada mi padre, pero yo era su hijo. Y sanseacabó. A usted no le gusta lo que está haciendo su hijo, pero usted es su padre y tiene que pechar con lo que dé de sí.

—Estabas deseando decírmelo, Bodión.

—Sí señor.

—…porque la verdad es que nunca te he oído decirle a nadie más de diez palabras seguidas.

—Nunca, señor.

El padre de M. sacó la vieja petaca de testículo de cerdo y le ofreció tabaco a Bodión. Se sentó también en el poyo del porche, remangándose los pantalones sobre las botas altas de montar. Los dos, viejos los dos, liaron pausadamente los cigarrillos. El padre de M. estaba dispuesto a tomar una decisión.

Porque todo el mundo lo sabía; M. no se había andado con chiquitas. Pero él, su padre, tendría que pararle los pies, so pena de aparecer como un calzonazos, un tío catorce, un donnadie. Eran las palabras de su propio padre, el abuelo de M.:

—No sé si serás un calzonazos, un juanlanas, un donnadie, vamos, un tío catorce. Pero si quieres que te diga las tres verdades del barquero, hijo, te diré que para ser hombre hace falta muy poco. Sólo hace falta quererlo ser.

El padre de M. se había casado y engendró cinco hijos, dos hembras y tres varones; M. era el primogénito y se le había subido a las barbas. Tendría que pararle los pies. Convertirlo en un hombre, pero no porque se lo hicieran creer las putas pintarrajeadas que iban de feria en feria, ni tampoco el vino. El padre de M. quería algo distinto. Hacer de M. un hombre no sería difícil: ya casi lo era. Ocurría sin embargo que el propio M. no lo sabía y necesitaba, quizá para su tranquilidad interior, afirmárselo mediante todas aquellas cosas. Y la más absurda de todas ellas era Carmen, la novia, la hija del alcalde, cuatro años mayor que M., el niño bonito del pueblo, su hijo, a quien quería entrañablemente y tanto más cuanto que lo veía salido de madre.

Uno de los peones llegó al porche y se detuvo a respetuosa distancia:

—A los buenos días, señor Cayo y la compaña.

—Buenos te los dé Dios. ¿Quieres algo?

—El hato.

“El hato”. Con eso estaba dicho todo. Nada tan sencillo como decirlo. Aquel hato de caballos que estaba en Las Encinas y que había que llevar cerca de Sanlúcar de Guadiana, junto a la raya de Portugal. Una manada de veinticinco caballos, indómitos algunos. Los hombres que había que distraer de la trilla, las provisiones, la cuerda precisa por si acaso era de cálculo llevarlos de reata, el número suplementario de caballos para los conductores de la punta, la abochornadora cabalgata bajo un palio de sol achicharrante, las cantimploras, el itinerario buscando la cañada para refrescar. Todo eso estaba implícito en algo tan sencillo como decir “el hato”. Lo estuvo dejando de un día para otro, y ya no debía posponerlo más.

—Ven a mediodía, a la hora de comer. Te diré lo que haremos.

—Muy bien. ¿Quiere alguna cosa del pueblo, señor Cayo?

—¿Y a qué vas tú al pueblo?

—Por herraduras y clavos.

—Si ves a mi hijo, que venga cuanto antes, que tengo que decirle algo urgente.

—Sí señor. ¿El señorito M.?

—Sí.

Se fue el peón.

—Dime, Bodión, con el corazón en la mano, dime una cosa. Vamos a ver: ¿tan guapa es? ¿Tan buena moza es? Me parece recordar que es escurrida de caderas. Entonces, ¿qué tiene? Cuatro años más que él. ¿Es eso una cosa razonable? Mi hijo se ha tenido que volver loco, Bodión, no cabe otra explicación.

—Usted lo ve mal porque el señorito M. tiene dieciséis años y muy buena facha. Pero si el señorito M. tuviese veinticinco años y no fuera tan bien plantado, a usted le importaría un pepino que la señorita Carmen tenga o no tenga cuatro años más que él.

—Contigo no se puede discutir, Bodión.

—Sí señor, si usted lo dice.

—¡Pero si siempre estás de su parte!

—Sí señor. Usted me puso a su lado, yo soy aquí un criado.

—Contigo no se puede discutir, siempre quieres tener razón.

—Sí señor, si usted lo dice.

—Avísame si lo ves llegar. Al yerno del alcalde digo.

—Descuide.

El padre de M. volvió a la casa con la sonrisa en los labios. “El yerno del alcalde” era su hijo, M., engendrado en las noches calmas y hondas de Punta Umbría, en el apartado chalet donde pasó su luna de miel. “El yerno del alcalde” era su hijo, M., concebido al compás de la respiración tranquila y el a veces también entrecortado jadeo del Atlántico. “El yerno del alcalde”. Sencillamente ridículo. Y los cuatro años que Carmen le llevaba, pesarían alguna vez en la balanza. Entorpecerían su carrera, que él hubiera querido tan brillante para aquel primogénito fuerte como un roble y con los ojos zarcos de los abuelos y los bisabuelos. Y no sólo entorpecerían su carrera: llegarían a ser una rémora de la futura posible intimidad conyugal. Eso había que preverlo, pensó el padre de M.

Se sirvió un vaso de vino. Cortó una rebanada de pan, dos o tres lascas de jamón serrano, y se sentó junto a la ventana, con algunas cuentas por delante:

—El yerno del alcalde…

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Ilustración: Estelí Meza

***

M. no apretó las cinchas tanto como acostumbraba. Jaquetón no podía llevar tan oprimida la barriga todo el tiempo. Había que dejarlo resollar.

—La que nos espera, Jaquetón.

Llegó su padre, le traía la alforja:

—M.

—Estoy aquí, padre, ensillando a Jaquetón.

—No le aprietes las cinchas.

—Se las aflojé, padre.

—Toma las alforjas.

—Aquí hay comida para un regimiento.

—Cosas de tu madre.

El padre lió un cigarrillo mientras M. cruzaba la alforja sobre la silla y hacía equilibrar el peso a los flancos de Jaquetón. Después escupió una brizna de tabaco, prendió el yesquero y le habló a su hijo:

—¿Te vas a llevar a Bodión?

—No, iré solo.

—Me parece mejor. Bodión es viejo y no te iba a ayudar mucho, no está para estos trotes.

—Eso he pensado, padre.

—M.

—Sí padre.

—Ya sabes que no van de reata, de manera que no te preocupes demasiado si se te pierde alguno. Sigue hasta Sanlúcar con los que seas capaz de manejar.

—Muy bien, padre. ¿Cuántos son, por fin?

—Veinte.

—Oí decir veinticinco.

—Voy a dejar aquí cinco que están muy resabiados y no podrías con ellos.

—Lo que usted diga.

—Toma.

Le alargó veinte monedas relucientes.

—¿Para qué?

—Hay una por cada caballo. En Sanlúcar me devolverás una por cada caballo que pierdas.

—De todas formas, es mucho dinero, padre.

—¿Tú crees? Un hombre no tiene precio: sólo años, M.

Ni una palabra más; M. guardó las monedas en el cinturón de cuero, hueco y con cremallera disimulada, que le encargó hacer al talabartero del pueblo, para contrabandearle perfumes y chucherías a Carmen, cada vez que pasaba a Portugal. Luego tomó a Jaquetón de las riendas y salió al patio.

—¡Bienmandao!

—Sí, señorito, en seguida.

—Que no te olvides de mi encargo.

—No, señorito, no; descuide el señorito M.

Engarfió el pie en el estribo y se encaramó de un salto a la silla. El barboquejo le saltó a los labios como un beso robado. Jaquetón caracoleaba frente a la ventana desde donde M. se sabía contemplado por su madre.

Su padre llegó junto a él y asió de las riendas a Jaquetón:

—Sooooo. ¿Estás listo, M.?

—Cuando usted diga.

El padre le palmeó las pantorrillas, cubiertas por las botas altas de becerro, las fuertes botas valverdeñas de montar:

—Demuestra que eres un hombre y que puedes con veinte caballos jóvenes, hijo. Creo que podrás hacerlo, eres cabal a tu abuelo, que en paz descanse. Y ahora vete con Bienmandao que ha apartado abajo la punta, no sea cosa que se despacienten. Cuídate, M., hijo, ve despacio. Anda con Dios.

—Quede con Él, padre.

****

Encendió un cigarrillo. Tiró el fósforo apagándolo antes, no fuera a caer ardiendo encima de un rastrojo. Y le repitió a su montura:

—La que nos espera, Jaquetón.

No podía distraer sus pensamientos del trote corto de Jaquetón y la vigilancia de la yeguada. Eran veinte ejemplares de lámina muy fina, la alzada media y las crines rubias. Acostumbrados a vivir en redil, marchaban agrupados. Algún relincho de vez en cuando. El ruido de los cascos. La polvareda. El sol. Esto era todo cuanto podía percibir.

Mantenía las riendas sueltas, Jaquetón era de fiar. Descollaba entre los otros por lo poderoso de su cabeza, por lo desafiante de su relincho.

M., aspirando el humo, se preguntaba qué móvil oculto perseguía su  padre. Que dicho móvil existía, estaba claro. Su padre nunca obraba porque sí.

—¿Qué se trae entre manos el señor Cayo, Jaquetón, lo sabes tú?

Jaquetón meneaba la cabeza de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, tironeando de las riendas.

—Yo tampoco, Jaquetón.

Se acordó de Carmen. Bienmandao le llevaría su recado. Que esta noche no puede venir a verla. ¿Le pasa algo, Bienmandao? No, no señorita, es que ha ido a llevar veinte caballos a Sanlúcar, a la otra finca del señor Cayo. ¿Y no vendrá a la noche? Verá usté, señorita Carmen, como va solo… ¿Solo? ¿Que va solo con los veinte caballos? Sí señorita, él solo. Pero ¿y eso por qué, Bienmandao? Ha sido cosa del señor Cayo, señorita, el señorito ha salido esta mañana con los caballos, yo no sé nada más.

Imaginaba la inquietud, la preocupación, la extrañeza de Carmen. Sonrió confortado.

Los caballos marchaban sin descanso, al trote corto que les imponía la acuciadora presencia de Jaquetón.

—¡Bien por Jaquetón, te estás portando, hijo mío!

Le palmeó cariñosamente el cuello.

Carmen.

Carmen tenía veinte años, y él sólo dieciséis. Cuando Juan Antonio y él comenzaron a pasear por la calle principal del pueblo, con Carmen y Araceli, el pueblo entero creyó que M. le estaba poniendo los puntos a Araceli. Araceli tenía entonces quince años. Cuando Carmen y M. comenzaron a pasear juntos por aquella misma calle, sin Juan Antonio y Araceli, el pueblo entero se hizo cruces.

Un día fue a casa de Carmen, antes de que su noviazgo hubiese adquirido ya un carácter semioficial.

Iba a recoger a Carmen y a su padre, para llevarlos en el coche a Huelva, al Tiro de Pichón. Marcial, primo segundo suyo y primo hermano de Carmen, le aconsejó:

—Llévate la escopeta, no vaya a darle un pronto a tu suegro —y se reía.

Pero su suegro le recibió como si continuara siendo M’ito, el pequeño travieso de Las Encinas, la más hermosa finca de todo el término municipal.

Otra vez, un 31 de diciembre. Ese día se reunían en Las Encinas las familias de todos los hermanos de su padre. Era la fiesta más sonada y más numerus clausus de toda la comarca. Cinco familias fraternalmente unidas. No se excusaba la ausencia de nadie. Y precisamente este año, M. quiso desertar. Su madre se lo prohibió con rara energía. A M. la sangre se le sublevó en las venas, pero se quedó. Y los tíos y las tías y los primos y las primas le hicieron en el comedor un recibimiento apoteósico:

—¡Pero cómo, M.’ito! ¿Sin niñera esta noche?

Aguantó el chaparrón a pie firme, como los buenos. Pero, ¡por huevos!, habían tenido que ir acostumbrándose a la nueva situación. Y aunque el noviazgo no era todavía cosa oficial, M. estaba dispuesto a dar los pasos necesarios. Aunque la verdad era que el señor Cayo le imponía más respeto del que estaba dispuesto a reconocer charlando con los amigos. En cambio, no sentía ninguna aprensión ante la perspectiva de una visita al señor alcalde, su suegro, para “pedirle la entrada”.

Carmen.

Pero no. Carmen sólo cuando estaban de uñas. Carmen casi nunca. Chata, nena, china, negra, fea, preciosa, potrilla, jaquetoncilla (¡que ya era decir!…)

Relinchó una yegua, M. olvidó sus divagaciones. La yegua barloventeaba como queriendo escaparse. M. silbó penetrantemente, picó espuelas a Jaquetón y acosó a la yegua, y renació la tranquilidad.

—Bien por Jaquetón, estás hecho un jabato.

Recordó entonces a Ignacio, el alguacil. Todos los niños del pueblo lo odiaban.

Un día, El Flaco y M. colocaron un hilo a lo ancho de la calle, amarrándolo a las rejas de dos ventanas fronteras y a la altura de la cabeza del odioso alguacil. Era de noche. Ignacio no alcanzó a ver el hilo, y su historiada gorra conoció el barro. Lo malo fue que también cayó al barro el sombrero casi recién estrenado del señor alcalde, a quien acompañaba Ignacio; y El Flaco y M. tuvieron que elegir entre pagar veinticinco pesetas de multa o pasar dos días con sus noches en el calabozo del Ayuntamiento. El Flaco y M. eligieron el calabozo municipal, igual que cuando los agarraron con las manos literalmente en la masa, después de haber cambiado la colocación de los azulejos “José” y “María” en el rótulo de la calle José María Gabriel y Galán.

Rió con el recuerdo. Ahora el alcalde era su suegro y —¿lo ves, Jaquetón?— Carmen otra vez, no podía olvidarla, parecía llevarla muy hondo.

Comenzó a quemar el sol.

Trató de concentrarse en algo que no fuese Carmen. El instinto le hizo contar las cabezas del viviente bajorrelieve persa que estaba conduciendo hasta Sanlúcar. Diecinueve. ¿Diecinueve?

Contó otra vez, pasando al galope junto al flanco de la punta, arrimándola a la cañada. No. Veinte.

Una vez, Marcial y M. volvían de Cumbres Mayores, a caballo. Alegres y bebidos. Encontraron a Ignacio en el camino vecinal. El alguacil les pidió que lo llevasen hasta el pueblo. Dijeron que sí y que se relevarían cada media hora. A la media hora M. dijo que todavía no, y Marcial siguió con Ignacio a la grupa. Al rato M. le guiñó el ojo a Marcial. Se detuvieron como para relevar, yde repente partieron al galope, dejando a Ignacio muerto de miedo en mitad de una dehesa donde pasta la más célebre ganadería de toros bravos de la región.

Volvió a reír. Era joven, la vida merecía la pena vivirse. Además, ¿no había ido una vez al galope, a campo traviesa, y había llegado al pueblo antes que el Chevrolet del Flaco? Esto de conducir los veinte caballos de la manada no podía ser más peligroso que aquél desafío ganado a los caballos mecánicos del Chevrolet. Entonces y ahora, contaba con Jaquetón.

—Jaquetón ¡qué bueno eres, hijo mío!

Empero quedaba sin averiguar, aunque los recuerdos le ayudaran a distraerse del tema, el motivo por el cual el señor Cayo le hacía conducir los veinte caballos a él solo. En realidad no eran muchos. No. No eran muchos. Faltaba ver si podría con todos. Sí. Parecía que sí. El terreno lo formaban reducidas parcelas tapiadas con piedra, y las tapias eran de mediana altura. Todo llano. Fácilmente localizable cualquier fugitivo. ¿Por qué razón no iba a poder con los veinte caballos de la punta? Pero esto era tanto como preguntarse por qué razón lo enviaba su padre a él solo, y para tal pregunta, M. carecía de respuesta.

Carmen.

Y entonces comenzó a escucharse el zumbido. Sofrenó a Jaquetón y miró hacia arriba, volviéndose sobre la silla. Una avioneta. Sonrió. Pero pronto desapareció su sonrisa.

Unos metros más adelante, a la derecha del camino, había un olivar. Y aquella avioneta era una fumigadora. Picó espuelas a Jaquetón, y a su vez, la avioneta enfiló el morro hacia el vértice del camino y el olivar. El ronroneo metálico asustaba a los caballos. Y crecía, crecía, crecía. Al intenso ronquido se mezclaron los relinchos, el patear del suelo. Sofrenando a Jaquetón de nuevo, a media carrera, M. logró acular la yeguada junto a una tapia que formaba bolsa, y se puso a guardar la salida haciendo correr a Jaquetón frente a la boca del precario resguardo. La avioneta pasó tan baja que pudo distinguir la despectiva cara del piloto.

—¡Tu puta madre, cabrón!

Cincuenta metros más allá la avioneta soltó su chorro espeso, blanco, algodonoso; M. lo vio. Tenía el ala del sombrero echada sobre las cejas, la cara tapada con un pañuelo anudado sobre la nuca, y ninguna posibilidad de escapar. El olivar copaba el camino y no tenía terreno abierto donde galopar, sino tapias, tapias y tapias. La nube blanca los envolvió. Los caballos relincharon, patearon.

Luego, pasó todo y M. los contó. Dieciocho. No podía ser. Los volvió a contar. Dieciocho. Otra vez. Dieciocho.

Miró a su alrededor. No se veía nada. Blanco y verde el olivar. Y luego tapias, tapias y tapias. Un sol calcinante. Se arrancó el pañuelo de la cara y se enjugó con él el sudor de la frente. Dieciocho caballos nada más, y acababan de empezar, como quien dice. Pero tampoco podía detenerse hasta que el olivar quedase limpio de insecticida. Para entonces, los fugitivos estarían ya muy lejos. Por otro lado, los dieciocho restantes acusarían el calor que se estaba espesando. Y después de todo, éste era un asunto que le concernía a su padre y no a él. ¡Que no le hubiera mandado solo! Pero le enfureció la idea de que tenía que demostrar que era un hombre.

—¿Dieciocho? ¡Pues dieciocho! Pero ni uno menos, ¿estamos, Jaquetón?

Se irguió sobre los estribos y gritó:

—¡Ría ría ría arre, vamos, arre arre ría ría ría!

****

Qué intensa borrachera la del polvo y el sol, del agua fresca bajándole por la garganta, empapándole la camisa. Y los caballos delante: borrachera de grupas con pátina de polvo, que parecían algunas de oro viejo y otras de rasguñado ébano, de caoba barnizada un siglo atrás; borrachera de crines sudorosas, de belfos cubiertos de espuma; borrachera de patas, de cascos, de relinchos; borrachera de largas colas barriendo la senda. Guardó la cantimplora en la bolsa derecha de la alforja y terminó de desabotonarse la camisa.

Recordó borracheras inolvidables.

La de Santa Ana la Real, donde se había encontrado —yendo ya completamente borracho— con Carmen. La de Alosno, que había leído que fue la patria chica del Rey Mago Melchor, y donde se detuvo una vez que iba con tres días de vacaciones a su pueblo; del mismo Alosno regresó al colegio, tres días después, borracho como una cuba. Y la de un 31 de diciembre, que su madre no le quitaba ojo, y con la excusa de ir al water se zampó doce copas de coñac en la cocina. Y aquella otra del día que Carmen estuvo enferma y él le prometió no salir a la calle a pasear, y a decir verdad le cumplió la promesa, pero fue metiéndose en el casino y terminando hecho una esponja. También la del día que regresando al pueblo, desde Las Encinas, de tan borracho que estaba, llegó dormido; menos mal que Jaquetón conocía el camino.

Le veían ojeroso, pálido. Algunos creyeron que Carmen era complaciente; y que por eso. A Tó’l–año–carnaval, el hojalatero del pueblo, el de la voz de falsete, le hinchó las  narices por insinuarlo estando él delante. Ah, pero Tó’l–año–carnaval, ese sólido baluarte de la moral del pueblo, ese Pedro Crespo a ultranza, ¿no se había visto en apuros en su propia casa con el embarazo de la jovencísima y solterísima Remeditos, de dieciséis añitos, seducida por el hijito (“de puta”, añadía Tó’l–año–carnaval) del benemérito Ignacio? Pues ¿y El Flaco? El Flaco, que tanto se reía de los que tenían que casarse de prisa y a la carrera para alcanzar el cómputo de, por lo menos, ocho meses, ¿no se había tenido que casar también de prisa y a la carrera, y aún así el primogénito les salió sietemesino? Ah, qué mala era la gente pensando que él y Carmen… No. Aquél era un noviazgo con todas las de la ley, y M. sofrenaba su ardor muchas veces, como a Jaquetón. Algunas, bebido, no. Pero Carmen era inexpugnable, poco menos que tallada en piedra.

Hizo detener a Jaquetón y a la yeguada. El camino, desviándose de las tapias, descendía en pendiente suave hasta un arroyo, a cuya orilla tenía que seguir hasta la finca de Sanlúcar; el arroyo desembocaba en el Guadiana, más allá de la raya de Portugal. Era una impagable delicia disfrutar de la sombra. Encontró un sitio donde se espesaba la vegetación y arrinconó allí a sus dieciocho pupilos, para que ramoneasen a placer, cerca del agüita fresca.

Bajó de un salto al riachuelo y se puso a hacer ruidosas abluciones, compitiendo con Jaquetón y los potrancos jóvenes, que se encabritaban a la vista de los escurridizos y asustados peces.

—¿Te das cuenta, Jaquetón? ¡Esto es vida!

Mojado, desnudo el torso, fue a tenderse junto a la base de un eucalipto. Sacó de la alforja un trozo de caña de lomo y una tortilla. Y pan. Y una petaca de cuero llena de vino de Moguer. “Cosas de tu madre”. Se puso a comer.

Pensó que podía manear los caballos y asegurarse así de que no se irían. Pero era un trabajo ímprobo y el calor apretaba. Continuó comiendo. Jaquetón, con los hocicos relucientes, se acercó al olor de la tortilla, M. sacó del bolsillo dos terrones de azúcar y los mostró sobre la palma de su mano izquierda, Jaquetón los escamoteó de allí con la limpieza de un tahur repartiendo cartas.

Jaquetón.

¡Cómo lo quería! Para M., Jaquetón valía mucho más que cualquiera de sus amigos. Más de una noche, como la burra de Balaam, Jaquetón se había clavado en seco, insensible a las espuelas, bajo un balcón florido que olía a geranios y a dondiegos de noche. ¿Qué le pasa a Jaquetón?, le preguntaban los amigos. Nada, la querencia, les respondía M.

Y era verdad; Jaquetón se conocía de memoria todos los balcones galantes del pueblo, de Cumbres Mayores, de Cortegana, de Almonaster, de Calañas. Y M. no lo cambiaría ni por Bucéfalo ni por Babieca, Jaquetón sólo había uno en el mundo, y le pertenecía desde el día en que se lo regaló su padre.

Su padre.

M. lo respetaba más allá de cualquier límite razonable. Podía estar M. convencido de algo, y llegaba su padre y que no era así, sino de otra manera, y lo que dijese su padre era la palabra de Dios sobre la tierra; M. seguiría a su padre hasta el fin del mundo. Montado sobre Jaquetón, por supuesto.

Prendió un cigarrillo que le supo a gloria.

M. reflexionó que, a fuer de sincero consigo mismo, Jaquetón y su familia eran amores de una entidad superior al amor que le inspiraba Carmen. El querría tener una gran familia, como la de Marcial, que eran diecisiete hermanos y daba gusto verlos a todos juntos. Pero, para el caso, lo mismo daba Carmen que cualquiera otra. Y entonces cayó en la cuenta de que el hombre, al hacer su entrada en la vida, inicia la búsqueda de otras puertas por donde hacer salir otros hombres a que participen en esta hermosa aventura de encontrarse vivos sobre la bendita tierra. Esa era la razón del amor, crear una gran familia donde la vida fuese algo más que algo que se desgasta, donde la vida se convirtiera en objeto de gozo, como un gran festín, como una grandísima borrachera de vino de Moguer.

—Jaquetón, ¿por qué será que pienso semejantes cosas?

Jaquetón meneó la cabeza y decapitó una amapola con la mellada guillotina blanca de sus dientes.

M. se puso en pie y saltó sobre la silla, con la petaca de vino asida en el puño. Se enderezó el sombrero sobre la cabeza. Un mechón rebelde le caía sobre la frente. Contó y recontó la yeguada: dieciocho.

—¡Ría ría ría arre, vamos, arre arre ría ría ría ría!

***

Carmen.

Los caballos marchaban cansinos, agobiados por el calor, resguardándose al arrimo de la bendita sombra del bosque. El aire recalmado punzaba los pulmones con un olor a salitre. Calor. Y el pensamiento quedaba preso en la inmensa telaraña deslumbrante de un sol entrevisto por las copas de los árboles. Hasta Jaquetón, siempre retozón y caracolero, trotaba con desgana.

Carmen.

Parecía mentira que él tuviera dieciséis años y ella veinte, pero Carmen, después de pensarlo mucho, consintió en ser su novia. Fue el acontecimiento más grande en la vida de M., su definitivo acceso a la hombría. Los dos sabían que M. no había terminado su bachillerato, que todavía tendría que ir a la Universidad y estudiar una carrera para no verse obligado a vivir luego de papá, como muchos hacían. Pero los dos estaban dispuestos a sobrellevar la espera; M. hasta calculó que se casaría a los veinticuatro años con una Carmen de veintiocho. Les daba tiempo de poner unos cuantos hijos en el mundo.

Carmen.

Carmen era muy devota. Todo lo contrario de M., quien se daba los grandes plantones en la iglesia del pueblo, mientras ella desgranaba rosarios, interminables a fuerza de jaculatorias y recomendaciones.

M. tenía un profesor, el padre Aguirre S. J., vasco, catedrático de literatura a quien conocían por el apodo de Panduro, porque no lo tragaba nadie. M., a veces, no se sabía la lección, y si el padre Aguirre se la preguntaba, aquello era un rollo que ni los pergaminos del Mar Muerto. O se la sabía muy bien, y entonces la recitaba de carrerilla. En ambos casos, el padre Aguirre lo interrumpía: No, M., no es así, no tienes ni la menor idea de lo que estás diciendo (o bien:) No, M., no, no me interesa que me lo digas como un papagayo (y en ambos casos, el S. J. terminaba exhortándole:) Lo que me interesa es que me des un resumen, tu idea personal.

En la iglesia del pueblo, viéndola enfrascada en sus rápidas y rutinarias ristras de diostesalves y padrenuestros, M. estaba muchas veces en un tris de decirle algo parecido a Carmen: No, Carmen, no, no es eso, a Dios no le interesa que le reces como un papagayo, lo que Él quiere es un resumen, tu idea personal. Pero Carmen le respondería: El demonio te tienta a inventar cosas para estar menos tiempo en la casa de Dios. Otras veces la tentación tomaba derroteros distintos. Carmen, ¿tú crees que el Corazón de Jesús se escandalizará si te beso aquí ahora? Tenía que susurrárselo en voz casi inaudible, porque las omnipresentes beatas aproximaban la larga oreja a distancia de mea culpa, mea culpa.

Carmen era espigada, la color trigueña. A M. le recordaba una hilandera de Velázquez. La mujer tenaz y fiel para quien el hogar es el taller donde se fabrica el amor. Pero también donde el amor debe conservarse como en una bodega, convertirse en quintaesencia, haciendo fértiles, con una sola gota de las suyas, miles de gotas más. Para Carmen el hogar era eso. Los hijos, el marido. Por este orden. Pertenecía a la orden monástica de mujeres españolas metidas en su casa, y a las que un amigo de M., Ricardo Caballero, con cierta fama de poeta, las llamaba mujeres–ostra. Decía: Son cerradas e impenetrables, tan sólo a uno entregan su tesoro, y aún así, sólo por descuido, porque ese uno encontró una rendija, porque ese uno se metió allí subrepticiamente; y aún así, ella debe esforzarse en eliminar la impureza, fabricando una perla, el hijo, pero luego, inevitablemente, debe fabricar más y más perlas, hasta el agotamiento y el resquebrajarse final de las valvas donde, como la Gran Bretaña, era feliz en su aislamiento.

Así era Carmen y así la consideraba M., aunque no de una manera consciente.

Percibió unos relinchos inquietos a la cabeza de la yeguada. Carmen se perdió en el interior de M. como una tea arrojada en un foso profundo y apagada antes de llegar abajo del todo. Corrió con Jaquetón a la cabeza de la punta.

—¡Maldita sea!

Una valla cortaba el camino y también el camino de sirga, e incluso las aguas del arroyo, y seguía mucho más allá, hacia el norte y el sur. M. echó pie a tierra e inspeccionó un largo tramo. Parecía no tener fin. Tampoco una tranquera. Al cabo, descubrió que era un roturado forestal.

—Bueno bueno bueno ¿qué podemos hacer?

Retrocedió con Jaquetón e hizo retroceder a la yeguada con ellos.

—Jaquetón, todavía estás de buen ver, anda, encélame a esa potranca, doble ración de azúcar al otro lado, y la potranca esta noche, anda.

Había observado a la potranca. Tenía bonita lámina. Iba siempre de las primeras, si no la primera. Conducía la yeguada casi siempre. Y era joven y hacía calor.

—Anda, Jaquetón.

M. maniobró diestramente con las riendas hasta colocar a Jaquetón contra los flancos de la potranca. La potranca era arisca, Jaquetón insistente. Un escarceo, y la potranca accedió.

En ese momento, cuando la potranca acudía con los grandes ojos relucientes, con los cuartos traseros centelleando de sudor, M. picó espuelas y Jaquetón partió como un rayo. La potranca, enardecida, lo siguió. La yeguada también. Jaquetón alzó las patas delanteras, se impulsó apoyándose en las de atrás, distendió los poderosos resortes del salto y cruzó por sobre la valla con la limpieza de un garrochista sobre el toro. Toda la manada lo hizo. Menos la potranca.

—¡Ay, carajo!

Los caballos se congregaron alrededor de la caída. Al saltar, emparedada entre Jaquetón y el que le seguía, no levantó bastante las manos traseras. Quedó enganchada y se había roto una pata al caer. Estaba en el suelo, estremecida de dolor, sangrante la pata, con los ojos lagrimeando de una forma casi humana. Los caballos la contemplaban con terror, Jaquetón se acercó despacio y M. apartó la vista porque se supo culpable. No podía entablillarla ni hacerla recorrer el resto del camino en aquellas condiciones, con el hueso astillado.

Extrajo de la alforja el gigantesco cuchillo de monte, el despanzaburras. Ni siquiera tenía una escopeta para rematarla, y era peligroso, los otros lo podían cocear hasta no dejar de él nada más que jirones de carne. Pero no cabía ninguna otra solución. Agarró pues a Jaquetón de las riendas y le hizo describir un círculo, como en el picadero. Ensanchó la circunferencia que rodeaba a la potranca, alejando el resto de la punta hasta una distancia prudencial, y mantuvo cerca a Jaquetón para saltar a él a toda prisa.

Abrió el despanzaburras. Alzó el brazo y lo flexionó. Movió los labios maquinalmente. Y asestó la puñalada, retirándose hacia Jaquetón. La potranca se retorció unos segundos, exhaló bocanadas de aire angustiado. Un coro de relinchos hendió la atmósfera silenciosa y quieta, atrofiada por el calor. Luego, los relinchos cesaron con el último estertor de la potranca, que quedó exánime, emblanquecinada. Aún se estremeció levemente cuando M. retiró el despanzaburras, que limpió en unas matas.

Un extraño vacío había descendido sobre el grupo.

M. se acercó a Jaquetón y guardó el despanzaburras en la alforja. Después, a conciencia de que su gesto era —cuando menos— inútil, sacó los cuatro terrones de azúcar prometidos, y los acercó a la siempre golosa boca de su caballo. Jaquetón no hizo por ellos.

—Buen muchacho, Jaquetón.

Se izó de nuevo (más viejo, más hombre) sobre la silla:

¡Ría ría ría arre, vamos, arre arre arre, ría ría ría!

***

La raya del horizonte, Portugal ya, diríase incendiada por el sol. El tiralíneas del crepúsculo de los dioses la había dibujado de un solo trazo. Y el cielo era grisazul encima, verde pálido enfrente, un difuminado de sienas y pardos cabe el horizonte. M. intentó sacudirse la intensa modorra que arrastraba desde la muerte de la potranca. Una yegua más, la más vieja, había huido. No hizo nada por recobrarla. Era justo que la yegua pensase así, si es que pensaba: que lo mejor era largarse. Era justo que una yegua lo pensara así, y M. no se molestó en perseguirla ni la molestó persiguiéndola. Con sólo dieciséis caballos, y el fiel Jaquetón, había cruzado la tranquera de la finca del señor Cayo, en el término de Sanlúcar de Guadiana.

—Ya estamos en casa, Jaquetón.

—A las buenas tardes, señorito M.

—Buenas, Francisco —saludó, pero con el pensamiento muy lejos, al muchacho que abrió la tranquera.

No, no había sido capaz de llevar los veinte caballos hasta la finca. Y a pesar de todo se sentía profundamente, amargamente hombre. Varón por los cuatro costados. Y ésa debía de ser la causa que empujó a su padre a hacerle emprender aquella descabellada aventura. Pero M. no tenía muchas ganas de pensar. Hablaría con Carmen. Ahora la veía ya muy lejana. No, no inaccesible, sino distanciada por este ser nuevo que le estaba naciendo, que ya casi le había nacido, y con dolor.

Carmen.

Sí, una buena muchacha. Empero estaba escrito en alguna parte que no era para él. Porque él no rechazaría terrones de azúcar ni platos de lentejas si Carmen desapareciese de su vida. La primogenitura entre los suyos estaba por encima de Carmen. Palpó las monedas al descabalgar. Algo patético, pensó que por aquellas veinte monedas acababa de cambiar a Carmen por una vida nueva y aún sin estrenar.

Descubrió entonces el viejo Rolls de su padre, a la derecha de la casa solariega. Miró hacia la casa. Su hermana Cinta, la única chófer de la familia, estaba en la ventana de la terraza que sobrevolaba el porche.

Salió su padre. Su semblante sereno, con una arruga profunda en la frente, pareció iluminarse con el sol del ocaso.

—Buenas tardes, padre.

—Hola, hijo. ¿Algún percance?

—Tuve que rematar una potranca, se astilló una pata.

—Bien.

—Con el despanzaburras. No tuve más remedio.

—Bueno.

—Además, se me escaparon otras tres.

—¿Nada más? Dame cuatro monedas.

—Sí.

M. se las alargó, encerradas en el puño izquierdo. El padre tomó aquel puño entre sus ásperas y encallecidas manos, y le oyó decir a su hijo:

—Tenías razón. Sólo puedo dominar una cabeza por año. Veinte son todavía muchas para mí.

M. sintió la presión de aquellos otros dedos sobre los suyos. Las dos manos se estrecharon con una fuerza que refrendaba ese primer tuteo que M. recordaba haber usado en muchos años.

—Sube y acuéstate, M., Bodión y Bienmandao irán a lo de la potranca.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

5 comentarios en “Macho amargo

  1. Magnífico relato en el que el ambiente, el escenario de la historia, forma un todo homogéneo con los personajes en un maridaje sin fisuras.
    El factor ambiental me ha despertado.viejos recuerdos de mis vacaciones infantiles en Calañas. Gracias, Ricardo

  2. No es fácil despertar. Toca enfrentarse al mundo para darle la justa medida a los deseos. Al final, si miras bien, sabrás que “esas uvas están verdes”

  3. Gracias a los lectores que dejaron sus comentarios al pie de mi cuento, y una pregunta a David Molina : ¿Qué lectura necesita completa? El cuento se ha publicado íntegro, sin cortes. Me puede responder a mi dirección email, r.bada.hansen@gmail.com Gracias también por calmar mi curiosidad.

  4. Increíble como en un espacio tan breve crea un mundo de personajes, incluso los que no aparecen. tiendo a identificarme con algún personaje si no no me meto en el cuento. Aquí me identifico con Carmen la invisible y la omnipotente, me la ha hecho entender perfectamente y es maravilloso ser ella siempre ahí con el hombre que la quiere aunque estén separados. Hay algo en esas mujeres ausentes y que esperan al margen de la aventura del hombre que me recuerda al Romance Sonámbulo de Lorca. “Tantas veces te esperó, tantas veces te esperaba.”