En A todos nos falta algo. Antología del cuento croata (compilación y prólogo de Roman Simić Bodrožić, Cal y arena) está representada la escena del relato escrito recientemente en Croacia. El lector encontrará aquí uno de los cuentos pertenecientes a esta “imagen bonita y convincente de la literatura croata del comienzo del nuevo milenio”.

De la aldea salían los desactivadores de minas cuando entra­ba yo, emperador, rey, ganador, vendedor ambulante de la Editorial Boban Libros, que saca mínimo mil kunas1 hasta de los analfabetos, ciegos y desempleados. Cuando me escuchaban presentar un libro sobre salud, no pensaban que com­praban un libro cualquiera, sino un elíxir de salud y juventud y se extrañaban de cómo habían podido vivir sin él hasta ese momento. Los compradores de mis libros de cocina tenían las narices llenas de olores seductores, y se les hacía agua la boca, así que me quitaban el libro de las manos y se iban corriendo a la cocina, como si de ella fuera a salir una comida abundante.

Tenía sed de desafíos y patrullaba las aldeas quemadas por la guerra, campos minados repletos de arbustos, ramitas y mala hierba. Aquel día me encontré en el corazón de Prašnik. De las veinte casas que tiene el pueblo, diez están enteras, hasta cierto grado renovadas. Pero en la mayoría de ellas no vive nadie. Le vendí a un abuelito Cómo tener éxito en la vida por unas cien kunas, y nada más. Una presentación no tuvo resultado, y en otras casas sin daños evidentes no encontré a nadie. Hay quienes dirán que una sola venta en este quinto infierno ya es un éxito, pero por suerte yo no soy esa clase de persona. Volviendo de ella, noté que de la chimenea de una casucha pobre partida en dos por una granada, una casa que al pasar por allí la primera vez ni siquiera consideré digna de visitar, salía humo. Alguien vivía ahí. Pasé por un patio largo y angosto, pateando víboras negras con barrigas blancas que tomaban sol. Toqué a la puerta. De adentro se escuchó una voz débil.

En la mesa estaba sentado un viejo flaco, con los codos sobre un mantel de plástico a cuadros. Aunque hacía ca­lor, en la cocina se quemaban los gusanos dentro de la leña seca, y al lado de ella había una cama en la que alguien dormía.

—¡Ay, doctor, llegó por fin! ¿Así que Mara logró comu­nicarse con usted? —dijo el viejo.

—Lo logró, en efecto —le contesté. No era la primera vez que me llamaban “doctor” porque vendía libros de salud—. ¿Qué le pasa, no ‘tá bien?

—Yo ‘toy bien, doctor, pero mi Pila ‘tá mal. Ayer se acostó y no se levanta, así que le dije a Mara que lo llamara, ella es la única que tiene teléfono en todo el pueblo.

Dejé el libro sobre la mesa y me acerqué a la cama. La nana Pila estaba postrada en la posición militar de firme, severa, digna, como en un desfile. Rígida. Muerta. Igual de muerta que Tutankamón.

—¿Una rakija,2 doctor? —preguntó el viejo.

—Bueno. En cuanto me haga cargo de su Pila.

El viejo se fue a buscar el aguardiente y yo me senté sobre el borde de la cama fingiendo revisar a la “paciente”. Su cuer­po estaba frío y rígido; debía de haber muerto el día anterior. Pero sus ojos seguían vivos, y, cuanto más los miraba, más me parecía que me pedían algo. Pronto esa mirada se me volvió insoportable; puse a la abuela de costado, mirando hacia la pared; ahora parecía como si realmente estuviera durmiendo.

—¿Tá muy mala? —preguntó el viejo al volver con el aguardiente.

—Esta noche ella bailará con usted, pero si no hubiera venido, hubiera podido ocurrir cualquier cosa —contesté sin pensar.

—¡Ay, ay, ay, do’tor! ¡Ojalá! Antes ella daba vueltas como un hada, y hasta me daba vueltas a mí, pero ahora nuestras vueltas se acabaron. Ahora sólo esperamos que el Señor nos llame. Tome.

—Salud. ¿Usted no toma nada?

—No debo. Y me gu’ta —dijo algo melancólico.

—Pero ¿quién es el do’tor acá?, usted tome nomá’, que le hará bien —dije yo porque me apareció ante los ojos la imagen del viejo una vez que se diera cuenta de que se había quedado solo, sin su mujer, en medio de esta jungla minada.

El viejo se tomó una, y luego otra. Tal vez no bebiera, pero seguramente podía hacerlo, así que pronto entramos en buen ritmo, la rakija fluía, nosotros brindábamos, tomába­mos, brindábamos. Nos terminamos toda una botella; el viejo trajo otra. Entonces, de paso, le vendí un libro. Al preguntar­me cuánto me debía por la visita, le contesté que nada; pero que este manual, dirigido a las personas que viven lejos de los centros de salud, desgraciadamente no era gratuito como mis servicios, y que yo ni siquiera se lo hubiera dejado si no me lo impusieran las reglas de mi profesión, pero también la enorme utilidad del manual, que hacía posible al hombre necesitado ayudarse a sí mismo o a un tercero. Llené el re­cibo, él me dio cien kunas, y yo le expliqué que los cuatro recibos restantes le llegarían por correo. De hecho, él quería pagar todo de una vez, pero me dijo que el dinero estaba en el delantal de Pila, y ni él ni yo queríamos despertarla.

Había terminado mi trabajo allí y podía irme. Pero no quería hacerlo. El viejo y yo estábamos bastante borrachos; durante la última hora él había dormitado la mayor parte del tiempo, murmurando de vez en cuando algunas palabras importantes que no estaban dirigidas a mí. Obviamen­te pensaba que estaba hablando con Pila. Lo dejé dormir tranquilo y me fui a la otra habitación. Era un dormitorio dominado por un tocador con un gran espejo y dos enormes camas antiguas, llenas de cosas, como una barcaza lista para salir a navegar. En la primera, grandes almohadas de pluma, edredones y cubrecamas, apilados casi hasta el techo. No era eso lo que buscaba. Me acerqué a la otra, llena de ropa. No tenía prisa, elegí despacio, primero una falda de color azul oscuro salpicada de estrellas apenas visibles, luego una blusa negra con flores rojas, un chaleco color vino y un pañuelo verde bordado con hilos dorados y plateados. La nana era alta, así que todo me quedaba genial, y combiné los colores de tal manera que simplemente resplandecía. Entonces me di cuenta de que me hacía pis. Salí, me levanté la parte delan­tera de la falda y regué la tierra polvorienta sin piedad delante de mí. Me la sacudí un poco, y desde el camino me saludó una mujer:

—¡Que Dios la bendiga, Pila! ¿Se siente algo mejor?

—¡Costumbres, hija mía! Ya lo ves, ¡nunca me sentí me­jor! —le respondí con una voz que no era mía y debía ser de Pila.

Luego volví a la casa, le cubrí la cabeza a la difunta y busqué la música adecuada en el radio. Un momento después estaba dando pasos mágicos por la cocina, acariciando cada tanto al viejo dormido. No pasó mucho antes de que él se despertara, se frotó los ojos y empezó a reírse con su boca desdentada:

—¡Y yo que no le creía al do’tor cuando me dijo que hoy ibas a bailar! ¡Y tú dando vueltas como en tus mejores años!

—Ven, ven, abuelito mío —le dije, tomándole la mano y atrayéndolo a mi círculo mágico. Él seguía riéndose loca­mente.

—¿Hace cuánto que no dábamos vueltas así, eh, Pila?

—Ay, no sé, pero sé que a partir de ahora vamos a dar vueltas todo el tiempo, hasta la muerte, y más también, en el más allá.

—Qué suerte tenemos, Pila.

—Es verdad —le confirmé, y le rompí la boca con un largo beso. Le empezó a faltar aire. Yo no lo soltaba. Lo sostenía fuerte y le hacía dar vueltas alrededor mío, cada vez más rápido, hasta que me di cuenta de que él ya no estaba de pie, sino que yo lo cargaba entre mis brazos, flojo y ex­trañamente leve.

Lo dejé sobre la cama, acomodé a Pila de cara hacia él y puse su brazo alrededor de la cintura de ella. Quedé muy conforme.

Devolví la ropa de Pila a su lugar y luego me senté en la mesa en la que hacía poco habíamos bebido él y yo. Me serví otra rakija y lo estaba tomando despacio observando a los viejos amantes que tuvieron la suerte de morirse con un par de horas de distancia, sin que ninguno de los dos supiera de la muerte del otro. Hasta la cara de Pila me pareció un poco menos estricta. Entonces corregí el recibo, taché “pago en cuotas” y agregué “pagado en efectivo”, lo que con un 15% de descuento daba exactamente 481 kunas. Saqué la suma exacta del delantal de Pila y salí de la casa. En la en­trada se me cruzó una serpiente negra y gorda, y yo la pateé con fuerza hacia los arbustos y salí al camino soleado. Yo, emperador, yo, rey, yo, campeón.

Zoran Malkoč
Publicó Kao kad progutaš brdo balona (Como cuando tragas un montón de globos) y Groblje manjih careva (El cementerio de los emperadores menores). Este relato forma parte del libro.

Traducción de Nikolina Židek.


1 Moneda nacional de Croacia desde 1994.

2 Se pronuncia rakia y es un aguardiente, bebida blanca típica en Croacia y el resto de los Balcanes, parecida a la grappa italiana, el orujo español o el brandy.

literal-b