Ciertamente es hora ya de superar la visión fúnebre del 68, aunque haya sobrados motivos, siempre, para condenar al torpe y autoritario gobierno que reprimió a esa juventud que nos pertenece a todos como ejemplo e inspiración. En tal comprensión, para decirlo al modo de Cavafis, y siguiendo a Marcelino Perelló, al 68 hay que recordarlo por sus propósitos más definidos, por Itaca, pero también por lo que significó esa experiencia: por el viaje a Itaca.

Aquel movimiento tuvo múltiples causas: la pérdida de armonía entre el sistema político y el sector profesional, el deterioro de las relaciones entre la Universidad y el Estado, el endurecimiento del aparato gubernamental, la irrupción de las clases medias en la escena pública, la represión ejercida sobre los movimientos sociales de cualquier tipo, la ausencia de una opción organizativa de izquierda que entendiera la singularidad de la inquietud estudiantil de entonces, el debilitamiento de un imaginario ideológico (la “Gran Familia Mexicana”, “nuestra gallarda mexicanidad”), entre otras. De aquí la gran variedad de sus componentes, desde la “Nueva Izquierda” hasta los jóvenes de Acción Social Católica. Variedad de componentes, hay que decir, pero unidad en torno al grueso y elemental objetivo de la reivindicación de las libertades democráticas básicas (derecho de manifestación, de reunión, de expresión).

Vale subrayarlo: el verdadero punto de inflexión de la historia reciente de nuestro país se produjo en 1968. Sin embargo, por el desenlace de este episodio, ni la “apertura democrática” propugnada por Echeverría, ni la reforma política de López Portillo pudieron restituir los canales de comunicación con amplios sectores de la sociedad civil.

Sus secuelas son marcas indelebles en la memoria nacional: la violencia guerrillera y el reclamo democrático que de diferentes maneras se deja oír aún en nuestros días, son sólo dos de los ejemplos más visibles de las consecuencias del movimiento sesentaiochero.

En los términos de Gilberto Guevara Niebla, nuestro 68 fue un movimiento primario; los estudiantes de entonces eran “demócratas primitivos”, es cierto, pero como se preguntaba Carlos Monsiváis, ¿qué otra cosa podían ser? A ese movimiento debemos, en buena medida, nuestro insuficiente (y por momentos desencaminado) tránsito a la democracia, lo mismo que el ambiente de relativa tolerancia (Ayotzinapa nos recuerda que ese camino sigue teniendo requiebres oscuros) a las inquietudes sociales en la actualidad; gracias a ese movimiento logramos apreciar en toda su magnitud “la lucha por la democracia como educación política, compromiso moral y construcción de espacios alternativos ante el poder” (Monsiváis dixit).

Voltaire decía que “todo deseo es una necesidad, un dolor que comienza”. Y ahora que, después de Ayotzinapa, la necesidad y el dolor social recubiertos de distintas formas se mantienen con la misma intensidad, el deseo democratizador del 68 se empieza a difuminar para volver a un estado predemocrático y de protesta exclusivamente antiautoritaria. El dolor por la ausencia de una democracia decantada se conserva… ¿volverá el deseo democrático?

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.