Francisco I. Madero 34, a una cuadra del Zócalo.
Una fotografía del año de 1901 muestra la entrada al Salón Bach, lugar en el cual hoy se encuentra el Café Berrico y la Librería Gandhi.


A unos pasos del Zócalo, Karl Bach puso el Salón Bach. Una puerta central con un techo de cristales art nouveau y dos entradas laterales se abrían para recibir a bebedores y noctámbulos. Por esa puerta entraron Bernardo Couto, José Juan Tablada, Alberto Leduc, Jesús Valenzuela, Jesús Urueta, Ciro B. Ceballos, Julio Ruelas, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Rubén M. Campos.

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Ilustración: Kathia Recio

Los aires desesperantes que antecedieron al vendaval de la Revolución, una ciudad pequeña empeñada en la modernidad francesa y una moral sancionada por la religión del viejo régimen convirtieron a los escritores mexicanos que vieron cambiar el siglo en flores nocturnas de temperamentos exuberantes. La misión artística estaba en el escándalo de la palabra y la voluntad radical de los parnasianos, en el delirio poético de los simbolistas. La casa fundadora de esa modernidad artística estuvo en Le peintre de la vie moderne, escrito por Baudelaire y publicado por Le Figaro en 1863, un texto dedicado a Constantin Guys: “La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno, lo inamovible”.

Lo fugitivo y lo transitorio eran la noche y el modernismo; los devotos de la noche que cultivaban un aire oscuro, peligroso, destinado a la fatalidad. Lo eterno, la figura inamovible de Porfirio Díaz. Cuando el periodismo industrial expulsó a los escritores de las páginas de los diarios, algunos de estos porfirianos en duelo se reunieron alrededor de una aventura tan incierta y poderosa como los sueños mismos: Revista Moderna (1898-1903).

 

Rafael Pérez Gay
Escritor y periodista. Entre sus libros: El cerebro de mi hermano, El corazón es un gitano, Nos acompañan los muertos y No estamos para nadie. Escenas de la ciudad y sus delirios.