Calle de Uruguay esquina con Isabel la Católica.
En esta calle familiares del conquistador Rodrigo de Paz abrieron una de las primeras tabernas que hubo en México.


La historia consigna el trágico destino del conquistador Rodrigo de Paz —el primo más querido de Hernán Cortés—. De Paz era acaso “el hombre más poderoso que en México había”. El viento de la fatalidad lo tocó, sin embargo, durante los meses en que Cortés se perdió en las Hibueras, y muchos creyeron que había muerto. Los enemigos del conquistador cayeron entonces sobre Rodrigo de Paz, para que éste les revelara dónde se hallaba escondida la fortuna de Cortés. Al infortunado De Paz le quemaron los pies hasta que las llamas dejaron al descubierto los huesos, y luego lo pusieron en manos de un verdugo.

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Ilustración: Kathia Recio

De Paz había reunido un caudal interesante, en el que figuraban varias tiendas y casas ubicadas frente al convento de San Agustín. En una de ellas se abrió una de las primeras tabernas que hubo en la Ciudad de México.

Una ordenanza aprobada en 1540 indicó en qué casas y en qué calles estaba permitido vender vino en la ciudad, “por mayor y al menudeo”. Entre los 30 domicilios marcados en el documento aparecía la tienda de la calle de San Agustín que De Paz había dejado “a sus menores”. Los investigadores del pasado han logrado seguir la historia de las tabernas capitalinas a través de las ordenanzas del Cabildo. De ese modo es posible saber que la taberna de los “menores” del conquistador De Paz se hallaba en una de las cuatro calles en que el gobierno virreinal autorizó la venta de vino. Esas calles eran Santo Domingo (Brasil), San Francisco (Madero), San Juan de Letrán (Eje Central) y San Agustín (Uruguay).

Las tabernas tenían prohibido vender vino de noche, y no se les permitía dar servicio “ni a negro ni a negra, ni a indio ni a india, ni en trueco de otra cosa, ni en pago de deuda directa o indirecta”.

Tatarabuela de las cantinas del centro, entre gritos, risas y maldiciones, en aquella oscura taberna virreinal iniciaba el culto fervoroso, socorrido, al dios del vino.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.