Venustiano Carranza, antes Zuleta.
En unas de estas casas vivió hacia 1635 el acaudalado capitán Cristóbal Zuleta, cuyo apellido sirvió para nombrar, durante siglos, a esta bulliciosa calle.


En los nombres de sus calles la vieja Ciudad de México dejó encriptada su memoria. Luis González Obregón afirma que en Mixcalco, Tlaxcoaque y Necatitlán, por citar algunas, quedaron ecos de Tenochtitlan; que la memoria de los misioneros franciscanos, agustinos y dominicos se conservó indeleble en calles que se llamaron San Francisco, San Agustín, Santo Domingo; que los colegios fundados en épocas remotas legaron sus nombres a San Pedro y San Pablo, San Juan de Letrán y San Ildefonso; que las calles de Chavarría, López y Vergara perpetuaron la memoria de hombres ilustres por su virtud, su riqueza, su valor.

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Ilustración: Kathia Recio

A esta última categoría pertenece la calle que hasta 1921 se llamó de Zuleta, y hoy se conoce como Venustiano Carranza.

En un acta del cabildo fechada en 1635 se habla por primera vez de “la calle del capitán Cristóbal Zuleta”. No se sabe con certeza en qué casa vivió éste, pero sí que dicho domicilio estuvo en la acera que mira al norte, pues una vieja ordenanza de agua lo situó “frente a la huerta del convento de San Francisco”.

Para convertirse en referencia principal de una calle —en tiempos en que las calles carecían de nombre oficial—, Zuleta debió ser un hombre importante, generoso, acaudalado. Se sabe que hizo fuertes donaciones al convento de San Francisco, en cuyo templo mandó edificar una capilla que se llamó de los Zuletas, y en la que fueron inhumados los difuntos de su familia. Una pariente suya, doña Francisca Zuleta, fundó una capellanía de misas para que hubiera “sufragios constantes” por el alma de sus muertos.

El convento de San Francisco y la mayor parte de sus capillas fueron demolidos en 1861, a consecuencia de las Leyes de Reforma. De los huesos del capitán no queda nada, ni el polvo. Su memoria sobrevive únicamente en legajos, y en una placa colocada en cierta esquina de Venustiano Carranza. Es maravilloso: la ciudad repitió por siglos el nombre de un vecino del que todo se ha olvidado.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.