República de El Salvador, entre Isabel la Católica y Simón Bolívar.
Aquí se levantó el Teatro Arbeu, fortaleza del solaz mexicano.


A finales de enero de 1875, y tras un largo viaje, cuenta Olavarría y Ferrari, regresó a México Romeo Dionesi, quien el 7 de febrero inauguró el Teatro Arbeu con la zarzuela Campanone. El teatro se construyó en los terrenos del antiguo convento de San Felipe Neri, “en la calle de ese nombre en la acera que mira al Norte. El señor Porfirio Macedo fue quien le dio al teatro el nombre de Teatro Arbeu, en memoria del distinguidísimo don Francisco Arbeu, a quien la capital debía el Gran Teatro Nacional o Santa Anna, el de Iturbide y la línea del ferrocarril de Tlalpan. El nuevo teatro, no destinado a una permanencia indefinida, pues el terreno no era de la propiedad del constructor, quien lo tomó en arrendamiento por diez años, era sólo de vigas y madera; apoyado en las gruesas y firmes paredes del antiguo convento, presentaba un agradable aspecto y tenía relativa comodidad. Fue el primer teatro que en la capital se iluminó con gas hidrógeno”.

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Ilustración: Kathia Recio

El Teatro Arbeu heredó del oratorio de San Felipe Neri un fantasma: una monja que ocupaba siempre la misma butaca y en algún momento de la representación se lamentaba con dolor irremediable.

 

Rafael Pérez Gay
Escritor y periodista. Entre sus libros: El cerebro de mi hermano, El corazón es un gitano, Nos acompañan los muertos y No estamos para nadie. Escenas de la ciudad y sus delirios.