En un tiempo como el que ahora sucede y en el que la incertidumbre social acerca del presente y el futuro se ha convertido en una cruel tradición, yo me inclinaría por satisfacer un deseo sencillo de expresar: creo que el individuo debe prevalecer y fortalecerse por encima de su comunidad. Se podría considerar la mía una postura egoísta insuflada de pesimismo y una renuncia a la reflexión política o a la acción social, pero no es así. El individuo frustrado ante una incertidumbre y un desasosiego que no cesan se retrae al ser individual: no renuncia a vivir en sociedad, pero ante la catástrofe comunal salvaguarda su propia vida, su yo, su humor y su experiencia para que, al menos, el hecho de haber vivido haya tenido algún provecho. ¿A qué clase de individuo o yo me refiero? A uno que cambia y que se adapta a sus propios vaivenes emocionales. A uno que intenta sobrevivir a la heterogénea comunidad de seres morales que viven dentro de él mismo. El individuo es, principalmente, aquello que logramos rescatar y nombrar luego de una constante tormenta de locura y disipación: el náufrago que ha llegado una vez más a tierra firme.

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Ilustración: Sergio Bordón

Jean-François Lyotard relacionaba la consistencia del pensamiento con nubes, lagunas, pinceladas y peregrinaciones (así tituló un breve libro al respecto: Peregrinaciones). Y escribió: “Decir Yo creo significa que todas las ideas que llegan al pensamiento, mientras éste vagabundea entre nubes, deben expresarse en términos de un punto único desde el que se pueda abarcar el paisaje como un todo. Esto es el yo”. Y es así que cuando yo digo y escribo: “Creo que el individuo debe prevalecer…”, sólo estoy tratando de encontrar un punto de encuentro a mis divagaciones, miedos, opiniones, lagunas, grietas o peregrinaciones: una cueva desde la que observar el paisaje, aunque éste cambie y se transmute lenta o abruptamente. Me parece una acción en pos de la supervivencia construir —¡una vez más!— la idea de un refugio llamado individuo que logre ofrecer cierto descanso y que me (nos) libere por algunos momentos de la decepción causada por el continuo descalabro del contrato social el cual, por lo demás, no despierta esperanzas firmes de ser cumplido. No es extraño que una aristócrata suiza como Madame de Staël llegara a exclamar lo siguiente acerca del filósofo del contrato social y de la voluntad general: “Rousseau no dijo nada nuevo, pero lo incendió todo”. Y yo me pregunto. ¿Qué clase de aberración histórica encierra esta necesidad y urgencia de nuevas ideas cuando ni siquiera, en los ámbitos propios de la comunidad, hemos logrado asimilar aquellas ideas que se han fraguado a lo largo del tiempo y del lenguaje? Hay que repetir las viejas ideas de siempre y comenzar otra vez, como lo han hecho tantos filósofos, escritores, académicos que intentan hacerse de autoridad para ser escuchados por legiones de sordos. ¿No se les antoja retraerse al individuo y descansar unas horas?

Continuar con la edificación del individuo es la única propuesta social que se me ocurre hacer. Fortalecerse mientras se vagabundea por la geografía del lenguaje y la literatura, la reflexión política y el soliloquio, las pasiones personales y las ideas del bien y del mal. “Unión pasajera de elementos cambiantes”, llamaba Ernst Mach al yo. ¿No añoraba Nietzsche también un poco de tranquilidad y de aliento en medio de la turbulencia de su pensamiento y alteridad, tal como lo expresa en Humano, demasiado humano? Sólo el individuo fortalecido es capaz de participar en una conversación y, por lo tanto, en un progreso social; no la suma de individuos débiles y suprimidos por el sufrimiento y la ausencia de voz. Mas quiero acentuar que, en mi opinión, ese individuo se fortalece sólo porque es consciente de que sus ideas pueden llegar a ser pasajeras, y de que no existe una sola ciencia o persona que logre explicar exhaustivamente los hechos y los fenómenos que lo afectan.

A raíz de la conciencia de ser un individuo cambiante, fugitivo y en adaptación constante, uno aprende, por cierto, que no se gana nada con la ofensa y desprecio a las personas que se quieren o aprecian, ni tampoco con la ofensa a los extraños que también desean y trabajan para habitar un mundo mejor: “Todavía ahora, después de una simpática conversación con hombres completamente extraños, mi filosofía se tambalea. Me parece tan necio querer tener razón al precio del amor”. ¿Para qué ofender a quienes nos son apreciables? (Rüdiger Safranski trata acerca de esta ambigüedad en la biografía que escribió acerca del pensamiento de Nietzsche.) Mas aquí, en este alegato, no trato yo de ponderar ni halagar a ninguna filosofía o a un pensamiento único, sino de realizar un ejercicio parcial cuyo propósito es recuperar el yo, la vida de uno mismo, el individuo que se halla sepultado por el marasmo social y la lucha absurda, violenta e inocua entre personas que pertenecen a bandos o a villorrios distintos. Quizás si uno se reconoce a sí mismo como pluralidad, simultaneidad de pensamiento, como peregrinar y cambio, logre llegar a ser más sobrio y menos rígido respecto a sus concepciones del bien social. Qué inconveniente y desafortunado resultó, por ejemplo, el diagnóstico de Habermas hace más de cuatro décadas cuando escribió: “Nietzsche ha perdido por completo su capacidad de contagio”. Tal desplante equivalía a decir que la literatura y el lenguaje tampoco poseen ya ningún sentido social, ni son capaces de contagiar nuestra imaginación de otras realidades. Por fortuna creo que no es así y que los individuos más apreciables están al tanto de ello. La literatura también es parlamento, llegó a escribir Thomas Carlyle, y vamos si el viejo no era necio, duro y sectario. La comunidad en tiempos de crisis continúa desarrollándose en la pluralidad propia del individuo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.