La prolongación de un conflicto armado tiende a hacer creer que éste entra a un periodo estático donde las víctimas se suman y las esperanzas merman sin que la situación cambie más allá de los números. Medio Oriente ha sido ejemplo de cómo aquello es falso; ni una de sus constantes ha sido constante. La ocupación de Palestina a finales de los años cuarenta, con sus momentos cumbre en las décadas de los sesenta y setenta, tiene menos que ver de lo que se piensa con las intervenciones más recientes en Gaza y Cisjordania. Ni siquiera lo que el lugar común ha llamado: la normalización de la violencia se parece a las costumbres que hacen tomar un café turco bajo el sonido de los morteros.

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Ilustración: David Peón

La guerra civil siria comparte estos asuntos, más de cinco años de combates han incorporado nuevos actores y de lo que una vez fue el contagio de la ingenuidad que conformó las primaveras árabes, quedan las masacres entre las tropas del régimen, los bombardeos rusos, los combatientes iraníes, las milicias kurdas, las iraquíes y los miembros de la OTAN. Todos peleando contra enemigos particulares y comunes, como el Daesh y hasta hace unas semanas el Frente Al-Nusra, antigua filial de Al-Qaeda en el país. Cada uno de ellos ha formado parte de una serie de eventos que pueden cambiar los entredichos de la guerra. Todos en una misma ciudad: Alepo.

En las últimas semanas, fuerzas rebeldes rompieron el asedio de un mes que mantuvieron en esa ciudad las tropas del régimen de Bashar Al-Assad, con el apoyo de Irán. El éxito rebelde se debió a las batallas en dos frentes. Por un lado, con la reconstrucción de Al-Nursa en una nueva organización que rompió lazos con Al-Qaeda y tiene lo necesario para convertirse en uno de los principales ingredientes que cambien la fase en que se encuentra la guerra en Siria. Al otro, las milicias kurdas que se han fortalecido como aliado de Estados Unidos en el combate contra el Daesh liberaron uno de los bastiones del grupo fundamentalista en la ciudad de Manjib, cerca de Alepo y parte de su provincia. En menos de diez días, dos ciudades más han sido liberadas.

A finales de julio, el líder de Al-Nusra, Abu Muhammad Al-Jolani, anunció la transformación del grupo en Jabhat Fatah Al-Sham. Al-Nusra ya no existe. La nueva organización se deslindó de todos los enlaces externos, incluyendo su matriz. En un intento por llevar las cosas a terrenos locales, insisten, no son Daesh, no son Al-Qaeda. Su pelea es local y rechazan la injerencia de simpatizantes internacionales que tradicionalmente habían apoyado al islamismo.

Ya en 2014, el entonces Estado Islámico de Irak rompió lazos con Al-Qaeda. Sin tener muchas diferencias en sus planteamientos ideológicos, así como en sus métodos —el tiempo dejó ver cómo evolucionaron en lo más bestia que ha dado el siglo XXI—, aquella organización que derivó en el Daesh logró controlar una inmensa parte del territorio entre Siria e Irak, pero al mismo tiempo dividir las distintas facciones de combatientes en la región. Quizá aquí su gran falla a largo plazo. Un error que no ha hecho mella en los miembros del grupo genocida o en sus adeptos exteriores, como los fanáticos europeos involucrados en los atentados de este año en Bélgica, Alemania o Francia, pero de una gravedad que el análisis ajeno a la cultura árabe y lo musulmán pasa por alto.

La foto de un niño, víctima de los bombardeos —sobre todo rusos que intentaron proteger las posiciones del régimen—, recorrió como en otras ocasiones los canales de noticias, los periódicos y las redes sociales en occidente. Se ha espetado la indignación natural; sin embargo, fueron pocos los medios árabes que le dieron tanto vuelo a esa postal, sin duda desgarradora. La metamorfosis de uno de los actores de la guerra en Siria y, quizá, el mayor triunfo en dos años contra el régimen y en los territorios controlados por el Daesh ocuparon los boca en boca.

En Pensar Medio Oriente, mi más reciente libro, traté de explicar cómo para entender esta zona del mundo hay que hacerlo desde el lenguaje. Los rasgos de identidad que se originan en el idioma y están íntimamente ligados a una religión, haciendo al árabe, lengua e individuo, sujetos interpretativos, arrojan pistas para darse una idea de los devenires del conflicto. La maniobra de Jabhat Fatah Al-Sham puede verse desde una perspectiva similar a la un partido político que cambia de nombre sin modificar sus preceptos, sólo que está resultando ilustradora y relativamente exitosa, en parte gracias a un pilar del Islam: el tawhid. La unicidad de Dios y la necesidad de unión en los creyentes frente elthaghut. Un estado en que se encuentran quienes sobrepasan los límites. Los dos, conceptos centrales en la religión, cuentan con un espacio de acción en las trincheras. En los días en que escribo estas líneas, se ha anunciado la coalición de una veintena de agrupaciones de corte islamista para combatir al régimen de Assad. Tal vez la agrupación más grande y significativa desde el inicio de los combates en 2011. A las horas del anuncio, se dio aviso de la renuncia de un alto número de líderes religiosos y militares a dicha coalición. Lo que al principio quería mostrarse como una sola espada que protegería el interés de la unidad, separándose de los extremos más extremos, fuera de los límites que representa el Daesh, se incorporó a la tradición de unicidad y disociación que ha sido permanente en el mundo árabe, no sólo musulmán, que he explicado en otras ocasiones en estas páginas y en ese libro. Quienes se han separado de la nueva fuerza que propone Jabhat Fatah Al-Sham, no coinciden con esa visión, supuestamente moderada, de la que no puedo ser más escéptico. Las posibilidades, que aún están sobre la mesa, permiten el fortalecimiento de facciones extremas que se incorporen al terreno, sin ser Daesh y sin ser Jabhat Fatah Al-Sham. Aquí no hay bola de cristal.

¿En qué cambia esto la situación de la guerra civil siria? ¿Cómo se relacionan las milicias kurdas? ¿Qué sucede con el Daesh?

Un conflicto de la magnitud que tiene la guerra civil siria sobrepasa la localidad e incluso, sin estar de acuerdo con la intervención de potencias extranjeras, implica a dichas potencias. Son los millones de desplazados y refugiados. Es la crisis humanitaria. Es la imposibilidad de seguir indiferente por los costos personales, no por empatía. En Alepo están en riesgo un millón y medio de civiles. ¿Qué hace con ellos occidente?

La ciudad ha quedado absolutamente destruida. Es difícil entender la nada en un lugar del que no quedan ni escombros. Alepo se transformó en el símbolo de la guerra civil que obliga a cambiar la estrategia internacional y doméstica frente al conflicto sirio.

Se repiten las voces que afirman que luego del fallido golpe de Estado en Turquía, el presidente Erdogan apoyó a algunas de las fuerzas rebeldes que rompieron el asedio en Alepo. El régimen de Al-Assad y las milicias kurdas son enemigos comunes. Sólo que de cierta forma, los kurdos ayudaron al régimen en el asedio. Cerraron caminos contra los rebeldes y protegieron a la Cuarta Brigada, de la que depende la dictadura de Assad. Al mismo tiempo, Estados Unidos ha descansado en las fuerzas kurdas y sus triunfos, desatendiendo por instantes la amenaza que éstas le representan al gobierno turco, su aliado desde la OTAN. De forma simultánea, Jabhat Fatah Al-Sham se convirtió en dos semanas en la fuerza más eficaz contra el régimen. Por si fuera poco, éstos cuentan con la remota posibilidad de unificar a muchos de los implicados desde hace más de cinco años. Ya sea con ellos o apartados, pero no en conflicto directo.

¿A quién puede seguir apoyando la comunidad internacional? A ninguno, no de la manera en que ha venido sucediendo. Hacerlo obligaría a tomar compromisos incompatibles en el campo de batalla, salvo dos: el combate al Daesh, que ante esto ve desde su perspectiva la necesidad de incrementar los ataques fuera de su territorio —el atentado en una boda kurda en Turquía puede servir de ejemplo—, y una serie de acuerdos que lleven a una nueva mesa de diálogo para la eventual transición de poderes en Siria. Por primera vez de forma realista, encuentran espacio tanto los implicados internacionales como los rebeldes cercanos a Jabhat Al-Sham, los kurdos y el gobierno de Damasco. No había escuchado en los últimos dos años más rumores que hablan de una negociación como está ocurriendo ahora.

La ciudad que durante años fue la representación de lo mejor de una sociedad que contaba en Damasco con lo peor de su modernidad, hoy muestra todo lo que no funciona en ese país. La ciudad se había hecho de las comunidades musulmanas que convivían con la judía y la griega ortodoxa. También con la armenia. Era la ciudad de las bibliotecas, del arte y de los negocios de altos vuelos. Ahí, a principios del siglo XX, mi bisabuelo hizo llegar a miles de ellos para salvarlos del genocidio perpetrado por los otomanos. Al descubrirlo, el gobierno de Constantinopla le obligó a exiliarse en aquella ciudad. En el camino al exilio, un tío abuelo murió en brazos de su madre y, al llegar, la gente quiso obsequiarle los honores pero el viejo Lutfallah, padre de mi abuelo, pidió darle a su hijo pronta sepultura. Su mujer le había exigido: déjalo ir, tenemos que cuidar a los otros cuatro. Alepo se transformó para nosotros en la ciudad donde se puede empezar de nuevo, no quedaba nada más que destruir.

Mi memoria más profunda de ese lugar la guarda una de las viejas puertas de la citadel amurallada: Bab Antakya, la puerta de Antioquía. Cuando la visité por primera vez, recordé las historias que le significaron el fin y el principio a mi familia. No soy optimista, falta todo para poder serlo pero los eventos de estas semanas me permiten pensar que, a mediano plazo, Alepo le podría dar a la guerra civil siria aquel simbolismo personal. Todavía falta.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.
@_Maruan

 

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