El editor de The New Yorker, David Remnick, recupera —en el prólogo del libro El show de Trump (Debate), actualización del mítico perfil escrito por Mark Singer— el momento en el que se podrían haber gestado las intenciones de Donald Trump de ser presidente de Estados Unidos. Así fue como el millonario megalómano inició su camino hacia la Casa Blanca.

Durante décadas, el problema de Donald Trump para los escritores, desde reporteros de diarios sensacionalistas hasta escribas de más altos vuelos, que publicaban en lo que se solía llamar “the qualities”,1 es que iba más allá de la parodia. Hombre de un ego rampante, con fondos holgados y más necesidad de atención que un recién nacido, Trump, a horcajadas sobre Nueva York, arrojaba a la prensa un sinfín de citas inverosímiles. Sin embargo, en lugar de “La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”,2 debíamos escuchar “Tengo tantos amigos maravillosos que son gay, pero soy tradicionalista”.

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En los años ochenta, noventa y más tarde, Trump solía aparecer en las páginas de la revista satírica Spy3 o en el diario New York Post.4 Y no hacía nada para evitarlo. Era un corredor de bienes raíces que intentaba venderse a toda costa: se le podía ver en los encuentros de la Federación Mundial de Lucha Libre, humillaba a los participantes del concurso “Quiero ser Trump” del reality show The Apprentice,5 o bien, degradaba a media humanidad en The Howard Stern Show.6 Era un caballero capaz de juzgar a su ex esposa en la radio: “Buenas tetas, cero sesos”. Su vulgaridad era irrefrenable y no conocía límites. Le tenía sin cuidado que a la gente le pareciera crudo. Sabía que lo seguirían escuchando. “¿Sabes? En realidad, no importa lo que escriban, siempre que tengas a tu lado una nalga joven y bella”.

Trump no sólo iba más allá del insulto y la parodia, sino que parecía un producto local de Nueva York, como el olor de la plataforma del metro en la estación Times Square a mediados de agosto. En 1960, A. J. Liebling, experto reportero de The New Yorker de mediados del siglo XX, viajó a Louisiana para escribir sobre el gobernador Earl Long, el veleidoso hermano de Huey,7 con la convicción de que su tema no era materia de exportación. “Al igual que el maíz dulce, las personalidades políticas del sur de Estados Unidos se echan a perder cuando viajan —escribió—.Y cuando al fin llegan a Nueva York, se vuelven como ese maíz amarillo que traen de Texas, duro e imposible de vender”. A la inversa, ése era el problema con Trump.

Sospecho que esos mismos factores estuvieron en el origen de la reticencia de mi amigo y colega Mark Singer en 1996, cuando su editora Tina Brown le pidió —mejor dicho, le instruyó— que escribiera sobre Donald Trump. Me consta la auténtica reticencia inicial de Mark. Sé cuando un tema lo apasiona de verdad —el colapso de un banco en su estado natal, Oklahoma; el enigma del mago y erudito Ricky Jay— y me di cuenta de que tardó mucho en calentarse. Sin embargo, me alegro de que haya sentido el látigo de la coerción editorial para seguir adelante, si bien a regañadientes, porque produjo el mejor retrato, el más cómico y perspicaz que se haya hecho de Trump. Del mismo modo que Liebling logró hacer de un tipo medio loco, como Earl Long, un producto literario de exportación, Singer encontró la manera de escribir con frescura y humor sobre Trump. Su perfil8 es un clásico del género.

Nunca imaginamos que resultaría tan valioso tantos años después. Ahora que escribo estas líneas, Donald Trump ya no sólo está interesado en adquirir otra torre en Manhattan y chapearla en oro, ahora pretende ocupar la Casa Blanca. Aspira a dirigir al ejército de Estados Unidos y hacerse cargo de sus armas nucleares.

No estoy del todo seguro, tal vez nunca lo esté, pero creo que estuve presente cuando Trump tomó la fatal decisión de postularse a la presidencia. Durante años, había coqueteado de manera pública y verbal con la idea, pero siempre pensamos que se trataba de un excipiente publicitario, al igual que los Trump Steaks.9 Sin embargo, me parece que parte de su decisión de seguir adelante se debe a la humillación. En la cena para corresponsales de 2011 de la Casa Blanca, ritual de primavera de baja inercia, los periodistas y políticos de la capital apiñaban sus egos en la sala más grande del Hilton para alardear, atiborrarse y elucidar, de nuevo, quién tendría más sentido del humor: el presidente de Estados Unidos o el cómico contratado para la ocasión.

Esa noche, el presidente Obama decidió, con el apoyo de sus redactores de discursos, que había llegado el momento de gastar algunas bromas a expensas de Trump, que había encabezado el esfuerzo para deslegitimarlo al poner en duda su lugar de nacimiento. Días antes, el estado de Hawái había emitido el acta de nacimiento completa de Obama, lo que confirmaba —en caso de que alguien lo dudara— que había nacido en un hospital de Honolulu. Obama bromeó en su discurso y dijo que estaba dispuesto a ir “aún más lejos” y divulgar su “video de nacimiento”. Aquella noche, los comensales del Hilton vieron un fragmento de la película El rey león.

Obama sabía que Trump estaba en la sala, sentado en la mesa del Washington Post. La embestida fue duradera.

“Sé que últimamente ha armado cierto revuelo, y que nadie se siente más orgulloso que Donald de haber despejado, por fin, el enigma del acta de nacimiento —dijo Obama, mientras cientos de ojos se posaban en Trump—. Ahora, al fin, puede volver a temas de mayor trascendencia, por ejemplo, ¿el alunizaje fue un simulacro? ¿Qué ocurrió realmente en Roswell?10 ¿Dónde están Biggie y Tupac?”.11

Trump frunció el ceño, tensó la mandíbula y apretó los labios. Estaba profundamente disgustado. Lo suyo no era sonreír y tomar las cosas con ligereza. Y se notaba. (Yo mismo estaba a dos mesas de distancia.)

Fuera de broma, evidentemente todos conocemos sus capacidades y la amplitud de su experiencia —remachó Obama—. Por ejemplo, no, en serio, si el equipo de cocineros de un restaurante de cortes de carne no causó buena impresión en los jueces de Omaha Steaks,12 en un episodio reciente de Celebrity Apprentice, los responsables, sin duda, pudieron ser muchos. Pero usted, señor Trump, reconoció que el verdadero problema radicaba en la falta de liderazgo. De modo que no culpó a Lil Jon o a Meatloaf: corrió a Gary Busey.13 ¡Ése es el tipo de decisiones que a mí me quitarían el sueño! ¡Bien hecho, caballero!

Seth Meyers, el comediante contratado para el evento, también gastó algunos chistes a costa de Trump. Su broma más memorable fue: “Donald Trump ha estado diciendo que va a postularse a la presidencia por el Partido Republicano. Me sorprende, porque siempre supuse que se postularía por broma”.

De nuevo, no podría asegurar que ésa haya sido la noche decisiva de cuando los celos y el resentimiento se transformaron en planeación decidida. Trump lo ha negado. Por lo demás, nadie puso mucha atención. El momento Trump de la cena se vio eclipsado cuando Obama anunció, horas más tarde, que un equipo de las fuerzas especiales de la Marina Armada de Estados Unidos había matado a Osama bin Laden.

Sin duda, ésta ha sido la campaña electoral más absurda y deprimente que hayamos tenido en décadas. La razón primordial es el populismo de Donald Trump, así como su innegable éxito al obtener muchos más votos de los que cualquiera hubiera esperado. Vale mucho la pena releer el perfil de Mark Singer para saber qué se observaba y pensaba de este hombre cuando había mucho menos en juego, cuando sólo era el bufón, más o menos inocuo, de mi amada ciudad.

 

Nota: El título del  texto es una adaptación editorial de la revista.

Publicamos este fragmento del libro El Show de Trump (traducción de Conrado Tostado y Jeannine Diego Medina) con autorización del sello editorial Debate.


1 Revistas prestigiadas como The New Yorker, Plougshares, The Atlantic, Magazine, y Paris Review, entre otras. (N. delT.)

2 Cita de La Rochefoucauld, recogida en sus Máximas morales, de 1664. (N. del T.)

3 Fundada por el novelista, ensayista y locutor de radio Kurt Andersen y el periodista Graydon Carter, editor de Vanity Fair, la revista mensual Spy localizada en Nueva York, se publicó de 1986 a 1998. Se satirizaba con agudeza e inteligencia principalmente a los medios de comunicación, la industria del espectáculo y al jet set  neoyorkino. Publicó reportajes célebres como “Las cien primeras damas de Clinton”, en 1993. (N. del T.)

4 Aunque con una gran tradición, ya que fue fundado en 1801 por Alexander Hamilton , uno de los “padres fundadores” de Estados Unidos, New Yoyk Post, al que frecuentemente se llamaba “el Post”, se convirtió en un diario sensacionalista y tendencioso de gran tiraje. Los escándalos del Post son constantes. (N. del T.)

5 El aprendiz. El tema del concursoson las habilidades empresariales de los participantes. Se transmite desde 2004 y está directamente asociado con Donald Trump, quien de 2006 a 2015 lo condujo de manera personal, con la colaboración de Ivanka, su hija. Desde 2008 inició la versión Celebrity The Apprentice, donde participan personalidades mediáticas. (N. del T.)

6 Popular y muy polémico espectáculo cómico radiofónico que el locutor Howard Stern transmite desde 1975. También se transmite una versión, condensada, para televisión. En 1994, Howard Stern fue candidato a gobernador de Nueva York por el Partido Libertario. (N. del T.)

7 Huey Pierce Long, Jr. (1895-1935), político populista del Partido Demócrata, gobernador de Louisiana de 1928 a 19387. Fundador del clan político Long; murió asesinado. (N. del T.)

8 Mark Singer, “Trump solo”, The New Yorker. 19 de mayo de 1997, artículo de la sección Profiles de la revista. (N. del T.)

9 Literalmente, “filetes Trump”, nombre con el que en 2007 Donald Trump intentó comercializar, fallidamente, los filetes de res Angus “más grandes del mundo”. (N. del T.)

10 Primera dama de Nueva York, esposa del entonces alcalde Georges Pataki. (N. del T.)

11 Compositora y cantante nacida en el Bronx, de Nueva York, en 1945. Ganó el Óscar a la mejor canción original en 1989, por Let the River Run. (N. del T.)

12 Actor y activista neoyorkino (1952-2004), célebre por su interpretación de Superman en la película dirigida por Richard Donner (1978). A lo largo de la vida padeció numerosas enfermedades, asma, alergias e infecciones. Finalmente, murió de septicemia, provocada por una úlcera infecciosa. (N. del T.)

13 William Styron (1925-2006). (N. del T.)