Rastrear el origen de la locura pide hacerlo sobre el de la razón. ¿Qué es ser loco? Qué pasa cuando todos parecen estarlo y ese que se presume cuerdo se transforma en la anomalía. La locura es un asunto social. El náufrago solitario en la isla proverbial no podrá estar loco, ¿frente a qué lo estaría?, ¿según quién? La existencia de la locura obliga al consenso sobre lo que asumimos es la normalidad, y ¿cómo aseguramos nuestra normalidad sin la locura? La necesitamos para establecer su opuesto. Su historia depende de la nuestra, de nuestra propia evolución.

locura

Ilustración: Víctor Solís

El siglo XX nos dio años de demencia colectiva. Tal vez la más inaudita. Miles de normales cedieron ante los límites de la barbarie y antes y durante la Segunda Guerra hicieron normalidad de la violencia, del odio y la exclusión. Apenas la filosofía logró acercarse a tratar de entender ese abismo de sentidos perturbados. Hoy, los últimos años parecen estar dando una incipiente muestra de locura masiva. Puede terminar siendo simplista la idea de que el aumento de atentados terroristas, actos de violencia, discursos de odio y sus consecuencias, son mero síntoma de la expansión de una interpretación idiota y criminal de la religión que sea, o del nativismo creciente en distintas sociedades, sobre todo occidentales. Estas interpretaciones y el nativismo se asemejan más a los medios con los que se expresa un problema complicado: la vuelta a una edad de la sinrazón.

Hay un rasgo de anormalidad que estamos haciendo normal. Redecoramos a marcha apresurada las habitaciones de la xenofobia, el racismo, el crimen y la violencia. Si nos asumimos como los normales —a reserva del asomo soberbio, creo que vale la pena atesorar dicha presunción—, esos actos y momentos dan la impresión de tratarse de rasgos de locura, pero es una locura que termina por decirnos algo de nosotros mismos. De nuestra equivocada e involutiva acepción de la normalidad.

La locura es el fruto de las convenciones de un lugar y de una época. Ha llegado a ser su referente. Lo que puede ser normal para nosotros no lo es ni ha sido para todos en todos los lugares. La constante es el grupo, el único capaz de enmarcar qué comportamientos considerará normales a partir de lo que cree, le permite continuidad. Aunque esté equivocado. Así, su perseverancia necesita de la condena a lo que percibe como anomalía.

En el siglo VI antes de la era común, los griegos habían encontrado una válvula de escape para aquello que no les funcionaba. Un ritual en pos de su perpetuidad señalaba al pharmakon, el chivo expiatorio sobre el que cargaban las culpas de lo que no se consideraba de provecho para la comunidad. Al pharmakon se le expulsaba y se le imponía la carga de los comportamientos que irrumpían el consenso sobre lo normal. Su señalamiento era tomado a manera de remedio del pueblo. Se sacrificaba a alguien para salvarlo. La figura del loco clásico nació con la calificación al otro que es diferente o es ese al que se le otorga la estigma de lo inapropiado. Él era el veneno de la sociedad. Ya la medicina y los tiempos modernos derivaron en lo que encontramos en los escaparates de una farmacia. Esa modernidad también mantuvo ciertos rasgos de estabilidad. ¿Qué sociedad contemporánea admite a sus locos? Quizá, la que no esté tan cuerda.

La locura es la etiqueta, la carencia, la exacerbación y la madre de las ausencias. Es el temor, el rechazo y la fascinación. Todo junto. La locura es ese espacio donde los límites son difusos. Se parece a esa casa abandonada que todos conocemos o imaginamos, que da miedo por contener o ser capaz de mostrar lo peor de nosotros, aquello que escondemos o nos negamos a reconocer.

Lo que metemos al catálogo de la locura nos dice algo que no queremos escuchar. La locura del individuo refleja lo que se esconde en la sociedad y el loco, llega a recordarnos que no todo funciona en eso que podemos llamar, con la esperanza de guardar algo de sanidad, la racionalidad. ¿Qué tan dominante es esa racionalidad cuando la popularidad del odio se lleva las fanfarrias de la fiesta, de las convenciones partidistas y de los medios?

En los terrenos normales todos hemos experimentado algunas de las sensaciones que coquetean en sus niveles más altos con la locura. Quién no ha sentido euforia, desesperanza, miedo, soledad, embriaguez o confusión. Al momento de hacer permanentes estas condiciones, vemos con ellas los arrebatos que franquean y traspasan las líneas de la razón y la sinrazón, de lo permitido y lo prohibido, de lo tolerable y lo inadmisible.

Las sociedades primitivas habían encontrado las causas de estas manifestaciones en la posesión de espíritus malignos. Los primeros locos se encontraron a merced de la lucha entre dioses buenos y malos. Aquí, la diferencia de latitudes recuerda la relación de cada cultura con los modelos de locura. Sólo me encuentro en posición de escribir sobre dos partes del mundo. Para algunas sociedades medio orientales, el loco entró a los terrenos de providencias divinas mientras que el triunfo del cristianismo propinó el rechazo a los que consideraban anormales, acentuando las batallas sagradas de occidente que estigmatizaron a cuanto se le pudo enunciar pecado.

Fue hasta el renacimiento que se sustituyó la idea religiosa de la locura por una concepción científica con la que se llevó a los que llamaban locos a casas destinadas a ocultar o atender —en lo ambiguo de la norma— tanto a enfermos venéreos como a delincuentes, ancianos, rebeldes, atrasados y pacientes mentales. Abanico de sujetos molestos para los normales. Todos aquellos que podían ser considerados peligrosos para la normalidad de la sociedad y compartían el nivel de los criminales en las distintas categorías asociales.

Para escribir estas líneas rescato de mi biblioteca dos libros fantásticos: Encomio de la estulticia, de Erasmo de Rotterdam, e Historia de la locura de la época clásica, de Foucault. Al último le debo el título de este texto y con él me sale la educación afrancesada y el pesimismo que la acompaña. No veo que hayamos cambiado demasiado. Para occidente, en la edad de las doctrinas, se crearon brujas para personalizar el mal de los que se consideraban buenos. En la edad de la razón, vemos locos que exacerban la demencia de quienes les aplauden, al señalar a los que consideran las razones de sus enfermedades, pero ¿no será que hay sociedades enfermas?

Para el siglo XVIII, la normatividad se estableció a partir de los esquemas de producción. El ocioso era insano, como aquel que no se atenía al nuevo pergamino, el del desarrollo que procuraba riqueza, alentaba la esperanza productora y el estado de bienestar y la aspiración. Le cambiamos el adjetivo pero rescatamos las estructuras religiosas en la civilidad contemporánea: ¡Se crío sin padre! Loco. ¡Es mujer! Histérica ella. Loca —ay, las teorías uterinas—. ¡Al niño le gusta estar solo! Loco. ¡Lee como obseso! Loco. ¡Se rebela! Loco. ¡Nos quita los trabajos! Veneno. O negro, o hispano, no creyente, apóstata, o ilegal. En el XIX y XX, la segregación al individuo desde su clasificación se alimentó de la tendencia a encontrar la enfermedad donde no la había. Triunfó la etiqueta y el relativismo. Si el concepto de normalidad es una aprobación del grupo, la locura se hará en los que se afirman cuerdos o normales y se clasificará de anormal al otro, por ser otro. La enfermedad se opone a la norma social hasta convertirse en norma.

En el resurgimiento de las extremas derechas en el mundo y la vocación asesina de los fundamentalísimos del siglo XXI, la histeria colectiva se normaliza en la búsqueda de culpables a los que se les tilda de causantes de los males que acechan a distintas sociedades. El malo cree hacer el bien al retomar el modelo de equilibrio social desde el señalamiento. Todos podemos convertirnos en el veneno de alguien. Ese que encarna los miedos y enfrenta seguridades. La locura como concepto social e histórico —no médico, evidentemente, que de eso sé nada y ni siquiera soy capaz de tomar a tiempo una pastilla para el dolor de cabeza— siempre ha existido en el sistema de relaciones. Aquel pharmakon simbolizaba a una sociedad que se exorcizaba de sí misma, por la imposibilidad de aceptar y curar sus propias enfermedades. Un tercero cargará con los demonios. Los padecimientos sociales están ahí, y hoy, por momentos, regresamos a esas edades que ya vimos pasar con el oscurantismo, o el fascismo.

Occidente conoce bien los peligros de intercambiar los papeles entre el loco y el sano. La historia muestra cómo la masificación de chivos expiatorios termina en el debacle de la sociedad que buscaba liberarse de un demonio inexistente a su derredor y presente en su interior. Los periodos de vesania no se evitan más que con el rechazo al estigma, sólo que la locura, de forma simultánea, también es sujeto de fascinación.

A ese que tacha de veneno al otro no le costará encontrar los argumentos para sustentar su afirmación. Entre sus paredes, el líder del manicomio gozará del fuero necesario para atizar lo que se le antoje. Cada sociedad obviará sus límites a conveniencia. Si es un artista, por ser artista se le permitirá pasearse en Metro con una pareja de osos hormigueros de mascota. Su excentricidad estará justificada en su excepción. Para los religiosos más gregarios, si un clérigo hace barbaridad y media, las disculpas provendrán de la condición gremial de los santos. El grupo fundamentalista validará la matanza que perpetre, al encontrar en ella un medio para eliminar a los locos que no son como ellos. Para el político fascista, lo anormal de su discurso encontrará permiso en el aplauso de sus seguidores, y la normalidad se habrá ido de paseo. Será entonces, la vuelta a la edad de la locura.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.
@_Maruan

 

4 comentarios en “Historia de la locura

  1. La locura y la cordura son convenciones sociales. No obstante, hay épocas en las que los temores y miedos colectivos, que rechazan la tolerancia, la aceptación del otro, del diferente, domina a sociedades enteras, y entonces surgen los grandes conflictos sociales e impera la “locura”. La pregunta es: ¿qué ocasiona estos desvaríos, esos delirios colectivos?

  2. en términos estrictos la locura es una enfermedad debidamente investigada que corresponde a desordenes orgánicos y emocionales creados y de diferente tipo. No es una monstruosidad diabólica o sin origen. Es una creación humana, que los mismos humanos creamos para imponernos sobre los otros o llevar a la destrucción propia o a la de los demás.

  3. La Historia de la Locura de Foucault, es mas ilustrativa que este texto. Las disputas de poder, religión, sexo y muchos otros fanatismos hacen que lo diferente parezca locura y no lo es. Un ejemplo mínimo la Santa Inquisición!!!

  4. La justificación de la excentricidad es directamente proporcional al poder económico, político o social. Incluyo a aquellos que son famosos solo por ser famosos.