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Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”.  Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Salí a caminar con Dennis Silk. Estaba de un ánimo idóneo para visitar los monumentos de Jerusalén. Entramos en la Ciudad Vieja por la Puerta de Damasco y recorrimos las callejuelas abovedadas. La suciedad de los bazares me resulta deliciosa. Me maravilla ver a los asnos salir marcha atrás de un dormitorio o de uno de esos compendios de dormitorio-taller-cocina, o de las panaderías, o de los establecimientos de los cesteros. En las callejuelas, los sastres trabajan al pedal de sus viejas singer, las máquinas de coser. Me gustan bastante los souvenirs que se fabrican para los turistas y que cuelgan de cordeles tendidos sobre los dinteles: collares, recuerdos, lámparas de arcilla, cinturones, pellejos de cordero y fundas para los cojines sobre los que uno se arrodilla, tendidas sobre una manta en el suelo: para cualquier carroñero, el cielo mismo. Y los árabes con sus kefias bien atadas a la cabeza, con hebras de esparto entretejido, que fuman sus narguiles en los rincones. […] Llegamos a una especie de establecimiento dedicado al body-building cerca de la Vía Dolorosa. Si lo llamo “establecimiento de body-building” es porque difícilmente podría describirse como si de un gimnasio se tratara, a pesar de lo cual se dedican al fortalecimiento del cuerpo. Las paredes no son exactamente paredes, sino una especie de oquedades y abultamientos dentro de una estructura de mayores proporciones. El espacio lo ocupa una inmensa colección de objetos inclasificables. […] Unos cuantos muchachitos árabes manipulan febrilmente los pomos de un futbolín. […] Al lado hay una sala para los atletas. Las paredes están empapeladas con fotografías de fortachones con leotardos y pieles de leopardo por toda vestimenta. Unos aparecen solos, exhibiendo los hombros, los muslos, los brazos. A todos los rodean sus familias, embelesadas de admiración. No me queda del todo claro si con bíceps tan poderosos de veras sería posible abrazar a los seres queridos. […]

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Ilustración: Pablo García

Desde este atestado gimnasio vamos a visitar un asentamiento adjunto a la techumbre de la Iglesia del Santo Sepulcro. Tras ascender por una escalera de piedras rotas, se llega a un muro almenado a partir del cual se vuelve a descender por unos cuantos peldaños hasta un solar hundido bajo la cúpula, en donde se ven personas de considerable estatura y de pie a pesar de lo bajo de los techos. Con la humedad de diciembre, se nos acerca un hombre negro y vestido con negras prendas. Es uno de los miembros de la reducidísima secta de etíopes que reside en estas cuevas que tiene derechos ancestrales sobre el Santo Sepulcro, que se halla más abajo aún. Ha anochecido, aumenta la humedad. Caminando al azar, hallamos una estrecha escalera por la cual bajamos. Dennis explica que hace unos ciento diez años, los rivales coptos de esta secta se las ingeniaron para cambiar las cerraduras de las puertas que daban acceso directo al patio de la iglesia, de modo que durante más de un siglo estos hombres de raza negra han tenido que dar un largo rodeo. Hasta la Guerra de los Seis Días, los etíopes no lograron que se cambiaran de nuevo las cerraduras; a partir de entonces volvieron a hacer uso de las puertas que les pertenecían. Disponen de dos pequeñas capillas con imágenes sagradas —bastante primitivas y unas franjas de pintura carmesí, verde y amarilla en los muros, así como algunos de los retratos de los patriarcas, con sus luengas barbas blancas y sus miradas penetrantes. Entre las sombras se materializan unos cuantos sacerdotes con sus tejas redondeadas. Hace siglos se hicieron fuertes en este espacio y se aferran contra viento y marea a la piedra de este venerado lugar.

Fuente: Saul Bellow, Jerusalén ida y vuelta (traducción de Miguel Martínez Lage), Random House Mondadori, Debolsillo, 2009.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.