En El azar y el destino. Viajes por Latinoamérica (Siruela) Cees Nooteboom constituye un relato de múltiples travesías, un testimonio de las primeras experiencias en diversos países de nuestro continente. En estas páginas publicamos la crónica que dedicó a la Ciudad de México, acompañada de una entrevista con Alejandro García Abreu en la que el escritor neerlandés reflexiona sobre el devenir histórico y la relación entre la imagen y la palabra

Llevo ya un par de días en Ciudad de México y he alcanzado el elevado estado de flotación. Uno flota cuando carece de obligaciones, cuando empieza a enterarse un poco de las leyes secretas que rigen el transporte urbano, cuando sale del hotel por la mañana sin estar muy seguro de lo que va a hacer. Son esos días en que puedo fingir un poco que formo parte de este mundo. Esta mañana no cuelga del cielo ningún telón envenenado. La gente se encamina hacia un gran objetivo, el cabello húmedo, la camisa aún blanca y planchada.

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Ilustraciones: Izak Peón

Hago cola frente a una combi, uno de esos minibuses Volkswagen pintados de verde con un par de asientos. La primera vez que me subí a uno dije “Zócalo”, porque ése era el destino final, y pagué quinientos pesos. El conductor me tendió su mano ciega para entregarme el cambio y así supe el precio del trayecto, unos veinte centavos. El autobús resulta más económico, menos de cinco céntimos, pero es más lento y suele estar lleno. En las combis vas muy apretujado pero las prefiero a los taxis, porque al menos no hay que negociar el precio, que es un fastidio.

Me gustan las calles que rodean el Zócalo. Esa zona de la ciudad aún tiene una medida humana, con sus cafés, restaurantes y librerías de viejo. Doy unas vueltas por el barrio, compro un par de libros de texto de los años veinte, paseo por las calles llamadas Brasil y Cuba y leo el periódico en una plaza junto a la iglesia de Santo Domingo. A mi lado un hombre canta en voz baja, repitiendo constantemente las mismas palabras. Mientras canta no aparta la vista del quiosco y de pronto entiendo lo que dice: “Sistema de funcionamiento vial del área central de la ciudad”. Ésa es la frase que está escrita en el quiosco, una prosa burocrática intraducible. Cada vez que repite la frase ensaya un nuevo tono moviendo un poco la cabeza. Me gustaría cantar con él, pero me toca trabajar. Hay mucho que ver. Una mujer indígena envuelta en un espléndido rebozo se ha sentado a mi lado, pero se pone en pie cuando oye cantar al viejo. No hay razón para ello, quisiera decirle, el hombre no le hará nada, pero ella, sentada en el banco contiguo, nos mira a los dos como si la cosa fuera a acabar mal. Nada va mal. Hay limpiabotas en cada esquina de la plaza. Me encantaría saber dibujar. El chiringuito de los limpiabotas consiste en una silla roja entoldada colocada sobre una plataforma con ruedas. La silla también tiene ruedas, quizá para poder entrarla en casa por la noche. En el centro de la plaza una mujer de piedra se alza sobre un pedestal en medio de una fuente. Los chorros de agua le llegan desde abajo. La plaza está pavimentada con grandes piedras negras. Sepultada bajo el Zócalo se extiende la gran ciudad antigua. Siento cómo el pasado rechina y perfora la parte inferior del pavimento. Todo está un poco inclinado, no sé si será por el paso del tiempo o por el gran terremoto. A mi izquierda, sentados en una galería bajo unas casas de color rojo oscuro, se encuentran los escritores, los auténticos escritores. Cada escritor tiene un cliente al lado de su minúsculo escritorio, que más bien parece un confesionario. El cliente ha prescindido temporalmente del resto del mundo, tan concentrado está en contarle al escritor lo que quiere que le escriba. Ya me gustaría a mí tener a alguien así a mi lado. Mientras paso lentamente por delante de ellos, escucho fragmentos de frases, suficientes para azuzar la imaginación pero insuficientes para captar la realidad. ¿De qué tratan esos escritos? Asuntos jurídicos, cartas de amor, noticias de hijos perdidos, mensajes destinados a inimaginables pueblos de una remota provincia. Tanto el cliente como el escritor muestran una expresión de seriedad absoluta. Esto es arte de magia. El escritor escucha primero con extrema atención, luego se inclina hacia la cabeza curtida que tiene enfrente para consultar; se pone a teclear; se queda mirando el cielo nublado como un escritor auténtico; vuelve a formular una pregunta; la cabeza de enfrente asiente o niega o argumenta, y el escritor continúa escribiendo. Un barrendero enfundado en un mono naranja barre las trizas de papel arrojadas al suelo. Un poco más allá trabajan los maquetistas y los impresores. Oigo el suave tictac de pequeñas impresoras. Imagino cómo podría yo fabricar un libro en esa plaza: mirar, escribir, maquetar, imprimir. Pero hoy no toca escribir, hoy toca mirar.

Me acerco a la iglesia donde está trabajando un cincelador. Al entrar me llega el sonido del hierro sobre piedra. Siempre hay unas cuantas personas rezando en silencio en las iglesias. Es similar a España pero diferente. En España también he visto una apasionada devoción en la gente, pero aquí la expresan con mayor intensidad. Sus miradas se pierden en las imágenes, en las terribles escenas. En la parte frontal de la iglesia yace un Cristo como si acabara de ser derribado a golpes. Sus pies, cruelmente mutilados, parecen pezuñas ensangrentadas. Entra un joven con una cartera en la mano. Se hinca de rodillas ahí donde su mirada alcanza el rostro mutilado. Yo, por mi parte, me he colocado en el lugar adecuado para observar, cual voyeur, este extraño vis-à-vis, aunque soy consciente de que lo que hago no es muy correcto. Racionalmente puedo entender el tipo de transacción psíquica que tiene lugar en la iglesia, pero sería un descaro quedarse observando demasiado rato a una persona que le habla a una imagen.

En México es difícil eludir la sangre. La idea de la mutilación, la automutilación y la muerte está siempre presente tanto en sus formas trágicas como cómicas. Calaveras hechas de azúcar, las viñetas de Posada, esqueletos danzantes, las reproducciones en los códices de los aztecas que se lesionan con las puntas letales del maguey y del aloe hasta hacerse sangre… Es como si existiera una conjuración de sangre bajo esta sociedad y hubiera que conjurar la muerte (la muerte es un nombre femenino en español) para mostrar de continuo sus caras más frívolas. Por todas partes pueden comprarse esqueletos vestidos con prendas de personas muertas a las que se representa en sus ocupaciones cotidianas, calaveras que se besan felices las unas a las otras, un muerto con su copita de mezcal, carniceros, verduleras, guitarristas, todos muertos, como si la vida después de la muerte continuara como si tal cosa y los muertos, impertérritos, llevaran una vida propia con sus calaveras dibujadas de yeso riéndose obscenamente. En realidad todo resulta bastante simpático.

El joven se ha puesto en pie. Ha finalizado su diálogo unilateral con el hombre sangrante y abandona la gris iglesia neoclásica iluminado por una franja de luz. A lo lejos oigo caer dinero en la caja metálica para las limosnas, metal sobre metal, un sonido muy sinfónico acompañado del estruendo de los autobuses procedente de la calle de la República de Cuba. Otro individuo se arrodilla. Son hombres los que acuden a visitar a este hombre mutilado.

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Al salir “veo” ese otro sonido que debo de haber oído durante todo este rato. Es un hombre que golpea la tierra con una pica. Lo miro como se mira algo que en realidad no se ve. No es hasta que he cruzado la plaza en dirección al Zócalo cuando recuerdo el olor de la tierra abierta, seca y vieja. Acabo de contemplar la tierra de la ciudad antigua, la ciudad que vio Cortés en medio de la laguna. Agua quemada, como la llaman aquí, el agua evaporada y secada de la gran laguna, Atl Tlachinolli, donde los templos estaban anclados para siempre como naves. Pero no hay tiempo para el siempre. Los españoles demolieron los santuarios y con éstos construyeron su maciza catedral negra que se yergue, inclinada, en la plaza de piedra justo frente al Palacio Nacional. Detrás de la Catedral, debajo de mí, se encuentran los restos del gran templo. El grosor de la tierra crece cada vez más, vivimos sobre el polvo de nuestros antepasados. Veo las escaleras, los restos de grandes serpientes de piedra, pero no quiero bajar en ese momento. Permanezco en el mundo superior, el mundo de los vivos: agentes con metralletas y fieros perros, soldados con cascos apostados frente al palacio, vendedores de nueces, un grupo de indígenas bailando, mendigos, mujeres viejas. Debajo de mí se remueve el pasado de un mundo desaparecido y de un culto extinto que exigía sacrificios humanos. Los dos metros que me separan de la ciudad antigua equivalen a seiscientos años, pero hoy no quiero descender a ese mundo.

 

También en la Catedral se lleva a cabo un sacrifico humano. Entro por la puerta justo en el momento en que se alza el cáliz con la sangre de Cristo. Pocas veces dos civilizaciones se habrán acoplado con tal precisión. Sangre que ha de servir para invocar al sol a diario, sangre de un Dios que se sacrificó a sí mismo con el fin de redimir a la humanidad. Para el alma nórdica esa sustancia roja resulta desagradable y un poco obsoleta, como si ya no tuviera cabida en la era digital, como si se pudiera prescindir de ese misterioso jugo animal que en televisión parece irreal y que suele representarse como una mancha oscura y húmeda donde yace encogida una persona. Se me ocurre pensar que el cuerpo debería ser un organismo cerrado. Lo que no sé es que ese día me confrontaré con la sangre dos veces más.

Al final sí que me adentro bajo tierra, aunque esta tierra pertenece al presente. No queda rastro del agua quemada azteca. Donde en otros tiempos las embarcaciones de caña arribaban con el botín de las tierras conquistadas ahora circula el metro. El trayecto es largo. Me dirijo a Coyoacán, a la casa de Trotski. Curiosamente, siempre aparecen concordancias entre las cosas: el pico que acabo de ver en la iglesia de Santo Domingo y el que usó el asesino enviado por Stalin para partirle la crisma a Trotski. Otro sacrificio, más sangre. Pero aún no he llegado a este punto.

Estoy sentado en un banco al sol en la plaza de Hidalgo, en Coyoacán. Suena la música de un organillo. Una cinta de melancolía atraviesa la mañana soleada, una melodía que evoca una sensación de despedida. Dios sabe por qué me viene a la mente la batalla de Verdún. Es absurdo, pues en las inmediaciones de la estatua de Hidalgo hay otras batallas para rememorar. Fue precisamente por intervención de ese hombre, que gesticula con vehemencia en la plaza, que se abrió la herida secularmente infectada de la historia colonial mexicana: fue él quien lanzó el Grito con que incitó a sus feligreses a levantarse en armas contra los españoles. Y fue entonces cuando la herida empezó a supurar.

En la época a la que me refiero México llevaba ya siglos gobernado por una sucesión de virreyes. El odio entre los criollos (gente con mezcla de sangre indígena y española) y los gachupines (los inmigrantes españoles y sus descendientes) es profundo. Los criollos quieren independizarse de España. En Europa ha estallado la Revolución francesa. Godoy, primer ministro bajo los Borbones, deseoso de vengar el magnicidio de Luis XVI, había sido derrotado por los republicanos una y otra vez y, tras la humillante paz de 1795, fue usado por Napoleón para la anexión de España. A continuación, cuando no se opuso al arresto del rey español, fue expulsado del país por los españoles indignados. En ese momento hay un virrey en México, pero España está sin rey. Ha llegado el momento del levantamiento popular. El gobierno colonial, la Audiencia, pretende seguir gobernando en nombre del rey arrestado, pero los criollos, siguiendo el ejemplo de las ciudades libres españolas, constituyen una junta provisional (con la intención de que sea definitiva, claro está) que asuma el gobierno hasta el regreso del rey. El virrey en ejercicio, José de Iturrigaray, creía que España no tenía ninguna posibilidad de vencer a Napoleón y apoyó, primero en secreto y luego abiertamente, el bando de los criollos, por lo que fue arrestado por los gachupines. Lo que sigue es el caos. De no ser un episodio histórico que hiede a sangre, se parecería a un vodevil de Feydeau de esos en los que las personas equivocadas irrumpen continuamente por las puertas equivocadas y se acrecienta el enredo. Por la puerta, que no será ni mucho menos la última, asomará finalmente el cura del pueblo, Miguel Hidalgo y Costilla, pastor de la pequeña localidad de Dolores. Cada año el presidente del gobierno de México lanza el Grito, hoy ya huero, desde el balcón del Palacio Nacional. Es el eco que aún resuena de aquel primer grito de Hidalgo, la señal de partida del gran levantamiento.

Tras la detención de Iturrigaray los criollos desencantados buscaron amparo en las sociedades “literarias” secretas, con nombres como los Caballeros Racionales para subrayar su origen jacobino y el esplendor de la Ilustración. Todo aquello llevaría a episodios muy oscuros en la historia de México. Resulta difícil relacionar al santo representado en los libros de texto de los escolares y en las pinturas murales de Rivera y de otros artistas con este cura de pueblo que creía liderar un levantamiento, pero que de hecho fue arrastrado por él hasta el sangriento final. Se trataba de un plan sencillo. Hidalgo era miembro de la sociedad literaria de Querétaro que fraguaba una conspiración.

El 8 de diciembre de 1810 una unidad del ejército bajo el mando de Allende se pronunciaría (por eso el alzamiento se llama “pronunciamiento”) a favor de la independencia de México con respecto a la España de Fernando VII. Dado que en las sociedades literarias es imposible guardar secretos, las autoridades descubrieron la conspiración.

El 13 de septiembre fueron arrestados algunos de los conspiradores. Allende recorrió los setenta y cinco kilómetros de distancia de Querétaro a Dolores para preguntarle a Hidalgo lo que había que hacer. Así es como empiezan las revoluciones, así acaban los párrocos de pueblo colocados sobre un pedestal, así es como los héroes acaban figurando en los nombres de las calles, así mueren miles de personas. Hidalgo convocó a una tropa de indígenas que trabajaba para él y lanzó el primer Grito. “¡Viva nuestra madre santísima de Guadalupe! ¡Viva la independencia!”. Una semana después era el líder de cincuenta mil insurgentes. El cura convertido en generalísimo se autoproclamó capitán general de América, se hizo llamar Alteza Serenísima y cruzó el país arrasándolo todo a su paso hasta que, a diez días del inicio del levantamiento, se encontró ante Guanajuato. Lo que siguió fue un terrible baño de sangre con sus correspondientes robos, violaciones y asesinatos.

A partir de ese momento se sublevaron por todo el país los seguidores de Hidalgo, sin organización, mal entrenados, desconfiando los unos de los otros. La guerra de la independencia se había transformado en una lucha de clases y los criollos, hasta entonces envidiosos de los españoles nativos, comprendieron que el giro que habían tomado los acontecimientos no les convenía. En colaboración con sus enemigos organizaron dos ejércitos para detener la insurgencia popular que amenazaba a la propia Ciudad de México. Hidalgo, quien en una etapa anterior había prescindido de Allende, pagaba ahora su falta de experiencia militar. Se dejó retener por una pequeña tropa de no más de siete mil hombres que podría haber vencido con facilidad. Éste fue el principio del fin. Sus indígenas empezaron a huir, el delirio colectivo y la euforia pertenecían al pasado. Con una tropa fuertemente mermada y desmotivada, Hidalgo y Allende se reagruparon cerca de Guadalajara donde, aún con ochenta mil hombres, esperaron el ataque de Calleja, uno de los militares más brillantes de su época que se enfrentó a ellos con seis mil soldados disciplinados. La tropas indígenas de Hidalgo se apostaron cual piezas de ajedrez inmóviles sobre las cimas de los cerros, por lo que las rápidas unidades de Calleja no podían enfrentarse a ellas. (Exactamente lo mismo sucedió en 1991 durante la Operation Desert Store.) Los insurgentes fueron dispersados a golpes y, por emplear una metáfora culinaria, acabaron hechos picadillo. El gobierno de Hidalgo emprendió la huida. Las hilachas de sus tropas desentrenadas fueron apresadas en febrero de 1811 y obligadas a realizar, junto con todo el Estado Mayor, un viaje atroz de trescientos kilómetros hasta Chihuahua. A los curas los entregaron al tribunal eclesiástico, los demás fueron ejecutados de inmediato. Los ríos de sangre, que Hidalgo había mencionado en una de sus arengas, empezaron a correr de verdad. Él mismo, tras ser condenado por hereje y “otros delitos”, fue fusilado después de firmar un patético escrito de retractación en el que manifestaba su arrepentimiento y reconocía su culpa.

Después le tocó al siguiente santo, José María Morelos, ascender el Monte Calvario de la historia mexicana. También él fue cura pero además un auténtico hombre de Estado y un líder militar muy capacitado. Sus ideas eran buenas y, como tales, una prefiguración de la Revolución mexicana de ese siglo. Pero también él fue abandonado por la clase pudiente criolla. Acabó siendo capturado por los realistas, expulsado del sacerdocio por el Santo Oficio (la Inquisición aún existía en México), condenado por blasfemia y herejía, entregado al poder terrenal y, finalmente, ejecutado. La historia. “Una mezcla de errores y violencia” (Goethe), producto del “melancólico azar en el transcurso insignificante de los asuntos humanos” (Kant).

 

Miro de nuevo la estatua de Hidalgo, su figura achaparrada, su puño derecho alzado contra el fondo del cielo azul, su llamada a la violencia. ¿Se equivocó al arengar a la población? Semejante pregunta pertenece a la sección de absurdos. Y sin embargo, ¿existe una relación entre su historia y estos niños en chaquetitas rosas que revolotean tan independientemente por esta plaza? El organillo sigue tocando; una paloma se ha posado encima del águila que corona el quiosco de música; una luz de bronce procedente de la iglesia colonial ilumina la apacible placita; las alheñas han sido recortadas; resplandecen los bancos de hierro fundido pintados de blanco; una pareja de recién casados sale del Palacio Municipal de color ocre. La miseria y la discordia que imperan en el resto del país aquí no se advierten por ningún lado. Los caídos en las batallas, los asesinatos y las ejecuciones de otras épocas permanecen vivos en las pinturas murales de Siqueiros y Rivera. “El sentido de la historia sólo puede ser descubierto retrospectivamente, cuando la gente ha dejado de actuar y empieza a contar el relato de lo que ha sucedido…”, dice Hannah Arendt (en La vida del espíritu, parte II). Pero ¿es eso cierto? Hidalgo es para unos un héroe y para otros un fracasado que sólo trajo desgracias. La frase de Arendt la he citado a medias, sigue el resto: “… entonces parece como si los hombres que persiguen sin rumbo objetivos contradictorios fuesen guiados por el ‘designio de la naturaleza’, por el ‘hilo conductor de la razón’”. Cito a Arendt que a su vez está citando a Kant. Todo esto es demasiado para un hombre sentado al sol en un banco de hierro en una plaza de Coyoacán que además está escuchando la música de un organillo. Pero, claro, como la historia no acaba nunca, las preguntas son inevitables. Y las respuestas nunca del todo satisfactorias.

Junio de 1988

 

Cees Nooteboom
Escritor. Ha publicado: Rituales, Una canción del ser y la apariencia, Philip y los otros, Hotel nómada y Los zorros vienen de noche, entre otros libros.

Traducción del neerlandés de Isabel-Clara Lorda Vidal.