Es probable que la prisa se haya convertido en la disculpa más frívola de lo que podemos entender como modernidad. Son nuestros tiempos, no los anteriores, los que se escudan en la velocidad de lo que otro día fue una exigencia que obligó a entender qué hacer para descubrir mundos. Ir a la luna, inventar lo inventable o, solucionar los problemas que, aunque nos duela en la vocación del autoflagelo, no fueron menos que los que vivimos los presentes.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

La prisa del nuevo milenio ha permitido la inconsciencia sobre la responsabilidad que implican veintiún siglos. Quizá en el XI, antes de iniciar las cruzadas, tampoco existió la noción de lo que representaba ese lugar en el calendario, pero la historia no nos regaló en la prisa la disculpa de la Edad Media. Hoy, sus efectos pueden estar remplazando a las supersticiones del primer año común.

Algo ha ocurrido en el mundo, no solo es en México. Quizá nuestra relación con la prisa sea un resultado más del fracaso de nuestros logros. Hablar de la contemporaneidad sin hacerlo de la tecnología es ocioso. No son pocos los textos que han descrito los efectos negativos a partir de nuestra cercanía con dichos avances. Se encuentran aproximaciones desde Nicholas Carr a Umberto Eco. Ya el italiano mencionó, antes de morir, a las legiones que hacen naciones en el universo de las redes pero la peligrosa vacuidad a la que se refería también se ve fuera de lo digital: en gobiernos, en administradores sociales, en autoridades religiosas y la población en general. Da la impresión de que en nuestro evidente desarrollo hemos perdido las nociones de la prudencia.

Me cuesta señalar responsabilidades, no sé si las múltiples formas de expresar casi cualquier cosa o si esas cosas, al hallar las posibilidades de expresarse sin responsabilidad que hiciera de contrapeso, alimentaron una faceta de la vanidad que dio nacimiento a un nuevo barrio, creciendo cual pueblo y tomando las dimensiones de una ciudad pujante. Es el barrio A bote pronto, donde es urgente decir algo antes que otro haga lo propio, y en el que se construye el palacio de la imprudencia y adornan los balcones de la imbecilidad. Basta una tragedia para encontrarse con las deducciones más espontáneas, dictámenes inmediatos que emiten los concluyentes, entusiastas pobladores de esa nueva capital de la opinión, capaces de terminar una frase antes de empezarla e incapaces de entender que si se dispara una arma, saldrá de su cañón una bala.

Haciendo gala de imprudencia y honor al apelativo local, una matanza es juzgada como atentado terrorista, perpetrado por un musulmán, un arribista o un conspirador. Un “lo que sea” antes que esperar unos minutos con los que se pueda confirmar lo ocurrido a manos de un criminal. En A bote pronto, un avión que ha caído al mar se desplomó por un ataque de los fundamentalistas de la irracionalidad. Tal vez un disparo de misil de una nación enemiga, o de un grupo desquiciado. “¡Un pasajero con chaleco bomba!”, se murmuró en las calles del barrio A bote pronto, donde lo último que se piensa es que la aerolínea propietaria de aquella nave —tras sufrir los embates económicos de años de una guerra civil en el país de origen—, cuenta con poco presupuesto para mantener sus aviones y no es difícil que se vengan abajo a causa de un estornudo. En A bote pronto, población con millones de habitantes, los concluyentes adivinaron sus juicios sin el menor conocimiento o duda, esa que permite el saber y es sustento para una virtud que es poco amiga de la popularidad. ¿Quién quiere ser el último en dar la primicia de unas conclusiones que suenan certeras aunque no lo sean? ¿Quién quiere ejercer el valor de la prudencia?

Hubo un tiempo en que la prudencia, junto a la valentía, la templanza y la justicia, formaron las grandes virtudes cardinales. Sin la primera, las tres últimas fácilmente se transformaban en locura y arrebato. La prudencia sin las otras simplemente no valía ni servía de nada. Pero a la prudencia la hemos olvidado, hecho de lado en el momento en que la palabra dejó de ser sujeto de responsabilidad. Digamos y hagamos lo que se nos antoje. Si no es lo que afirmamos, podremos ofrecer una disculpa o, confiar en que no pasa nada. Pero la desgracia del barrio es producto de su desarrollo. Si tan solo la imprudencia se hubiera quedado en las declaraciones de la plaza a la que sus habitantes acudían para saciar el chismorreo, solo se pagarían las cuotas de la sandez. La imprudencia, como materia de exportación y primera calidad, llegó a las acciones, a la vida pública y a la muerte de la gente.

Si bien esta idea de prisa con la que corren nuestros días está en todos lados —basta ver el caso Inglés, que con su salida de Europa muestra el costo de la imprudencia sobre la política—, México es buen ejemplo para referirse al cúmulo de errores que encuentran en la prisa su razón de ser. Si la prisa solo se asomara a nuestras redes sociales, nuevas tiranas de los absolutos que desprenden verdades y seguridades, me preocuparía poco. En las últimas décadas, políticos y gobernantes variopintos han esgrimido soluciones con la celeridad de un velocista olímpico. Decisiones que debían hacerse con la objetividad del saber se tomaron con la subjetividad de la opinión: Chiapas se resuelve en no sé cuantos minutos; al narco se le elimina con el ejército; para compensar la ausencia de políticas culturales hacemos una secretaría; la contaminación en el aire se resuelve con una estampita; a Oaxaca la liberamos a punta de ocurrencias.

El gobierno de A bote pronto, ni siquiera se fijó en que sin prudencia es imposible gobernar. Muchos periodistas del barrio pasaron por alto la prudencia al anunciar los hechos que aún no sucedían. Uno que otro analista estudió el rumor esparcido por la adivina de la esquina hasta convertirlo en ciencia y la sociedad gustó del aplauso a la ocurrencia. Todos, con su habitual poco cuidado y previsión, hicieron y dijeron barbaridad y media. Facilitaron el caos y la histeria.

Camus, un antiguo habitante de un mundo vecino de A bote pronto, había pedido mesura frente al caos y la irracionalidad. Rechazaba el impulso de la rebeldía para darse el tiempo de pensar. Algo después, Octavio Paz, poeta de ese barrio al que, desde sus años a los nuestros se le implora cautela, escribió y habló sobre la mesura pero la localidad del escritor olvidó de qué se trataba la prudencia: una virtud preocupada de las consecuencias y que permitía deliberar sobre lo bueno y lo malo de una acción específica.

Los políticos de A bote pronto se confundieron y creyeron que la prudencia era cobardía. Sus gobernados asumieron que el tiempo exigía una respuesta sin contener pregunta. Y la virtud de la prudencia se alejó de la moral. En el barrio, la gente se agarró de lo que los hacía ser quienes eran, sus valores y creencias, así, unos confiaron en la macana y los demás en la fe. Sacaron sus instintos.

La prudencia es cálculo pero depende del deber. Del conocimiento y de la anticipación, de la conciencia sobre la consecuencia y la responsabilidad. Si el juglar del barrio avisa en su perorata que una turba enfurecida ha arrojado una bomba atómica cuando en realidad cargaban una molotov, será irresponsable no asumir que su palabra pueda ser creída por unos miles que, de forma natural, responderán a la amenaza. Si la autoridad considera que es apropiado aporrear a la turba sin darse cuenta de las consecuencias de sus órdenes, la imprudencia no habrá reparado en el posible error y en el costo de los daños. Esta virtud poco atendida debe ver la realidad en pos del futuro, haciéndose contraria al entusiasmo y ocupando el lugar del instinto.

En A bote pronto no se cree que la prudencia es el conocimiento que en otros pueblos ha sido útil para enfrentar los riesgos, para saber cuáles tomar y cómo responder a la incertidumbre. Ay, pobre barrio: la sabiduría sin prudencia no es sabiduría y la prudencia sin sabiduría solo es habilidad. La falta de prudencia, aproxima el derrumbe del barrio. Tal vez sea tiempo de que, como los padres prudentes cuidan a sus hijos, el Estado se dé cuenta de que la prudencia es imprescindible para proteger a sus ciudadanos. Paciencia, cautela, previsión de riesgos y una vista adelante. Desechar la necedad de siempre tener razón para esperar la criba con que se puede probar qué es cierto.

Toda acción política demanda prudencia. Aquí, en este barrio, todo mundo se defiende achacando responsabilidades sin saber en qué es distinta la responsabilidad a la culpa.

Quizá el problema de A bote pronto es que se sintió adulto, incluso cumplió años y tuvo canas, pero seguía actuando como niño. Los países tienen edades, se decía en mi casa. El popular barrio es un adolescente que se ocupa de las intenciones, no del desenlace de sus actos y lo que provocan. En la facilidad de lo imprudente, alimentó al prejuicio porque, el juicio es la conjunción de la opinión y el conocimiento. Las fiestas del pueblo vienen con la gratificación rápida, la sensación de victoria que impulsa a sus alegres concluyentes. Preocuparse por el futuro es de adultos. La prudencia mide el momento adecuado. Espera para saber cuándo actuar y no quedar como un tarado. La virtud que tanto está haciendo falta es de duración y no de instantes. Saber qué conviene según la situación. Depende, pues, del entendimiento nada torpe del entorno y de los objetivos a largo plazo. Solo que la prisa en A bote pronto es vasta, nada se mira con distancia y cualquier asomo de prudencia se pone al servicio de los fines, en lugar de ser un medio para llegar a ellos.

 

Maruan Soto Antaki
Ha publicado: Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino y Pensar Medio Oriente.
@_Maruan