Y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel […]
—Éxodo, 3:8

Ojalá que llueva café en el campo.
—Juan Luis Guerra

 

Adeline y Vicent daban un paseo. Ella se había esmerado en preparar algunas viandas para el picnic: emparedados de pollo, ensalada con queso feta, pastel de dátiles… Cuando encontraron el paraje ideal, Vicent extendió la manta sobre el pasto. Se recostaron y vino el horror. La impresión no pudo ser mayor: en la cúspide de un pino, empalado, vieron a un buzo con todo y escafandra. La playa más cercana estaba, al menos, a doscientos kilómetros.

03-manantiales

Ilustración: Ricardo Figueroa

 

—Señora Fort, ayer compré en su tienda esta compota de manzana… no se puede comer. Pruébela, es muy picante.

—Lo siento muchísimo, señora Smith, hay un error con las etiquetas, no sé qué ha pasado.

—¡Charles! ¡Charles! ¡Otra vez etiquetaste mal las conservas! ¿Es que lo haces a propósito?

—Lo siento, mujer, pero este trabajo no es para mí. Quédate tú a trabajar la tienda, yo buscaré qué hacer.

—¿Y qué es lo que tienes en mente si se puede saber, señor Charles Fort?

Ese fue el momento en el que Charles Fort decidió dejar de ser tendero —pese al enfurecimiento de su esposa— para dedicarse a increpar a la ciencia.

Fort había nacido en el Bronx de Nueva York en 1874. Harto de su vida como comerciante —vida heredada por un padre autoritario— dejó para siempre su tienda de abarrotes y se fue a buscar una existencia gozosa.

La única alegría que Fort concebía era la de encerrarse largas horas en la hemeroteca. Nadie sabía, quizá ni él mismo, qué era lo que buscaba. Charles quería aprender a contener galaxias, a entenderse a sí mismo como un universo. Investigaba, con avidez, las causas científicas de que del cielo cayeran el diluvio destructor y el maná que alimenta.

Durante 27 años Fort consignó avistamientos de ovnis, apariciones de fantasmas en todas sus variantes, informes de combustión espontánea y toda clase de lluvias anómalas. Contrario a lo que hubiese hecho un científico, Fort jamás clasificó los datos que analizaba. Presentó sus investigaciones en desorden y así las condenó a la burla de los académicos.

 

Del cielo viene esa precipitación de partículas de agua, la lluvia, pero del cielo también puede caer una casa. Esto lo supo bien Esquilo, dramaturgo griego que nació en el año 525 a.C. Cuentan que fue un gran guerrero, luchó implacablemente en varias batallas y siempre salió victorioso.

En mala hora se le ocurrió visitar el oráculo de Delfos el día de su cumpleaños número 30. Los dioses le dijeron que habría de morir aplastado por una casa.

Para burlar al destino, Esquilo salió de la ciudad de Eleusis (cerca de Atenas), donde había nacido, y se fue a vivir en escampada. Por ningún motivo podría morir aplastado por una casa… hasta el año 456 a.C., a sus 69 años de edad, donde ahí, que parecía imposible, le cayó encima una casa: la caparazón de una tortuga, dejada caer por un águila en vuelo.

 

Verano de 1985. Bosque Mediterráneo. Dos mil hectáreas de encinos y pinos carrasco han sido devoradas por el fuego. El incendio, que no causó víctimas humanas, fue controlado por los bomberos de la localidad de Languedoc-Rosellón, en la frontera de Francia con España. Para evitar la catástrofe se movilizaron treinta motobombas, cinco helicópteros, trescientos matafuegos y dos hidroaviones.

Días más tarde, en los diarios locales, la terrible noticia: un par de buzos que no tuvieron la precaución de colocar boyas para señalar su ubicación fueron succionados por los aviones apagafuegos que se utilizaron para controlar el incendio en Languedoc-Rosellon. Al lanzar el agua, los buzos cayeron también y quedaron, completamente chamuscados, entre las ramas de los árboles. Tiempo después, paseantes hicieron el descubrimiento y no daban crédito a lo que había caído del cielo.

En una de las escenas de la película El puente de Varsovia (1989), de Pere Portobella, se recrea la historia del buzo calcinado. El filme fue mal recibido por los críticos en los festivales de cine por resultar inverosímil, pero Portobella aseguraba que su historia no era ficción, que había leído la noticia años atrás en un periódico francés. Sin embargo, cualquier experto en hidroaviones sabe que es imposible que uno de estos aparatos succione a un buzo: las rejillas por donde toma el agua son del tamaño de una moneda; imposible que por ahí se filtre un hombre, al menos no uno completo…

 

Que Esquilo fuera muerto por el caparazón de una tortuga tiene una explicación lógica. Los quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), hoy en peligro de extinción, son una especie de buitres de gran tamaño que, a diferencia de otras aves de rapiña, elevan a sus presas a grandes alturas y las lanzan para romperlas y poder consumirlas.

Pero Charles Fort, mucho tiempo después de la muerte de Esquilo y cientos de años antes de que se popularizara la leyenda de los buzos caídos del cielo, se dio a la tarea de investigar lo que él llamaba una “franja de improbabilidad”, un área donde, desde que la humanidad existe, se han registrado lluvias extrañas.

 

Como si se tratase de un anuncio apocalíptico, desde el año 2000 se notifican alrededor del mundo lluvias de pájaros muertos. Nadie ha encontrado la causa, pero se blanden distintas hipótesis: granizadas mortales, estrés por fuegos artificiales en las noches de fiesta, experimentos secretos de los gobiernos más poderosos del mundo, envenenamientos masivos, errores en los radares aéreos cuyos ultrasonidos provocan que las vísceras de las aves revienten… Pero ninguna de las teorías se comprueba. Cuando se hacen las autopsias, los pájaros están completos, sin los intestinos reventados y, curiosamente, con los estómagos vacíos —sin rastros del potente veneno que pudo matarlos.

Las lluvias de aves no son nuevas. Ya Charles Fort había documentado algunas. También dejó registro de lluvias de gelatina, mantequilla, jugo de naranja, monedas, carne, arañas, sapos, peces, leche, miel, insectos y agua de todos los colores (rojo, amarilo, negro, morado…). 

Comunes son las lluvias de grandes bolas de hielo. Francisco Javier Clavijero, en Historia antigua de México, consigna que en 1762, en Huexotzinco, Puebla, cayó una “tempestad de granizos de tres libras”. Tres años después, en Guadalajara, se afirma que cayeron granizos de “más de 25 libras de peso” que arruinaron edificios y mataron animales. Quizá sea posible encontrar explicaciones científicas y lógicas para la caída de estos bloques de hielo. Para lo que aún no encontramos respuesta, Fort esbozó una teoría: todo está en el Supermar de los Sargazos.

 

Charles Fort nos legó un solo libro: El libro de los condenados. Lo tituló así porque aseguraba que, en cuestión de ciencia —y en prácticamente cualquier área del quehacer humano—, hay mafias que controlan lo que se dice y lo que no. Varios hechos que para Fort eran científicos y tenían explicaciones lógicas nacieron condenados para la ciencia y destinados a que no se hable de ellos, a que sean ignorados por los doctos en la materia o, en el mejor de los casos, a que se tomen como una burla.

Fort hablaba de ciertas cosas que podemos ver o no como resultado de una convención social más allá de la realidad: “Sostengo, pues, que existen en el espacio celeste mundos vagabundos que los astrónomos han excluido porque su falta aparente de seriedad constituía una afrenta directa a lo puro, a lo preciso y a lo positivo”.

En su texto Fort advierte: “Me he dedicado a una investigación industriosa acerca de las caídas de pájaros”. Para explicar, por ejemplo, lluvias de peces, la ciencia nos provee de explicaciones tales como un huracán que a su paso recoge cientos de estos animales y los deja caer lejos de donde los tomó. Pero esta explicación dejaba a Fort con una duda: si existen tantas variedades de peces en los océanos, ¿por qué el huracán habría de recoger sólo sardinas?

Fort esbozó otra teoría, una hipótesis que nos hace pensar en las nubes como una tómbola que entrega premios, incluso regalos que pensamos imposibles porque “lo que se llama existencia es un vientre de infinitud, no es más que una incubadora”. Y dentro de esa incubadora hay ángeles, fantasmas, hadas, deidades y todas aquellas cosas que nuestro cerebro aún no ve porque no hemos sido capaces de imaginarlas.

 

El Mar de los Sargazos, en el océano Atlántico, es parte del misterioso Triángulo de las Bermudas. La región es extraña: hay ausencia de vientos y abundan algas (sargazos) que forman una especie de salvaje bosque marino. La navegación se vuelve imposible; todo lo que pasa por el mar Inmóvil queda encallado, enredado, atrapado.

Ubicado en algún sitio entre la troposfera y la magnetosfera podría existir, según Fort, el Supermar de los Sargazos: una extensión de cielo, dentro de una “franja de improbabilidad” que succiona cualquier cosa de la superficie terrestre, de los ríos, lagos y mares, para después liberar su cargamento al azar, como si se tratase de un inusual juego de lotería.

Fort despierta nuestra fantasía al afirmar que nuestra ceguera se debe a la falta de vocabulario: “Un nuevo aspecto del hábitat o de la ocupación interplanetaria. Mundos en hordas y seres alados. No me sentiré sorprendido si termináramos por descubrir ángeles, o animales-máquinas, galeones de los viajeros celestes. Y si nombro cosas que no pueden existir, no soy el único en hacerme culpable de una nomenclatura de ausencias”.

Pescadores en la costa de Guanahani (hoy San Salvador) esperaban pacientes por el alimento del día. Durante cinco largos minutos no fueron capaces de ver lo que se acercaba; sus ojos jamás habían mirado algo semejante, así que su cerebro era incapaz de registrarlo y dar la orden a los nervios ópticos para distinguir la forma de tres carabelas que, al mando de Cristóbal Colón, se aproximaban a tierra. Aunque varios neurólogos afirman que eso es científicamente imposible y que no constituye más que una leyenda, para Charles Fort era completamente factible: si no vemos ciertas cosas es porque ni siquiera hemos llegado a nombrarlas y sin nombre esas cosas no existen. Como aseguraba el filósofo Ludwing Wittgenstein: los límites de nuestro idioma son los límites de nuestro mundo. Sin lenguaje no hay un referente en nuestro cerebro que nos permita observar las maravillas que Fort, aun sin palabras, imaginaba.

 

En su película Magnolia (1999) el cineasta Paul Thomas Anderson recrea una escena donde, en el valle de San Fernando, California, cae una torrencial lluvia de ranas. Al parecer, por lo que afirman los registros, son más o menos comunes las lluvias de ranas, peces, arañas, aves y arena de colores.

Fort anotó —y aún en nuestros días se reportan— lluvias más extrañas. Por ejemplo, en 1578, en Bergen, Noruega, llovieron ratones. El 27 de febrero de 1877, en Penchloch, Alemania, se precipitaron extraños símbolos jeroglíficos que Fort interpretó como objetos lanzados por “alguien que intentaba decirnos algo”. En Zacatecas, México, en 1883, cuerpos luminosos, de estructuras que no se distinguen “por el temblor de alas o de planos en movimiento” aparecieron en el cielo y ninguno tocó el suelo.

En 1965, en Kentucky llovieron galletas; en 1968, en la ciudad de São José dos Campos, Brasil, se registró que del cielo caía algo parecido a sangre y pedazos de carne del tamaño de un bistec. Durante 1969, en los Alpes alemanes, cerca de Oberstdorft, las ventanas de todas las construcciones cercanas fueron destruidas por una lluvia de monedas antiguas; al mismo tiempo, en Maryland, Estados Unidos, caían patos muertos. En 1980, en Evans, Colorado, se precipitaron toneladas de maíz cual maná.

Charles Fort escribió: “Algunas islas flotantes se estacionan a menudo en el Supermar de los Sargazos, siendo, a veces, afectadas por perturbaciones atmosféricas que provocan la caída de diferentes objetos en determinadas zonas terrestres”. En otras palabras, todo lo que está en el cielo estuvo alguna vez en la tierra; de alguna manera fue succionado por el Supermar de los Sargazos y lanzado de nuevo a la superficie terrestre, al azar.

 

Año 2009. La cadena televisiva BBC de Londres reporta una extraña lluvia de jalea en Escocia. La llaman “jalea astral”, “putrefacción de estrella” o “disparo de estrellas”. La definen como una materia gelatinosa que cae con la lluvia y al poco tiempo se “evapora”. Es transparente o de color blanco-grisáceo. Pero el primer informe de jalea astral data del siglo XIII (si esta gelatina existió antes, no hay registros).

En sus escritos médicos el galeno inglés John de Gaddesden (1280-1361) hablaba de un elemento al que describió como “una cierta sustancia mucilaginosa que cae o surge en la tierra”. Sugirió que es efectiva en el tratamiento de abscesos. La bautizó como “estrella terrestre”, pero según el Oxford English Dictionary esta gelatina recibe otros nombres, entre ellos “estrella caída”, “estrella gelatinosa” o “pantano de estrella”. En Veracruz, México, se le llama “caca de luna”. Y a pesar de los nombres seguimos sin saber de qué se trata este compuesto galáctico.

 

En los últimos años científicos planetarios avalados por la NASA han defendido la teoría de que en Júpiter y Saturno, los dos planetas más grandes de nuestro sistema solar, hay lluvias de diamantes. Cada año alrededor de 10 millones de joyas estarían flotando en el helio e hidrógeno líquido de las atmósferas y se precipitarían como agua sobre las superficies de los astros.

Otra es la historia en Sierra Leona, donde miles de seres humanos —sin importar su sexo o edad— son esclavizados para extraer diamantes en los grandes yacimientos africanos. Hambre, humillación y muerte han marcado a estas piedras bautizadas como “diamantes de sangre”.

La ciencia nos prometió alimentos para todos. Existe la tecnología y recursos necesarios para que ningún ser humano pase hambre. Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) asegura que la desnutrición en el mundo es mayor que nunca. Alrededor de mil millones de personas  (de un total aproximado de siete mil 400 millones) están subalimentadas. Esto sin hablar de las personas que, con o sin acceso a comida, sufren distintos grados de desnutrición y que pueden tener sobrepeso o pérdida de masa muscular.

 

Las políticas mundiales que pretenden apoyar recursos eficaces para el desarrollo rural, la agricultura y la seguridad alimentaria han fracasado en su mayoría. Se trata de un problema de distribución más que de la producción. Todavía, pese a los avances tecnológicos que logran producciones masivas, hay seres humanos que mueren por falta de comida.

De acuerdo con la FAO, mil 300 millones de toneladas de alimento terminan en la basura anualmente; esto equivale aproximadamente a un tercio de la producción mundial. En promedio, cada persona desperdicia unos 100 kilogramos de comida al año. México contribuye con 37 % de su producción nacional a este despilfarro.

Si Charles Fort, a quien se le considera un pseudocientífico, buscaba el origen de las lluvias de mantequilla, jugo de naranja y filetes (origen que tampoco los investigadores modernos nos han develado), la ciencia actual, rigurosa, bien podría lograr que lloviera café. No llegaremos a esa tierra prometida que mana leche y miel hasta que cada hombre, sin importar factores económicos, tenga acceso al alimento que es fruto no de lluvias extrañas, sino del conocimiento y la solidaridad humanos.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Su más reciente libro es Estética del prodigio.

 

5 comentarios en “Manantiales de leche y miel

  1. ¿Por qué la maestra Chávez no publica cada mes en Nexos si es evidente la calidad de su escritura?

  2. Interesante ensayo, gran calidad de escrito, leeré los otros de la maestra Chávez, imperdibles definitivamente.

  3. Hace un par de años fui testigo de un extraño fenómeno similar a lo descrito por la maestra Emilia en este ensayo. Me deja dos mensajes claros: tratar de encontrar nuevas explicaciónes a los fenomenos que, por mucho se hayan investigado, siempre habrá algo nuevo para discutir. Desde el punto de vista de que todo es parte de un proceso y como tal, siempre esta en constante transformación; en segundo lugar, nunca renunciar a lo que nos gusta hacer, a pesar de la cotidianeidad. Por ahora buscare dar alas a mi imaginario observando la película ” lluvia de hamburguesas”, estrenada en septiembre de 2009.