Hay robos y asesinatos en Nueva York, como en todas partes; pero lo que más se practica aquí es el “¡Arriba las manos!”. El bandido americano no tira casi nunca, a condición de que le dejen operar. Si sientes que un caballero te empuja, a través de su bolsillo, con el cañón de su pistola, sonriendo, a las doce del día, en plena Quinta Avenida, sonríe también y no vayas a volver a entrar gritando en el Banco de donde saliste. Acompáñale en su hermoso Packard y él te dejará, aligerado, algunos rascacielos más arriba. Cuando hay gente que matar, esos maleantes no vacilan. Se utilizan incluso agencias de asesinatos, especialistas, y puede uno, según afirman, deshacerse de un enemigo por cien dólares a condición de que no sea famoso. Matan a la víctima en un coche y luego arrojan el cuerpo en unos terrenos incultos.

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Si el bandido neoyorquino opera sin tiros, no sucede lo mismo con la policía. ¿Eres testigo de una persecución? Ponte rápido a cubierto, porque enseguida comenzará el tiroteo. En cuanto silban a un auto, si el conductor hace como que no se detiene, disparan sobre él. En febrero de este año una señora, que no había obedecido a una orden de parada, resultó muerta. La policía de Nueva York es brutal; no aborrece la propina ni otras razones; la consideran poco eficaz (el 97 porciento de los crímenes quedan impunes, escribe el New York Herald). La fuerza de la policía es, sobre todo, preventiva. Así como nuestro pequeño guardia municipal, muy en carácter y gesticulador, se hace respetar poquísimo, y en los arrabales, cuando intenta detener a alguien, corre peligro de ser linchado, en Nueva York, en cambio, el corpulento polizonte irlandés es muy temido; con un silbido requisa los coches y todos le prestan ayuda. Lo mismo que las ambulancias y los bomberos, la policía tiene derecho de prioridad sobre la carretera, el telégrafo y el teléfono. Existen los agentes de policía urbana, las patrullas, la brigada del puerto, la brigada motociclista (montada en máquinas tan potentes que pasan a todos los coches), la brigada de las bombas (lacrimógenas, etc.), la brigada obrera (¡pobres de los huelguistas!), la brigada aérea (con tres aeródromos), la brigada de vigilancia de las calderas, la brigada del robo y, finalmente, las brigadas especiales contra los contrabandistas de alcohol y los monederos falsos. Todas ellas armadas de tanques, de motos con fusiles automáticos, de autos blindados, con estaciones receptoras y emisoras de telegrafía sin hilos, de ametralladoras, escudos protectores, etc. Este ejército de paz, cuya misión consiste en mandar gentes a Sing-Sing (300 mil detenciones al año), se compone de dieciséis mil hombres, más mil sargentos, seiscientos tenientes y cien capitanes. El sueldo de un policía es de sesenta mil francos al año. El jefe de policía de Nueva York ha pedido este año nuevos efectivos y un aumento de sueldo. “No se puede vivir con ese salario miserable”, ha dicho. El presupuesto de la policía de Nueva York para el año actual, 1930, será de 53 millones de dólares, sin contar los detectives privados y las agencias Burns y Pinkerton, que los grandes bancos, las industrias, el comercio de alta categoría e incluso los particulares tienen a su servicio, y que vienen a duplicar exactamente las fuerzas municipales. Al ejército no le utilizan nunca para mantener el orden.

Fuente: Paul Morand, Nueva York, Editorial Espasa Calpe, 1ª edición, 1937; 6ª edición, Madrid, 1957.