Este cuento forma parte de Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara), compilación que presenta por primera vez en español los mejores relatos de Lucia Berlin (1936-2004): voz de la literatura estadunidense que, tras años de silencio, vuelve a seducir a los lectores.

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Ni “Descanso Celestial” ni “Valle de la Serenidad”. El cementerio del parque de Chapultepec se llama Panteón de Dolores. No hay manera de escapar de ello en México. Muerte. Sangre. Dolor.

La tortura está en todas partes. En los combates de lucha libre, los templos aztecas, los caballetes de clavos en los viejos conventos, las espinas sangrientas de las coronas de Cristo en todas las iglesias. Hasta las galletas y los caramelos se hacen en forma de calavera, ahora que se acerca el día de Muertos.

Ese fue el día en que murió mamá, en California. Mi hermana Sally estaba aquí, en Ciudad de México, donde vive. Ella y sus hijos le hicieron una ofrenda a nuestra madre.

Es muy divertido preparar ofrendas. Obsequios para los muertos. Hay que procurar que queden bien bonitas. Con brillantes cascadas de caléndulas, flores de terciopelo escarlatas (esas rizadas que parecen un cerebro) y minúsculas sempiternas moradas. La idea aquí es que la muerte sea hermosa y festiva. Cristos sangrantes y seductores, la elegancia, la sublime belleza siniestra de las corridas de toros, sepulcros con minuciosos grabados, lápidas para las tumbas.

En las ofrendas hay que poner todo cuanto el difunto podría desear. Tabaco, retratos de su familia, mangos, boletos de lotería, tequila, postales de Roma. Espadas y velas y café. Calaveras con los nombres de los amigos. Esqueletos de caramelo, para endulzar el paladar.

En la ofrenda a nuestra madre, los hijos de mi hermana pusieron decenas de encapuchados del Ku Klux Klan. Ella los repudiaba por ser hijos de un mexicano. También pusieron chocolatinas Hershey, Jack Daniel’s, novelas de misterio y muchos, muchos billetes de dólar. Somníferos, pistolas y cuchillos, porque ella siempre se estaba matando. Ninguna soga… Solía decir que eso era mucho lío.

Ahora estoy en México. Este año preparamos una ofrenda preciosa para mi hermana Sally, que se está muriendo de cáncer.

Conseguimos montones de flores, naranjas, escarlatas, moradas. Muchísimas velas blancas. Estatuas de santos y ángeles. Guitarritas en miniatura y pisapapeles de París. Cancún y Portugal. Chile. Todos los sitios donde ha estado. Decenas y decenas de calaveras con los nombres y los retratos de sus hijos, de todos los que la hemos querido… Una fotografía de papá en Idaho, sosteniéndola en brazos de bebé. Poemas de los niños que fueron alumnos suyos.

 

Mamá, tú no estabas en la ofrenda. No te omitimos a propósito. De hecho, incluso hemos hablado de ti con cariño estos últimos meses.

Durante años, siempre que Sally y yo estábamos juntas despotricábamos obsesivamente por lo cruel y loca que eras. En cambio, ahora… Bueno, supongo que cuando uno se está muriendo en cierto modo es natural rescatar lo que importa de verdad, los momentos hermosos. Hemos recordado tus bromas y tu forma de mirar, sin que nunca se te escapara nada. Eso nos lo diste. La mirada.

No el don de escuchar, en cambio. Nos concedías cinco minutos, quizá, para explicarte algo, y luego decías: “Basta”. Me cuesta entender por qué nuestra madre odiaba tanto a los mexicanos. Quiero decir más allá del prejuicio heredado de todos sus parientes texanos. Sucios, mentirosos, ladrones. A ella le repugnaban los olores, de cualquier clase, y los olores de México le parecían aún peores que el humo de los coches. Cebollas y claveles. Cilantro, pis, canela, goma quemada, ron y nardos. Los hombres huelen en México. El país entero huele a sexo y jabón. Eso es lo que a ti te aterraba, mamá, igual que al viejo D. H. Lawrence. Aquí es fácil que el sexo y la muerte acaben confundiéndose, nunca dejan de latir. Un paseo de un par de manzanas es sensualidad pura, está cargado de peligro.

A pesar de que hoy en día se supone que nadie debería salir a la calle siquiera, por el nivel de contaminación…

Mi marido y mis hijos y yo vivimos muchos años en México. Fuimos muy felices durante esos años, aunque nosotros siempre vivimos en pueblos, junto al mar o en las montañas. Había una paz afectuosa, un candor indolente allí. O entonces, pues han pasado muchos años.

Ciudad de México hoy en día… Fatalista, suicida, corrupta. Una ciénaga pestilente. Ah, pero tiene su encanto. Hay destellos de tal belleza, ternura y color que te dejan sin aliento.

Volví unos días a casa hace un par de semanas, para Acción de Gracias. De nuevo en los Estados Unidos de América, donde hay honor e integridad y sabe Dios cuántas otras virtudes. Acabé confundida. El presidente Bush, y Clarence Thomas, y los movimientos contra el aborto, y el sida, y Duke y el crack y la gente sin techo. Y por todas partes, en la MTV, en los dibujos animados, los anuncios, las revistas: solo guerra, sexismo y violencia. En México por lo menos se te cae un bidón de cemento de un andamio en la cabeza, no hay Uzis ni nada personal.

A lo que me refiero es que ahora estoy aquí por un tiempo indefinido, pero ¿luego qué, adónde iré?

Mamá, tú veías la fealdad y el mal en todas partes, en todo el mundo, en todos los lugares. ¿Estabas loca o eras una visionaria? Qué más da: no soporto la idea de acabar como tú. Me da mucho miedo, estoy perdiendo el sentido de lo que es… precioso, verdadero.

Ahora me siento igual que tú, crítica, desagradable. Qué vertedero. Odiabas los lugares con la misma pasión que odiabas a las personas… Todos los asentamientos mineros donde vivimos, Estados Unidos, El Paso, tu casa, Chile, Perú.

Mullan, Idaho, en la sierra de Coeur d’Alene. Odiabas aquel pueblo minero más que ningún otro, porque era un pueblecito de verdad. “El cliché de un pueblecito”. Una escuela de una sola aula, una cantina con un surtidor de gaseosa, una estafeta de correos, una cárcel. Un burdel, una iglesia. Una pequeña biblioteca con préstamo de libros en el almacén de abastos. Zane Grey y Agatha Christie. Había un salón municipal, donde se hicieron las reuniones sobre los apagones y los ataques aéreos.

Te pasaste todo el camino de vuelta a casa echando pestes de los finlandeses ignorantes y ordinarios. Paramos a comprar el Saturday Evening Post y una tableta grande de chocolate Hershey antes de subir la montaña hasta la mina, con papá llevándonos de la mano. A oscuras, porque la guerra acababa de empezar y la gente del pueblo cubría las ventanas, pero las estrellas y la nieve eran tan brillantes que el camino se veía perfectamente… En casa, papá te leía hasta que te quedabas dormida. Si una historia te gustaba de verdad, llorabas; no de tristeza, solo porque te parecía demasiado bonita, en contraste con lo escabroso que era todo lo demás en este mundo.

Los lunes, mientras jugabas al bridge, mi amigo Kentshereve y yo excavábamos al pie del lilo. Las otras tres mujeres venían en bata de andar por casa, a veces incluso con los calcetines y las pantuflas. Hacía frío en Idaho. A menudo llevaban bigudíes en el pelo y un turbante, arreglándose para… ¿qué? Eso todavía es una costumbre en Estados Unidos. Por todas partes se ven mujeres con la cabeza llena de rulos rosas. Es una especie de declaración filosófica o un postulado de la moda. Quizá venga algo mejor, más adelante.

Siempre te vestías con esmero. Liguero. Medias con costura. Una combinación de raso salmón que dejabas asomar un poco a propósito, solo para que aquellos campesinos supieran que la llevabas. Un vestido de gasa con hombreras, un broche con brillantes diminutos. Y tu abrigo. Aunque solo tenía cinco años, ya me daba cuenta de que era un abrigo viejo y raído. Granate, los bolsillos manchados y percudidos, los puños deshilachados. Era un regalo de bodas que te había hecho tu hermano Tyler, hacía diez años. Tenía un cuello de pieles. Ah, las pobres pieles apelmazadas, en otros tiempos plateadas, amarilleaban ahora como las patas traseras meadas de los osos polares en el zoo. Kentshereve me contó que todo el mundo en Mullan se reía de tu ropa.

—Bueno, ella se ríe de la suya aún más, que les zurzan. Subías tambaleándote por la ladera con unos tacones altos baratos, el cuello de pieles levantado, envolviendo tu melena ondulada con tenacillas. Una mano enguantada se agarraba a la baranda del sendero de madera desvencijado que seguía hasta más allá de la mina y el aserradero. Al entrar en la sala de estar encendías la estufa de leña, te quitabas los zapatos y los dejabas tirados por ahí.

Te sentabas a oscuras, fumando, llorando de soledad y aburrimiento. Mi mamá, madame Bovary. Leías obras de teatro. Habrías querido ser actriz. Noel Coward. Luz de gas. Aprendías de memoria cualquier cosa en la que actuaran los Lunt, y recitabas los papeles en voz alta mientras lavabas los platos. “¡Oh! Pensé que me estabas siguiendo, Conrad… No. Oh, pensé que me estabas siguiendo, Conrad…”.

Cuando papá llegaba a casa, sucio, con sus pesadas botas de minero, un casco con una lámpara, se iba a duchar mientras tú preparabas cócteles en una mesita, con una cubitera y un sifón. (Aquella botella de sifón dio muchos quebraderos de cabeza. Papá tenía que acordarse de comprar los cartuchos las raras veces que viajaba a Spokane. Y a la mayoría de las visitas no les gustaba. “No, déjate de esa agua ruidosa. A mí ponme agua de verdad”.) Pero era lo que usaban en el teatro, y en las películas de detectives de Nick y Nora Charles.

En Alma en suplicio Joan Crawford tenía una hija, Sherry, y mientras el villano se ponía soda en la copa, le preguntaba a Joan Crawford qué quería. “Sherry. Me la llevo a casa”.

—¡Qué buena idea! —me dijiste cuando salimos del cine—. Creo que te cambiaré el nombre por Sherry, me dará juego.

—¿Y qué tal Cerveza Fría? —le pregunté. Fue mi primera ocurrencia ingeniosa. O por lo menos la primera vez que te hice reír.

La otra vez fue cuando Earl, el chico de los recados, trajo una caja con el pedido de la tienda de ultramarinos. Te ayudé a colocar la compra. Nuestra casa de hecho era una barraca recubierta con tela asfáltica, tal como tú decías, y el suelo de la cocina hacía pendiente y se inclinaba en ondas irregulares de linóleo podrido y tablones alabeados hasta la pared del fondo. Quise agarrar a la vez tres latas de sopa de tomate para guardarlas, pero se me cayeron. Rodaron por el suelo y se estrellaron contra la pared. Te miré, pensando que ibas a gritar, o a pegarme, pero te estabas riendo. Sacaste algunas latas más del armario y las echaste a rodar también.

—¡Va, hagamos una carrera! —dijiste—. ¡Mi maíz en lata contra tus guisantes!

Estábamos a gatas, riéndonos, soltando latas en el suelo inclinado de la cocina y jugando a que chocaran unas con otras cuando llegó papá.

—¡Basta, ahora mismo! ¡Guardad todas esas latas!

Había muchas. (Hacías acopio de provisiones, por la guerra, y papá decía que eso no estaba bien.) Tardamos un buen rato en volver a colocarlas en el armario, ahogando la risa, en susurros, y cantando “Praise the Lord and Pass the Ammunition” mientras me ibas pasando las latas del suelo. Fue el mejor momento que viví contigo. Acabábamos de recogerlas cuando papá se asomó a la puerta y dijo: “Vete a tu cuarto”. Obedecí… ¡pero se refería también a ti! No tardé mucho en comprender que cuando te mandaba a tu cuarto era porque habías estado bebiendo.

A partir de entonces te recuerdo prácticamente siempre en tu cuarto. Deerlodge, Montana; Marion, Kentucky; Patagonia, Arizona; Santiago, Chile; Lima, Perú.

 

Ahora Sally y yo estamos en su cuarto, en México; prácticamente no nos hemos movido de aquí estos últimos cinco meses. Salimos, cada tanto, al hospital para que se haga radiografías y análisis, para que le aspiren el líquido de los pulmones. Un par de veces hemos ido al Café París a tomar café, y una vez a casa de su amiga Elizabeth a desayunar. Pero se cansa mucho. Ahora incluso le hacen los tratamientos de quimio en su habitación.

Hablamos y leemos, yo le leo en voz alta, viene gente de visita. Por las tardes da un poco el sol en las plantas. Media hora, más o menos. Ella dice que en febrero hay mucho sol. Ninguna de las ventanas mira al cielo, así que en realidad no da la luz directa, sino que se refleja de la pared de enfrente. Por la noche, cuando oscurece, corro las cortinas.

Sally y sus hijos han vivido aquí veinticinco años. Sally no se parece en nada a nuestra madre: más bien es el polo opuesto, tanto que resulta irritante, porque ve belleza y bondad en todas partes, en todo el mundo. Le encanta su cuarto, todos los recuerdos de las estanterías. Nos sentamos en la sala de estar y dice: “Ese es mi rincón favorito, con el helecho y el espejo”. O en otro momento dirá: “Ese es mi rincón favorito, con la máscara y el cesto de naranjas”.

A mí, ahora, todos los rincones me hacen sentir enjaulada.

Sally adora México, con el fervor de una conversa. Su marido, sus hijos, su casa, todo lo que la rodea es mexicano. Salvo ella. Ella es muy estadounidense, una mujer a la vieja usanza, íntegra. En cierto modo yo soy la más mexicana de las dos, mi naturaleza es oscura. He conocido la muerte, la violencia. Muchos días ni siquiera me doy cuenta del momento en que la luz entra en el cuarto.

Cuando nuestro padre se fue a la guerra, Sally era muy pequeña. Viajamos en tren desde Idaho a Texas, a vivir con nuestros abuelos hasta que volvió papá.

Que mi madre fuese como era en parte se debía a que se había criado entre algodones. Su madre y su padre pertenecían a las mejores familias de Texas. El abuelo era un dentista próspero; vivían en una casa preciosa con criados, una niñera para mamá, que la consintió, igual que a sus tres hermanos mayores. Y de pronto, ¡zas!, la atropelló un cartero de Western Union y pasó casi un año en el hospital. Ese año todo fue de mal en peor. La Gran Depresión, al abuelo le dio por el juego, por la bebida. Cuando mi madre salió del hospital, encontró su mundo completamente cambiado. Una casa destartalada al lado de la fundición, sin coche, sin criados, sin un cuarto propio. Su madre, Mamie, se había puesto a trabajar de enfermera para el abuelo, había renunciado a sus partidas de mahjong y bridge. Todo era lúgubre. Y probablemente aterrador, si el abuelo le hizo lo que nos hacía a Sally y a mí. Ella nunca me contó nada, pero debió de ser así, a juzgar por el odio que le tenía, y porque no soportaba que nadie la tocara, ni siquiera para estrecharle la mano…

El tren se acercaba a El Paso mientras salía el sol. Era increíble ver el espacio, las interminables llanuras, viniendo de los tupidos bosques de abetos. Como si el mundo se abriera de pronto ante mis ojos, como si quitaran una tapa. La inmensidad resplandeciente y el cielo azul, azul. No me cansaba de corretear de una ventanilla a otra en el vagón restaurante, que al fin había abierto, fascinada por esa faz completamente nueva de la tierra.

—Solo es el desierto —dijo ella—. Desierto. Vacío. Árido. Y pronto llegaremos a ese lugar de mala muerte que antes llamaba hogar.

Sally quería que la ayudara a poner en orden su casa de la calle Amores. Clasificar fotografías, ropa y papeles, arreglar las barras de las cortinas de la ducha, los vidrios de las ventanas. Salvo en la entrada, ninguna de las puertas tenía picaporte; habías de usar un destornillador para acceder a los armarios, y atrancar con un cesto la puerta del baño. Llamé a unos peones para que vinieran a poner los picaportes. Vinieron, y habría estado bien si no hubiera sido un domingo por la tarde, mientras cenábamos en familia, y quedándose hasta las diez de la noche. Resulta que pusieron los picaportes, pero no apretaron los tornillos, así que nos quedábamos con el pomo en la mano, y entonces ni siquiera podíamos abrir ninguna puerta o armario. Y para colmo muchos de los tornillos se caían al suelo y se perdían. A la mañana siguiente llamé a los hombres, que no volvieron hasta el cabo de varios días, justo cuando mi hermana se acababa de dormir después de una mala noche. Los tres hacían tanto ruido que les dije: déjenlo, mi hermana está enferma, grave, y hacen demasiado escándalo. Vengan en otro momento. Regresé con ella al cuarto, pero luego empecé a oír bufidos y jadeos y golpes ahogados. Estaban sacando todas las puertas de los goznes para poder llevarlas a la azotea y arreglarlas sin hacer ruido.

¿Será que estoy enfadada porque Sally se está muriendo, y por eso me enfado con todo un país? Ahora se ha roto el váter. Han de levantar todo el suelo.

Echo de menos la luna. Echo de menos la soledad.

En México siempre hay alguien contigo. Si te vas a tu cuarto a leer, alguien se dará cuenta de que estás sola e irá a hacerte compañía. Sally nunca está sola. Por la noche me quedo con ella hasta cerciorarme de que se ha dormido.

No hay ninguna guía para la muerte. Nadie para decirte qué hacer, qué es lo que te espera.

Cuando éramos pequeñas, nuestra abuela Mamie se ocupó de cuidar a Sally. Mamá se pasaba las noches comiendo, bebiendo y leyendo novelas de misterio en su habitación. El abuelo comía, bebía y escuchaba la radio en su cuarto. En realidad mamá salía casi todas las noches, con Alice Pomeroy y las chicas de los Parker, a jugar al bridge o por Juárez. De día iba al hospital Beaumont, donde era voluntaria de la Cruz Roja, y leía para los soldados ciegos o jugaba al bridge con los lisiados.

Sentía fascinación por la atrocidad, igual que el abuelo, y cuando volvía del hospital llamaba a Alice y le hablaba con todo detalle de las heridas de los soldados, sus historias de guerra; le contaba que las esposas los dejaban al saber que habían perdido las manos o los pies.

A veces ella y Alice iban a un baile de las Organizaciones de Servicios Unidas, a buscarle marido a Alice. Alice nunca encontró marido, trabajó en La Popular deshaciendo costuras hasta que murió.

Byron Merkel también trabajaba en La Popular, en la sección de lámparas. Era supervisor. Seguía locamente enamorado de mamá, después de tantos años. Habían hecho teatro juntos en el instituto, y siempre interpretaban a la pareja protagonista. Mamá era muy bajita, pero en las escenas de amor se tenían que sentar, porque él no llegaba al metro sesenta. De no ser por eso probablemente se habría convertido en un actor famoso.

La invitaba al teatro. Canción de cuna. El zoo de cristal. A veces venía por la noche y se sentaban en el balancín del porche. Leían las obras en las que habían actuado de jóvenes. Yo siempre me quedaba debajo del porche, en un nidito que había hecho con una manta vieja y una lata de galletas saladas. La importancia de llamarse Ernesto. Las vírgenes de Wimpole Street.

Era abstemio, y yo pensaba que eso quería decir que solo bebía té, pues era lo único que tomaba mientras ella bebía manhattans. En eso estaban cuando oí que Byron le confesaba que seguía locamente enamorado de ella después de tantos años. Dijo que sabía que no podía hacerle sombra a Ted (papá), otra expresión rara. Siempre repetía “Arrieros Somos”, y yo tampoco lo entendía. Una vez, cuando mamá estaba despotricando de los mexicanos, él dijo: “Bueno, les das un dedo y te agarran el dedo”. El problema era que decía esas cosas con una profunda voz de tenor, y cada palabra parecía cargada de significado, y resonaba en mi mente. Abstemio, abstemio…

Una noche, después de que se marchara Byron, mi madre entró al cuarto donde dormíamos las dos. Siguió bebiendo y llorando y garabateando, literalmente garabateando, en su diario.

—Eh, ¿estás bien? —le pregunté al fin, y me dio una bofetada.

—¡Te dije que «eh» no es manera de dirigirse a nadie! —luego se disculpó por haberse enfadado conmigo—. Es que odio vivir en Upson Street. Tu padre solo me escribe explicando cosas de su buque, y diciendo que no lo llame «barco». ¡Y el único romance de mi vida es un vendedor de lámparas enano!

Ahora suena gracioso, pero entonces no lo era, porque ella lloraba, lloraba como si se le fuera a partir el corazón. Le puse una mano en el hombro y se encogió sobresaltada. No soportaba que la tocaran. Así que me quedé mirándola a la luz de la farola que se filtraba por la persiana. Simplemente la miré mientras lloraba. Estaba completamente sola, igual que mi hermana Sally cuando llora así.

 

Lucia Berlin
Escritora. Entre sus libros: Angels Laundromat, So Long: Stories 1987-1992 y Where I Live Now: Stories 1993-1998, entre otros. Fue galardonada con el American Book Award y el Jack London Short Prize de 1985.

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