San Isidoro (560-636) en sus Etimologías hizo una clasificación de los tipos de magia. Es la siguiente:

~Magos o maléficos, conturban los elementos, trastornan las mentes humanas y sin veneno, por la sola fuerza de los conjuros, causan la muerte. Usan también de sangre y de víctimas.

~Nigromantes: aparentan resucitar los muertos e interrogarlos. Animan los cadáveres, con la transfusión de sangre, mezclada de agua, porque los demonios aman mucho la sangre.

~Hydromantes: evocan en el agua las sombras, imágenes, fantasmas de los demonios y de los muertos. Varrón dice que este género de adivinanza procede de los persas. A la misma clase se refiere la adivinación por la tierra (geomantia), por el aire (aeromantia), por el fuego (pyromantia).

~Adivinos (divini): llamados así porque se fingen poseídos de la divinidad (pleni a Deo).

~Encantadores: los que se valen de palabras y conjuros.

~Ariolos: los que pronuncian nefandas preces ante las aras de los ídolos o hacen funestos sacrificios y aguardan la respuesta de los demonios.

~Arúspices: así llamados, quasi horarum inspectores, porque señalan los días y horas en que ha de hacerse cada cosa. También examinan las entrañas de las víctimas.

~Augures y también suspices: los que entienden el canto y el vuelo de las aves. Apellídanse estas observaciones auspicias, quasi avium auspicia, y auguria, quasi avium garria.

~Phytones: llamado así del Pitio Apolo, inventor de la adivinación.

~Astrólogos: los que presagian por los astros (in astris augurantum).

~Genetlíacos: porque consideran el día natal y someten a los doce signos el destino del hombre. El vulgo los llama matemáticos; antiguamente, magos. Esta ciencia fue permitida antes del Evangelio.

~Horóscopos: los que especulan la hora del nacimiento del hombre.

~Sortílegos: los que con falsa apariencia de religión echan suertes invocando a los santos o abriendo cualquier libro de la Escritura.

~Salisatres: los que anuncian sucesos prósperos o tristes por la observación de cualquier miembro saliente o del movimiento de las arterias.

 

Fuente: Francisco J. Flores Arroyuelo, El diablo en España, Alianza Editorial, Madrid, 1985.

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