Libreto: Ricardo Bada (con la colaboración de don Miguel de Cervantes Saavedra, Miguel de Unamuno, Franz Kafka, Ernesto Lecuona y Nicolás Guillén)
Compositor: David Graham

Comentario del autor del libreto

El domingo 9 de este mes (enero, 2000) recibí una llamada de David Graham, un compositor inglés que reside en Bonn. Resumo brevemente lo que me contó. Bajo los auspicios de la UNESCO un grupo de países europeos apoya culturalmente a Cuba a través del Festival Musical de Camagüey, de ritmo bienal. El primero se celebró en 1998, el siguiente debe celebrarse el mes de julio de este año. En la presente edición se tiene pensado llevar a cabo un homenaje a Don Quijote de La Mancha, escenificando para ello una ópera de dos horas divididas en seis escenas de unos veinte minutos cada una, y cada una de ellas basada en un episodio del libro de Cervantes. Seis compositores y otros tantos libretistas se han hecho cargo de las escenas. Y resulta que el libretista de Graham, un escritor e hispanista italiano, lo acababa de dejar literalmente en la estacada, en el último minuto. David Graham necesitaba un autor que hasta el 31 de enero le tuviese listo un libreto, y el narrador y musicólogo peruano Julio Mendívil, a quien se dirigió en Colonia en busca de ayuda, le dio mi nombre y mi teléfono. ¿Estaría yo interesado en el proyecto, tendría tiempo para escribir un libreto en tan acuciosas condiciones, querría hacerlo sin ni siquiera tener asegurada todavía la financiación de la empresa?

Confieso que mi reacción espontánea fue decir que sí, por dos motivos: porque soy un lector asiduo y apasionado de Don Quijote (casi no pasa un día sin que lea alguna página suya), y porque nunca había recibido el encargo de escribir el libreto de una ópera. Confieso además que instintivamente elegí ya, mientras conversaba con David Graham, cuál era el episodio quijotesco del que me gustaría ocuparme: el donoso escrutinio de los libros que llevan a cabo el cura y el barbero en el capítulo sexto. Pero ¡ay!, tanto ese episodio como los de la cueva de Montesinos, la noche de Maritornes, el abigarrado capítulo 58 de la segunda parte (las imágenes de los santos, la Arcadia y los toros) y la muerte del ingenioso hidalgo… ya estaban adjudicados a los demás libretistas. El que me correspondía era la serenata de Altisidora. Aunque desde luego, y dadas las condiciones en que yo recibía el encargo, David Graham me dijo que lo podía sustituir por cualquier otro al que yo pensara sacarle mejor jugo.

Pero la historia de Altisidora, si bien no se contaba (digo bien: contaba) entre mis peripecias favoritas del libro, me ofrecía por lo menos una facilidad: en ella hay no una, sino dos serenatas, la de la joven doncella al caballero y la de Don Quijote a la joven, a más de un concierto de cencerros y gatos para concluir la segunda. O sea: bastantes elementos musicales y acústicos. Y estoy seguro de que el libretista italiano había elegido ese episodio basándose justamente en tales premisas. Lo que no me convencía era su presupuesto de que “la viola teje una red imposible entre [los protagonistas], su incapacidad para comunicarse queda enfatizada por el hecho de que Don Quijote canta en español y Altisidora en italiano”. De inmediato rechacé semejante disparate: es más, de inmediato decidí que Altisidora debería cantar una serenata compuesta de fandangos, como suelen ser las rondas de la noche de San Juan en Alosno, en mi andaluza provincia de Huelva. Nada más natural que hacerlo así tratándose de una persona joven y enquistada en las costumbres populares. Y ese fandango, además, debería ser en la partitura de David Graham una transcripción belcantística del de Pérez de Guzmán, que es el que más exige al cantaor. Se luciría así la mezzosoprano, compensando con la voz la evidente diferencia de edad que de cierto habrá entre la suya propia y los catorce años y tres meses que confiesa tener Altisidora.

(Párrafo aparte acerca de la “incomunicación”: Es un concepto que he llegado a detestar, además de que me hastía y hasta casi me provoca arcadas, como el tan manoseado de la “identidad”. Tengo la convicción de que ambos actúan tan sólo, primero: como coartadas de la incapacidad de expresión de los presuntos artistas que los invocan; y segundo: como excusa para programar congresos y simposios sobre un tema inventado por los ociosos que viven de ese cuento. Y basta de inciso.)

El libreto lo he terminado en menos de diez días y estoy contento con él. Es el primer trabajo que empiezo y concluyo estando ya jubilosamente prejubilado, y creo que el resultado vale la pena. Pero lo que más me vale la pena es el descubrimiento en profundidad del tema de Altisidora. Una ópera de veinte minutos es poco o nada en relación con el partido que se le puede sacar a este personaje que aparece por primera vez en el capítulo 44 (el de su serenata) y que le sigue rondando en la cabeza al ingenioso hidalgo, en varios diálogos con Sancho Panza ya lejos del palacio de los duques y hasta el momento de regresar al lugar de cuyo nombre no quiso acordarse don Miguel. Aun cuando se trata de una figura secundaria, encuentro en Altisidora una reminiscencia de la Desdémona seducida por los relatos de Otelo. Para empezar, y aunque Cervantes hable expresamente de las burlas y las bromas que las damas del palacio le gastan a Don Quijote, lo cierto es que Altisidora bien pudiera, sí, estar enamorada del caballero. Y si no enamorada, al menos encandilada por él. Es más: aprovecharía esas mismas bromas para podérselo “comunicar” sin que las demás se den cuenta, un comportamiento bien lógico en quien no quiere quedar en ridículo ante el grupo al que pertenece, pero al mismo tiempo tiene conciencia clara de sus sentimientos y no reniega de ellos.

Hay un momento muy concreto en el cual Altisidora le dice cosas a Don Quijote que no parecen ser dichas en absoluto como broma, y es cuando le restaña las heridas que le han inferido los gatos (final del capítulo 46). Y hay otro momento también muy concreto, el de la despedida (capítulo 57), en el que bien parece que quisiera retenerlo con un señuelo sexual, cuando lo acusa de haberla robado tres pañuelos de cabeza1 “y unas ligas (de unas piernas/ que al mármol puro se igualan/ en lisas) blancas y negras”.2 En cuanto al caballero, está bastante claro que la “discreta y desenvuelta” joven le ha dejado una impresión duradera: en el capítulo 58 Don Quijote asegura que la declaración de sus deseos por Altisidora engendró en su pecho “antes confusión que lástima”, y más luego, al quedarse enganchado en las redes arcádicas, teme que ello pueda ser “venganza de la rigurosidad que con Altisidora he tenido”. La joven, sin embargo, por el alto designio de la locura que lo abrasa, quedará para él como un sueño imposible.

Basándome en estas ideas escribí el libreto, y es con base en ellas que debe leerse y, sobre todo, interpretarse sobre las tablas. Tanto la mezzosoprano como el barítono harían bien tomándolas en cuenta por lo que se refiere a sus actuaciones, así como también el director de escena y el musical en sus respectivos desempeños, y para ello nada más saludable y provechoso que repasar (una vez más, y siempre serán pocas) los correspondientes capítulos  de Don Quijote.

Weiss/Colonia, 22 de enero de 2000

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Ilustraciones: Kathia Recio

El libreto

En el escenario, a la izquierda del espectador, se distinguen dos espacios colocados a diferentes alturas: si es técnicamente posible, usar una proyección a escala de la correspondiente ilustración de Doré, con la puerta emblasonada, las dos ventanas y los árboles.

A la derecha, en el proscenio, se encuentran dos actores disfrazados de Rocinante y el rucio de Sancho. Ambos declaman rítmicamente un recitativo que parodia la estructura del soneto y se interrumpe bruscamente a mitad de los tercetos.

Rucio.— ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
Rocinante.— Porque nunca se come, y se trabaja.
Rucio.— Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
Rocinante.— No me deja mi amo ni un bocado.
Rucio.— Andad, señor, que estáis muy mal criado,
                pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
Rocinante.— Asno se es de la cuna a la mortaja.
                     ¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.
Rucio.— ¿Es necedad amar?
Rocinante.— No es gran prudencia.
Rucio.— Metafísico estáis.
Rocinante.— Es que no como.

Rucio se lleva el índice a los labios, pidiendo silencio al ver que llegan por la izquierda Altisidora y Emerencia:

Rucio.— Basta basta basta de soneto…,
                chito, chito… y escuchemos,
                que algo gordo va a pasar.
Rocinante.— Imposible, mi amo duerme.
Rucio.— Pero en el sueño canta.
                            Y bien dijisteis
                            “imposible”,
                            pues parece
                            que le hubiéseis inspirado…

En el espacio alto Don Quijote (barítono) duerme sentado, adarga calada y lanza en ristre, y en su sueño canta citando El hombre de La Mancha:

Don Quijote.— “To dream,
                           this imposible dream…”

Se interrumpe porque le falta la letra y además no sabe inglés:

Rocinante.— ¡Está loco de remate,
                      si hasta sueña en inglés!
Rucio.— Pudiera ser un signo de cordura…,
                peroooooo…
                basta ya de recitado,
                que ésta es ópera…,
                chito, chito… y escuchemos,
                que algo gordo va a pasar.

En el espacio bajo, a la izquierda, ya ha hecho su aparición Altisidora (mezzosoprano) acompañada de Emerencia (soprano), quien carga un arpa, mientras Don Quijote se despierta y se acerca a abrir la ventana. Como leitmotiv de Altisidora pudiera emplearse el de “María la O“, de  Ernesto Lecuona, en cuyo caso, y para facilitar la comprensión al público, el propio Rucio la presentará al público cantando con la melodía de ese leitmotiv:

                                      Altisidora
                                      es quien llega aquí…

Y los dos actores desaparecen.

Altisidora.— De que vi a este forastero
                      que se ha entrado en el castillo
                      ya no puedo más cantar.
                      Así pues no me porfíes,
                      Emerencia, que no canto
                      porque sólo sé llorar.
Emerencia.— La duquesa y todos duermen,
                       pero no este forastero…
                       su ventana sentí abrir.
                       Ay Altisidora, canta,
                       bajo y suave al son del harpa,
                       ¿verdad que sí lo harás?

Le alarga el arpa, y finalmente Altisidora consiente y la acepta:

Altisidora.— Sí.
                           Sólo que yo no quisiera
                           que mi canto se juzgase
                           por quien no entiende de amor.
                           Mas venga lo que viniere,
                           más vale vergüenza en cara
                           que mancilla en corazón.

Pulsa el arpa y canta siguiendo la estrofa popular del fandango de Pérez de Guzmán, que convierte el cante chico poco menos que en belcanto:

                           Oh tú, que estás en tu lecho,
                           entre sábanas de holanda,
                           oye a una triste doncella,
                           bien crecida y mal lograda,
                           que en la luz de tus dos soles
                           se siente abrasar el alma.

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Don Quijote (sin dialogar nunca con Altisidora, simplemente pensando:)

                           Soy tan desdichado andante
                           que doncella que me mira
                           queda prendada de mí.

Emerencia (que lo escucha:)

                           Parece que al forastero,
                           ay Altisidora hermosa,
                           tu canto le hizo tilín.

Don Quijote (como antes:)

                           Mas si para Dulcinea
                           soy de masa y de alfeñique
                           para el resto…pedernal.

Emerencia (también ella le ha seguido escuchando:)

                           Tal parece, Altisidora,
                           que para sacarle chispas
                           debes volver a cantar.

Altisidora prosigue su serenata:

Altisidora.— Muy bien puede Dulcinea,
                      doncella rolliza y sana,
                      preciarse de que ha rendido
                      a un tigre, fiera tan brava.
                      ¡Oh, quién se viera en tus brazos,
                      y si no, junto a tu cama!

Emerencia (completa en voz baja:)

                                …rascándote la cabeza
                                y matándote la caspa…
Altisidora.— ¡Pero Emerencia, por Dios!
Emerencia.— Perdóname, Altisidora,
                       siguiendo tu pensamiento
                       mi santo al cielo voló.

Don Quijote (no sólo ya para él, sino con ánimo de que lo escuchen abajo:)

                           Para Dulcinea miel,
                           para vosotras acíbar,
                           ¿a qué, pues, me perseguís?
                           ¿por qué me queréis, doncellas
                           de catorce a quince años?
Altisidora.— ¿Dígole?
Emerencia.— ¡Claro que sí!

Altisidora concluye su serenata con la tercera estrofa:

Altisidora.— Mi voz, ya ves, si me escuchas,
                      a la que es más dulce iguala,
                      y estas gracias que me miras,
                      son despojos de tu aljaba.
                      Desta casa soy doncella
                      y Altisidora me llaman. 

Don Quijote (de nuevo para sí:)

                            ¡Válgame el cielo, qué sueños
                            desaforados desvelan
                            mis horas de buen dormir!
                            Será mejor que regrese
                            a las sábanas.

Reincide en la cita de El hombre de La Mancha mientras vuelve a tenderse para dormir: 

                                    To dream,
                                    this imposible dream!…

Altisidora y Emerencia se consultan perplejas con la mirada.

Altisidora.— ¡Qué lenguaje enrevesado!
                      ¿Entendiste lo que dijo?
Emerencia.— Por cierto que no lo sé…
                                    pero sonó anglonormando.
Altisidora.— ¿Anglonormando?
Emerencia.— Esa jerga
                                    que algunos llaman inglés.
Altisidora.— Y hablarla ¿no es gran pecado,
                      Emerencia, que persigue
                      nuestra Santa Inquisición?
Emerencia.— Será pecado el hablarla.
                  mas supongo, Altisidora,
                  que no cantarla, eso no.
Altisidora.— Si con ello respondióme,
                      fue, pues, la mi serenata,
                      un fiasco.
Emerencia.— ¿Un fiasco? ¡No tal!
                       Mañana a la mesma hora
                       te cantará el forastero
                       de ese mesmo ventanal.
Altisidora.— ¿Mañana?
Emerencia.— Mañana mesmo.
Altisidora.— ¿Por qué no esta mesma noche?
Emerencia.— Bendita sea la virtud
                       de tu inocencia, mozuela.
                       No te cantará esta noche
                       porque aún le falta el laúd.
Altisidora.— ¿Y por qué estás tan segura
                      de que lo tendrá mañana?
Emerencia.— ¿No adivinas el porqué?
Altisidora.— No lo adivino, Emerencia.
Emerencia.— Pues porque así nos lo cuenta
                       el libro de don Miguel.

Ambas desaparecen mientras se ilumina el proscenio donde ahora departirán Rocinante y el rucio al tiempo que por la izquierda aparece el tenor con la máscara de Franz Kafka.

Rocinante.— Donosa historia a fe mía,
                      señor don asno de Sancho:
                      una moza de sólo quince abriles
                      queriéndolo sacar de sus casillas
                      nada menos que al mesmo Don Quijote,
                      que está loco de atar
                      por Dulcinea.
Rucio.— Mas antes de proseguir,
                mi señor don Rocinante,
                reparad en quien llega al escenario
                portando la cabeza de Franz Kafka.
                Y habéis de saber que a mí,
                que soy su cabalgadura,
                su máscara no me engaña.
Rocinante.— ¿Vos sois su cabalgadura?
Rucio.— Y a veces cabalgablanda.
                Y por más que lo veáis
                con tal disfraz de Bohemia,
                sabed que se trata de…
                ¡¡¡de Sancho Panza, mi amo!!!
Rocinante.— ¿Y a santo de qué el disfraz?
Rucio.— Para contar su verdad.
                Escuchémosla con harta,
                con hartísima atención.
                Lección es de honda enseñanza.

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La luz cenital converge en Sancho Panza/Kafka en el centro del escenario, dejando en penumbra a las dos caballerías.

Sancho/Kafka.— Al correr de los años, y gracias
                             al consumo de gran cantidad de novelas
                             de caballería
                             durante las horas vespertinas
                             y las nocturnas,
                             a Sancho Panza

(se saca la máscara y guiña el ojo al público diciendo, no cantando:)

                             (servidor de ustedes)

(vuelve a ceñirse la máscara y continúa cantando:)

                             —quien nunca
                             se vanaglorió de ello—,
                             le fue posible distraer
                             a su demonio interior
                             —al que luego daría
                             el nombre de Don Quijote—,

Se ilumina la estancia donde Don Quijote sueña dormido, ya con un laúd entre los brazos.

                             y logró distraerlo de tal modo
                             que éste acometió
                             las más locas hazañas,
                             las cuales,
                             sin embargo,
                             por falta de un objeto
                             predestinado
                             —que justamente hubiera debido ser
                             Sancho Panza

(otra vez se saca la máscara y de nuevo guiña el ojo al público volviendo a decir sin cantar:)

                             (servidor de ustedes),

(se ciñe de nuevo la máscara y sigue cantando:)

                             no dañaron a nadie.
                             Y quizás por un cierto
                             sentido
                             de la responsabilidad,
                             Sancho Panza

(se vuelve a sacar la máscara y guiña una vez más el ojo al público diciendo de nuevo sin cantar:)

                             (servidor de ustedes),

(se ciñe una tercera vez la máscara y concluye su aria:)

                             un hombre libre,
                             acompañó sereno a Don Quijote
                             en sus salidas,
                             y obtuvo de ello,
                             hasta el fin de sus días,
                             una muy grande y útil diversión.

Se apaga la luz cenital acompañando la desaparición del tenor por la izquierda mientras a la derecha vuelven a hacerse visibles los actores.
Entretanto, Don Quijote ha descendido al centro del escenario, desde donde aguarda la llegada de Altisidora y Emerencia, que entrarán desde el foro.

Rucio.— ¿Y cómo no divertirse
                con la locura del héroe?
Rocinante.— Contad qué más sucedió.
Rucio.— Que a la mañana siguiente,
                en viéndolo Altisidora
                del sentido se privó.

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Y efectivamente, al ver al forastero Altisidora finge desmayarse, cayendo en los brazos de Emerencia.

Don Quijote.— Bien me sé de qué procede,
                          Emerencia, este soponcio.
Emerencia.— Y en cambio yo no lo sé,
                        que Altisidora es muy sana…
Don Quijote.— Mas padece mal de amores
                          del que yo la curaré.
Emerencia.— ¿Pues cómo?
Don Quijote.— Con medicina
                          de música.
Emerencia.— ¿Cantaréisle
                        alguna endecha quizás?
Don Quijote.— Serenata he de cantarle
                          si aquesta noche se llega
                          al pie de mi ventanal,
                          y por mis sentidos versos
                          vendrá a saber la doncella
                          que su amor en vano es.

Altisidora da señales de vida, sin abrir los ojos.

Emerencia.— Ay, ya vuelve en si, cuitada…
                       Antes de que se despierte,
                       váyase vuesa merced.

Don Quijote desaparece a toda prisa por la izquierda, y Emerencia y Altisidora (ya como repuesta de su fingido desmayo) rompen a reír con unas carcajadas medio histéricas que la música asume al hacerse el oscuro.
Durante el mismo, breve, la música anuncia el tema de la serenata de Don  Quijote mientras por la derecha, arriba, hace su aparición la luna llena iluminando de nuevo la izquierda del escenario. En su cuarto, Don Quijote templa el laúd y se acerca al ventanal, mira hacia abajo y ve llegar a las dos doncellas, que quedan expectantes. Don Quijote remonda el pecho y se pone a cantar, siendo su serenata musicalmente el polo opuesto a la precedente de Altisidora:

Don Quijote (recitativo antes de cantar, dirigiéndose a la doncella:)
                          En principios amorosos
                          son los prontos desengaños
                          calificados remedios:
                          y por lo mesmo así os canto.

                          (Cantando ya:)

                          Hay amores de levante,
                          que entre huéspedes se tratan,
                          que llegan presto al poniente,
                          porque en el partirse acaban.
                          El amor recién venido,
                          que hoy llegó y se va mañana,
                          las imágenes no deja
                          bien impresas en el alma.
                          Dulcinea del Toboso
                          del alma en la tabla rasa
                          tengo pintada de modo
                          que es imposible borrarla…

En este punto Altisidora y Emerencia hacen señas a alguien que está más arriba de Don Quijote, y del telar se descuelgan muchos cencerros atados y los dos bailarines del ballet disfrazados de gatos. La algarabía de los cencerros y los maullidos (todo ello reflejado en la música con especial acento a cargo de la percusión) hace enmudecer a Don Quijote, quien presto echa mano de la espada y arremete contra los gatos, que han saltado a su aposento:

                          ¡Fuera, fuera, malandrines,
                          encantadores malignos,
                          que Don Quijote yo soy,
                          Don Quijote de la Mancha,
                          contra quien no tienen fuerzas  
                          vuestras malas intenciones!

El ballet prosigue sin canto cuando uno de los gatos salta sobre Don Quijote y le clava las garras en el rostro mientras el otro lo inmoviliza por la espalda. Don Quijote da mandobles al aire sin poder desasirse ni gritar, las que gritan son Altisidora y Emerencia, dándose cuenta de que la broma está yendo más lejos de lo que imaginaron.

Emerencia.— ¡Señor Duque!…
Altisidora.— ¡Señor Duque!…
Emerencia.— …¡llegad presto, que la broma…
Altisidora.— ..pasó de castaño oscuro!
Emerencia.— ¡Señor Duque!…
Altisidora.— ¡Señor Duque!…
Emerencia.— …¡pronto auxilio al forastero…
Altisidora.— …que el gato lo dejó mudo!

A Don Quijote lo libera la llegada del tenor (convertido ahora en El Duque), quien logra espantar a los gatos. Altisidora y Emerencia han corrido también en auxilio del caballero y se encuentran asimismo en su estancia. Don Quijote, maltrecho, reprocha al Duque:

Don Quijote.— Vuesa merced, señor Duque,
                          flaco servicio me ha hecho…
El Duque.— ¿Pues qué, si del malandrín
                      os he librado?
Don Quijote.— Muy cierto,
                          pero un caballero andante,
                          si se mete en una lid
                          como aquesta, la termina
                          sin ayuda de terceros…
El Duque.— ¿Terceros? ¿a qué el plural?
Emerencia.— Disculpadlo, señor Duque…,
Altisidora.— …señor Duque, disculpadlo…,
Las dos.— ..vedlo cuán postrado está.

 

El Duque.— (A ellas:)

                          Lo disculpo,

                          (a él:)
                          y que terceras
                          curen esos arañazos
                          que os infirió el micifuz.

Don Quijote se yergue entero, herido en su más profundo orgullo.

Don Quijote.— ¿Micifuuuuuuuz?
Emerencia.— ¡¡No, no, gigante!!
Altisidora.— ¡¡Gigantesco!!
El Duque.— ¡¡Monstruoso!!
Los tres.— ¡¡De la cola a la testuz!!

Don Quijote se aquieta con estas explicaciones y deja que Altisidora le cure sus heridas, mientras ella le canta al oído (es casi una canción de cuna) y lo aduerme:

Altisidora.— Todas estas malandanzas
                      te suceden, caballero,
                      por pecado de dureza
                      contra el amor verdadero.
                      Quiera Dios que nunca salga
                      de su encanto Dulcinea,
                      esa tan amada tuya.
                      Quiera Dios que no lo vea
                      la moza de quince años,
                      tu entregada Altisidora,
                      que, loca al igual que vos,
                      te adora, cómo te adora…

Don Quijote, ya adormecido, abre los brazos extasiado y vuelve a citar El hombre de La Mancha, con una sonrisa en los labios:

Don Quijote.—  To dream,
                           this imposible dream…

En diagonal con la escena arriba a la izquierda, de la que Emerencia y El Duque discretamente se habrán retirado, aparecieron ya en el proscenio, a la derecha, Rocinante y el Rucio.

Rocinante.— ¡Está loco de remate,
                      sigue soñando en inglés!
Rucio.— Un idioma que no sabe…

Y se saca la máscara del Rucio, se encasqueta una de Bola de Nieve, y con una melodía del negrazo inmortal pone punto final a la escena:

                  Con tanto inglé que tú sabía,
                  Don Quijoté,
                  con tanto inglé, tú no sabe ahora
                  desí yes.
                  La Altisidora te busca,
                  y tú le tiene que huí:
                  tu inglé era de etrái guan,
                  de etrái guan y guan tu tri.
                  Don Quijoté, tú no sabe inglé.
                  tú no sabe inglé, tú no sabe inglé.
                  No te enamore ma nunca,
                  Don Quijoté,
                  si no sabe inglé, si no sabe inglé…

Altisidora baila al compás de la melodía ante el sueño de Don Quijote y la luz difumina su figura hasta volverla invisible dentro de ese sueño mientras cae lentamente el telón.

    Festival Internacional de Música
    Camagüey, Cuba
    16 de julio de 2000

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

Libreto© by Ricardo Bada
Música© by David Graham

 

3 comentarios en “La serenata de Altisidora

  1. ¿Hay algo que no puedas escribir, Ricardo? Desopilante tu ópera, me imagino cuánto te habrás divertido mientras la escribías. Sobre todo al trabajar contra reloj, al mejor estilo Bada… ¡Un abrazo desde la Córdoba de Argentina!